
Alguien dijo ⸺no recuerdo quién⸺, que en la biblioteca de un escritor todos los libros son importantes, incluso aquellos que no ha leído. Supongo que de alguna forma se convierten en cobijo y compañía, quizá en aliento o en testigos del trabajo del que escribe. Los estantes llenos de libros no sólo colorean las paredes de una casa o suscitan preguntas extrañadas en las visitas, son una suerte de biografía, de mapa sentimental de su dueño.
En casa tengo los estantes vacíos. No hay momento más extraño para los que tenemos libros que recogerlos y embolsarlos. Ver cómo el vacío se va haciendo cada vez más blanco en los estantes desconcierta: se parece mucho a la pérdida de la memoria o de una mano. Ayer, sin ir más lejos, me levanté de la cama para buscar un libro. Me desperté pensando en un proyecto sin recordar que el estante estaba vacío. Uno recuerda dónde estaba, pero ya no está. Uno cree que sigue allí, pero no, no hay ninguno, faltan, la casa retumba vacía sin libros.
Jesús Marchamalo, lector y escritor brillante, va a casa de escritores para fotografiar sus bibliotecas y hablar con ellos sobre los libros que tienen. Lo envidio. Husmear en biografías en forma de biblioteca es fascinante. Miro las fotos y leo las entrevistas y dan ganas de entrar en cualquiera de ellas para robar algún volumen, para traerme a casa un trozo de ese escritor y convertirlo en parte de mi biografía: “este libro se lo robé a Enrique Vila-Matas, recuerdo exactamente el día y el olor a café”.
Miro al pasillo. Blanco. Como las estanterías de las niñas, vacías. No tener a mano las lecturas es siempre una desconfianza reflexiva. ¿Cómo fiarse del que no lee ni tiene necesidad de ello? Sin condescendencias ni postureo: ¿Acaso no dudan, no buscan, no quieren saber? Leer es cuestionarse: no me fío de los que no se preguntan nada, de los que no preguntan nada, de los que por ausencia de libros afirman que nada les importa o todo lo saben.
Sólo me atrevo a leer en una pantalla porque estoy rodeado de libros. Nada sustituye su tacto ni la certeza de que en la página impresa ⸺a pesar de sus duendes de imprenta y fe de erratas⸺, lees lo que pone, mientras que en la virtualidad ⸺que ni es de tinta, ni de papel⸺, tenemos que fiarnos de Google el memorioso, y creer que de verdad el ejemplar electrónico dice lo que el de papel. Algo nos escamotean, algo nos van restando poco a poco. Y el día que se apague, el vacío será más oscuro que este blanco que me asalta por la casa.
“No se aburra, lea un libro”, me decía mi mamá de chico ⸺que hace no mucho nos dejó⸺, y yo no le hacía caso, tampoco teníamos muchos libros, pero siempre estaba dispuesta a compararnos uno si aceptábamos el reto lector. Se reía de mí cuando venía a mi casa, “tú te leíste este pocotón de libros”, me preguntaba, y yo le contestaba que llevaba mucho tiempo sin aburrirme. Echo de menos a mi madre y también la compañía de los libros de mis estantes vacíos.