Israel Gutiérrez Collado (Barcelona, 1979). Guionista y escritor. Hijo de Julián y Dolores. Buscador de historias, fantásticas e inquietantes, más allá de los límites de la literatura. Amante del neoclásico, el romanticismo y la época moderna. Cursó estudios en el C.E.C.C. y en el Taller de Guionistas, donde tuvo el privilegio de aprender de guionistas profesionales y consagrados. Como guionistas destacan las películas Ushima-Next y Regression. Como dramaturgo, La Comedia Dalirante, y como escritor, Evangelium (Novela, Éride Ediciones); El séptimo ángel (Novela, Corona Borealis) y el relato corto “Ringo Star para Extraño Oeste” (Libros del Innombrable).
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Capítulo 4: SOMBRAS EN EL BARCO
15 de noviembre de 1840
Cuaderno de Bitácora del HMS ROSALIE:
Lunes 16 de noviembre de 1840. ─Dejamos atrás el Canal de la Mancha. Anduvimos toda la mañana en calma. Ninguno ha visto salir las embravecidas olas del Mar del Norte.
Dice el señor Bishop que su reloj se ha vuelto a parar a las diez en punto. También dice que han acudido a él algunos de nuestros amigos.
Germinal aseguró la puerta del camarote. Sabía que llegaría el día en que tendría que revelar el secreto que acompañaba al ROSALIE en cada viaje hasta el Mar del Norte, y viceversa. En el fondo, tenía la esperanza de que todo fluyera por sí solo. Llegado el momento, cada palabra cobraría una importancia vital para el entendimiento. Volvió a concentrar toda la atención en el presente. Dio media vuelta. Tenía expresión de cansancio. Llevó los ojos hacia la larga mesa que presidía las veladas nocturnas. En su extremo norte, esperaba una sombra de espalda a la chimenea.
Aquel extraño ser encorvado tenía el corazón roto y la mirada perdida en alguna parte, quizá en el océano. Hurgaba con los dedos entre las cenizas de la chimenea, con expresión fúnebre. Estaba pálido, encogido… Reproducía un extraño sonido al respirar, como si le faltara el aire.
─Estamos preparados. Faltará contarlo al resto tripulación.
Aquella monstruosidad viscosa levantó la cabeza de repente. Saltó la mesa como un león y desapareció por la chimenea.
Inmediatamente después llamaron a la puerta.
─¡Capitán, soy Philippe! ¡Tenemos un problema!
II
Irrumpía el resplandor del amanecer cuando, de pronto, se escucharon aullidos estridentes, ensordecedores, procedentes de cubierta.
El escándalo despertó a todos. En ese momento, Alfons, ya despierto, vio al nuevo visitante desaparecer bajo la puerta en una estirada sombra. Al correr la sábana, notó que tenía la mano de la joven esclava africana sobre su pecho. Cogió la mano por la muñeca, mirando fijamente la puerta y luego la levantó y la apartó con desprecio. Inmediatamente, sintió un frío glacial. Se levantó. Destapó sin querer a la muchacha, dejándola completamente desnuda. Observó el camarote en silencio. El lugar seguía en armonía con el ajuar. El nuevo visitante no había tocado nada.
Tras unos segundos, se dirigió al cofre de plata. Lo abrió. Rebuscó dentro. Sacó del fondo un pimentero ruso con seis cañones. Comprobó que las balas estuvieran en la recámara.
Volvió a meter el arma en el cofre. Puso ropa encima. Lo cerró de un golpe. “Han intentado robarme”, pensó. Empezó a vestirse rápidamente. Salió de allí en busca del capitán.
Anduvo a toda prisa por cubierta. Eran las seis y media de una mañana furiosa, cuyo temporal se dirigía impetuosamente hacia las costas africanas. A lo lejos, en el horizonte, más allá de los confines del ROSALIE, se había fijado un enorme destello luminoso que parecía un sol encrespado.
A unos cuantos pasos estaba Adolph, solo, de pie sobre la barandilla, observando el mar agitado.
─¡Caspita! ─exclamó, de repente, Adolph.
Alfons pasó por detrás de Adolph. Rebasó su encanijado cuerpo asomado al vacío. Dirigió una mirada furtiva al mar. Vio a su izquierda una cosa extraña. Le llenó de espanto. Fue atacado repentinamente por una risa contagiosa:
─Yo no creo en las sirenas ─dijo en voz alta, y después continuó.
