"Ser una isla es una cosa muy pesada: uno no tiene adónde ir".

Entrevista con el escritor cubano Abilio Estévez

Álvaro Castillo Granada

Abilio Estévez (Cuba, 7 de enero de 1954) - Foto: Barbarito, el lector cubano.

Abilio Estévez (Cuba, 7 de enero de 1954) – Foto: Barbarito, el lector cubano.

 

El primer reparto que conocí y habité en La Habana fue Marianao. Cerca del Hospital Militar, en la avenida 39 entre 130 y 132. Estaba en la ciudad y no. Cuando quería ir a algún lugar decía: “Voy pa’ La Habana”. En ese entonces había una guagua (la 22) y un camello (no recuerdo el P qué). La otra posibilidad era ir/volver en máquina, una de sus rutas era por la avenida Línea. En uno de esos trayectos vi una librería en la calle 12: Ateneo Cervantes. Como lector y librero que soy, un día me bajé y entré. En medio de cientos de libros y un calor insoportable reconocí a un escritor del que había oído hablar con fervor y entusiasmo: Abilio Estévez. No me atreví a saludarlo (ni esa ni las otras veces que lo vi) porque me pareció muy serio. O más bien porque yo era/soy muy tímido y me sentía abrumado. Siempre lo veía conversando con otro escritor del que me hice después amigo: Norge Espinosa.

Fue en 1998, instalado y aplatanado en la calle Corrales, en La Habana, cuando Efraín Rodríguez Santana me dijo enfáticamente que tenía que leerme Tuyo es el reino, de Abilio Estévez, “la mejor novela publicada en lengua española en los últimos tiempos”. Al regresar a Colombia la compré y la leí y comprobé lo que él decía y, algo maravilloso, que el autor era un habitante de Marianao. Un marianense. Desde entonces los años… Me convertí en un fervoroso y furibundo lector de Abilio Estévez.

Abilio Estevez responde a las preguntas de Álvaro Castillo Granada en la Feria del Libro de Bogotá.

Abilio Estevez responde a las preguntas de Álvaro Castillo Granada en la Feria del Libro de Bogotá.

Jamás en mi vida pensé que tendría el placer/honor de estar a su lado conversando (en compañía de todos ustedes). Hay cosas que no son fáciles y no se sabe cómo funciona el azar. Gracias a la amabilidad y generosidad inmensa de Giuseppe Caputo (quién sabía de mi abileidad) es que estuvimos juntos en la Feria del Libro de Bogotá.

Ese sábado anterior a nuestra charla me le aparecí a Abilio en el hotel a las ocho y media de la mañana pasadas. (Poco a poco voy dejando la timidez…). Conversamos deliciosamente. Vagamente me dijo que me recordaba/me reconocía. Creo que puede ser cierto. Debía ser muy extraño para él cruzarse de cuando en cuando en una librería habanera con un muchacho (el que yo era entonces) que lo miraba encantado y jamás se atrevió a dirigirle la palabra. Y si no, no importa. Le pedí firmarme 15 libros. (Y no los tengo todos).  Esperemos que hoy se termine de romper la timidez.

 

Roland Barthes escribió: “—¿Y después? ¿Qué escribir ahora? ¿Podrá usted todavía escribir algo? —Uno escribe con su deseo, y yo no termino de desear”. ¿Con qué, cómo, escribe Abilio Estévez?

¿Con qué escribo? Voy a responderte con una frase de Alfonso Reyes: “Con mi sangre, con mis riñones…”. Flannery O’Connor, una escritora, que yo adoro, del sur de los Estados Unidos, del cinturón bíblico, decía que toda persona que hubiera sobrevivido a su adolescencia tenía material para escribir toda la vida. Yo que, como ves, sobreviví la adolescencia, tengo material para escribir toda la vida. En ese pequeño mundo, de los doce, trece, hasta los veinte, está todo lo que yo llevo escrito y quiero seguir escribiendo. Como en mi última novela, Archipiélagos, que desarrollé en el año treinta y tres. Diecinueve años antes de que yo naciera. Hay mucho de autobiografía y mucho de mí mismo en ese libro. Me está sucediendo algo muy raro ya: recordar lo que no viví. Con lo cual el material es abundantísimo.

