He tenido que rescribir este ensayo ya varias veces, y todavía no estoy seguro de qué es lo que busco. Creía en un principio que sería la segunda parte de una reflexión sobre la vulnerabilidad. Para la primera parte evoqué un espacio afectivo cercano, pero ahora lejano geográfica y culturalmente: Cartago, la ciudad de Costa Rica dónde crecí. Para mi sorpresa, el texto fue entendido por los lectores como una crónica familiar, un gesto de complicidad y cariño hacia mis hermanos. Muy bien, no me voy a pelear por ese equívoco que en realidad reitera el lugar común de cómo lo escrito se vuelve independiente, vuela solo una vez que sale, literal y figurativamente, de las manos del escritor. Pero insisto en que para mí trataba sobre la vulnerabilidad, sobre lo frágil de la condición humana, más aun en épocas terribles como la presente. El plan original era escuchar a doctores y enfermeros, esas personas que están en la primera línea de esta batalla contra el covid y que se exponen, quizás como ningún otro, a la posibilidad de contagiarse y hasta morir. Decidí empezar con mi país de origen pues allá tengo una fuente directa: mi hermana doctora. Pero en el plan había también una segunda parte, esta parte, que intentaba reflexionar sobre el tema en cuestión a partir de algunos testimonios de trabajadores de la salud en Estados Unidos.
Sentí la necesidad de guardar testimonios desde abril, el día 24 para ser preciso, cuando vi en las noticias de la televisión pública una nota que me impactó sobremanera. Era el final del segundo mes de la pandemia y todavía estaba seguro de que en cuestión de pocas semanas volveríamos a la normalidad. Pero los cimientos de esa promesa ya habían empezado a derrumbarse. Bastaba ver lo que ocurría en New York, donde el número de contagiados y muertos era aterrador y la ciudad, símbolo de apertura cultural, de cosmopolitismo, de punto donde todo convergía, nos anunciaba un largo periodo de reajuste hacia algo peor, hacia una época de oscuridad dominada por el miedo. Algunas amistades neoyorquinas seguían en sus casas, pero yo apenas sabía de ellos. No me imaginaba cómo podían hacerle frente a la pandemia en una ciudad en la que la distancia física es casi imposible, y por eso mismo existe una cultura en la que la defensa del espacio personal conduce a una individualidad a veces extrema, a navegar multitudes metido en tu propio mundo. Para dar un ejemplo, menciono una foto que una de mis amigas me mandó de un vagón del metro atestado de personas. Esa imagen era prueba un horror inevitable, pues mostraba la imposibilidad de escapar de la amenaza del virus.
Volviendo al 24 de abril, ahí estaba yo frente al televisor. Desde que recibimos en la oficina la orden de irnos a casa, supe que necesitaba proteger mis rutinas para poder funcionar. Por ejemplo, la alarma del reloj siguió puesta para las 5:45AM. Seguí preparando mi café y un desayuno liviano con frutas y queso, y me senté a mirar el internet y a escribir hasta después de las 8:00. El almuerzo hacia las 12:00 del día, una caminata a las 6:30PM. Pero antes, a las 5:00PM, las noticias de la televisión pública, ese acto un tanto pasivo de intentar darle sentido a lo que estaba ocurriendo. Entonces, ese viernes de abril, él apareció en la pantalla con su uniforme de hospital, la barba un poco crecida como se usa ahora, los ojos cansados mirando a la cámara, un piercing en la ceja izquierda, las marcas en la piel que deja el uso frecuente del equipo de protección, una mascarilla colgada de su cuello. Se llamaba KP Mendoza. Tenía veinticuatro años, se había graduado en el 2018 de enfermero con especialidad en cirugía y trasplantes, y ahora estaba asignado a la unidad de cuidados intensivos del hospital Mount Sinai en East Harlem, New York. Diez días antes, KP había colgado en Facebook un largo texto titulado No me llamen héroe, el cual se había hecho viral al punto de que la televisión pública le dedicó la nota que yo estaba viendo. “Ayer pensé escribir mi testamento”, anotó KP Mendoza. “En este momento estoy en buena salud, por lo tanto no debería tener ningún motivo para pensar siquiera en escribir mi testamento. Sin embargo, ayer tuve que reconocer el hecho de que mis probabilidades de morir son estadísticamente más altas de lo que me había imaginado previamente”. El temor de Mendoza no era infundado. De hecho, hay investigaciones periodísticas que trazan un cuadro aterrador del número de trabajadores de la salud que han muerto, sobre todo enfermeros/as y trabajadores de grupos minoritarios. Sin embargo, no es usual que se hagan públicas reflexiones sobre la muerte, en particular cuando vienen de un joven al principio de su carrera profesional. La pandemia, sobre todo en esas primeras semanas, se nos presentaba como una enfermedad de viejos o de personas con enfermedades crónicas. Aun ahora, cuando escribo este ensayo a finales de agosto, hay discusiones sobre cuán vulnerables son los más jóvenes. Ese desacuerdo no se ha dado tanto desde el punto de vista epidemiológico –cualquier de nosotros puede contagiarse y contagiar a otros– como del punto de vista político. Dependiendo de dónde se halle uno en el espectro político la prioridad es proteger la salud de cualquier persona o volver a un cierto grado de normalidad en la parte económica, a pesar de que en el proceso algunos van a morir. ¿Es cierto que los niños y jóvenes no se contagian de covid? No. ¿Es cierto que no mueren? No. ¿Es sostenible el modelo de educación a distancia a través de computadoras? No mientras no se resuelvan los problemas de desigualdad en el acceso a la tecnología ni las implicaciones para las familias de tener a sus hijos en casa.
