No ha sido posible saber cuándo ni cómo apareció el disparatado fenómeno, calificativos que le vienen por el hecho mismo de su existencia y por lo que le cabe de pequeño monstruo. Se sabe de cierto que nació en Colombia y que allí mismo, como en todo organismo vivo, se originó la reacción inmunitaria en su contra, aunque los esfuerzos por atacar la epidemia hayan sido infructuosos a pesar de las habilidades desplegadas por brillantes defensores de la coherencia.
Juan Gossain1 supone que “La tragedia empezó el día en que alguna señora remilgada con ínfulas culteranas se atrevió” a entronizar el adefesio. Jorge Letralia2 lo acredita a que “En la carrera desbocada de ciertas personas por parecer lo que no son, se les va pegando… poses adquiridas… al compás de los requerimientos de la apariencia”. Yo, sin embargo estoy más de acuerdo con Edgar Tarazona3 y Luz Ángela Castaño4 quienes consideran que al culpable hay que buscarlo en “Alguien, con alguna autoridad o influencia” “un agudo maestro en alguna parte” que “decidió corregir a los niños” y luego cuando estos se hicieron maestros, siguieron corrigiendo y diseminando los usos de lo que pretendían haber vestido de etiqueta sin percibir que su engendro degeneraba en la tragedia de lo cursi. Con el único que no quiero estar de acuerdo es con Mauricio Pombo5 quien se lamenta porque a pesar los esfuerzos desplegados, todo apunta a que la causa está perdida.
El disparate o fenómeno creció y rebasó las fronteras invadiendo como un cáncer otros ámbitos, inicialmente por contigüidad, pero luego, dado el tamaño de la diáspora colombiana de los últimos quince años, hizo metástasis en Miami, la ciudad más importante de Sur América y cuyo perímetro marca el límite caribe de los Estados Unidos de América. Desde allí contaminó a la comunidad hispana norteamericana, y simultáneamente vía metástasis transoceánica, aterrizó en España.
No importa cuál haya sido la causa pues el resultado es el mismo. Si se inició con la remilgada y encopetada señora, o con el alguien cuya autoridad derivaba seguramente de la docencia del español, lo que lograron fue crear la indecencia de una ultracorrección lingüística. Estos son fenómenos que se originan en el intento de exhibir un idioma que caracterice un grupo de prestigio, modificando para ello palabras o construcciones estándar consideradas por ellos poco cultas, y lo que logran es caer en un ridículo que desnuda la realidad opuesta al pretendido propósito, desconocen el idioma y pontifican desde tal estrado. En el caso de la malhadada incorrección el problema es semántico porque lo que se pretende es darle a un verbo: “colocar”, significados que no le corresponden negándoselos a otro: “poner”.
El argumento que proponen es vacuo, insisten en que solo ponen los deliciosos bípedos micro cerebrales que nos alegran los tamales, el sancocho, el ajiaco y los asados, y terminan sustituyendo el sexi, polisémico y metafórico verbo poner con el raquítico y mal sonante colocar, que al pretender ponerlo a decir lo que no dice rellenan de mal gusto, o como se dice en Colombia, de lobería por la vestimenta que le chilla en el atragantamiento de significados forzados, además de haberlo convertido en soberbio y carente de imaginación.
Como de funciones y significados se trata de entender que los dos verbos no son sinónimos en toda su extensión, aunque la primera y tercera de las cuatro acepciones que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española otorga al verbo colocar sean definidos como sinónimos de poner, utilizando al mismo verbo poner como explicación de la definición: 1. “Poner a alguien o algo en su debido lugar”, y 3. “Acomodar a alguien, poniéndole en algún estado o empleo”. Hasta ahí llega la sinonimia, los demás significados de poner no son sinónimos de colocar y son cuarenta y cuatro en total los que el mismo diccionario otorga al vilipendiado verbo.
¿Cómo negarle a poner su función como verbo de soporte en las construcciones relativas a las sensaciones, para que en vez de “poner mi cariño en ti” lo coloque?, pero como no quiero insistir en la gramática, me limitaré a reseñar algunos de los ejemplos que extraje de los autores mencionados al comienzo de mi comentario, y que con mayor fuerza ilustran el ridículo, la barbarie y la extensión de la pretendida innovación elegante: En la etiqueta de un regalo, guárdelo en la nevera “para que no se le coloque rancio”. Un futbolista decía que “le colocaba toda su atención al juego”. Una monja en misa “Coloquémonos de pie, hermanos”. Un periodista “el sol se coloca más temprano en estos meses” Otro también de periodista en este caso madrileño “tienen plazo hasta julio para colocarse al día en las multas”. Dejémoslo así por ahora, pero recuerde lo que nos advierte Ramón Elejalde6 que no se colocan sino que a los niños los padres les ponen los nombres y en el colegio les ponen los apodos, los socios capitalistas ponen el dinero, los problemas nos ponen a pensar, en otras ocasiones uno se pone bravo o se pone nervioso, en la mañana se pone la camisa y se pone los pantalones, así es, de no tenerlo en cuenta la peste cobrará más víctimas por contaminación al vecindario de palabras construidas con el sufijo poner o simplemente parecidas, y el sol ya no seguirá ocultándose por el poniente sino por el colocante, y yo no estaría componiendo este artículo sino comcolocándolo.
Ahora que lo sabe defiéndalo, que no se le pongan al frente más lobos esteparios con sus colocaderas en los labios, y recuérdeles la sugerencia de Juan Ramón Jiménez: “Donde puedas decir pájaro; no digas ave”, para que no suenes cursi.
Y a los profesores una exigencia extendible a los presentadores de televisión y los locutores de radio. En sus clases y apariciones públicas muestren el correcto uso de estos verbos para reparar el daño causado por sus ilustres antecesores y perpetuado por ustedes, así podremos poner finalmente cada cosa en su lugar.
