
En estos días he estado recordando mis primeros pasos en el oficio de escritor. Fue un tiempo difícil, lleno de dudas, dificultades y escollos en el camino que me había propuesto recorrer. Yo había terminado una carrera que no tenía nada que ver con la literatura; pero, sin saber muy bien por qué, soñaba con escribir cuentos y novelas. Quería ser autor de libros, imaginar mundos diversos y volcarlos en el papel, inventar conflictos humanos y crear personajes de rasgos tan bien definidos que dejaran una huella en la memoria de mis contemporáneos.
Pero tenía un problema: debía emplear mis mejores horas del día trabajando en algo por lo que no sentía la menor vocación. Podría explicarlo mejor; pero no quiero aburrir. El hecho es que anhelaba empezar de nuevo y estudiar cualquier cosa que tuviera relación con las letras. Esto no era posible, no al menos en la Cuba de entonces. Siempre que trataba de matricular una carrera de Humanidades en la Universidad, recibía la negativa por respuesta. Me decían que yo debía dedicarme a mi especialidad, superarme en ella y, si lo deseaba, adquirir nuevas calificaciones que me permitieran avanzar por ese camino y ser más útil al país en el terreno donde, se suponía, estaba llamado a desempeñarme durante el resto de mi vida.
Por entonces empecé a asistir a un taller literario que funcionaba en la biblioteca municipal de Nuevitas, Camagüey, que era el lugar de Cuba que me habían asignado para vivir y trabajar. El taller estaba dirigido por Miguel Mejides y Enrique Cirules, dos excelentes escritores oriundos de la ciudad, ambos con obra reconocida en el país. Allí escribí mis primeros cuentos, recibí mis primeras críticas y allí me propuse darle un vuelco a mi vida y dedicarme por completo a mi verdadera vocación. Por entonces mis trabajos eran bastante rudimentarios, historias pergeñadas con más amor y coraje que sentido de la palabra escrita. Hacía lo que podía; pero la verdad es que el deseo y la dedicación no eran suficientes por sí solos para escribir nada que tuviera algún valor sustantivo. En aquellas reuniones del taller, mis mentores y amigos nueviteros me mostraron algunos secretos del texto literario, me enseñaron a separar el trigo de la paja y, algo muy importante, a leer sólo buenos libros. Ahora que lo veo a la luz de los años, me pregunto cómo había pretendido escribir literatura sin conocer nada de lo que aprendí con ellos.
Además de mis primeros cuentos, por entonces urdí algún poema y realicé atrevidas incursiones en el campo de la traducción literaria. Estaba buscándome a mí mismo, tratando de encontrar mi lugar en aquel mundo. Pero todo ello debía hacerlo en mis horas libres, tal y como corresponde a cualquier profesional que desea desarrollar un hobby al margen de su carrera. Yo, sin embargo, lo tomaba con un entusiasmo que iba mucho más allá de una simple afición. Deseaba dedicar todo mi tiempo y mi energía mental a la creación de una obra literaria. Cuando mis ingentes habilidades en el oficio me permitieron alcanzar algunos logros de escritor amateur, llegué a la conclusión de que no podía seguir así. Yo sería escritor “de verdad” o no sería nada. Me sobraban los años invertidos en mi antigua carrera, las horas de trabajo ante problemas que no me interesaban, las exigencias de la profesión y, sobre todo, el tiempo que debía dedicarle a todo aquello. Una hermosa noche de verano, tomándonos una cerveza para celebrar un pequeño triunfo mío en un certamen nacional de cuentos, Cirules me puso una mano en el hombro y me dijo: “no empines la nariz, que todavía no has llegado a ningún sitio”. Mejides, a su vez, se llevó el cigarro a la boca y, tras expulsar el humo en dirección al cielo, me habló con un punto de guasa en la voz: “Esto es muy largo, amigo mío. Te queda mucho camino por andar”. Y era cierto, comprobé más tarde, el camino era más largo y difícil de lo que yo imaginaba por entonces. Pese a ello, o tal vez por eso mismo, me sentía con fuerzas para andarlo.
Por esa época hice un viaje a la capital del país. Y no recuerdo cómo ni por qué, un día me vi asistiendo a una actividad cultural organizada en la Casa Museo “Alejo Carpentier”, en La Habana Vieja. Allí apareció de repente un ruso con una guitarra en la mano y alguien nos presentó diciéndole que yo había estudiado en Moscú y que era casi su paisano. Me pidieron que lo ayudara a explicarse con el protagonista de la tarde, un profesor universitario que trataba de mantener un diálogo con él. Resultó que el ruso era escritor, un escritor de las nuevas generaciones de su país, y estaba allí para compartir sus experiencias con el público cubano. Yo lo ayudé en la traducción de la charla. El profesor, por su parte, enseñaba Estética en la Universidad de La Habana y había sido invitado a leer una conferencia sobre no recuerdo qué tema relacionado con su especialidad. Era muy buen lector, y en cuanto comenzó a hablar, se ganó inmediatamente la atención del auditorio, incluida la mía. Ha pasado mucho tiempo de aquello y he olvidado casi todo lo que refirió en su charla. Recuerdo, sin embargo, una reflexión suya que en aquel momento de mi vida me pareció en extremo reveladora.
Si una planta determinada, vino a decir el hombre en su conferencia, crece en una tierra que no es la más idónea para ella, vivirá, sí, y hasta dará flores y frutos; pero estos no llegarán a ser nunca de la calidad que serían si hubieran nacido y crecido en el lugar adecuado. Y al igual que las plantas, cada ser humano debe ejercer su actividad social en el terreno que le sea más apropiado a su naturaleza. En ese sitio, y no en otro, dará sus mejores frutos y contribuirá con ellos al progreso material o espiritual de sus contemporáneos. Las posibilidades del cerebro humano son específicas para cada persona en cuestión. Por eso deberíamos tratar de dedicarnos a una actividad profesional cercana a nuestra vocación e inteligencia individual.
Cuando regresé a casa, expuse estas ideas a mi esposa y hablamos largamente sobre el tema. Al poco tiempo de aquello dejamos Nuevitas y yo comencé a trabajar en La Habana, en Cinematografía Educativa. Estando allí sí pude estudiar, entre otras cosas, Historia del Cine y Literatura norteamericana en la Universidad. Y continué estudiando y escribiendo. Hoy en día lo sigo haciendo. Y libro a libro, he publicado una veintena de títulos y construido una obra literaria. Ahí está, para quien desee leerla y apreciarla.