El ensayo Antes del veredicto, del reconocido intelectual cubano Emilio Ichikawa, resulta un pormenorizado estudio acerca del proceso y esfuerzo por elevar a los altares al pensador e independentista cubano del siglo XIX, Félix Varela. Texto en que con humor fino y olfato detectivesco el escritor se adentra en los entramados non sanctos de la santificación y empieza por recomendar a rajatabla, a quien quiera verse un día canonizado, que no se le vaya a ocurrir ni de broma escribir una bendita; maldita letra en este caso.
Cita así Ichikawa una entrevista a Carlos Manuel de Céspedes y García-Menocal -quien fuera vicario general de la Arquidiócesis de San Cristóbal de la Habana, fallecido en 2014, donde el sacerdote refiere que se acordaba de una vez que viajó «a Roma a una de las gestiones, precisamente por la causa del Padre Varela, y el Postulador, que se ocupa de echar adelante esas causas de beatificación y canonización, hablando de los escritos del Padre Varela, se quedó así, mirándome, tratando de que yo entendiera el porqué de muchas cosas. Dice: ‘Padre, ¿usted escribe?’ Digo: ‘Sí… ¿por qué?’ Y me dice: ‘Si usted quiere verse en los altares, no escriba ni una letra. A los escritores les es muy difícil llegar a los altares, porque le analizan hasta la última letra».
El autor entra así la manga al codo en los escollos que se interpondrían entre el pensador isleño y los altares y afirma que las dificultades radican, para empezar, en lo de la ejemplaridad; «que por demás es un asunto que se puede entender muy bien porque ha sido transferido a la militancia (comunista y no-comunista) en la era revolucionaria; lo que incluye sus desoves exiliares. Transferencia nada extraña por otra parte, si tenemos en cuenta que la cubana es una revolución socialista «atea» liderada por un católico (jesuita escolarizado). La «ejemplaridad» implica el deseo manifiesto de la institución de que la vida así calificada sea imitada. La Iglesia recomendaría «ser» como el P. Félix Varela (casi) como el Partido Comunista recomienda «ser» como el Che».
Dificultades que Benedicto XVI puso de manifiesto durante su visita a Cuba en 2012 al captar que en la isla hay talentos para todo… «pero casi siempre fuera de sitio. Así que uno de los momentos más útiles de sus palabras en La Habana, fue cuando puso en su sitio a figuras esenciales en esta hora de sedimentación nacional. Diferenció Su Santidad: Olallo es el Beato, Félix Varela es el Siervo del Señor, Martí es el Prócer».
A continuación Emilio expone la sempiterna pelea entre santidad y racionalismo sin zanjar la problemática con la facilona solución de negar realidad y poder a la santidad frente al racionalismo, tan correctón y bien visto en los días de la modernidad extrema, y se pregunta con sagacidad y sarcasmo: «¿Qué puede la investigación científica, por más rigurosa que sea, ante la autoridad de aquellos que han activado la santificación de un pensador, sacándolo de la historia? La Iglesia y sus intelectuales orgánicos monopolizarán el legado intelectual del Padre Varela; y hay que decir que, una vez lograda la canonización, ese monopolio estará justificado y será ejercido con todo derecho».
Como muestra de que a veces es posible, y diríamos que deseable, el pacto en los claroscuros entre lo sacro y lo científico, tan reciente como en febrero de 2016, la Arquidiócesis de La Habana publicó que el doctor René Zamora, director del Centro de Bioética San Juan Pablo II, preside la comisión médica que por la parte cubana ha estudiado y procesado los casos que podrían considerarse milagros en el proceso de beatificación del venerable Varela.
Informaba la Arquidiócesis que el grupo investigativo lo integran, además, otros dos doctores: el reconocido pediatra Carlos Dotres, quien fuera ministro de Salud Pública, y Calixto Machado Curbelo, presidente de la Sociedad Cubana de Neurofisiología y galardonado con cinco premios internacionales en su ámbito.
Discreto en sus declaraciones, Zamora dijo en ese momento que si bien los estudios y la labor de la comisión médica no constituyen la base que expresa la vida de santidad del padre Varela, sin embargo «el proceso de canonización habitualmente pide, ruega, que haya un comisión que estudie casos excepcionales en el concurso de toda la causa».
El examen del presunto milagro abarca dos aspectos: primero, la presencia de un hecho, la sanación, para el que lo médicos no encuentran explicación científica, que va más allá de la ciencia, y la intercesión del venerable Varela en la curación o sanación de la persona enferma.
