Por qué los intelectuales cubanos abrazaron “la Revolución”, es una pregunta que, a riesgo de parecer reduccionista, podría responderse de un modo bien simple: pese a la prosperidad y el nivel internacional alcanzado en ciertas áreas de la sociedad cubana, el país necesitaba cambios profundos en otros aspectos, entre ellos la corrupción administrativa, el gangsterismo organizado, el clientelismo político hacia Estados Unidos, la distribución desequilibrada de la riqueza nacional, la desigualdad entre el campo y la ciudad, e incluso se precisaba alcanzar cotas más amplias de desarrollo en aquellos asuntos, como la educación, la salud y la vivienda, en los que Cuba, como se ha apuntado antes, se encontraba adelantada respecto a otros países de la región, y en los cuales, se avanzaba cada año desde fórmulas instauradas por una imperfecta, pero existente democracia.
A ello se sumó el impacto nacional que tuvo la coartación de ese entorno democrático con el golpe de Estado de Batista, el 10 de marzo de 1952, al ver que claramente no resultaría ganador en los comicios convocados ese año.
Es vital apuntar que a esas aspiraciones populares se sumó con no escaso protagonismo la intelectualidad cubana. Era lógico que así sucediera: desde el siglo XVIII, los intelectuales habían ido adquiriendo cada vez más presencia en las luchas sociales y políticas por construir una nación libre de esas taras. Esa participación queda evidenciada, por sólo poner algunos ejemplos, en momentos como las luchas por la Reforma Universitaria en 1923; el alcance de los proyectos generados por el Grupo Minorista en 1927; la unidad y protagonismo de periodistas, escritores y otros líderes del pensamiento social cubano en la llamada “Revolución del 33” que sacó del poder al dictador Gerardo Machado y permitió el retorno del país a la democracia; el tejido intelectual visible en prominentes figuras de la cultura cubana que contribuyeron a la elaboración de la Constitución de 1940, considerada la más avanzada del mundo en su época, o el activismo periodístico, mediático e intelectual que propició la aceptación social casi masiva de Fidel Castro, una figura polémica sobre la que gravitaban antes de 1953 las sombras negras de probadas acusaciones de asesinato, revanchismo político, contubernio con las peores fuerzas del gangsterismo nacional, abiertas traiciones a proyectos en los que en sus años de líder estudiantil había participado…, en fin una desconfianza casi absoluta hacia su honestidad como individuo y como político.
“La Revolución” ─que como se sabe, originalmente fue la conjunción de los intereses de todo el espectro político nacional en torno a un propósito: derrotar a Fulgencio Batista y recuperar la democracia─ era el único camino que parecía conducir hacia un país más tranquilo, menos corrompido y sangriento que el que Batista había implantado tras el golpe de Estado, de ahí el apoyo que desde antes del triunfo recibió un Fidel Castro que, utilizando su seductor camaleonismo ─y, repito, ayudado por una plataforma de propaganda creada por los sectores pensantes de la sociedad─, fue dando pasos agiles e inteligentes para que el resto de las fuerzas políticas se le subordinaran.
Uno de esos pasos, al mismo tiempo una prueba de su capacidad de establecer estrategias demagógicas de largo alcance, fue su discurso de autodefensa en el juicio tras haber sido apresado luego del intento fracasado de conquistar los Cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, el 26 de julio de 1953. Como ya se conoce, fueron Haydée Santamaría y Melba Hernández, participantes también en dicho asalto, quienes luego de cumplir sus siete meses de prisión, se ocuparon de la divulgación clandestina del folleto “Mensaje al pueblo de Cuba que sufre”, donde Fidel explicaba a los cubanos cómo habían sido salvajemente masacrados más de 50 revolucionarios que fueron apresados en esa acción. Haydée y Melba, con la complicidad de impresores, libreros, intelectuales, periodistas, estudiantes y profesores universitarios, etc., tuvieron también la responsabilidad de editar y distribuir las palabras de Fidel durante el proceso judicial en su contra, documento posteriormente llamado “La Historia me Absolverá”. Ese documento, diría Carlos Franqui, “maquiavélicamente apelaba a los deseos de todos los cubanos, incluidos muchos de los militantes del propio Partido Auténtico, al que pertenecía Batista. Fue una primera demostración de su manipuladora capacidad en ese arte de movilizar conciencias abismalmente distintas alrededor de un propósito que él ya tenía claro: liderar toda la inconformidad social, centrar todas las esperanzas nacionales en lo que él y sus escasos seguidores incondicionales prometían hacer por Cuba. La coincidencia de esas promesas con lo que muchos soñábamos fue lo que faltaba para que casi todos, tanto la Intelligentsia nacional como esa parte mayoritaria del pueblo que siempre sigue a los líderes más con el corazón que con la cabeza, lo pusiéramos en el centro de nuestra fe, atontados por el mazazo de su carisma, su oratoria y sus engañosas estrategias”[1].
[1] Entrevista “Tres momentos con Franqui”, comenzada vía telefónica, luego a través de un amigo común y, finalmente, cara a cara en Puerto Rico, 2000. Archivos del Autor.
Nota del columnista:
Del libro La estrategia del verdugo, Premio de Ensayo «Carlos Alberto Montaner» 2019.
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