 

¿Qué lecturas acompañaron tu infancia? ¿Cuándo empezaste a escribir?

Abilio-Estevez-Entrevista-OtroLunes43-2Yo empecé a escribir muy pronto. Mi casa no era la casa de personas cultas ni mucho menos. Mi madre tiene un décimo grado de escuela primaria. Mi padre era un soldado. Por alguna razón misteriosa yo empecé a leer. Había un vecino nuestro que tenía una colección de Selecciones de Reader’s Digest y de National Geographic Magazine. Empecé a leer esas cosas. Miraba las fotos y había paisajes maravillosos. También en mi casa había unos libritos, muy pequeños, que eran biografías para niños: María Estuardo, María Antonieta, Colón, Magallanes… Había una de Cervantes… Entonces yo empecé a escribir biografías. Biografías de personajes que yo inventaba. Sólo terminé una completa. Era una mujer que vivía en Ávila, una especie de monja, supongo que inspirado en Santa Teresa. Se montaba en barco pues iba a evangelizar. Los moros la capturaban, la violaban y le hacían horrores… Ese fue el primer libro que yo escribí. Y no se ha publicado…

 

¿Todavía lo tienes?

No. Mi madre me regaló una edición, también para niños, de Las mil y una noches. Ella sabe lo que despertó en mí aquel libro. No sólo fue una revelación literaria sino también una revelación erótica. Para mí es un libro muy sexual, muy sensual, lleno de connotaciones eróticas. De algún modo ahí empezó mi necesidad de reconstruir el mundo: esto no me gusta como está pues lo voy a rehacer. Lo voy a reorganizar. Uno tiene una especie de soberbia, se convierte como en un dios, y a escribir. A crear mundos. Y es fabuloso. Como decía el poeta checo Jaroslav Seifert: “Buscar palabras bellas es mejor que matar”. De modo que es mucho mejor escribir que otra cosa.

 

En algunas de tus novelas las librerías son espacios predilectos. Entrañables. En Tuyo es el reino, por ejemplo, está la librería Eleusis. ¿Cómo eran las librerías de Marianao de esa época?

Abilio-Estevez-Entrevista-OtroLunes43-4En realidad la librería que había en Marianao se llamaba Proa. Y ahí yo encontraba libros maravillosos. Sobre todo para hacer cosas manuales. Para hacer postales de navidad, cosas así… Era una librería fabulosa. Una librería donde tú entrabas y te perdías. Yo siempre en las librerías y en las bibliotecas me siento en el lugar justo. También en las farmacias. Pero en las primeras me siento en el lugar ideal donde yo podría vivir siempre. No las veo ni siquiera como un laberinto al modo de Borges. Las veo como un lugar amplio, caminable. Imagínate que yo, por ejemplo, voy a una librería o una biblioteca y nunca pregunto por un libro. Lo busco yo. No me gusta que me indiquen dónde está. Quiero encontrarlo. Esa librería, claro, sirvió como modelo para la Eleusis de Tuyo es el reino. Pero no creo que sólo esa. Había otras librerías: El Canelo, en la calle Reina, o Cuba Científica, al lado de la universidad, que era del esposo de la hermana de Lezama Lima. Todas esas librerías donde vendían libros viejos y usados. En los libros usados la gente ha puesto cosas, ha escrito, ha subrayado, ha marcado… Y uno va yendo por la vida de los otros… El problema de un escritor es que es un vampiro. Tiene esa parte de vivir a partir de lo que los otros viven. De mirar. Esa parte voyeur.

 

Como todos sabemos eres cuentista, dramaturgo, novelista y poeta. ¿Por qué esa variedad de géneros?

Yo no sé… Supongo que quizás tenga que ver con mi relación con Virgilio Piñera. Era un hombre que escribía todos los géneros. A mí las ideas se me aparecen y, de pronto, ellas mismas me piden escribirlas. Siempre, cuando hay una idea que es conflictiva o dramática sé que el teatro le viene mejor que otra.

