Andrés Mir (Fernando de Jesús Salcines Sin, Moscú, 1966).- Poeta y periodista. Autor de los poemarios De la nostalgia y la torpeza (Editorial Abril, 1993), Los de antes me servían bien (Editorial Letras Cubanas, 2000) y Sobre la
naturaleza de los mortales (2004). Entre 1996 y 2010 trabajó en las revistas culturales cubanas Revolución y Cultura y El Caimán Barbudo como realizador, diseñador y director artístico. Fundó y dirigió la revista electrónica cultural Esquife durante 10 años, publicación dedicada a promover y pensar el arte emergente en Cuba. Actualmente reside en Rusia. Corresponsal de la agencia EFE en Moscú.
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sevillana
Voy a devolver, lágrima a lágrima, gitana mía,
el pasado caudal al Guadalquivir, porque no es justo
que ya no lo surquen naos cargadas
del oro de las Indias; algún provecho tendrá
este bien de amores que me da alas y caídas, gitana mía.
¿Qué soy yo sin ti, apenas un payo gris
que ha perdido el temor a Dios, al diablo mismo, que ha perdido
el temor en sí, y se alza
contra su propia sombra en el ruedo de la tarde?
Gitana ojiverde mía, nada hay imposible
si a tu servicio pongo mi navaja, mi lomo de labriego
y este sudor sevillano de sur bronceado.
Tú, que me despiertas antes de salir el sol
con la ternura de tus caricias, que me haces hombre
al estrecharte a mi pecho tatuado por la lluvia.
Soy pequeño y soy grande, entro en las ventas
sin ti, pero te llevo a flor de piel, como el eco
en estas callejuelas
donde se pierden las pisadas y los sueños, y todos
sienten este fuego sobre mi camisa, el temblor
del negro lomo del toro enfrentado a la muerte,
mirando a los ojos de su destino sin parpadear.
Así con todo, mis parcas lágrimas de animal sediento
serán el monumento a este amor furioso, y lo sé:
volverán a mover el molino sobre el río que perdió su gloria
para con sus crujidos entonar la dulce canción
de nuestra unión prohibida.
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plegaria
Benditos quienes ríen de mí a mis espaldas,
tienen la drástica libertad de creerse superiores
y desde el espejismo de una altura
se mofan de mis despeines y desafeites,
esa estética perpendicular a sus trillos desbrozados,
mi empeño paradójicamente contrario a la obviedad
de no bañarme dos veces en el mismo río
ni colgarme de otras estrellas que el abrazo de mi amada.
Tienen derecho a ser felices con tan poco con tanto distante:
yo me conformo con menos todavía.
Mi bagaje va por debajo de la piel, vibración imperceptible,
seco latido, rutina de golpearme todo el tiempo
contra las paredes de túnel abriendo ventanas aquí o allá.
Benditos quienes ríen, tienen el derecho a ignorar y prejuzgar,
gozan de la potestad de a su vez pretender
alzar sus propias paredes o cavar sus pozos,
aunque les entretiene la contemplación
de los tarimbecos que cuelgo de mis hombros
para evitar que noten estas alas que me alzan sobre la ciudad
mientras las carcajadas sordas me suponen bufón allá abajo.
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tardes frente al fogón
El corazón de nuestro hogar será el sitio preciso.
buscaré lo imprescindible: ladrillos refractarios
de un ligero bronce, vibrantes como el cristal
del cielo en primavera, ladrillos rojos,
sobrios y sólidos, para cubrir la campana.
Otros materiales indispensables:
arcilla, cemento, arena, esperanza,
que junten este altar a nuestro amor. Lo armaré
con mucha calma, piedra por piedra,
cuidando el espesor de la mezcla, el nivel,
de cada nueva fila de ladrillos alzándose
en esta pequeña casa dentro de nuestra casa,
para que las llamas no le agrieten, el humo
sepa justo por dónde salir, y los chasquidos
de la leña ardiendo nos colmen de paz.
En las tardes de nuestro invierno
acudiremos a su boca como a la primera cita
y tomados de las manos me sentaré a tus pies
cubiertos por un suavísimo edredón
de la más fina alpaca.
Serán horas quedas donde hablaremos
de todos los sueños cumplidos y por cumplir,
de cómo algún día me invitaste a limón y jengibre,
y cuántas cimas tuve que vencer
para que la flor más blanca de mi pecho
adornase tu sien.
Mi luz entonces será eterna aunque mi cuerpo
no la siga, con el mismo sobresalto de la primera vez.
Cobijaré tus manos entre mis palmas, convencido
de que todo está bien, humanamente bien,
mientras el resplandor inquieto del fogón
juega a trenzar sombras chinescas en nuestras mejillas,
y tú me miras con una bondad cana que me sobrecoge
con la clara visión que tantos años atrás
lo supe todo, y supe que este día llegaría.
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