Los cafés y las fuentes de soda

Ofelia Huamanchumo de la Cuba


«Y pienso que si no hubiera nacido, otro pobre tomara este café«

César Vallejo

 

Café con letra. Ese era el nombre del boletín literario que edité hacia fines de la década de los noventa en Lima. La palabra ‘café’ aludía ahí a la bebida —producto derivado del grano del mismo nombre— que yo llegué a consumir con devoción en aquella época bajo el convencimiento de que ese oscuro bebedizo pudiera traerme lucidez, inspiración literaria e un insomnio que me permitiera alargar la jornada para leer y escribir más durante una mayor cantidad de horas al día, o incluso refugiarme en la lectura rápida y voraz entre los silencios exclusivos de las madrugadas.

Otra cosa en mi imaginario personal eran los Cafés, esos locales que el cliché cultural asocia con la escritura literaria. En lo personal nunca me ha gustado leer, ni mucho menos escribir, sintiendo el olor a comida, a torta, a tartaleta con nata, a leche caliente; como sucedería, si osara a intentar iluminarme en un ambiente así para siquiera esbozar un verso o el comienzo de una historia en un cuaderno o una laptop. Mi boletín literario Café con letra no se inspiró, pues, en esa actividad, digna o impropia, de esos locales, sino en la fe en aquella oscura esencia líquida; de ahí que la edición tuviera como logo una tacita de café humeante. Por otro lado, en la década de los noventa los locales limeños que se asemejaban al perfil de un local que expende café, o cafetería —también llamados con una denominación que ha desaparecido casi del mercado gastronómico: ‘fuentes de soda’— poco podían asemejarse a ese lugar-laboratorio en el que la práctica de la escritura y tertulia literaria, cultural o científica se supone debía ser una actividad explícita, al más puro estilo de la otrora Ilustración europea. Yo creo que los cafés de aquella Lima, que no terminaba de renacer de las cenizas y escombros de tantos coches-bombas habidos en los tiempos oscuros, se acercaban más a un híbrido entre restaurante y bar, como el viejo Café Haití o el recién nacido Café de la Paz.

Para esos años ya los limeños habían tomado hacía tiempo el último café del velorio del legendario Palais Concert, abierto en Lima hacia el año 1913 en pleno Jirón de la Unión y que parecía imitar al conocido Café de la Paix parisino, del cual se tenía noticias en el mundo cultural limeño a comienzos del siglo pasado apenas de oídas y por fotografías. El Palais Concert llegó a reunir en su época dorada a poetas, escritores, artistas y gente del teatro, que hoy son parte de la historia cultural peruana, en torno a sus mesas, no obstante, hacia la década del noventa todo eso era leyenda y el local ya se había convertido en una discoteca tecno-pop que llevaba un nombre de lo más antipoético: Cerebro. De aquel mítico Café literario limeño, pues, quedaba poco: apenas la bella fachada del edificio, que en el nuevo milenio cambió de inquilino al ser ocupado por una conocida empresa de venta de ropa por departamentos, hasta la actualidad.

Con los tiempos globalizados que empezaron a correr hace un par de décadas, que son las que llevo viviendo en Europa, he tomado preferencia por beber café en algunas otras variantes: cappuccino, espresso, café griego, café de capsulita, con o sin leche, con o sin hielo, con o sin alcohol, con una bola de helado de vainilla adentro, o sin ella, y siempre sin azúcar. Poseo además una colección de tazas para café que casi colman varios compartimentos de mi cocina. Lo mismo, de cafeteras, y hasta un par de macininos. Eso sí: no he perdido mi costumbre de no leer mientras desayuno, aunque tome café; pero suelo iniciar las lecturas de libros nuevos con una buena taza de café en mi biblioteca, sin importar la hora que sea. Con todo, siempre he vuelto, y pienso volver, a esas pocas Librerías-Cafés de algunas grandes urbes, esas que toda la vida me ofrecieron una taza de café ‘clásico’, agua muy caliente con café filtrado, mientras hojeaba sus libros en un asiento, al punto de hacerme olvidar el paso del tiempo, pero sobre todo el paso de un espacio a otro, porque me he sentido siempre como en casa, estando entre ajenos estantes de libros, incluso de otra ciudad. A esos Cafés quiero volver.

Del Autor

ofelia-huamanchumo

Ofelia Huamanchumo de la Cuba
(Lima, Perú, 1971). Hispanista y escritora. Vive desde el 2001 en Múnich, Alemania, dedicada a la docencia universitaria, a la investigación académica y a la creación literaria. Estudió Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Es Magíster y Doctora en Filología Románica, Literatura Comparada y Literatura Alemana Contemporánea por la Ludwig- Maximilians- Universität München (LMU). Ha publicado los libros Magia y fantasía en la obra de Manuel Scorza (2008; 2015); Encomiendas y cristianización (2011; 2013); la novela Por el Arte de los Quipus (2013; 2015); además de cuentos, poesía, teatro y traducciones literarias en revistas impresas y electrónicas; así como estudios en publicaciones académicas.