La caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y la quiebra del imperialismo soviético en Rusia y otras naciones de Europa del Este poco después, impusieron al gobierno nuevas estrategias en todos los ámbitos de su gestión. Desaparecida abruptamente la generosa subvención soviética a una economía cubana que dependía hasta de los más mínimos insumos de la «solidaridad» de Moscú, el país se vio abocado a una crisis absoluta que Fidel Castro, esgrimiendo uno de sus usuales eufemismos, catalogó como «Período Especial en Tiempos de Paz», abriendo así una de las más negras épocas del periodo revolucionario: total desabastecimiento de alimentos (ni siquiera era segura la distribución de los racionados mediante la «Libreta de Abastecimiento» que debía dotar a cada familia cubana de una alimentación básica a precios subvencionados por el Estado), medicinas y productos o equipos hospitalarios (comenzando el total declive de lo alcanzado en materia de salud pública en años anteriores), petróleo (el pueblo llamó a ese período «el gran alumbrón», pues era raro el día que no faltaba la energía electrica) y escasez o ausencia de todo tipo de recursos para el funcionamiento de la industria nacional, incluida el turismo.
Paralelamente, Estados Unidos arreció sus ataques contra el gobierno cubano, casi convencido de que Fidel Castro no sobreviviría mucho tiempo a la muerte del socialismo soviético. Intensifica el espionaje contra la Isla, realiza maniobras militares, ensaya ataques aéreos y trata de sancionar al régimen cubano en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU; recrudecimiento que es asumido por Cuba como el anuncio de una posible agresión directa, por lo que responde perfeccionando el sistema defensivo del país con el concepto de la «Guerra de Todo el Pueblo» (cada cubano, según este concepto, debía tener un lugar, una forma y un medio para luchar contra esa agresión imperialista, si esta se producía).
Además de todas las presiones internacionales de condena a Cuba como el último país que se aferraba a un sistema en evidente agonía, a las trasmisiones radiales de la emisora Radio Martí (fundada en 1983 por Ronald Reagan, con la intención de bombardear la isla con programas que abrieran los ojos a los cubanos sobre las verdades que el régimen les ocultaba amparados en el monopolio de los medios de prensa), el entonces presidente George Bush (padre) agregó en 1990 las emisiones de Televisión Martí. Como si ya no fuera suficiente con esta «agresión», y aunque hoy puede verse en la isla gracias al satélite Hispasat, al principio, TV Martí transmitió desde un aerostato a 3.000 metros de altura ubicado en los cayos de la Florida, pero al no conseguir éxito en el alcance esperado, llegaría a utilizar un transmisor aerotransportado, que entre los años 2004 y 2005 sería un C-130 que volaba por el estrecho de la Florida y pertenecía a una unidad de Guerra Psicológica del Pentágono (otra señal que Fidel Castro asumió como el anuncio de una agresión).
Justamente en este período, buscando la información que los medios oficiales no les ofrecían, los cubanos comenzaron a utilizar una amplísima red de antenas parabólicas de construcción casera y redes de cables clandestinos que robaban la señal televisiva de hoteles o instalaciones turísticas y gubernamentales que ofrecían esos servicios para personal extranjero (para los cubanos estaba prohibido). Y también precisamente en esos años, específicamente a partir de 1985, circulaba dentro de Cuba, por vías alternativas, numerosa literatura (básicamente revistas) que analizaban cómo, comenzando por la llamada «Perestroika» (reestructuración) y posteriormente por la «Glasnost» (transparencia), se había derrumbado desde dentro el sistema socialista en los países del Este.
El primer indicio de que Fidel Castro jamás permitiría ni la Perestroika ni la Glasnost lo habíamos tenido los entonces estudiantes de periodismo de la Universidad de La Habana, en una reunión que le solicitamos en octubre de 1987 y donde por primera se le hicieron preguntas muy incómodas sobre libertad de prensa, monopolio de la información, caudillismo en la élite revolucionaria, falso gigantismo de las metas revolucionarias, etc. Más adelante dedicaré un espacio más amplio a este importante suceso, pero es necesario apuntar que una de las aclaraciones esenciales de Fidel en ese encuentro (como se ve, tres años antes de que se derrumbara el socialismo, quedando apenas Cuba, China, Corea del Sur y Viet Nam como atrincherados representantes) fue recalcar que los cubanos no necesitábamos nada de lo que la URSS había implementado para reformar su socialismo porque ya en Cuba «habíamos concebido» (es decir, él había impuesto desde abril de 1986) el «Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas», con el que pretendía demostrarle al mundo que la idea socialista podía ser reformada, readaptada, sin autodestruirse.