Agrega el médico que la «comisión ha tenido la oportunidad de estudiar varios casos. El trabajo ha sido muy arduo y hoy presentamos cuatro de ellos que no hemos podido explicar por los métodos habituales o por medio de las técnicas modernas. Nosotros hemos llegado hasta aquí, no tenemos una explicación natural para explicar con claridad por qué ha ocurrido un hecho, que puede ser la curación de una persona o el estado actual de un enfermo comparado a cómo era anteriormente».
Este es un proceso que lleva tiempo. «La premura –asegura el doctor– conspira en contra de la calidad. Todos queremos que sea santo súbito, pero en estos casos la virtud de la prudencia se hace necesaria, imprescindible».
Para el destacado galeno en el caso del venerable padre Félix Varela, vale más para su causa de canonización, su testimonio de vida, su historia; la persona en sí y su esencia de sacerdote íntegro, defensor de las causas justas en bien de la patria y la humanidad.
Y ya que hablamos de humanidad, una de las más curiosas -y comunes en caso de escritores- muestras de la humanidad valeriana se aprecia en la cita que hace Ichikawa de una carta del Padre Félix Varela a José de la Luz y Caballero, firmada en New York el 23 de agosto de 1839, en que el ahora candidato a la santidad inquiere con desespero no exento de ego herido, ego escritural en este caso, al ilustre pedagogo aposentado allá en La Habana el por qué ha sido mal recibida su obra por el público isleño, cosa que se expresaría en unas pobres ventas, y a continuación se lamenta amargamente de su suerte, del desprecio a su pensamiento, a lo que considera su esfuerzo por enaltecer y enderezar los destinos patrios.
«Suplico a V. que me diga con franqueza por qué han sido mal recibidas mis Cartas a Elpidio. ¿Es por las doctrinas que contienen? ¿Es por el modo de presentarlas? ¿Es por mero odio…? El Juez eclesiástico ha aprobado la obra, el Gobierno la ha permitido, pues de otra manera no se atrevería Suárez a venderla, y sin embargo la venta no se anuncia en los papeles».
«Al fin, el desprecio con que han sido miradas mis Cartas a Elpidio, que contienen mis ideas, mi carácter, y puedo decir que toda mi alma, es un exponente del desprecio con que soy mirado».
«Dicho influjo se ha visto que era quimérico, y que si en algún tiempo fue real, ya no existe, y heme aquí totalmente libre, y sin lazos particulares con ningún país de la tierra, sí, heme aquí entregado a un egoísmo justo y racional, pues consiste en dar gusto a mis semejantes que así lo quieren. Yo soy mi mundo, mi corazón es mi amigo, y Dios mi esperanza».
Asegura Emilio que la lectura cuidadosa de Las Cartas a Elpidio del Padre Varela, Ediciones Universidad de La Habana, 1945, exhiben, interpretadas con cierta libertad, transgresiones muy audaces para el almidonamiento moral en que ha naufragado lo que pudo ser lo más fresco y elevado del pensamiento cubano contemporáneo, y agrega en alusión al análisis de la impiedad que hace el venerable en dichas cartas: «No son -no pueden ser- impíos ni Dios ni los muertos. La Divinidad no es impía por definición. Y no son impíos los muertos porque ya saben y están en calma. La impiedad está situada -se da- en un nivel intermedio caracterizado por la ilusión. Ser iluso es la primera condición de un impío».
Emilio, quien a mi entender pudiera situarse en la vertiente positivista de la intelectualidad cubana, esa que paradójicamente conecta con el pensador que ahora se pretende sacralizar, muestra sin embargo una gran profundidad sapiencial al afirmar que el «muerto sabe ya mucho como para ilusionarse y emprender esas enervadas empresas que conducen a la impiedad. El muerto es sabio, demasiado sabio. Su calma es perpetua y sabe que el poder crea víctimas, el amor odio, la guerra despojos, cenizas la sabiduría».
Agregar entonces el autor en los entreveros de un vislumbre metafísico que la impiedad es, primero, una posibilidad. «Y nunca un defecto electivo. De ahí la primera conclusión humanista del Padre Varela: el impío puede ser un monstruo, pero no es necesariamente un pecador. Ya veremos. Por lo pronto tenemos que la práctica de la impiedad acontece en el mundo medio de los humanos vivos e ilusos».
Para apuntar, dar a continuación en la diana de la tragedia que, como asegura la guaracha, con una lata y un palo arma un guateque el cubano, bailando hasta el otro día, inmerso en la materia y alejado de la metafísica, va directo y contento al matadero producto de la impiedad. «Los que sin saber de la muerte y de Dios, les temen y les pretenden. El desasosiego de no querer ser lo que se es, y temer cosas de las cuales no se tiene certeza: esa es la condición del impío. La impiedad asoma en la primera flaqueza de Narciso; por la más simple: cuando no te gustan la posición de las cejas o el grosor de las piernas, el color del pelo o de los ojos, por ejemplo».
