Tengo dos hermanos y solamente una hermana: Rocío, la Macha o rubia o güera. No se la imaginen con melenas de color paja al estilo gringo. Cuando era niña su cabello era de tonos muy claros, lo que le permitía pasar por rubia –Costa Rica, con su racismo solapado, valora más el pelo y la piel no muy oscuros, y por eso ser macho o macha es en sí mismo un signo de distinción–, pero al crecer se le fue oscureciendo aquí y allá. Aun así, ya adulta le quedó el sobrenombre “Macha” como un código secreto, sobre todo entre ella y yo. Ningún otro miembro de la familia lo usa, excepto mi tío Ómar, pero creo que él le dice así a mi hermana como una forma de recordar al Uriel niño, el que no la llamaba por su nombre de bautismo, sino por ese otro, el del cariño y la inocencia.
Para la Macha yo todavía soy Tito. Dice mi madre que yo me inventé el apodo, que si alguien se acercaba a preguntar cómo me llamaba, yo respondía Tito. Mi sospecha es que trataba de decir Urielito, pero no podía y mi respuesta era Tito. Pero eso es solamente una especulación. La verdad, yo no recuerdo nada, y ahora ni siquiera mi madre me llama así. Nadie, excepto la Macha. Nuestros sobrenombres han sobrevivido años de distancia física, desencuentros, rencuentros, complicidades y secretos. Creo que constituyen un lazo poderoso, como si fueran la clave de entrada a un espacio al que nadie más puede acceder.
La Macha fue la tercera persona de mi familia en ir a la universidad. El primero fue el tío Ómar, diminutivo de Oldemar, quien en los cincuentas se marchó casi adolescente a estudiar medicina a España. Él fue nuestro modelo en muchos sentidos. Completar una educación formal era de por sí una hazaña en la Costa Rica semirural de entonces, pero hacerlo en otro país y volver con un título que muy pocos podían lograr fue una total revolución. A mediados de los sesenta, ya instalado de nuevo en el país, el tío Ómar tenía la autoridad de la persona estudiada, y también la sofisticación del que escuchaba los éxitos internacionales del momento, iba a los cines de postín y leía libros. El segundo de la familia en ir a la universidad fue mi hermano Carlos, quien siempre fue el más industrioso de todos nosotros. Siendo apenas un niño vendía periódicos viejos (que se usaban para envolver mercadería en el mercado central) y limones dulces de un árbol generoso que había en el patio de la casa. Le gustaban mucho las revistas cómicas, y se desprendía de ellas sin ningún drama con tal de hacerse de otras nuevas. Siempre se las ingeniaba para ganar algún dinero, fuera para sus cigarrillos u otros gastos modestos. También dibujaba muy bien, y hasta tomó algún curso por correspondencia. Pudo haberse dedicado al comercio o la arquitectura, pero al final se volvió abogado. Mi hermano Carlos nunca fue cercano al tío Ómar, en tanto la Macha y yo sí orbitábamos en torno a él.
De todos los miembros de la familia, solamente la Macha siguió los pasos profesionales del tío Ómar. Se graduó en medicina en la Universidad de Costa Rica y después se fue a Francia y a México para especializarse en neurología pediátrica. Igual que el tío, decidió volver y trabajar en el sistema de salud pública costarricense. Al contrario del tío, abrió su práctica privada, a la que le ha dedicado ya varias décadas. Así llegamos hasta el año 2020, cuando la Macha está cada vez más cerca de pensionarse, como se le llama a la jubilación en Costa Rica. Dice la Macha que en la página web de la Seguridad Social hay un reloj. Cuando la persona entra al sistema, el reloj le dice cuántos años, meses y días le hacen falta para tener derecho a su retiro.
Los primeros casos de COVID en Costa Rica se debieron a personas que habían viajado al extranjero, o a visitantes que llegaban al país de áreas de alto contagio como New York. Los médicos tienen sus propias redes de chismografía, lo cual me permitió –gracias a mis conversaciones con la Macha– estar al tanto de detalles sobre la enfermedad que no aparecían en los periódicos. Eran, sin embargo, chismes de epidemiólogos, de cómo se podía trazar el origen de ciertos casos, o la tragedia de haber llevado el COVID a casa por trabajar en un centro de salud. Todo razonablemente en orden. Y mientras tanto, el reloj de la jubilación seguía su curso.
