Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955). Aunque ya en 1975 obtuvo premio en su país con la novela La impostura, su producción literaria es la de un escritor exiliado, que tuvo que huir de la dictadura militar. Radicado en Francia desde 1979, ha publicado, entre otros títulos, las novelas El intérprete (1998), La bestia de las diagonales (1999), Hijos nuestros y Perdidos por ahí (2001), Una vaca ya pronto serás (2005), y Toda la ceguera del mundo (2013), con una segunda parte (que se puede leer de manera independiente) publicada en 2016 y titulada El lado bestia de la vida (El asesinato de Néstor K.). Gran parte de su obra ha sido traducida al francés y a otros idiomas, galardonada por varios premios, y objeto de interés de la crítica.
–***–
La lluvia le caía a latigazos sobre el chambergo. Arredondo, inmóvil, la sentía precipitarse como láminas de cuchillo, furiosas, golpearle las alas del sombrero. El agua le pestañeaba en los ojos. Arredondo pestañeó, él, y entendió, elemental, por unos segundos, lo que acababa de pasarle: había resucitado, sí, había vuelto a la existencia, y había perdido todos los pelos del cuerpo, su envoltorio oscuro, la agilidad muda, los equilibrios desconcertantes. Se le había escurrido el terrible golpe en el pescuezo. Pero él nada tenía de memorioso, así que se desatendió del asunto de un manotazo como quien espanta el cargoseo de una mosca que zumba alrededor de un frasco de dulce de leche y se concentró en su misión.
El caudillo del comité de los bajos de Buenos Aires lo había convidado a su cuartel general el día anterior, entre grillos, croar de ranas, ladridos lúgubres de perros. Era para anunciarle su ascenso y una misión.
─Vos sabés que nuestro enemigo político, nuestro contreras, el juez Benedicto Arsenal ─pronunció, deleitándose, el nombre completo, que chasqueaba bajo su lengua y salpicaba maldiciones─, hizo matar al Careca Quiles. El pelado era mi brazo derecho. Mi brazo armado. Un brasilero de ley, de la estirpe de ésos que no te fallan nunca. Lo llevan en la sangre y no pueden cambiar, por más que se lo impongan. Fiel como un perro, preciso como una pantera ─hizo una pausa, tomó aire─. Estuve pensándolo varios días, y he llegado a la conclusión que el mejor para sucederlo sos vos. ¿Me oíste?
Arredondo oyó. Se ajustó el cuchillo en la faja y cortó la respiración. No se la esperaba y no había espacio para discusión. Igual él para eso no servía. Los debates y contradicciones eran para los otros, los que disponen de una buena labia. Con el Careca había estado en una buena escuela. Había resultado ser, lo que se dice, su discípulo. Arredondo lo miraba actuar. Un modelo.
El jefe se sirvió una copita de ginebra. La alzó, insignificante entre sus dedos cuadrados, y admiró la transparencia del líquido. Estaba sentado a una mesa redonda de algarrobo, en la tercera pieza después de la entrada, adornada con una bandera con los colores del partido y otra con las de la República, más un retrato del líder nacional, de frente, con uniforme militar, el ceño fruncido y la vista firme en el objetivo. Arredondo vio, con el canto del ojo, apoyándose en una pierna, que el hombre paladeaba la bebida, apreciándola. “El trago es como la comida”, le habían dicho en la estancia, cuando todavía era peoncito. “Hay que saber apreciarla”. Arredondo había hecho de esa frase una ley que se impuso respetar. Uno que no cambia de ideas. Para cambios, los otros. Él se limitaba a cumplir las órdenes. El jefe empinó una segunda libación. Repitió el mismo ceremonial. El jefe era un macho. Un jefazo, sí señor.
─Sí señor ─se escuchó decir Arredondo.
El otro suspiró, se ausentó unos segundos, como flotando en alguna desmesura. Estalló enseguida en un bufido prolongado, cargado de saliva en la comisura de los labios, con los ojos entrecerrados. Las manos de dedos peludos descansaban ahora sobre el mantel, entre los platos con restos de comida: los huesos del costillar que chorreaban grasa, unas hojas de lechuga, unos cubos de pepino, otros de tomate. Unos segundos después volvió al mundo sublunar.
