Que el mundo fue, es y seguramente lo seguirá siendo ancho y ajeno, todos lo sabemos. Algunos lo aprenden a sangre y fuego desde la misma cuna; otros tenemos la suerte que la vida nos espera a que con más tiempo y menos sufrimientos terminemos igualmente aprendiéndolo. Que es mucho más ancho que hace mil años nadie puede dudarlo, cuando durante aquella otra Edad Media por occidente se terminaba en Gibraltar y por oriente en la inmensa China. Pero, que sigue siendo igual de ajeno nadie tampoco podría tener duda alguna.
Durante el último milenio el constante avance de la ciencia y la tecnología, en especial en el Occidente judeo cristiano, nos hizo vivir en la ilusión que teníamos el mundo en nuestras manos y que la barbarie era apenas un dato para historiadores y teóricos más o menos aburridos. A lo sumo, algo circunscripto a ese Medio Oriente ingobernable que parece desde siempre condenado al eterno fratricidio.
Sin embargo esa ilusión comenzó a caerse como el castillo de naipes que era a partir del triunfo de la revolución islámica en Irán y el efecto que ella tuvo y tiene sobre el mundo musulmán que cargaba siglos de humillación. A partir de allí, los occidentales incorporamos a nuestro lenguaje una palabra terrible a la que no supimos darle su verdadera dimensión: la yihad. En nombre de ella cayeron las Torres Gemelas, invocándola han volado embajadas y caído aviones. Tras ella los ayatolás y mulás, adalides de un integrismo que deja a la Santa Inquisición como un juego de niños, han aglutinado un cada vez más grande ejército de humillados dispuestos a vengar todas las ofensas al Islam a cambio de un seguro pasaje al Paraíso donde las más bellas huríes aguardan por ellos. A partir de la constitución del Estado Islámico suní y su autoproclamado Califato, el terror como arma política ha conocido un nuevo giro de tuerca que deja lívidos a los occidentales frente a sus televisores, aunque la principal novedad es que, precisamente, nada tiene de nuevo. A lo sumo y ello sí no es un dato no menor, deja de desarrollarse exclusivamente en su propia casa y ahora, colándose por los intersticios dejados por sociedades pretendidamente abiertas, golpean dentro mismo de la casa del enemigo.
Hace apenas unos días, el prestigioso periodista venezolano Moisés Naím publicaba en una de sus habituales columnas, recogida por El País de Madrid, un trabajo relativo a su visión sobre el terrorismo islámico y las soluciones desde la óptica occidental, titulado “¿Entenderlos o extraditarlos?” , sosteniendo que suponer hay soluciones obvias es un error peligroso.
En dicha columna, tomando prestadas a la Filosofía del Arte dos expresiones aparentemente antitéticas, divide en “contextualistas” y “aislacionistas” a quienes desde un extremo u otro tratan de explicar el fenómeno y, a partir de allí, cuáles habrían de ser las soluciones.
Para los primeros el origen del mal estaría en los históricos atropellos de occidente, iniciados con las Cruzadas, seguidos por el colonialismo y coronado por los imperialismos. A ello se agregaría, según los “contextualistas” el fracaso de las sociedades occidentales en la integración de los inmigrantes, con su saldo de exclusión y renovada humillación. Son ellos quienes mantienen a toda costa que la solución pasa por integrarles, por una mayor “tolerancia” con sus diferencias, su cultura y sobre todo, su religión.
Para los “aislacionistas” en cambio el problema radica en la manipulación religiosa por parte de los líderes musulmanes quienes lucran con el resentimiento y postergación de los jóvenes sin futuro en Oriente y de hijos de musulmanes emigrados, a los que terminan convirtiendo en terroristas suicidas, valiéndose de las libertades que las sociedades occidentales les ofrecen y de las que carecen en su propia tierra. Para ellos, convencidos que el Islam (éste Islam, el del Califato, no el de Saladino, agrego yo) no es compatible con los valores de occidente.
Según Naím en el centro vive, absorta y desorientada, una mayoría que no sabe a dónde ir, qué pensar ni cómo defenderse, la que queda cada vez más expuesta a los radicalismos.
Decía líneas arriba que Naím utilizaba dos palabras que, en éste caso, solamente parecen antagónicas, porque en el análisis de ambos se rescatan porciones de razón, así como que la solución no es tal en singular, sino que quizás de lo que se trate sea de una multiplicidad de cuestiones, que atañen a lo cultural, económico, social, religioso, político y sobre todo, histórico.
Creo que de la propia historia surgen las enseñanzas y lecciones acerca de lo que subyace en un conflicto con trazas de eternidad. Es aquí donde surgen dos palabras que, éstas sí, en éste contexto, resultan definitivamente contradictorias, por lo menos en su aspecto medular. Me refiero a quienes promueven la comprensión del otro como vía de entendimiento, y a quienes abogan por la tolerancia como modo de convivencia.
Ambas cosas no siempre se distinguen, muchas veces tienden a cruzar sus caminos y casi siempre confunden.
La comprensión es, en la acepción que la identifica como la facultad para entender las cosas y no aquélla otra que la define como una actitud tolerante, qué duda cabe, imprescindible. Sin entendimiento, nunca nada es posible. Pero entender al otro no significa, en modo alguno, tolerarle aquello que de por sí resulta intolerable.
Igualmente peligrosa, o tal vez más aún, resulta la idea de la tolerancia boba, la que no hace el esfuerzo previo por entender al diferente y que confunde tolerar ideas o creencias con la de tolerar prácticas. Una cosa es defender el uso de un velo en un lugar público y otra muy distinta reivindicar al suicida como arma de lucha.
En el camino del entendimiento es un gran aporte la obra del franco-libanés Amin Maalouf -un intelectual comprometido con ver siempre ambas caras de la luna, estando como lo está desde su nacimiento, a caballo entre ambas culturas y sus diversidades- en particular su “Las Cruzadas vistas por los árabes”.
Mientras Occidente no se haga cargo de la cuota de barbarie, en sangre y vidas, en humillación y en destrucción de una cultura floreciente como la árabe anterior a la Cruzadas, y haga suya la cuota de vergüenza propia que significaron los Ricardos y Bohemundos, no podremos avanzar hacia esa comprensión.
La Historia se nutre, ante todo de símbolos y gestos. En esa lucha eterna entre católicos, árabes y judíos, entre occidente y oriente, el centro simbólico ha estado y estará en Jerusalén, la Ciudad Santa para las tres grandes religiones. Hasta tanto la humanidad como tal no logre entender que nadie puede considerarse dueño de algo que les pertenece a todos, no habrá paz posible, porque significará que antes no hubo entendimiento alguno.
Si las Naciones Unidas fueran realmente una unidad de naciones, fuera de todos y no solamente de algunos, tal vez debiera ser ella y no nación, Estado o pueblo alguno, el que la controlara y asegurara a todos, la libertad y convivencia que antes fue posible.
Pero esto, entra dentro del terreno de las utopías que nos hacen apenas soportable la cruda realidad de la barbarie golpeando nuestras conciencias. Mientras tanto, lo del principio: el mundo seguirá siendo ancho, pero cada vez más ajeno y sobre todo, un lugar donde vivir es un constante martirio.
¿Es que habremos vuelto a la Edad Media? O peor aún, ¿nunca salimos de ella?
