La filosofía poética de un ser único

Sobre la novela Carmina Benguría. Sólo el amor construye, de Manuel Sánchez Dalama

Mar Mato


Carmina Benguría. Solo el amor construye
Manuel Sánchez Dalama
Distrito 93, 2020


Carmina Benguría (Ciego de Ávila, Cuba, 1920-Miami, 2017) fue un alma que vivió para los versos. Su misión fue «divulgar la poesía». En la primera mitad del siglo XX, se convirtió en una de las principales declamadoras del mundo hispano, con numerosas giras internacionales. Hasta llegó a recitar a Lorca en Madrid en los tiempos prohibidos. Un libro lucha por preservar su memoria.

Hay vidas que no merecen ser olvidadas. Hay personas que, sin escribir tratados filosóficos, expanden una comprensión del mundo, de los sentimientos y de la vida que deberían ser grabados en papel, metal o la nube para siempre. Carmina Benguría, recitadora cubana de enorme éxito en América y España en la primera mitad del siglo pasado, se enmarca en estos seres únicos; pero tres años tras su muerte, se desconoce dónde descansan su cuerpo y las contadísimas pertenencias con las que llegó a su último día. Su recuerdo es como una copla popular que amenaza con no existir.

Es una muestra del olvido que ha abrazado a esta mujer así como a su marido, el escultor cubano Roberto Estopiñán, a pesar de una vida de lujos y consideraciones internacionales. Si viajan a La Habana, encontrarán -en la placa de la estatua de Martí en la Plaza de La Revolución- el nombre de este artista, quien remató la pieza ideada por su maestro, Juan José Sicre.

El escritor cubano Manuel Sánchez Dalama ha rescatado a Carmina Benguría en su última novela, Solo el amor construye (Distrito 93), en la que relata de forma exquisita y amena la vida de la declamadora, al tiempo que nos va facilitando retazos de episodios históricos poco conocidos y de personalidades del siglo XX como Gabriela Mistral entre muchas otras.

Decía Benguría -y así se recoge en el libro de Sánchez Dalama- que «nada en esta vida es casualidad». Ella, que había nacido en 1920 en una familia de origen español con excelentísima situación económica, fue criada por su madre con una formación en la que la poesía era el eje. Varias horas ensayaba al día para perfeccionar la puesta en escena; pero, sobre todo, para entender lo que los poetas escribían con el fin de trasladarlo a la audiencia, sembrando los teatros y plazas de aplausos.

Los primeros los recibió muy joven en la Universidad de Columbia en Nueva York, a los 17 años, cuando fue invitada a recitar versos, para cuyo repertorio eligió a Unamuno y a Martí. Poco después, llenaría el Teatro Nacional en La Habana que había sido alquilado por su madre para la actuación, prueba de las posibilidades económicas de la familia.

Carmina Benguría

La fe de su madre en su arte y el trabajo continuo, a veces extenuante, que la privó de parte de su juventud, hizo que se labrase una destacada carrera como declamadora. Su popularidad fue ascendente y era contratada para recitar en países de toda Hispanoamérica, con personalidades del mundo de la cultura y la política, pero también de la ciudadanía humilde, rendidas a sus pies. En el Machu Pichu, en Perú, aún resuena esa alma envuelta en palabras que esparció con su voz en el territorio inca.

Para ella, Cuba era el «amor», su «paraíso», además de su casa. En los años 50, en la televisión del país isleño, llegaban a pagarle 100 dólares por minuto de actuación, incluso el Che Guevara en persona la animó a dar recitales por América; pero, finalmente, tuvo que exiliarse en Estados Unidos a los 40 años de edad.

Cuando en 1960 salió de la isla con su madre rumbo al exilio donde se reunió con su padre, hermanos y marido (que había luchado en la clandestinidad contra la dictadura de Batista), dejaba una vida y hogar atrás con la creencia de que en pocos meses o años regresaría.

«En Miami dejamos de ser una familia rica para convertirnos en gente con una mano delante y la otra detrás. En un apartamento de un cuarto con un bañito minúsculo y nada más vivíamos siete personas. (…) Sobrevivíamos como obreros de mala muerte. Pasamos de elegir lo que nos apetecía a comer lo que aparecía, de tener sirvientes a trabajar como sirvientes, de ser estimados por la sociedad a ser nada en la sociedad», recoge este libro biográfico, narrado en primera persona.

Posteriormente, Carmina y su marido se trasladarían a Nueva York. Pero la vida los separaría cuando, pasados ambos de los noventa años de edad, tuvieron que ser ingresados en hospitales diferentes.

Finalmente, Carmina acabaría en la modesta residencia Miami Jewish Home. Sánchez Dalama conoció al matrimonio por un amigo común, y durante siete años -la mayor parte de ellos, él en España y Carmina en Miami- grabó parte de sus numerosas conversaciones telefónicas, para elaborar el libro que luego ella revisó. «A Carmina, la eliminaron de todos los registros. Murió en la más absoluta soledad, ni siquiera sé dónde están sus restos», lamenta su biógrafo quien se asombra de la vida de esta declamadora a la que «en Madrid la gente le ponía los abrigos en el piso para que caminara sobre ellos, tal y como aparece reflejado en la hemeroteca del ABC».