
De golpe me imponen la condena de pasar el resto de mis días en una isla desierta y encima restringen de forma drástica (¡oh horror de horrores!) la cantidad de libros que puedo llevar conmigo: tan solo uno. Sin dudarlo un segundo tomo la decisión correcta: llevaré El Quijote.
¿Por qué El Quijote y no otro de los muchos libros maravillosos que pueblan el subyugante mundo de la Literatura? La verdad es que no me resulta difícil explicarlo (y explicármelo), porque he meditado mucho y muy a menudo sobre ello.
El Quijote como obra total
Jorge Luis Borges dijo de Quevedo que éste era más que un escritor una vasta literatura. Pues bien, de El Quijote podemos decir –sin caer en juicio hiperbólico– que más que un libro es una vasta biblioteca. Cierto: allí confluyen todos los géneros de su tiempo: la épica o epopeya, la poesía lírica, la tradición retórica, la poética aristotélica, el teatro renacentista y las diferentes corrientes de la novelística en ciernes, entre las que podríamos destacar la pastoril, la sentimental, la de caballerías, la picaresca y la bizantino-barroca.
Todo lo señalado está en los dos gruesos tomos que conforman la obra de Cervantes. Pero como si esto no fuera ya ofrecer bastante por parte de un libro y su autor, no supusiera ya suficiente atractivo para un ávido lector solitario, El Quijote nos sumerge en un auténtico mundo paralelo, independiente del real, sugerente y riquísimo, pleno de ironía y sentido del humor, que recoge, a la manera de Velázquez en Las Meninas, con abarcadora voracidad barroco-renacentista, la totalidad de lo existente.
El Quijote original se escribe en árabe (por tanto de izquierda a derecha) y Cervantes (que encuentra por causalidad el manuscrito en la Alcaná de Toledo) lo manda a traducir al castellano, reescribiéndose por tanto el texto de derecha a izquierda, de modo que lo que leemos en las páginas concebidas hace ya 415 años por el “manco de Lepanto” es una imagen especular del original, cuyo autor es (como se nos aclara en el Capítulo IX), Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.
Este juego especular de imágenes invertidas se ve enriquecido –de forma continua y ciertamente sabia, lúcida, lúdica y gozosa– a lo largo de toda la obra con la masiva afluencia del perspectivismo: los diferentes puntos de vista narrativos que hacen de El Quijote una obra no homofónica sino rotundamente polifónica.
¿Cuántos narradores hay en El Quijote? Sin tener en cuenta los de las cuantiosas historias intercaladas –relatos, novelas cortas, dramatizaciones, poesías, razonamientos, diálogos, discursos, sentencias, pensamientos…–, en la novela cervantina conviven numerosos narradores –y, por tanto, muchos y muy variados estilos–: el autor árabe, el traductor y el hispanohablante que encontró el manuscrito en Toledo. Y en el punto extremo de esta auténtica maraña de narradores ni el propio protagonista, Alonso Quijano, sabrá quien cuenta la historia: si un genio o el propio Miguel de Cervantes Saavedra.
Cervantes no se impone límites en la escritura de El Quijote, y a impulsos de la creatividad y la imaginación más extremas, mostrando la más absoluta libertad creadora, deja volar la pluma de forma libérrima y audaz poniendo en pie una ambiciosa composición literaria totalizadora. Realidad y ficción, verdad y mentira se confunden en las páginas de El Quijote. La realidad se cuestiona aquí de forma tan sistemática que termina difuminando por entero sus contornos. ¿Lo que muestran los ojos es lo que parece, es lo real y verdadero o, por el contrario, es solo una engañosa apariencia? Como es de sobra conocido en El Quijote los molinos son gigantes, la vacía de barbero que corona la testa de Alonso Quijano es el yelmo de Mambrino, una porquera del Toboso es la ideal Dulcinea y un apacible rebaño de ovejas un poderoso y temible ejército contra el que el esforzado y aguerrido Caballero de la Triste Figura habrá de combatir ferozmente…
Como las muñecas matrioshkas de la tradición rusa que van encajando una dentro de la otra, El Quijote incorpora la novela dentro de la novela (el propio libro que tenemos en las manos aparece en el escrutinio que hacen el cura y el barbero de la biblioteca del hidalgo manchego, así como alguna otra obra del autor: La Galatea); acoge asimismo al traductor, al propio Cervantes como autor, al lector y, en el colmo de la voluntad totalizante, también (ya en la segunda parte de la obra, sin duda la mejor) la imitación de El Quijote el llamado Quijote de Avellaneda o Quijote apócrifo publicado en Tarragona (Cataluña) el año de 1614 y escrito por Alonso Fernández de Avellaneda, seudónimo de un autor cuya verdadera identidad no se ha podido establecer hasta la fecha.
