La herencia
Rafael Reyes-Ruiz
La Pereza, 2020
Rafael Reyes-Ruiz pertenece a esa generación de escritores que, por decisión propia o por razones políticas y económicas, han vivido en ámbitos culturales tan diversos como pueden ser los Estados Unidos de Norteamérica, Japón y los Emiratos Árabes, por solo citar un ejemplo. Ese deambular a Reyes-Ruiz, que es antropólogo social, tal vez le ha servido para que, gracias a su labor creativa, nos brinde cuatro novelas cuyos escenarios exóticos -Bangkok, Tokio o Dubái-, son recreados como parte de la trama de sus narraciones.
La herencia, su cuarta novela, desde el comienzo nos presenta a Tony que ha llegado a Dubái, capital de uno de los emiratos, huyendo de la mafia japonesa (los Yakuza) quien, contrario a las advertencias de Vladimir, comienza a inmiscuirse en una secuencia de eventos cuyo entramado no tiene una respuesta inmediata, pero que el lector sospecha pueden representar un peligro para el protagonista. Tony, que desconoce la ciudad, vive obsesionado por conocer qué ha pasado con Adriana Paola, su pareja, que como él se vio obligada a escapar de Tokio.
De algún modo, psicológicamente, Tony confunde su desaparición con la de Wendy una vecina, recién conocida, que al parecer está involucrada en negocios ilícitos y que él piensa también ha desaparecido.
A lo largo de la novela, el relato se detiene pocas veces a describir en detalles a los personajes que son, a veces, pinceladas. Curiosamente, no faltan las descripciones de los edificios, las calles, los clubs y en general el perfil de la ciudad que deviene un ‘personaje’ más en la narración.
Sin embargo, son las acciones de los personajes las que llevan al lector de uno a otro escenario tratando de involucrarnos en la trama en la cual se encuentran, no sin que en sus actitudes se manifiesten cierto encubrimiento y recelo.
La narración, contada desde la tercera persona, alterna con los diálogos de los personajes, pero se sostiene en un discurso descriptivo que, de algún modo, impide que el lector pueda adelantar sus conjeturas más allá de lo que se expone. La novela, fragmentada en unidades o capítulos, de forma paralela, va alternando lo que acontece a Tony y a Adriana Paola. Pero no cabe dudas que el placer de la voz discursiva es contar historias, y aun cuando sus tribulaciones (las de Tony y Paola) forman parte de la trama general, el lector se percata que además de las descripciones antes mencionadas, cada personaje tiene también su propia historia que el relato recrea sin minorarla. Así ocurre no solo con los personajes ya mencionados, sino también con Deenik, el profesor de historia de la Universidad de Dubái, los ancestros de Paola, Wendy, etc.
El relato, que gira en torno a la existencia de un bargueño original, llamado El Arca de Noé, tiene uno de sus puntos de mayor interés cuando Rodrigues (con s y sin acento), un profesor de historia antigua explica el origen y linaje de este arcón y su posible nexo con la diáspora Sefardí. Es un guiño de ojo que nos hace el novelista para desempolvar una historia que nos remonta al siglo XIII a la ciudad de Córdoba cuando gobernaba la dinastía Almoravid. Período ejemplar en la historia universal donde los musulmanes que ocupaban España desde el año 726 lograron alcanzar una convivencia pacífica con judíos y cristianos.
La trama, por otra parte, no disimula la seducción que siente la voz discursiva por el arte y la cultura japonesa. No faltan, como en sus anteriores novelas las referencias a escritores japoneses como Shusako Endo, o el multifacético Yukio Mishima. La cinematografía, de igual modo, entra en la narración cuando el protagonista afirma que el cine lo ayudó mucho a estudiar la cultura nipona y seguidamente refiriéndose a sus películas preferidas menciona la Trilogía de Noriko (1949-53), del cineasta Yazujiro Ozu.
Por lo demás, es interesante cómo se revelan fragmentos de la existencia de los clubes nocturnos de Tokio. En ellos las bailarinas exóticas de Europa del Este, Brasil y Colombia, controladas por la mafia japonesa, constituyen la atracción del placer hedonista que deslumbran a hombres de negocios y ejecutivos japoneses. Sin ser un tópico esencial en el corpus de la narración, la “trata de blancas” y las implicaciones económicas y legales que enfrentan dichas mujeres y, quienes negocian con ellas, son de algún modo, un velo presente en el conflicto de los personajes principales.
La novela en la medida que avanza el relato arrastra al lector a un recorrido retrospectivo en la Historia donde la presencia islámica en España se entreteje con elementos que apuntan a los fundamentos del judeocristianismo, cuando se relaciona el bargueño con el relato bíblico homónimo. Es, quizá, una introspección de la voz discursiva que cuestiona sus propios orígenes que bien podrían tener raíces judío-asquenazis… cuando en el relato, casualmente, se insiste en hacer pruebas de ADN.
Curioso además es el periplo que Tony recorre: Colombia, New York, Tokio y Dubái que coinciden con el de la voz discursiva. Por demás, su gusto por el cine y la literatura japonesa y su distanciamiento con la familia en Colombia podrían, de igual modo, ser un referente que apunta al narrador.
Si en las novelas anteriores se alude a Tabucchi, Shusako Endo y Yukio Mishima, con un guiño de genuflexión, en La herencia, como su título sugiere, me aventuro a afirmar que existe un interés por reverenciar el pasado; los abuelos y bisabuelos que tal vez pudieron construir bargueños tan preciados como los que se mencionan en ella.
Por demás, casi al final de la novela se muestra un Dubái desconocido para el turista, cuando se explica cómo las universidades con prestigio internacional responden a directrices político-religiosas decretadas por el establishment, que ignoran los procedimientos institucionales, y que a modo de inquisición constituyen un “grillete” para la enseñanza, los profesores y estudiantes.
La herencia es una pieza narrativa que se resiste a ser catalogada dentro de un género específico. No obstante, nos remite a aspectos importantes de la historia del Al-Ándalus contada por estudiosos y académicos, que hacen de esta novela una obra encomiable. Esto es, nos obliga a revisar un período que con frecuencia ha sido minimizado por los estudiosos tradicionales que no han podido reconocer el enorme legado que dejó en España la ocupación musulmana, a lo largo de casi ochocientos años.