─Mirá, muchacho. Quiero que lo acuchilles al contra, a la basura ésa del juez Arsenal. Mañana. Por la noche ─se sirvió un nuevo traguito de ginebra y puso la mano bajo el mantel. Entró una chica descalza, con un plato de frutas en las manos. Arredondo la conocía: una de las polaquitas del lupanar del patrón, ésas de piel transparente, ojos celestes como no podían existir. Las hembras de los ricos, las hembras de los otros.
Ahora Arredondo estaba bajo la lluvia nocturna, envuelto en un poncho oscuro, a medias escondido en la puerta de entrada de una casa abandonada, vigilando los movimientos del boliche de enfrente, también en la esquina, una esquina pintada de rosa, en donde se entreveían los manchones marrones del adobe
El caudillo le había explicado la situación y el plan de acción: los viernes por la noche, el enemigo político conservador ─que además también regenteaba, como su propio jefe, una cadena de prostíbulos─ invitaba a algunos amigos ─el cura de la parroquia, el director de aduanas, el jefe de policía, el director del hospital, algún comerciante extranjero ocasional, de visita en el país─ a fiestecitas que organizaba movilizando a las chicas del lupanar, las más jovencitas, las más blancas, las más sumisas. La proporción era siempre geométrica, para que nadie quedara hambriento: dos mujeres para cada hombre. Y la comida también tenía su importancia: una vaquillona abierta en dos, asándose en una estaca metálica en el patio de tierra del fondo, al calor de las brasas, fuentes de ensalada mantecosa, tomates en perita, pimiento morrón, papas y batatas hervidas, aromatizadas con perejil, cilantro, eneldo, sal, pimienta. Para apreciar, como se debe en una buena mesa criolla. En platos de porcelana de Limoges y con cubiertos de plata de Taxco.
Arredondo tragó saliva y arrugó la mirada: los postigos de la puerta de la ochava rosada dejaban filtrar láminas de luz cortadas irregularmente por sombras. Imaginó, elemental, que los hombres bailarían con las chicas desnudas, al calor de los braseros, tangos lánguidos. El jefe le dijo: cuando Arsenal hace sus festicholas siempre tiene a sus custodios. Al menos dos tipos. Te la vas a tener que jugar. Y no me gustan las desilusiones. Arredondo juntó los pies calzados en alpargatas, como poniéndose en posición de firme. El jefe agregó algunas explicaciones, ciertos detalles que le iban a facilitar la tarea.
Ahora calzaba las mismas alpargatas, hundía los pies indiferentes en un charco de agua. Al cabo de un buen rato, entre ráfagas de viento y ladridos de perros, la puerta de la ochava se abrió. Salió un hombre que encendió un cigarrillo. Arredondo llevó la mano a la cintura y apretó el mango del cuchillo. La hoja tendría unos veinte centímetros y lo acompañaba desde que dejó el campo para llegar a la ciudad. Una noche de ginebra y guitarras se desgració en una pulpería. Le enterró hasta el mango el cuchillo a un moreno receloso. No tuvo más remedio que abandonar la pampa. Cuántas veces Arredondo recordó las cabalgatas bajo el cielo abierto, las extensiones sin fin de la tierra plana. Él no se hallaba en la ciudad, en las calles empedradas, en el alboroto de tranvías y voceos de vendedores ambulantes. En el bajo, donde vivía junto a otros paisanos, se sentaba en el suelo, junto al río, un cigarro en la boca, a mirar las estrellas y las nubes.
Había venido a la capital con una carta de recomendación del caudillo de Lobos, dirigente del mismo partido del que era ahora su jefe. ¿La carta?: una esquela con unas pocas líneas, en la que reconoció sólo una palabra, la de su nombre.
Se deslizó contra la pared húmeda, en la oscuridad de esa ciudad pegajosa e ingrata, con los ojos fijos en el hombre que fumaba tranquilamente en la ochava. Como un gato que busca atrapar a su presa, avanzó con lentitud, sigiloso, apoyando con suavidad sus pies en el barro. La lluvia opacaba el sonido de sus pasos, los confundía con el chubasco. Arredondo, avanzando siempre, mantenía la mirada clavada en la punta incandescente del cigarro: era su guía, era el punto ígneo de su destino. No podía fallarle al jefe.