 

Alguna vez dijiste que para ti “los libros son lugares”. En tus novelas (es algo que me causa mucha curiosidad) los protagonistas generalmente leen libros, por llamarlos de alguna manera, “decimonónicos”: Vitorio, en Los palacios distantes, por ejemplo, lee a Saint-Simon, Constantino Agusto de Moreas, en El bailarín ruso de Montecarlo, lee a Chateubriand… ¿Por qué esa predilección? ¿Cuáles son tus lugares?

Abilio-Estevez-Entrevista-OtroLunes43-5Creo que tiene que ver también, otra vez, con mi relación con Virgilio Piñera. Es muy notable que los libros que Virgilio leía, una y otra vez, fueran tres: las Memorias de ultratumba, de Chateubriand, las Memorias de Saint-Simon (que se las sabía casi de memoria) y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. De modo que he ido usando esto a manera de homenaje al maestro. Y fue una pasión que él me transmitió a mí. Me parece, además, que en una época en que se escribe demasiado, mucha literatura frívola, mucho best seller (bueno, ahora dirán que le tengo envidia a los best seller: eso es cierto) leer literatura del siglo XIX, esa literatura que ya está fijada por el tiempo, esa gran literatura que ya es indiscutible, es una maravilla. De allí uno puede afianzar su oficio literario, con todo el honor y toda la alegría que vivimos ahora en este mundo tan complejo y tan excitante.

 

Esta pregunta quería hacértela más adelante pero ya lo has nombrado varias veces. Es una pregunta obligada: ¿por qué dices que conocer a Virgilio Piñera fue un segundo nacimiento para ti?

Yo era un niño que empezaba a escribir esas biografías extrañas a los trece años. Quería ser escritor. En las clases de literatura del bachillerato era de los mejores. Cuando conocí a Virgilio Piñera yo tenía veintiún años. Estaba en la universidad. Fue encontrarse con un escritor tan rigurosamente escritor. Tenía sesenta y tres años cuando lo conocí. Había ya recorrido toda una vida, había escrito un libro extraordinario como su novela La carne de René, o Cuentos fríos, o Electra Garrigó, que es la obra que inicia el teatro moderno en Cuba. Una obra fundacional. Conocer a ese hombre, que además era un hombre muy raro, tan divertido, que vivía literariamente todo el tiempo. Todo lo convertía en un texto literario. Era fabuloso estar al lado de él. Era como si uno no viviera en la realidad sino en otro lugar de la realidad. Y además de eso, a pesar de ese entusiasmo literario que él tenía, era un hombre que estaba viviendo un período muy malo: había sido marginado de la sociedad cubana, había sido condenado al ostracismo, no lo publicaban, murió sin que le publicaran un libro desde el año sesenta y ocho. Y sin embargo, ese hombre sin estímulos literarios, sin estímulos editoriales, sin ver sus obras puestas en el escenario, dejó al morir ocho libros inéditos. Eso me parece una prueba de fe literaria que yo creo que es lo primero que tiene que tener un escritor. Yo creo que fue lo que verdaderamente me hizo dar cuenta de lo que era ser un escritor.

Abilio Estévez, con pulover blanco´, de pie, justo detrás de Virgilio Piñera.

Abilio Estévez, con pulover blanco´, de pie, justo detrás de Virgilio Piñera.

¿Por qué la Condesa, en Tuyo es el reino, dice que “esta Isla en que vivimos es una enfermedad”? ¿Es Cuba “un peso” en tu literatura?

