Silvia Burunat, Ph.D., Centro de Graduados, CUNY, Profesora de Español. Su investigación se ha concentrado en la Historia de la Lengua Española, Gramática Española, Sociolingüística, Español para hablantes nativos y Literatura de Memorias. Es autora de varios libros, reseñas y artículos, y coeditora de Veinte años de literatura cubano-americana (1988). Sus últimos libros son El español y su evolución (1999). El español y su sintaxis (2ª Ed., 2010). El español y su estructura (2ª Ed., 2012). Jornada de amor y lágrimas (2006). Josefa y Josefina (2007), Monólogos dialogados (2008), Autobiografía póstuma (2009), Fantasías reales (2010). Una de sus más destacadas contribnuciones como docente es la creación de nuevos cursos de literatura : Literatura de Memorias, Literatura Terapéutica, Literatura de Viajes y Viajeros, y Eros y Cupido en el Cine Español Contemporáneo.
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Tenía yo cinco añitos, mejor añazos por lo espabilada que era, y no me cansaba de escucharla. Me embobaba con sus palabras suaves, con el tono semi-dramático y neutral al mismo tiempo, tal vez debido a su edad avanzada que le había acarreado una cierta debilidad en la voz. En su rostro, las expresiones se perdían, apenas cambiaban, como las de una estatua que cobra vida instantánea, desapareciendo sin casi notarlo. Ah, pero los ojos la traicionaban, el azul intenso aún resplandecía tras los lentes de cristal grueso que se colocaba al romper los albores matutinos y se quitaba justo antes de conciliar el sueño. Aquellos ojos azules no me miraban, proyectaban una mirada interior, se volcaban hacia su propia alma que, a su vez, trasmitía sensaciones que el cerebro convertía en palabras.
La viudez le había llegado muy temprano, sin alcanzar los cuarenta años; la había dejado en un mundo tumultuoso de principios del siglo XX, al cuidado de cuatro descendientes: dos chicas muy lanzadas y “en edad de merecer”, un preadolescente tímido que necesitaba el apoyo paterno y, lo que era más difícil: una criatura de doce meses recién cumplidos que nunca llegaría a conocer a su padre, el cual quedaba rezagado a un vago recuerdo confuso en una mente en formación. Eso, si vamos a aceptar algunas teorías contemporáneas sobre la capacidad humana de establecer y retener imágenes permanentes en la etapa primera de la existencia.
Se iniciaba la incipiente república y con ello, aparecía toda clase de novedades, incluyendo una revolución feminista que, en el caso de mi abuela, ya había comenzado antes, gracias a un padre que supo valorar su inteligencia y sus dotes de aplicación para todo lo que fuese cultura. Desde muy joven había recibido lecciones particulares de un afamado profesor y, aunque nunca ejerció el magisterio, estaba más que preparada para impartir clases, tanto de primaria como de secundaria.
Con la república en marcha, las precarias condiciones financieras de la familia y la soledad que la embargaba, Josefa se decidió a lo que parecía impensable y complicado de lograr: desempolvar la enciclopedia, sacar los libros olvidados en el desván y empezar de nuevo el aprendizaje que había quedado atrás, en una primera juventud desenfadada y repleta de comodidades. La democracia establecida, la cercanía al modelo norteamericano, todo apoyaba una idea de que los privilegios deben echarse a un lado y las metas se alcanzan con el propio esfuerzo. Una profesión magisterial requería, no solo la extensa preparación que ya había recibido y que estaba dispuesta a pulir, sino presentarse a oposiciones junto a otros igualmente merecedores de obtener una plaza escolar.
Después de varios intentos y afectada por una depresión que intentaba ocultar, le llegó la buena nueva: una plaza de maestra en un cuarto grado de escuela pública. Sin embargo, existía un aspecto negativo y era la ubicación del plantel en el municipio de Regla, del otro lado de la bahía habanera. El viaje desde el reparto La Víbora sería agotador: un lento tranvía que llegaba hasta el puerto, una lancha desvencijada que cruzaría el mar y, finalmente, una guagua destartalada que realizaría el último trayecto hasta la escuela.