Ya estaba a unos metros de la esquina rosada. Solamente tendría que cruzar la calle, sin hacer ruido, mezclándose con los golpes del chaparrón en los charcos de la calle, y atacar a su presa. La suerte, la noche de Buenos Aires, algún azar del calendario, vinieron en su ayuda: un relámpago estalló a lo lejos y la lluvia redobló en violencia y Arredondo, con movimientos de felino, cruzó entre las cortinas de agua y llegó hasta el hombre. No se trataba ─ni mucho menos─ de su primera muerte en la ciudad: con pericia apretó su brazo a la altura de la boca del otro, llevó la cabeza bruscamente hacia atrás y de un movimiento le abrió la tráquea. Un estertor acompañó el gesto y enseguida sintió como el cuerpo del matón se desmadejaba. Lo acompañó hasta el suelo y entonces vio que el cigarro del finado brillaba, anaranjado, en el zaguán de una casa vecina, a un escaso par de metros. El olor penetró en sus orificios nasales y no pudo contener el asalto de las ganas de fumar. Se lo llevó a los labios y aspiró. Era como un trofeo. El homenaje a la primera victoria de la noche.
Se apostó en el zaguán, muy cerca del cuerpo que había empujado contra la puerta. Y esperó. De repente un rayo sacudió el cielo como un escopetazo y aclaró la noche. Fueron unos segundos, vibrantes, que mostraron el espectáculo de la calle: las alpargatas de Arredondo, la cabeza del muerto casi separada del tronco, los árboles sin hojas del invierno de Buenos Aires en julio de 1912. Arredondo le revolvió los bolsillos y luego arrastró el cuerpo hasta el pie de un árbol. Lo hizo girar y lo empujó con un pie en la corriente de agua.
En eso, una ráfaga de viento arrojó puñetazos de lluvia sobre el rostro del hombre que estaba solo y esperaba. Al cabo de un momento la puerta de la ochava se abrió. Fue un pantallazo de luz que se cristalizó en el barro y los montones de agua. Unos pasos chapalearon en la negrura y la puerta se cerró. Arredondo apretó el mango de cuerno de toro del cuchillo.
─Che, Rolo, ¿estás ahí?
El segundo custodio no tuvo tiempo para reaccionar y se encontró en el suelo. Boca abajo, con una alpargata en el cogote.
─¿Cuántos hay ahí adentro? ─preguntó Arredondo, pinchándole el ojo con la punta del cuchillo.
El otro pataleó apretando los labios y debatiéndose. Arredondo le cortó la cara, desde la frente hasta el mentón, pasando por el párpado.
─¡Cuatro hombres y ocho chicas!
─¿No hay otro matón? ─la alpargata empujó y la boca se le hundió en el fango.
─¡No! Por fav…
La frase quedó interrumpida, suspendida entre las gotas de lluvia. La hoja del cuchillo entró en profundidad por el ojo y se oyeron los crujidos de cartílagos y huesos. Luego la lámina fue dirigida con gesto certero para cortar la garganta.
Arredondo hurgó en los bolsillos del muertito. Siempre le gustaba quedarse con un recuerdo. Tanteó un fajo de billetes y sin pensarlo mucho se lo guardó. Sus ojos oblicuos se pasearon por la calle. El desfile de la lluvia deformaba la oscuridad. No se veía a nadie en el paraje. Si no había más matones, si el finado no había mentido, la tarea podía ser simple. Sin embargo, se dijo, los hombres de adentro podían estar armados. Lo importante era entrar por sorpresa, arrinconar a tres y tomar a uno de rehén, con el cuchillo en el pescuezo. Los veinte centímetros de la hoja como una promesa. A las chicas, en un rincón. Y que no gritaran.
Félix Arredondo se aplastó las gotas en el poncho, hizo crujir los nudillos, buscando destreza y agilidad, y se encaminó hacia la puerta de la esquina. Se escuchaban risas y gritos. De hombres y de mujeres, de mujeres y de hombres. Arredondo pulsó el picaporte con lentitud, como quien se aferra a la vida y vio. Vio todo. La jarana, las risas, los gestos lascivos, los cuerpos casi enteramente desnudos. El cura con la chaqueta puesta, puro baile, en cueros de la cintura para abajo, moviendo las nalgas blancas. El cálculo fue inmediato. Abrió y cerró la puerta al mismo tiempo que gritaba un
─¡¿Qué pasa acá, carajo?!