En esas primeras semanas de la pandemia, la mayor inquietud de todos en la familia –pero principalmente de la Macha– era proteger a nuestros padres, quienes a sus ochenta y pico tenían, en palabras de Juan, mi otro hermano, “todos los números de la rifa” para acabar fatalmente contagiados. Sin embargo, la segunda ola de la pandemia –la que empezó con la reapertura del país– cambió ese panorama de aparente control.
Yo no soy quién para criticar la gestión de las autoridades costarricenses. Desde la distancia me parece que la información fluye y es bastante transparente. También pienso que los desafíos de un país pobre como Costa Rica son particularmente serios. Por último, ¿quién se atreve a hacer una crítica desde Estados Unidos, donde el caos prevalece y los muertos se acumulan? Todos los días, a principios de la tarde, el Ministro de Salud de Costa Rica, Daniel Salas, ofrece un reporte a la ciudadanía. Otros funcionarios también participan, pero el liderazgo del Dr. Salas es indiscutible. Yo no he visto ni uno solo de esos reportes a pesar de que se transmiten por las redes sociales. Mi hermana sí. Por ella me entero de cómo evoluciona la curva de contagios, de recuperados y de muertos. Sé de las restricciones que ha impuesto el gobierno y de cómo se preparan los médicos para atender a los pacientes. Y esa es mi nueva preocupación: ¿Cómo hará la Macha para protegerse y no enfermar de COVID? Ella trabaja en un viejo y noble hospital regional. Una de las normas para afrontar la pandemia indica que cualquier médico puede ser llamado a hacerse cargo de pacientes de COVID. Claro, eso no ocurre arbitrariamente. La norma sigue una lógica que yo llamaría de guerra: hay una primera línea de combate, pero si los que la forman no pueden continuar –sea porque están exhaustos, porque se enferman o mueren–, le corresponde a la segunda línea entrar en acción. Luego viene la tercera, y así hasta acabar. No le preguntado a mi hermana en cuál línea se encuentra ella. Nuestras conversaciones al respecto son más bien sobre qué se necesita saber para servir a pacientes de COVID cuando se es neuropediatra: entender los síntomas y su tratamiento, saber intubar… Yo espero que a mi hermana no la llamen al frente, que su edad sea su escudo, que su condición de asmática la excuse, pero no tengo certeza de que así ocurra.
Como otros profesionales de la salud, ella sigue unos estrictos procedimientos. Cuando llega a su casa desinfecta sus zapatos, lava la ropa del día, se ducha. Algunas de esas mismas prácticas las ha tratado de implementar en casa de mis padres, además de restringir toda visita que no sea estrictamente necesaria. Donde mis papás llegan las señoras que los cuidan y hacen el aseo y los mandados, el hombre que despacha el oxígeno que mi madre necesita, el del gas para la cocina, la peluquera y la pedicurista. Organizar el encierro propio es complicado, hacerlo a nombre de otros lo es aún más. Lo digo porque de cuando en cuando alguna regla no se cumple en casa de mis padres, y eso produce una pequeña crisis. Entonces mi hermana y yo tenemos una conversación sobre la condición humana, sobre la fragilidad de los acuerdos, sobre nuestros roles en una comunidad asechada por un mal que nos excede. Un tema especialmente delicado subyace en esas pláticas: la imprecisa y sutil línea entre la vida y la muerte. La pandemia ha producido una cantidad impresionante de material en fotografía y video. Vemos a pacientes totalmente a merced de la enfermedad. Leemos y escuchamos los testimonios de quienes han perdido a los suyos. Ahí, diría yo, reside el verdadero horror. Pero mi madre, por ejemplo, lleva años allanando su camino al cielo, en una relación con Dios que me incomoda bastante, en tanto mi padre, a quien imagino siempre sentado frente al televisor –a veces dormitando, a veces atento a la pantalla–, espera casi sin hablar que las horas y la vida pasen. Ambos son conscientes de que la muerte ronda, que es invisible y que hasta las personas en las que más confían la pueden llevar a su casa. Y aunque a veces la desafían, no quieren hablar de ella. Para mis padres, la muerte es un mandato de Dios que debe llegar a su debido momento, ni antes ni después. Rezan mucho para estar preparados, pero también se lavan las manos con alcohol puro para no contaminarse. Saben que no se debe bajar la guardia, pero aún así tienen sus momentos de rebeldía casi suicida. Entonces me pregunto si en el fondo el problema es más complejo, si en lugar de temerle a la muerte que el COVID representa, le tememos más bien al sufrimiento, al dolor y a la pérdida.