Josefa vestía riguroso luto, de negro de la cabeza a los pies, crespón, sombrero con velo que le cubría el rostro, mangas largas y con las tristezas de su viudez que ocultaba bajo un apetito voraz, había adquirido una figura opulenta que aumentaba la sensación térmica del calor de fines de agosto. De su hombro derecho pendía una bolsa donde cargaba libros, papeles, plumas, tinteros, lápices, gomas de borrar y otros utensilios comunes en la docencia. El primer día, la primera semana, los meses que transcurrían, todo le resultaba uniforme, tal era el pesar que la embargaba. El tranvía y la guagua le eran familiares, pero aquella lanchita con su vaivén intermitente sobre el oleaje, por lo general leve, le causaba una sensación desagradable en la boca del estómago. Había aprendido a fijar sus pensamientos en lo que iba a iniciar: su labor de educadora de niños desaventajados en su mayoría, pobres de bienes materiales y culturales, aunque ricos en amor familiar.
El aula de cuarto grado que se le había asignado era bastante cómoda, con grandes ventanas por las que penetraba la brisa marina. Un pizarrón estaba adosado a la pared frente a la cual se encontraba su escritorio y, más allá, los pupitres alineados de los chiquillos y chiquillas que observaban intrigados a aquella mujerona de cabellos rubios ya encanecidos y ojos azules y tristes. Aunque todo era novedoso para Josefa, su personalidad arrasadora le hacía comportarse como una avezada docente. No obstante, nada ocultaba por completo la inmensa melancolía que inundaba su espíritu.
El municipio de Regla, cuna de la santería afrocubana, asentamiento de los babalaos más reconocidos en la isla, la recibía con curiosidad. Los espíritus ancestrales la acompañarían siempre. Nuestra Señora de la Regla, con sus homónimos en León y Chipiona en la España continental y Fuerteventura y Tenerife en las Islas Canarias, había sido incorporada al santoral afrocubano desde hacía ya bastante. La maternal virgen negra en el Santuario de Regla cargando a su hijito blanco acunaría a la nostálgica Josefa en su regazo, la sostendría amorosamente mientras le allanaba el camino a su nuevo destino. Su conexión con los mares la llevaría de la mano mientras cruzaba la bahía en aquella lanchita de construcción precaria. Yemayá, diosa de las aguas, no iba a permitir que mi abuela se inundara de lágrimas y se ahogara en sus propios sollozos.
Abuela iba aclimatándose a su nuevo destino, sus pupilos la respetaban, la querían a su modo, después de sobrepasado el temor de enfrentarse a una mujerona de porte intimidante, de un cúmulo de sabiduría que sorprendía a quienes la escuchaban, aun en su lejana niñez cuando acudía a las tertulias literarias de Güines donde, subida en una banqueta y trajeada con encajes y muselina, recitaba poemas compuestos por don Luis, su amoroso padre. Aquellos años estaban perdidos en el tiempo, en una época de ancianos esclavos bondadosos en el Ingenio Aguedita, donde los días se deslizaban uno tras otro en el sopor del clima bochornoso de la campiña cubana.
Una vez transcurrida la primera década, con sus hijas mayores ya encaminadas, su hijo adolescente convertido en todo un joven y la pequeña en plena niñez, Josefa había alcanzado cierto equilibrio en su vida y una estabilidad económica y espiritual que le habían hecho presentarse nuevamente a oposiciones magisteriales y, en esta ocasión, logró lo que muchos ansiaban: el puesto de directora de aquella escuela pública en Regla, algo insólito para una mujer en el primer cuarto del siglo XX en Cuba. La lanchita, esa permanecía igual, llevándola y trayéndola del muelle habanero a las orillas del puerto en aquel municipio donde el santoral afrocubano se congregaba para protegerla, ampararla y librarla de todo mal. Ya se lo habían anunciado los ancianos esclavos en cuyo regazo Josefa se recostaba cuando era casi una bebita: nunca estaría abandonada, siempre tendría a su vera la protección de Yemayá, Changó, Obatalá y otros avatares.