La brutal irrupción fue como un balde glacial que se vierte sobre cuerpos calientes. Arredondo se escuchó hablar, dar órdenes, mientras aguantaba a un cura lloroso con el cuchillo en la nuez. Sus órdenes fueran precisas: todos tranquilos, esto es un asalto, no les va a pasar nada. Recitaba las instrucciones de su jefe. Había gemidos, algún llanto, mucho miedo. El carbón chisporroteaba. Conminó a los hombres a que se pusieran boca abajo, desnudos entre los braseros, las manos en la nuca. Les preguntó dónde estaban las ropas y el dinero. Contestaron todos, de manera precipitada, al unísono, mezclando las informaciones. Arredondo se rió interiormente y le seccionó la garganta al cura, tapándole la boca. La imagen de la sangre en el suelo era como un reconocimiento, un canto a su vida, a su profesión de asesino profesional de un caudillo de la ciudad de Buenos Aires. Dejó que el cuerpo se aflojara, chorreándose en el piso de ladrillo. Y luego miró a los otros, los cuerpos temblorosos, que ignoraban que el cura ya no era de este mundo. Se acercó, calculando los movimientos.
─Quiero ver si no tienen un revólver escondido ─les dijo.
Apoyó cada una de las alpargatas en dos cuellos, como hacía con los novillos en el campo. A uno le hundió el cuchillo en la nuca y aquí apareció el primer problema: no lo podía desclavar y el tercero entendió todo ─era el médico─ y se zarandeó para escaparse. Gateó y se puso de pie. Esa actitud despertó la furia de Arredondo. Hasta ahora todo era frío, natural, justo, irreparable. La sublevación del doctor fue para él como un incendio. En dos zancadas lo detuvo antes de la puerta que para el galeno era la llave de la salvación y lo alzó de los sobacos hasta la pared, con el cuchillo entre los dientes. Todo fue muy rápido, otra vez. La víctima no llegó a poner los pies en el piso antes de que Arredondo, certero, lo ajustara contra la pared con un cuchillazo feroz a la altura del bajo vientre. El médico movió un poquito los pies descalzos y se inmovilizó como un pelele de Cristo que duda de su misión en la tierra.
Arredondo respiró. Misión cumplida. Y vio, entonces, los rostros despavoridos de las cuatro adolescentes que se preparaban para la carnicería, los gritos congelados en las bocas abiertas que no dejaban escapar ningún sonido. Aullidos mudos. Horrores paralizados. El hueco de las bocas que ni siquiera rogaban piedad. Fue su momento de debilidad. Una especie de ternura desconocida por esos seres frágiles y sufrientes. Como había sentido con alguna china que el patrón había embarazado en el campo antes de abandonarla a su suerte.
Una de las chicas, una rubiecita enrulada, con el pelo atado con una inocente cinta rosa, le había gustado de entrada. Como las otras, estaba como vino al mundo, pero había conservado unos soquetes blancos con un pompón. “Pobrecitas todas”, pensó. Se llevó la mano al bolsillo para buscar el fajo de billetes y que encontraran su libertad. Si podían. Iba a regalarles esa pequeña fortuna. El trofeo que había pasado a su bolsillo. Arrojó los billetes al aire y los recortes quedaron agitándose lentamente, como una bailarina de ballet que irrumpe ágil en el escenario.
La piedad es el lenguaje de los tontos: toda desatención puede ser fatal y Arredondo no captó la mirada de la chica rubia de rulos que iba por sobre sus hombros. La desnudez, el pubis oscuro y las medias con pompón le hicieron olvidar los ruidos, el silencio. Había hecho abstracción de todo. Y no se dio cuenta que alguien había asomado la cabeza por la puerta de entrada.
Un tercer matón ─apostado afuera, vaya a saber dónde─ abrió la puerta, contempló la escena y disparó sin vacilar ni hacer preguntas. Por suerte, Arredondo pudo verle la cara al hombre que lo mató. De un tiro, como empezaban a matar los porteños. Los hombres de la ciudad. Nada de cuchillos. A toda velocidad. Para ganar tiempo.
Arredondo parpadeó. Y se apagó la noche.
Afuera, redoblaba la lluvia.