La creación de la novela moderna
Con El Quijote, Cervantes crea la novela moderna. Lo hace nutriéndose con sabiduría extrema y agudo olfato artístico de cuantos intentos experimentales lo precedieron (las ya señaladas novelas pastoril, sentimental, de caballerías, picaresca, bizantino-barroca), y subvirtiendo todos los géneros en boga a través de la parodia de los mismos. Con ello, Cervantes logra el prodigio artístico de la novela total, que no sólo trascenderá el arte narrativo de su época, sino incluso el cerrado realismo de la novela decimonónica, alcanzando (como si dijéramos “milagrosamente”) a conectar con la novelística de vanguardia del pasado siglo XX.
Este que podría parecer un juicio exagerado no lo es en absoluto. La constante reflexión meta ficcional, la deliberada puesta de manifiesto del carácter literario del texto, los juegos auto irónicos, la intertextualidad (conexiones permanentes con otros discursos y otros textos), etcétera., así lo ponen claramente de manifiesto.
Los imitadores de la novela y su inspiración fecundante
No es de extrañar, pues, que, aparte del gran éxito que tuvo en su época El Quijote tuviera asimismo una larga lista de imitadores. Tras la ya referida imitación de Alonso Fernández de Avellaneda (Quijote apócrifo), ya en los siglos XVII y XVIII se producen algunas continuaciones de la novela escritas en francés. Así la Historia del admirable don Quijote de la Mancha, en dos partes, escritas respectivamente por Filleau de Saint-Martin y Robert Challe, y la Continuación nueva y verdadera de la historia y las aventuras del incomparable don Quijote de la Mancha, de autor desconocido.
Pero lo más significativo y relevante es cómo El Quijote fecundó el arte de novelar, tocando, con su siempre vivo y novedoso fermento, a sucesivas pléyades de escritores de las más diversas culturas y latitudes, los cuales escribirán novelas notabilísimas bajo la inspiración fecundante del grandísimo maestro. Tendremos así, Jacques el fatalista y su maestro (1796) de Denis Diderot; La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy (1759–1767) del inglés Laurence Sterne y Viaje sentimental por Francia e Italia (1768) del mismo autor. Y ya en el pasado siglo XX, la pirotecnia verbal de Tres Tristes tigres (1967) del cubano Guillermo Cabrera Infante. Todas estas han sido consideradas por la crítica especializada como “novelas cervantinas”.
El Quijote como novela de lenguaje
El Quijote es sin duda una novela del lenguaje, una fiesta de la palabra, un permanente chisporroteo de vocablos. Todos en el libro hablan sin cesar (sobre todo los dos coprotagonistas, el caballero y su fiel escudero) y, curiosamente, todos son asimismo lectores –de manera obcecada el propio Alonso Quijano. En El Quijote, pues, aparecerán los diversos estilos de la prosa de la época, con claro predominio (eso sí) del estilo familiar y llano, pero manejado artísticamente. La lengua de la novela, por tanto, se caracteriza (como no podía ser de otra manera, según lo que llevamos visto en estas páginas) por una gran variedad de registros lingüísticos. Escribiendo en una época de transición como escritor situado en la franja fronteriza entre Renacimiento y Barroco, Cervantes vive asimismo un período conflictivo en términos idiomáticos, en el que se manifiestan claramente dos tendencias confrontadas: la etimológica, que se inclina por el latín, y la fonética, que defiende la naturalidad y la llaneza en la expresión. Cervantes se acoge claramente a esta última. Pero su genio sabe armonizar el estilo barroco y el natural propio de los ideales renacentistas y erasmistas.
Y es desde esta sabia y sensible armonización que el escritor castellano fija el idioma español, llevándolo a un alto y notable nivel de desarrollo, flexibilidad, sutileza y capacidad expresiva. Se constituye así en el padre indiscutido de nuestra lengua que en adelante será conocida como el “idioma de Cervantes”, como el inglés lo es de Shakespeare, el italiano de Dante, el francés de Racine y el alemán de Goethe.