De los tres medios de transporte, el tranvía, la guagua y la lanchita, este último representaba sus esfuerzos y se había convertido en símbolo de su determinación. Pero, es triste decirlo, igualmente sería causante de un episodio inusual que llegaría a la prensa de su época. Una tarde en el mes de noviembre, cuando los ciclones y tormentas tropicales suelen estar en su apogeo, de repente se presentaron remolinos en las aguas de la bahía. Se había anunciado en la radio y en la prensa que el tiempo estaba muy cambiante y que la posibilidad de un huracán se acercaba, pero la noticia no apareció entre las más importantes del momento. Sin embargo, nunca se sabe, y un viernes 13 cuando Josefa iba de regreso a su hogar ya en el segundo medio de transporte pues había dejado la guagua atrás, algo que más semejaba a una trompa marina irrumpió en las agitadas aguas. La pobre lanchita no resistió el empuje de la naturaleza y en menos del cantío de un gallo, se volcó. Había unos cuantos salvavidas a bordo, aunque con la confusión y la alarma varios cayeron al mar cuando los pasajeros intentaban ponérselos. Por otra parte, la figura opulenta de mi abuela habría necesitado un salvavidas de mayor tamaño. Josefa cayó fuera de la borda, pudo sujetarse por unos minutos a las sogas que pendían de los costados de la lancha, pero solo fueron eso, minutos y finalmente se sumergió hasta tocar fondo. Nadie ayudaba a nadie, cada cual estaba en lo suyo, en el frenesí de “sálvese quien pueda». Milagrosamente, el resto de las personas pudo nadar los pocos metros que faltaban para alcanzar el muelle y, una a una, fueron rescatadas por los guardias costeros que esperaban del otro lado. Sin embargo, un suceso inexplicable estaba a punto de iniciarse.
Changó, protectora contra las tormentas y huracanes, defensora de los seres humanos enfrentados a una muerte violenta, se había confabulado con su madre, Yemayá, reina de los mares y su hermana Oshún, quien lo era de las aguas dulces, de ríos, arroyos y manantiales, para no permitir que Josefa pereciera. Un grupo de descendientes iba acumulándose en el horizonte, sus hijas, incluyendo a aquella que había nacido sorpresivamente y que no había podido disfrutar de la presencia del padre amoroso cuya muerte trastornó el porvenir de Josefa, al joven tímido que tanto remedaba a su progenitor en el físico y a una nieta, la única, que vendría mucho después, heredera de sus inclinaciones magisteriales, de su interés por la escritura y de sus ojos de un azul intenso, reflejo del mar Caribe que rodeaba la isla.
Un milagro extraordinario iba a obrarse para que mi abuela pudiese continuar su marcha y dejar sus huellas sobre la tierra. Al haber alcanzado el fondo, su respiración no cesó pues una burbuja de oxígeno le rodeó la cabeza, permitiéndole seguir viviendo. Changó, Yemayá y Oshún quedaron suspendidas sobre las olas, deteniendo los rayos, silenciando los truenos, oteando el horizonte para alejar los negros nubarrones que intentaban aproximarse a lo que quedaba de la embarcación y a sus alrededores. Josefa flotó despacio a la superficie y fue transportada lentamente, sin necesidad de nadar, no más impulsada por una brisa que se desprendía de las tres deidades que la amparaban desde lo alto. Casi sin notarlo, llegó al muelle donde ya se había congregado un gentío que miraba, con una mezcla de curiosidad y angustia, a la mujer que había ascendido desde el fondo y ya iba acercándose sin apenas esforzarse en sus movimientos, como llevada en brazos de un poder invisible. La curiosidad intrínseca del espíritu cubano había logrado que una docena de periodistas ya hubiese llegado al muelle, esperando ansiosos las noticias de aquel fenómeno natural, el huracán, y de aquel suceso sobrenatural, una mujer resucitada. Porque es de notar, amables lectores, que a mi abuela ya la habían dado por muerta los que la vieron hundirse en el océano.
Al acercarse los médicos y las enfermeras que llegaron para socorrer a los necesitados, se sorprendieron ante la presencia de aquella mujer que no parecía haber pasado por un suceso de tal magnitud. Una vez seguros sobre el estado de su salud, los periodistas corrieron a entrevistarla. Uno de ellos, jefe redactor de un afamado periódico de La Habana, después de escuchar el breve relato de frases entrecortadas por la emoción que Josefa pudo explicar, le pidió una entrevista que tendría lugar al día siguiente, sábado 14 de noviembre, pues su intención era, después de haberse percatado de lo interesante que aquella noticia sería en el ámbito periodístico, componer un artículo de varias columnas que conmoviera a la sociedad habanera de esos tiempos.