Hay muchas razones históricas para pensar que la isla es una enfermedad. Ser una isla es una cosa muy pesada: uno no tiene adónde ir. Por más que uno vaya para el norte, el este o el sur siempre va a llegar al mar. A la playa. O a las rocas. No tiene ese placer de seguir por ahí y llegar a Bolivia, a Ecuador… Estar en una calle y tener un pie en Brasil y otro en Colombia… Quizá ese encierro no se sentiría tanto si no fuera porque en el cincuenta y nueve nos empezamos a encerrar políticamente. Entonces ya no se podía salir porque si lo hacías era ya definitivamente. El que salía era como si se muriera. Uno hablaba de los que se iban en pasado, eso era que habían muerto. Por supuesto que había un viacrucis para salir, todo un proceso doloroso, de modo que el paisaje lejano, el querer conocer que están más allá, querer conocer París, Venecia, Nueva York o Barranquilla era una cosa que uno lo va sintiendo como una enfermedad porque está encerrado. Está preso. Es una obsesión por huir. Tal vez es una descripción de la historia de Cuba, de La Habana, que es una tierra de paso, una tierra donde no había orden, donde lo único que hacían las flotas era reunirse para venir a los grandes virreinatos. Todo llegaba del mar y todo se iba por el mar.

 

¿Cómo fue/es vivir, crecer, escribir en una isla, como tú dices, fundamentalmente pagana?

Abilio-Estevez-Entrevista-OtroLunes43-7Bueno… el paganismo está bien… Yo agradezco mucho que el catolicismo que me educaron cuando era niño estuviera muy permeado del paganismo que trajeron los negros. Y la mezcla china… Me dio muchas posibilidades de mirar. También creo que, con un toque fuerte de masoquismo, yo creo que mientras uno peor vive, mejor puede escribir. Habrá muchos que pueden disentir de esta teoría pero, como decía Cocteau, “la perla es la enfermedad de la ostra”. De la inconformidad con que uno vive es con la que se va creando la materia literaria. O la materia artística que sea. Uno escribe porque está inconforme.

 

Algunos de los personajes de tus novelas leen literatura erótica o pornográfica. Hay un novelista cubano que mencionas varias veces: Miguel del Carrión, el autor de Las honradas y Las impuras.

En Las honradas hay un momento, el capítulo ocho, de una sexualidad que para mí, cuando la leí por primera vez siendo un adolescente, era realmente inquietante. Claro: Miguel del Carrión se ganaba la vida como pornógrafo. Escribía novelas pornográficas con otro nombre, claro, sino la sociedad no lo hubiera aceptado. Y el capítulo ocho de Paradiso también es un capítulo muy erótico, de un erotismo delirante, como era Lezama. El erotismo forma parte de la vida. La pornografía no. Es una cosa que no tiene valor literario. Cuando ese erotismo se puede convertir en otras referencias, se puede ser ambiguo, ahí creo que hay una posibilidad de conocimiento literario. El hecho amoroso es un hecho de conocimiento del otro y de auto conocimiento. Es un diálogo muy importante. Al menos en Cuba yo creo que era el único diálogo que se podía.

 

Tal vez el primer miedo de un cubano sea la presencia constante del mar. Ante él se está indefenso. A su merced. ¿Cuál sería (para adentrarnos en uno de los temas propuestos para esta conversación) tu historia del miedo?

Abilio-Estevez-Entrevista-OtroLunes43-8Yo siempre fui muy miedoso. Me pasó un poco como a Proust: le tenía miedo a la oscuridad. Mi madre tenía que venir a dormir conmigo. Le tenía miedo a los vampiros, a las tinieblas de la noche. A veces no me podía dormir con ese miedo. Yo descubrí que mi sexualidad no era como la de los demás y yo tenía miedo que descubrieran que no era igual que los otros. Y a lo mejor era igual que muchos pero no lo sabían. Después descubrí que esa sexualidad no estaba de acuerdo con el “hombre nuevo” que se pretendía crear en una sociedad militar, una sociedad de banderas e himnos y de lemas… “Patria o muerte, venceremos”… Eso no estaba bien. Y después descubrí que también esa sexualidad implicaba no sólo una diferencia sexual sino una diferencia ideológica, claro no hay nada menos parecido a una imagen del realismo socialista que un maricón… Eso va creando una paranoia terrible. Cuando ya descubres que la literatura es un peligro y que estás todo el tiempo bajo la mirada del big brother es terrible. Cuando uno lee 1984 siente que ha vivido ese miedo.

