Pandemias, gallinas y Foucault

Antonio Cienfuegos

El viernes pasado fui a la fiambrería más cercana, una que queda a dos calles de mi departamento. Partí a eso de las seis de la tarde, justo antes que la luz desapareciera. Tuve que sacar un permiso temporal en la comisaría virtual para pasear a mi perrito. Tengo un perrito mestizo que recogí en la calle hace dos años y se me ocurrió llamarlo Trotsky. El permiso te permite salir durante quince minutos a pasear a las mascotas. Desde que estamos en cuarentena tenemos que pedir permisos virtuales para salir de nuestras casas, pero de esto hablaré más adelante. Quería continuar contando el motivo por el cual fui a la fiambrería, que no es otro sino el más rústico que se puedan imaginar: fui a comprar huevos de campo de gallinas felices.

Ahora bien, desde cuándo comencé a comprar huevos de gallina feliz, no lo sé bien, sólo sé que en un periodo entre el año 2000 y el 2020, en algún momento dejé de comprar solo huevos, para comenzar a comprar huevos de color rojo, que se suponía eran diferentes a los huevos blancos, para después comprar huevos con omega, para después comprar huevos rojos con omega para, posteriormente, comprar huevos de campo, que ya no eran rojos, sino un color entre amarillo y magenta, y algunas veces hasta azul pastel, para después comprar huevos de campo jumbo con dos yemas y, finalmente, terminé comprando huevos de campo de gallinita feliz alimentada con granos felices orgánicos recogidos por niños campesinos autosustentables. Sí, por rocambolesco que parezca, ese tipo de huevos compro, y saben por qué, porque de verdad tienen un sabor como diferente, como menos industrial, sin hormonas, aunque realmente nuca supe bien a qué sabían las hormonas y el gluten y los transgénicos, de verdad que nunca supe bien.

Pienso en las gallinas felices de campo, pienso en el concepto de felicidad humano trasladado a las gallinas. No hace falta dar mi opinión respecto de las gallinas, quienes son, quizá los seres más primitivos y rudimentarios de la fauna, no por ello los más felices ya que, sin duda, la estupidez e ignorancia, en algo interfieren en la felicidad. Y así como para Nietzsche los conceptos de la moral algo tienen que ver con la estética (recordemos la parábola de matar la cucaracha versus matar la mariposa), yo creo que los conceptos de libertad algo tienen que ver con estética.

Y no me malentiendan, no quiero decir que una gallina de campo no sea igual de explotada e infeliz que una gallina de granja de hiperproducción donde no tiene espacio más que para mover el pico para comer. Creo que ambas gallinas son igual de infelices o igual de felices. Sino más bien, creo que el pensar el concepto de libertad como un concepto de felicidad, me parece un hecho meramente estético. Llevo seis meses sin salir de mi departamento. En ese mismo tiempo bien pude haber concluido una condena por hurto o por manejar ebrio, sin duda esos seis meses en una cárcel se me habrían hecho eternos, aunque seguramente me hubiese acostumbrado, como todo, porque el hombre es un ser de costumbres. Según Foucault, en el siglo XIX desaparecieron los suplicios como espectáculos para dar paso a la prisión, a la reclusión, a los trabajos forzados, de la misma forma pareciera que hoy desaparece el concepto de libertad como sinónimo de felicidad, o acaso nos estamos dando cuenta, demasiado tarde, que esa supuesta libertad no era sino un simulacro de un sistema capitalista, donde la autoexplotación y la competencia se vuelven los dilemas morales de la expresión idividualista y, como dice el filósofo coreano Byung-Chul Han el carácter estabilizador del sistema ya no es represor, entonces vale preguntarse ¿Somos las gallinas felices de campo, o somos las gallinas en la granja de producción en masa?

Volviendo a Foucault, en su libro de Vigilar y Castigar, nos cuenta que en el siglo XVIII las medidas que había que adoptar cuando se declaraba “peste” en una ciudad eran las siguientes:

“En primer lugar, una estricta división espacial: cierre, naturalmente, de la ciudad y del «terruño», prohibición de salir de la zona bajo pena de la vida, sacrificio de todos los animales errantes; división de la ciudad en secciones distintas en las que se establece el poder de un intendente. Cada calle queda bajo la autoridad de un síndico, que la vigila; si la abandonara, sería castigado con la muerte. El día designado, se ordena a cada cual que se encierre en su casa, con la prohibición de salir de ella so pena de la vida. El síndico cierra en persona, por el exterior, la puerta de cada casa, y se lleva la llave, que entrega al intendente de sección; éste la conserva hasta el término de la cuarentena. Cada familia habrá hecho sus provisiones; pero por lo que respecta al vino y al pan, se habrá dispuesto entre la calle y el interior de las casas unos pequeños canales de madera, por los cuales se hace llegar a cada cual su ración, sin que haya comunicación entre los proveedores y los habitantes; en cuanto a la carne, el pescado y las hierbas, se utilizan poleas y cestas. Cuando es preciso en absoluto salir de las casas, se hace por turno, y evitando todo encuentro. No circulan por las calles más que los intendentes, los síndicos, los soldados de la guardia, y también entre las casas infectadas, de un cadáver a otro, los «cuervos», que es indiferente abandonar a la muerte. Son éstos «gentes de poca monta, que trasportan a los enfermos, entierran a los muertos, limpian y hacen muchos oficios viles y abyectos». Espacio recortado, inmóvil, petrificado. Cada cual está pegado a su puesto. Y si se mueve, le va en ello la vida, contagio o castigo.” (P. 192-193)