Pero aún más: desde finales de esa década la oposición cubana se había ido organizando y expandiéndose lenta pero sólidamente en un terreno que, ya lo hemos dicho, Fidel Castro jamás cedería: el poderoso universo de la información. Los opositores utilizaban todas las vías a su alcance para enviar información fuera de la isla sobre las constantes violaciones de los derechos humanos, y la precaria situación económica y del nivel de vida del pueblo cubano. Entre 1990 y 2003 surgen las primeras agencias independientes de prensa (APIC, Habana Press, Cuba Press), comienzan a ser presencia en la prensa internacional (con una cobertura ampliada por agencias como Cubanet, Cuba Free Press o Radio-TV Martí) trabajos escritos y reportes desde la isla por Raúl Rivero, Tania Quintero, Indamiro Restano, entre otros, a los que se sumarían, en la segunda mitad de los noventa, nuevas agencias como Nueva Prensa Cubana, Prensa Libre Oriental y el Grupo de Trabajo «Decoro».
Ante ese complejo escenario, que Fidel Castro consideraba demasiado agresivo a pesar de que se trataba de un movimiento de resistencia pacífica e intelectual, en 1999 decreta la Ley 88 de Protección de la independencia nacional y la economía de Cuba (conocida como «Ley Mordaza»), que en su artículo primero establecía que:
«Esta Ley tiene como finalidad tipificar y sancionar aquellos hechos dirigidos a apoyar, facilitar, o colaborar con los objetivos de la Ley «Helms-Burton», el bloqueo y la guerra económica contra nuestro pueblo, encaminados a quebrantar el orden interno, desestabilizar el país y liquidar al Estado Socialista y la independencia de Cuba».
Lo que se combinaba legalmente con el Artículo 91 del Código Penal que establece que:
«El que, en interés de un Estado extranjero, ejecute un hecho con el objeto de que sufra detrimento la independencia del Estado cubano o la integridad de su territorio, incurre en sanción de privación de libertad de diez a veinte años o muerte».
Gracias a esta Ley, elaborada con límites legales tan indefinidos que permitían utilizarla para condenar cualquier acto de crítica a la gestión gubernamental, el gobierno cubano coloca en el entramado de la represión y la censura una nueva figura: la supuesta colaboración de quienes criticaban al gobierno con una también supuesta conjura del enemigo histórico de «la Revolución», Estados Unidos; una culpabilidad «mercenaria» que se hacía más peligrosa para el gobierno desde el apresamiento de la red de espías cubanos infiltrados en Estados Unidos (la «Red Avispa») y la guerra diplomática entre Cuba y Estados Unidos a raíz de una disputa familiar por el niño Elian González Brotons (el llamado «Caso Elián»). Y es justo utilizando esa ley, esa nueva figura represiva y es en medio de ese contexto ideológico, que Fidel Castro llamó «Batalla de Ideas», que en el 2003 Cuba encarcela a 75 periodistas opositores en la llamada «Primavera Negra de 2003», por el único delito de informar al mundo con una visión distinta a la oficial.
En todo este período, como es fácil comprobar, la estrategia para limpiar internacionalmente la cara represiva y censora de «la Revolución» fue el argumento de que toda oposición intelectual y artística (o política puramente) era financiada por las administraciones de Bush padre, Bill Clinton y Bush hijo, utilizando la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana. Y, aunque (como otras etiquetas) se había utilizado antes de modo puntual con algunos reconocidos opositores, es a partir de 1999 en que «Mercenario del Imperio» empieza a ser una coletilla que se le agregaba a cualquier cubano que manifestara su oposición a la política gubernamental cubana.
Nota del columnista:
Introducción al tercer capítulo del libro La estrategia del verdugo, Premio de Ensayo «Carlos Alberto Montaner» 2019.
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