Dejó atrás un bote de salvamento semivolcado; también algunas cajas, altas como paredes; siguió con la sombra bajo los ojos, buscando activamente a un lado y otro. El zumbido del mar golpeaba sus oídos, el viento comenzaba a asustar, salpicó la espumada, aspiró con desagrado la dura brisa de la atmósfera. Vislumbró unas siluetas recortadas a lo lejos. A mitad de camino, se cruzó con Edmundo. No miró al desconocido. Fue directo hacia el segundo bote incrustado bajo el pescante de la cubierta superior. El ROSALIE disponía de dos botes salvavidas con capacidad para albergar un máximo de seis pasajeros por bote.
Resonaban quejidos tras ese segundo bote. Podía escucharse claramente el castañeo de los dientes. Alfons asomó la cabeza. Vio a Samedi, sentado con los otros esclavos en una extraña actitud sombría. No tenía miedo. Estaba como protegiéndolos de algo.
─¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en la cuadra? ─le preguntó Alfons─.¡Levanta!
Samedi se puso en pie. Dejó a los otros en el caos y en el desorden. Temblaban de miedo. Alguno sudaba como si estuviera enfermo. Permanecían incrustados en aquel pequeño espacio, entre el bote y la plataforma, con las piernas dobladas y enflaquecidas, en un lamentable estado.
─Tú ─señaló Alfons─; ve a limpiar mi camarote ─señalo al otro─; tú, ve a buscar mi desayuno y procura que no esté frío ─señaló al tercero─; tú, averigua si ha pasado algo esta noche ─terminó en el cuarto─; y tú, vete a ver a mi caballo ¡DEPRISA! ─gritó.
Todos se levantaron.
─Alguien ha entrado en mi camarote mientras dormía ─le dijo confidencialmente Alfons a Samedi, aflojando la voz─. Averigua si ha sido el Tuerto.
Samedi salió precipitadamente. Era leal a la familia DeBrito.
Sus caminos se cruzaron por primera vez en un asfixiante verano de 1824. Por entonces, todo iba mal en Europa. La mitad de la población padecía el cólera. La gente decía que todos los alimentos estaban contaminados. Todo el mundo pensaba que moriría. En esos años de muerte e incertidumbre, la familia DeBrito tuvo que repartirse el muelle con el temido Vory ruso. En el año 1823, el Vory ocupaba tres cuartas partes del estuario del Elba. Estaba compuesto por piratas que sabían apaciguar el insaciable apetito del Junker mediante joyas y pieles exóticas que sacaban de otros barcos de gran calado. Consiguieron establecer un canal. Sus barcos zarpaban vacíos y retornaban llenos. Fueron unos años de comercio muy activo, que sirvieron para atraer a jóvenes dispuestos a obtener una mínima ganancia por trabajos verdaderamente deshonrosos. Sin embargo, entre todos aquellos italianos llegados del Mezzogiorno, surgió la competencia, en los mismos términos.
Ademaro DeBrito, siendo único dueño de un barco, la Gondolina, y a pesar de su pobre retrato sospechoso de extranjero, acudió al barón Von Bismarck y encontró a un aliado. Von Bismarck estaba preocupado porque el Vory ruso se sentía cada más cerca de la mesa del emperador. Y eso no iba a permitirlo. Dos años después, la epidemia que se originó en Cuatro Islas se lo llevó todo. El Vory perdió a todos sus jefes. La situación había cambiado radicalmente. Ya no se veían barcos mirando hacia los amarraderos. Al día siguiente, los muelles se llenaron de ladrones, indigentes, y, finalmente, enfermos.
En Hamburgo todavía cuentan que los DeBrito emigraron a los Estados Unidos y que, una vez que hubo pasado la epidemia, ocuparon el muelle e hicieron retornar a los barcos. Pero la verdad era que, mientras duraron los años oscuros, nunca se plantearon siquiera emigrar a los Estados Unidos de América. A esta familia le había sonreído la buena fortuna. Tras el paso devastador de la terrible epidemia, estaban casi todos vivos, preparados, para seguir haciendo negocio. También se contaba que se habían traído de allí a un moreno guardaespaldas que tenía tratos con el diablo. Ésto tampoco era del todo cierto. En aquel apocalipsis, Ademaro tuvo una amante, una joven criada llamada Ibeth, a la que dejó embarazada, y, posteriormente y de paso sea dicho, en la ruina. Fruto de esta relación nació un varón de raza negra que permaneció por siempre separado del apellido DeBrito.
Su nombre se desconocía; seguramente ningún alma habría oído hablar nunca de Agustus Richardson Tercero. Puede que nunca hubiera vuelto a repetirse, tras su nacimiento. Pero el hecho de ser un isleño con sangre criolla hizo que Agustus viajara hasta Carolina del Sur donde encontró apoyo en una misteriosa orden ocultista.