 

¿Cuál es lado de placer que tiene el miedo?

Todo lado tiene algo de placer. Yo estoy, por supuesto, muy a favor de la libertad de las personas y de que cada cual tenga su orientación sexual y haga con ella lo que quiera. Pero en aquellos años en que teníamos que escondernos, hacerlo a escondidas, amar a escondidas daba un gusto, creaba un riesgo que lo hacía divertido.

 

En El año del calipso, tu novela más deliberadamente erótica, reconstruyes con la memoria y la emoción de la nostalgia los días del descubrimiento de la sexualidad. Dices en la página 168: “(…) todo adquiere su propio ritmo y tiende a la desesperación, porque uno siempre espera otra cosa y al mismo tiempo no la espera, y uno sabe que la situación quiere decirnos algo, o que está por decir algo, y esa inminencia de una revelación es quizá el hecho erótico”. ¿Cómo es/fue para ti escribir una novela erótica?

Abilio-Estevez-Entrevista-OtroLunes43-9Tengo que confesar que en esta frase, de que uno espera las cosas y al mismo tiempo quieren decirnos algo, esa inminencia de una revelación, he parafraseado a Borges que habla del “hecho estético”. Yo traté de encontrar una relación entre el hecho estético y el hecho erótico.

 

¿Por qué crees que “el sexo es la única libertad que uno ha tenido durante muchos años en Cuba”?

Oye… la gente va a pensar que soy un obseso…

 

Recuerda que este es uno de los temas sobre el que nos pidieron conversar…

Claro… Vivíamos en una sociedad, que yo no sé si ustedes se puedan imaginar (yo creo que sí), donde todo era político, donde todo estaba ideologizado, donde todo estaba terriblemente politizado. La política abría las ventanas, las puertas, entraba en la casa y se sentaba en la cama contigo. Todo era político. Político, político… Había un comité de defensa de la revolución en cada esquina que vigilaba qué hacías, qué no hacías… Todo. Evidentemente, como he dicho, uno iba por la calle como si el big brother lo estuviera vigilando, persiguiendo. El único momento en el que uno se podía olvidar de esa politización era cuando estaba en relación con otro cuerpo. Cuando se escondía a hacer el amor donde fuera. En un cañaveral, en una escalera, en un cuarto oscuro, donde fuera… Ahí ya la política no llegaba. Podía después pero ahí no. Ese era nuestro espacio de libertad.

 

No es porque quiera cortar ni dejar de hablar contigo pero el tiempo se nos acabó y ya me están haciendo señas. Ya tú sabes… Una última pregunta que no tiene nada que ver con sexo ni miedo. Me llama la atención las referencias a Colombia en algunas de tus obras. En Tuyo es el reino, por ejemplo, nombras a tres escritores colombianos: José Asunción Silva, Tomás Carrasquilla y José María Vargas Vila. ¿Por qué?

La literatura colombiana siempre ha estado presente en nosotros. Ustedes saben que no son un país, son un continente, una cosa impresionante. Yo creo que han dado (y están dando) literatura memorable en la que uno se tiene que mirar. Yo, quizás porque estudié hispánicas, soy muy dado a leer la literatura latinoamericana. Uno cree pertenecer a una tradición literaria y de algún modo uno tiene que acercarse a esa tradición literaria. Me parece que eso está muy bien.

 

Desafortunadamente nos tocó interrumpir este diálogo aquí. Mi timidez ya se había esfumado. Reclamaron el salón donde estábamos para otra actividad. Quedaron muchas preguntas por hacer y, lo más importante, mucho, muchísimo que escuchar.

Un rato después el azar nos volvió a reunir en medio de un estand abarrotado de gente. Abilio buscaba una casa de cambio. Quería comer algo. No había almorzado. Yo tampoco. Nos fuimos a buscar unas empanadas. Ahí otro diálogo nos envolvió. Sin grabadora.

Pero esa ya es otra historia…