El tono de la escritura de Cervantes en El Quijote es hipnótico y nos gana desde el principio de la obra. La voz narrativa (¿la voz de cervantes?) es serena y apaciguadora y tiene la virtud de curar las heridas del alma como el bálsamo de Fierabrás cura las del cuerpo al ingenioso y batallador caballero. Un autor español cuyo nombre no recuerdo ahora, explicaba que tenía El Quijote siempre junto a su cama, como libro de cabecera, y que todas las noches leía algunos pasajes con devoción, pues ese tono, la voz cervantina, lo calmaba, lo llenaba de paz y sosiego.
He de confesar que sobre mí surte idéntico efecto el sonido, el ritmo, la cadencia de la prosa de cervantina.
El sentido del humor, la parodia y la ironía
En El Quijote el sentido del humor juega un papel de extraordinaria relevancia. El humor y la ironía, la auto ironía, la comicidad, lo paródico, se imponen de forma continua en las páginas de esta extraordinaria novela transgresora, se ponen de manifiesto o se evidencian tanto en los hechos que se narran como en los dichos y decires de los personajes. Es imposible leer El Quijote sin esbozar a cada tanto una sonrisa y aquí y allá, de golpe, una estridente y sonora carcajada incontenible que nos hace saltar las lágrimas.
El gran legado humanista de la obra
La sabiduría que encierra la obra cervantina es trascendental. La enseñanza que nos deja como legado, irrenunciable. La defensa de los más altos valores e ideales se manifiesta de forma clara en las páginas de El Quijote: el amor, el valor, la valentía, la fidelidad, la honradez, la sinceridad, la justicia, el bien, la felicidad, la libertad y la utopía. Y el amor por el lenguaje. Cervantes, gran observador, gran lector y hombre de vasta experiencia, pasea su penetrante y sabia mirada comprensiva sobre la sociedad de su tiempo (que se desvanece) y sobre la humana criatura que la habita, indefensa y menesterosa. Para paliar y remediar el dolor humano y la tenebrosa cadena de injusticias que atenazan al mundo se ponen en acción por los campos de Castilla y más allá El Caballero andante y su fiel escudero Sancho Panza.
El alto logro de los dos personajes y su pasión dilógica
Entre los más grandes logros de la novela está el haber dado vida a estos dos singulares y sugestivos personajes. Personajes que en su contraposición vital e ideológica se complementan a la perfección (son las dos caras de una misma moneda: El idealismo y el pragmatismo, el aristotelismo y el platonismo, la sabiduría culta y libresca frente a la sabiduría popular e iletrada), creando una pareja inigualable y absolutamente entrañable, memorable.
Con ellos Cervantes inaugura la tradición del diálogo europeo, señor y escudero conversando sin cesar de igual a igual en rico y ameno debate de ideas, puntos de vistas y pareceres, y enriqueciéndose mutuamente ambos. Más aún, transformando el uno al otro, aún incluso en su lenguaje, hasta el extremo de que al final de las aventuras Don Quijote tiene mucho de Sancho y Sancho mucho de Alonso Quijano. Lo culto y lo popular, la imaginación y el realismo se entremezclan.
Pocas obras, pocos autores e incluso muy pocas literaturas universalmente hablando han tenido la capacidad de crear, de incorporar nuevos términos al idioma. Lo hizo Shakespeare con Hamlet, Fernando de Rojas con la Celestina, lo hizo el género picaresco, singularmente Franz Kafka con su propio nombre (“kafkiano”) y Cervantes con Don Quijote, cuyo sonoro adjetivo, “quijotesco”, expresa, más allá de la lúcida locura, el ideal y la utopía, el sueño de lograr forjar, contra viento y marea, lanza en ristre, un mundo mejor y más habitable.
Como dijera Jorge Luis Borges en una conferencia pronunciada en 1968 en Austin (Texas): “Siempre pienso que una de las cosas felices que me han ocurrido en la vida es haber conocido a Don Quijote.”
La verdad es que no sé de una mejor compañía para un largo y solitario destierro, para el más extremo ostracismo en una isla desierta (o aún incluso para el momento crucial de la partida definitiva del mundo de los vivos) que la de este loco lector de origen manchego que se convirtió en caballero en una época en que ya no los había.
Pero sin necesidad de ir tan lejos, quiero señalar que si Don Quijote apareciera ante mí en este preciso instante, no me sorprendería lo más mínimo (claramente está más vivo que muchos “vivos” aparentes de carne y hueso), y por supuesto que lo acogería jubiloso en la intimidad de mi hogar, como lo que es y será por siempre en mi sentir: un grande, rico y sabio contertulio capaz de hacerme más llevaderos y provechosos los días.