Samedi se alejó de Alfons totalmente seguro de que las sombras regresarían al anochecer.
Alfons sospechaba, pero nunca había podido creer que aquel negro mastodonte fuera su medio hermano. Su racismo se lo impedía. Así que volvió la cabeza, ignorándolo. Entonces vio a Rosalie.
III
Despertó en él cierto interés. Avivó la llama de seductor. Alfons abandonó por un momento las conspiraciones y se ajustó las mangas, se peinó el bigote, tocó ligeramente el lateral de su cabello compactado echado hacia atrás, y sonrió, gustándose.
Rosalie había salido a fumar. Sintió la grosera presencia de un hombre, por lo que tiró el cigarrillo disimuladamente, se separó de la barandilla, y dio media vuelta para continuar su marcha.
─¿Cómo es posible que aún no te haya visto? ─preguntó Alfons, con una cómplice sonrisa en los labios, casi acorralándola. Luego, sacó la cajetilla de tabaco de su bolsillo interno, la abrió cuidadosamente, y le ofreció un cigarrillo.
─¿Sola?
Rosalie no contestó. Se limitó a hurgar entre los cigarrillos sin levantar la mirada. Cogió uno. Lo notó con agrado entre sus dedos. Estiró el brazo para coger otro. Entonces, Alfons cerró la cajetilla, impidiéndoselo.
─¿Cuántos años tienes? ─le preguntó.
─Catorce.
─Ya eres toda mujer. ¿Y eres feliz aquí? ¿En este barco? ¿Rodeada de hombres?
─¿De qué se trata todo ésto? ─preguntó Rosalie.
Alfons acercó la llama del fósforo.
─Quiero ayudarte ─dijo, encendiendo la brasa del cigarrillo.
─¡Rosalie! ─la llamó Bishop.
Rosalie pasó por debajo del brazo de Alfons y fue corriendo hacia a Bishop, lanzando suspiros de alivio.
El doctor se la llevó de allí.
─No te acerques a ese hombre ─le dijo en voz baja.
Entraron en una caseta. Rosalie se quedó al lado de la puerta. Bishop cerró con llave lo que había sido el viejo oratorio. Inmediatamente, se oyeron unos pasos cerca. Intuyeron que eran los de Alfons. Bishop pegó la oreja. Puso el oído tras sus pasos.
Esperó un poco.
─Se ha ido ─dijo Bishop.
─Alfons es peligroso ─dijo una voz amiga, la de Samuel.
Rosalie vio a Samuel al otro lado de la mesa de autopsias.
Samuel tenía un aspecto sombrío. Estaba delante de un cefalópodo abierto en canal. Había una expresión permanente en él que parecía que refunfuñara.
─Bien. Volvamos ─dijo Bishop.
Rosalie esperó allí, sin decir nada. Buscó a Eberhard por algún rincón, pero el hermano pequeño de los Van der Planke no estaba.
Bishop puso la atención nuevamente en el cefalópodo. Le abrió la cabeza con las manos. Samuel asintió con gran interés. Levantó los ojos asombrado de la frialdad de Rosalie. Vio a la muchacha abstraída, en la más absoluta indiferencia. Aquello no parecía ni medio normal.
─¿Es lo más grande que ha visto? ─preguntó Bishop.
─Sí ─respondió Samuel.
─Ayúdeme con eso.
Samuel acercó a Bishop un pequeño cuchillo de cocina.
─No se imagina lo que puede llegar a quedarse atrapado en las redes ─dijo Bishop, con una indefinible mueca.
Samuel volvió a mirarla.
─No se preocupe por ella. Ha visto cosas peores ─dijo Bishop.
Bishop rebañó con las manos toda la masa viscosa.
─¿Lo ve?
Samuel se inclinó por encima de la criatura.
─Tiene marcas de ventosa y heridas profundas y alargadas. Se ha peleado con otro calamar, seguramente por un banco de peces.
─¿Los hay más grandes que éste? ─preguntó Samuel.
─Oh, sí. Algunos hacen el tamaño de un barco ─respondió Bishop, mientras se secaba las manos con un trapo. Miró de reojo a Rosalie y continuó─: Si a ese tal Alfons le pasara algo, ¿usted cree que se armaría mucho revuelo?
─No estará pensando en…
Bishop lanzó una carcajada espantosa.
─Sí. Se armaría. Las autoridades no descansarían hasta encontrarlo.
─Parece que esta vez hemos dado con pasajeros ilustres ─dijo Bishop, mirando a Rosalie sin disimulo.
Rosalie volvió la cabeza hacia Bishop perfilando una malévola sonrisa.