Y remata Emilio expresando que es seguramente una paradoja que un pueblo inclinado al comercio y al placer carnal, poseedor además de un linaje intelectual, sea a la vez tan propenso a las chácharas sacrificiales, los melodramas patrióticos y la autoimposición cotidiana de la «ejemplaridad».
El libro alcanza una de sus más afiladas apreciaciones acerca del arquetipo nacional isleño, al denotar que resulta patético observar cómo esa misma cultura que ha sido capaz de rentar lo mejor de Corinto, de Fenicia e incluso de Cirene, es sin embargo lanzada al quebranto político por cierta frustración dominante, alimentada por un desacomodo al Ser, al Destino. «Por la irreconciliación, por la no (auto) aceptación». Emilio pone así de manifiesto que ello se ve en la expresión pública contemporánea: «en los pocos momentos de sosiego que tiene hoy el espíritu cubano, en lugar de reposar se padece; y se emplea entonces la imaginación intelectual en priorizar un nuevo descalabro, otro estado de muerte o de excepción anímica, para obtener energía crítica y así avanzar a los ilusorios ámbitos de la polémica y la denuncia».
Aclaremos que este ensayo emiliano fue escrito antes de la súbita aparición, milagro en las redes, de miríadas de enfurecidos influencers que bajo el «mecenazgo» de los grants norteamericanos compiten en vulgaridad, vacuidad y veneno. Por lo que habría que aventurar que tanto Varela como Ichikawa están determinados por un cierto don profético que si bien no alcanza para arribar a los altares es no obstante indispensable al auténtico hombre de letras.
Escribe Ichikawa que el Padre Varela no alcanzó siempre a concretarlo, pero que sí captó el espíritu de la época; la norma, lo deseable en términos de pensamiento. «Que era imprimir un sello (apariencia al menos) de cientificidad a la obra; en el sentido «positivista». Con estas Cartas a Elpidio nos remitimos a los términos al uso en la década del 30 del Siglo XIX». Creo sin embargo que la virtud de un pensador –rara avis en los predios insulares- estaría no tanto en captar y menos en adaptarse al espíritu de su época sino más bien en oponérsele frontalmente y captar, eso sí, el espíritu de la época venidera. Los vates, videntes, de la tribu estarían no tanto para cantar las glorias pasadas como para trazar los derroteros futuros. Me parece que tanto en las Cartas a Elpidio como en Antes del veredicto, de ambos pensadores cubanos, podemos encontrar esos derroteros no tanto en el sentido de lo que conviene ser como en el sentido de lo que conviene no ser.
Armando de Armas, 18 de septiembre de 2020
Por una parte, el Padre Varela insiste en la fuerza y piedad de San Ambrosio; pero da por sentado un segundo elemento que no siempre está disponible: la sincera religiosidad del Déspota. San Ambrosio puede reducir a Teodosio porque el mismo Emperador acepta su religión y su autoridad en el ejercicio del credo; pero, ¿qué pasa cuando el Déspota no cree, o no cree hasta el punto en que la palabra le pueda detener o hacerle arrepentir en el ejercicio del crimen? El Déspota que no cree, es un Déspota no ex-comulgable.
Es un «deshumanizar»; aunque un deshumanizar elevando. Un despegue sublime de lo mundano; no una caída desde este límite.
Eruditos y buenos investigadores Cuba tiene muchos: lo que escasean son los pensadores. Para situarse entre ellos el primer gesto de libertad intelectual que realiza Mons. de Céspedes es emanciparse de la fuente; porque quien persigue el archivo queda preso del poder que lo administra. Por eso solo puede ser libre el filósofo que no adora imágenes (5to Mandamiento) y el poeta que las crea. Ninguno de los dos «investiga», ninguno de los dos subordina su espíritu a la «información».
Dice Mons. De Céspedes: «En todo caso, las comunicaciones entre La Habana y San Agustín eran fluidas. Vivir en San Agustín no impedía estar al corriente –y de manera casi inmediata- de todo lo que sucedía en Cuba. Y viceversa: los habaneros de una cierta clase conocían muy bien cómo se desenvolvían las cosas en la Florida, pues algunas familias mantenían su residencia estable en Cuba –casi siempre en La Habana- y poseían haciendas en la Florida.» (p.38)
Félix Varela habría muerto entonces fuera del territorio del país, pero dentro del territorio de la nación. Algo muy caro a un nacionalismo como el cubano.