Y aquí cierro, amigo lector, la historia de “Aquella lanchita a Regla…” presentándote un resumen del famoso artículo basado en la entrevista que se le hizo a mi abuela Josefa. Quede claro que su salud no sufrió el menor deterioro como resultado del accidente de la infame embarcación, sus recorridos diarios en tranvía, lancha y guagua, ida y vuelta, continuaron y abuela vivió hasta la edad de noventa y cinco años, habiéndose jubilado cuando yo llegué a este mundo, para que mi madre, la pequeñina que perdió a su padre a los doce meses de nacida, pudiera ejercer su profesión de maestra.
El Diario El Habanero. 21 de noviembre de 1925
La protegida de los dioses
María Josefa Díaz Oliva Viuda de Osuna ha tenido la gentileza de concederle una entrevista a este diario, después del penoso accidente sufrido el pasado viernes 13 en la bahía de La Habana, durante el trayecto de la lancha que hace el recorrido regular al vecino Municipio de Regla. Afortunadamente, no hubo víctimas mortales, solo algunos heridos leves, gracias a la intervención de la guardia costera y la ayuda ofrecida por algunos transeúntes que se hallaban en el muelle.
El caso de la Sra. Josefa es, realmente, único y extraordinario. Ha sido estudiado durante toda esta pasada semana, por diversos babalaos del municipio que han concluido que se trata de un verdadero hecho milagroso. Doña Josefa desapareció bajo las aguas habiendo llegado al fondo que, en esa parte de la bahía, no es muy profundo. De todos modos, y sin saber nadar, su muerte parecía inevitable. Cinco deidades se congregaron, según ellos, para amparar a esta mujer extraordinaria que ha podido sacar adelante por sí sola a cuatro hijos de diversas edades. Habiendo quedado viuda hace más de una década y con la más pequeña, una bebé de doce meses, Josefa decidió desempolvar los libros con los que había estudiado en su juventud y prepararse a oposiciones para lograr un aula en una escuela pública de la ciudad, habiéndola conseguido en el Municipio de Regla.
Barbarito Salcedo Gómez, el babalao más conocido de la localidad, asegura que Obatalá y Orula, ambas encarnaciones respectivas de la Virgen de las Mercedes y San Francisco de Asís, fueron padrinos de la dama desde su primera infancia, siendo responsables de su clara inteligencia, de su sabiduría y de su interés en las labores intelectuales. Por otra parte, las personas que se ocuparon de su cuidado poco después de nacer y de haber quedado huérfana de madre, fueron principalmente esclavos en el Ingenio Aguedita en Tapaste, provincia de La Habana, donde Josefa pasó la mayor parte de su niñez. Estos individuos la colocaron bajo el patrocinio de Yemayá, reina de los mares, Changó, protectora de las tormentas y Oshún, diosa de las aguas dulces. Josefa, con la venia de su padre, don Luis Díaz y Márquez, había sido bautizada en los ritos de la santería yoruba para asegurar un futuro exento de tragedias personales.
La Sra. Viuda de Osuna, cuya edad ya pasa de los cincuenta, ha logrado sobrevivir de este cercano encuentro con la muerte, para regocijo de su familia y de sus antiguos estudiantes de cuarto grado en la Escuela número XXX de Regla, así como de sus compañeros de la docencia en dicho plantel. Sus cuatro hijos, dos jóvenes mujeres, una de ellas también profesora de gramática en la Escuela Normal de Maestros de La Habana, la otra estudiante de pintura en la Academia San Alejandro, un joven que está al iniciarse en una carrera en Leyes, y una adolescente que piensa igualmente continuar los pasos de su madre una vez terminado el bachillerato, se regocijan ante lo que se ha venido a conocer en nuestra ciudad como “el milagro de los dioses”.
El suceso ha alcanzado repercusión a nivel nacional e internacional, se escucha en la radio y ha aparecido en diversas publicaciones de las Américas y hasta en la Madre Patria, cuna de don Salvador Osuna y Coll, fallecido esposo de doña Josefa, y natural de Guadalajara, Castilla la Nueva.
Este diario se complace en felicitar a la familia Osuna y Díaz, deseándoles a todos sus miembros una futura existencia productiva y feliz; sobre todo, libre de tragedias como la que casi ocurrió el pasado viernes 13 del presente. La famosa, o mejor dicho, infame lanchita, más bien lo que queda de ella, se ha conservado como un recuerdo histórico en el Museo de Curiosidades del Municipio de Regla, junto con el velo negro, parte del luto que portaba nuestra heroína y que días después se halló flotando en las turbias aguas del Puerto de La Habana.
¡Enhorabuena!