El hospital donde trabaja la Macha se ha venido preparando para atender a un número creciente de pacientes de COVID. Hasta el momento, si alguien es diagnosticado con la enfermedad se le pone en una ambulancia y se le envía a alguno de los centros médicos especialmente acondicionados en San José. Pero hay un lapso de tiempo en el que el paciente está en ese hospital regional, en algunas de las salas que no hace mucho estaban destinadas a otros propósitos y ahora se han modificado para ofrecer un primer diagnóstico y atención inmediata mientras se espera el traslado. Me ha explicado mi hermana que hay un código especial que solamente el personal de salud entiende, no así los enfermos o sus familiares. Cuando alguien con COVID pasa del lugar de diagnóstico a sala, o de sala a donde deben hacérsele exámenes o a la ambulancia, hay un aviso por parlante. Se sabe entonces cuáles son las áreas que deben despejarse de inmediato y a las que no se debe ir. Se sabe también que viene una espera incierta, pues los pasillos, el equipo, los cuartos, todo es sometido a un proceso de desinfección que se realiza de una forma silenciosa y a la sombra para no causar pánico. Una vez que todo está listo, un nuevo mensaje avisa que se puede circular libremente por el hospital. Hablando del tema, le decía a la Macha que la situación me recordaba el cuento “Casa tomada”, de Julio Cortázar, en el que unos invasores invisibles, que apenas se manifiestan con algunos ruidos, acechan a una pareja de hermanos que habitan una casona. Los hermanos van clausurando habitación tras habitación hasta que finalmente son expulsados. La historia de Cortázar podría ser una metáfora de la pandemia, pues algo nos amenaza y, si nos descuidamos o tenemos mala suerte, se nos mete en el cuerpo y hasta puede matarnos. El virus del COVID, como en el cuento, ha alterado una rutina que nos daba certezas por su constante repetición, por lo predecible que era el futuro –incluyendo la jubilación de mi hermana en poco más de un año–. Ahora, sin embargo, esas certezas están hechas añicos y mi hermana, como otros que están en los servicios claves, ve cómo su mismo lugar de trabajo va “siendo tomado” por enfermos que no se ven, por un mal que circula en el aire y se posa en los objetos, por la angustia de que más gente y más personal médico se contagien. Los hermanos de “Casa tomada” salen a la calle a un futuro incierto, a un afuera que les es desconocido. Eso nos está pasando a nosotros también. Nuestra idea de futuro se limita a lo inmediato, al día siguiente, a la espera de que las curvas de contagiados y muertos declinen. Para personas como mi hermana es aun más terrible, porque a ese hospital tomado podrían llegar muchísimos enfermos y los médicos tendrían que decidir quién tiene posibilidades de sobrevivir y quién no. Y cada sala y cada pasillo podría convertirse en una trampa para quienes brindan los servicios de salud.
Mi hermana me contó un sueño la última vez que hablamos. En el sueño ella llegaba al hospital sabiendo que estaba enferma de COVID. No más entrar se desvanecía, y al despertar estaba en una cama, en una habitación para ella sola. Alguien la acompañaba, probablemente un doctor o un enfermero. La Macha le preguntó a esta persona la fecha. “Usted ha estado inconsciente por diez días”, le contestó. Como en tantas otras ocasiones, mi hermana y yo jugamos a interpretar el sueño –ella afirma que yo soy bueno en eso–. “Me parece que no es un sueño, sino un deseo”, le dije. “Llegás al lugar donde van todos lo que necesitan ayuda y te dejás ir. Tu cuerpo y tu mente se desconectan, y no se enteran de lo mucho que pasa en tan solo diez días. Tal vez la realidad es horrible, pero no te das cuenta porque estás y no estás ahí. Lo bueno es que despertás cuando la pesadilla –la amenaza de la muerte– ya ha pasado. Estás de regreso y estás bien”. Creo que a todos nos gustaría tener el mismo sueño, uno en el que la enfermedad desaparece en un abrir y cerrar de ojos.
Agosto 2020
