Si lo vieras, seguramente lo verías parco en palabras, hosco tal vez, titubeante en muchas respuestas, poco amigo de expresar opiniones, pero también podías verlo abierto y cordial, incluso con la risa en la cara, dispuesto a hablar de todo, muy interesado siempre en el conocimiento del hombre. La vida y la obra de Ernesto Sábato se asienta en una profunda armonía entre literatura y pintura. Casi nunca tenía muy claro qué iba a hacer, lo mismo escribiendo que pintando, porque solo se dejaba guiar por el instinto. Lo que su poderío intelectual ponía siempre ante nuestros ojos era una imagen que procedía del inconsciente y se forjaba en la ambigüedad de los sueños, que son siempre verdades profundas, protegidas por la oscuridad, los paisajes oníricos, los fantasmas, los seres tenebrosos, los personajes sonámbulos.
Ernesto Sábato es un eterno disconforme, una inteligencia muy despierta que cuestiona de modo permanente a la sociedad de su tiempo. Su pintura tiene mucho que ver con su literatura. Sus novelas son profundas, filosóficas, metafísicas, y duelen. También sus cuadros duelen, sobre todo por el desamparo de los seres enajenados que nos muestran. Sus obras, en ambos géneros, nos conmueven profundamente por las obsesiones que reflejan y que podemos condensar en la visionaria tensión del hombre con su destino. Sábato decía que dibujar y pintar le calmaban los nervios, mientras que la literatura le resultaba más difícil y menos placentera, ya que en ella se condensaba un tiempo de crisis, toda una época conflictiva. No se olvide que la mirada de Sábato siempre era muy grave. Sus cuadros son de raigambre romántica y expresionista; para resumir, él los calificaba de “sobrenaturalistas”, es decir, lo contrario al naturalismo. Siempre ha sido un admirador entusiasmado de los grandes románticos alemanes. Confesaba tener el mismo fondo tumultuoso y tratar los mismos temas que ellos: la noche, el inconsciente, los sueños. Además de las crisis del hombre que se alimenta de una civilización decadente y enferma, complicada todavía más por las exageraciones de la ciencia y la técnica.
En la obra de Sábato es imposible desligar pintura y narrativa. Esta relación tan estrecha entre escritor y pintor se hace visible y clara en los rasgos que él considera característicos de todas sus obras: la invasión del yo, la fuerza del tiempo interior, los valores de inconsciente y subconsciente, las desconexiones lógicas del relato, la presencia del otro, las relaciones entre la mente y el cuerpo, la comunión entre autor y lector-espectador, la relevancia del conocimiento, ya que entiende Sábato que el arte nos ofrece otra forma de conocer, muy diferente a la de las ciencias positivas o sociales. Con las ciencias trabaja la razón, la cabeza, y basta; en la artes, pintura y literatura, ha de actuar el hombre completo.
Las novelas de Sábato no son complacientes con nadie, y tampoco lo son sus cuadros. En ningún caso pretende halagar ni divertir al lector-espectador. Solo busca compartir con él una visión de un mundo inquietante, oscuro, misterioso, del que emergen criaturas fantasmales, con la intención de transmitir sus angustias, sus decepciones y sufrimientos. En el arte, bien literatura o bien pintura, predomina el yo sobre el objeto, ya que el arte es un explorador de almas.
En los últimos treinta años de su vida, Ernesto Sábato pintó una serie especial de retratos de sus maestros escritores y pintores: Dostoievski, Allan Poe, Nietzsche, Baudelaire, Kafka, Edvard Munch, Van Gogh, Virginia Woolf. Pudimos verlos, con otros treinta más, en la exposición que se celebró en el Centro Cultural de la Villa de Madrid el 8 de abril de 1992.
Para cerrar esta reflexión sobre las relaciones entre literatura y pintura en la obra de Ernesto Sábato, pongamos un ejemplo de los más significativos. “El proceso”, la novela de Kafka, es una obra polisémica. Por eso ha recibido tantas interpretaciones, explicaciones y consideraciones críticas; todas ellas igualmente válidas y ninguna concluyente. Cuando Sábato la leyó por primera vez, recibió una sacudida tremenda, como él mismo confiesa; un especie de explosión que no acaba nunca, un bombazo perdurable. Allí había para él una gran verdad. Y tanto la mente como la sensibilidad del autor recibieron una iluminación guiadora que le duró toda la vida. En ese retrato, a través de sus colores, Sábato nos revela qué ha sido para él la obra de Kafka, qué significa: una luz nueva, inagotable. Y lo refleja en el cuadro en el que aparece el rostro de Kafka, con ojos azulinos, a la entrada de una galería, con luces suaves y el azul verde turquesa en las paredes, colorido tan sorprendente en el universo kafkiano. No encontramos en este cuadro de Sábato ni escondites ni madrigueras ni oscuridades, sino un camino abierto, luminoso, con la promesa tácita de un descubrimiento transfigurador.
Colóquelos cada cual en el orden que quiera, pero Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y Julio Cortázar son los tres escritores más importantes de la literatura argentina del siglo XX.