Este párrafo es el inicio del apartado llamado “Panóptico”, ya se advierte claramente la relación de la enfermedad, de la muerte, de la cuarentena, de las decisiones con el poder, donde el poder se ejerce por entero desde una figura jerárquica continua, en que cada individuo está constantemente localizado y examinado, y según Foucault todo ello constituye un modelo compacto del dispositivo disciplinario. Parafraseándolo, podríamos decir que a la pandemia actual responde el orden y la disciplina. De la misma forma hace una observación aguda al decir que la “peste” (en su correlato actual el Covid-19) es la forma real e imaginaria del desorden y que tiene en la disciplina su correlato médico y político. No es menor que en China la hayan controlado y casi extirpado en tan sólo 3 meses y con tan sólo 80 mil contagiados, cuando países “libres” como E.U. llevan ya más de 5 millones de contagios (y contando).

Volviendo al párrafo citado, nos damos cuenta que nada es muy diferente a la realidad que vivimos hoy día con la pandemia. Es evidente la premisa de Foucault de que la inspección funciona sin cesar y la mirada está por doquier en movimiento, y ahora es más válida que antes. Y dicha vigilancia se apoya en un sistema de registro. Yo no sé cómo funcione en otros países de Latinoamérica, pero la cuarentena en Santiago de Chile ha sido lo más parecido a la cárcel que he vivido. Hay toque de queda a las 22:00 horas, para salir a cualquier cosa, hasta para pasear a mi perrito, se tiene que gestionar un permiso virtual en la “comisaría virtual” donde, voluntariamente, registras todos y cada uno de tus movimientos los siguientes 15 minutos. Este “panóptico virtual” que vivimos es la herramienta más efectiva de vigilancia que la autoridad de cualquier época hubiera podido imaginar, quizá ni en sus sueños más visionarios Mao Zedong, Stalin o Pinochet, imaginaron un panóptico tan glorioso como el big data en que vivimos actualmente y que operó de manera tan contundente durante la pandemia del Covid-19, que nos afectó y afecta todo lo que va de este año de la rata del 2020.

Volviendo a la parábola de la gallina de campo versus la gallina de granja. Llevamos años bajo este mismo sistema punitivo de vigilancia, sobrevigilancia, castigo y recompensa por nuestro comportamiento en una sociedad que sólo funciona como sistema de control y obediencia, siempre todo regido bajo el crisol de la moral judeocristiana. Algo nos ha enseñado el sistema neoliberal y eso es que seamos la gallina de campo o de granja, da exactamente igual, porque lo que no nos hemos dado cuenta es que somos “la gallina”, y gozamos precisamente de la misma libertad de las gallinas, y es en este mismo sentido que Byun-Chul Han explica que “la libre iluminación y el libre desnudamiento propios siguen la misma lógica de la eficiencia que la libre autoexplotación. ¿Contra qué protestar? ¿Contra uno mismo?”, y esta vez no habrá ninguna rebelión en la granja. El tema es que somos la gallina de granja queriendo convertirse gallina feliz de campo, y la mano del granjero que nos alimenta es ese poder estabilizador que nos seduce para continuar autoexplotándonos, porque hoy día la búsqueda de la felicidad radica en la búsqueda de la explotación con la libertad. ¿Y si fracasamos en encontrar el campo? No importa porque seguiremos produciendo huevos transgénicos y genéricos desde la granja de nuestro departamento.

Finalmente, les comento que cuando llegué a la fiambrería los huevos de gallina feliz de campo se habían terminado (parece que mis vecinos tienen el mismo sentimiento altruista que yo hacía las gallinas), así que tuve que comprar huevos blancos baratos de gallinas de granja con hormonas. Espero no morirme de cáncer por tomar un desayuno de huevos fritos con jamón de pavo.

Bibliografía

Foucault, Michel (2002): Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Argentina, Ed. Siglo Veintiuno.

Han, Byun-Chul: ¿Por qué hoy no es posible la revolución? El país, 3 de octubre 2014.

Del Autor

antonio-cienfuegos

Antonio Cienfuegos
San Salvador, 1981. Escritor salvadoreño-mexicano, de niño vivió en San Salvador una breve temporada y luego fue a radicar a México debido a la diáspora causada por la guerrilla. Magister en Sociología por la Universidad Alberto Hurtado de la Ciudad de Santiago de Chile, donde reside hace más de 6 años. Ha publicado Otra versión de vos (Public Pervert, Chiapas, 2013/subVersiva, Honduras, 2014), la plaquette Talegario (Proyecto Editorial La Chifurnia, San Salvador, 2016), Guanaco (Ed. Carajo, Chile, 2017), también escribió el prólogo de la Muestra de Poesía Árabe, El Canto de los Moros (Taberna editores, México, 2015). Es colaborador de varias revistas y suplementos de México, Chile y España. Asimismo, ha sido editor y asesor literario en varias editoriales chilenas (Ed. Carajo, Ed. Rumbos, Ed. Los Perros Románticos, etc.).