Al contrario del discurso de invulnerabilidad (un discurso que puede rondar la irresponsabilidad) atribuido a los jóvenes, KP Mendoza no se autoproclamaba inmune al coronavirus. Por el contrario, la cercanía de la muerte era señal de que también él podía ser una víctima: “Creía que estaba preparado para la muerte y durante mi primer año en la UCI la tuve ante mí muchas veces. Aún así, he visto más personas morir en las pasadas dos semanas que la mayoría de la gente en toda su vida. En este momento no estoy seguro si estoy preparado para seguir enfrentando a la muerte… La muerte me puede elegir a mí”. Claro que Mendoza está en una situación que la mayoría de nosotros no hemos experimentado. Al contrario de él o de otro personal sanitario, no nos encontramos día a día expuestos de manera consciente al contagio. “Cualquier cosa que olvides y te haga volver a la habitación [de un paciente con covid] es algo que te puede matar”, y la única opción, dice Mendoza, es aceptarse en sus limitaciones, en su miedo, y a la vez en sus deberes. Por eso rechaza la etiqueta de héroe, tan común y desgastada en la sociedad norteamericana. Es, sin embargo, una etiqueta positiva, un reconocimiento a una cierta excepcionalidad individual y, a veces, colectiva. Es señalar que es posible ir más allá por los otros en una sociedad individualista y competitiva. “Los enfermeros en las UCI han sido entrenados para ser precisos. Nosotros medicamos, valoramos, sedamos, inmovilizamos, ayudamos a intubar. Nosotros bañamos [a los pacientes], los vestimos, los alimentamos, y los hacemos sentirse confortables. Entramos a su habitación más [frecuentemente] que cualquiera otra persona. Hay gente que me ha alabado como un héroe, un superhéroe para algunos, incluso un ángel –que soy valiente, que mis pacientes son afortunados por tenerme–. Casi todos los días, me siento muy lejos de ser así. Ahora más que nunca me siento débil e inepto”. Esa importante función, que ayuda a las personas a enfrentar su enfermedad, a morir dignamente cuando ya el cuerpo no puede dar la batalla, es de por sí loable.
Pero Mendoza también habla de otra tarea más sutil e igualmente importante: la de servir como puente entre los enfermos y sus familiares, usando para ello las nuevas tecnologías. No son, sin embargo, encuentros virtuales felices. Mendoza trata de “poner al menos algo de pomada en [los] labios agrietados [del paciente] en coma” segundos antes de iniciar una sesión de FaceTime o Skype con la familia, “y ellos lo ven por primera vez desde que llegó al hospital, con un tubo de ventilación en su boca, con una sonda de alimentación en su nariz, una ligera baba y tal vez algo de sangre aquí y allá que no pude ocultar”. Ser ese vínculo entre personas gravemente enfermas y sus allegados no enorgullece a Mendoza. Por el contrario, se siente un intruso, alguien que no merece atestiguar la “santidad de ese momento”. El joven enfermero siente como un gran peso el no poder llevar buenas noticias. Supongo que habrá algunas, como por ejemplo cuando un paciente se recupera a pesar de los pronósticos en contra. Sin embargo, lo que marca su día es la sensación de fracaso, no importa si se argumenta que llevar la verdad a quienes no la pueden ver es en sí un gesto de nobleza, sea lo que esa verdad sea. El hecho de poder hablar sobre la vida y la muerte es un triunfo, pero tal vez Mendoza no ha sido entrenado para ello o no tiene la personalidad necesaria o simplemente ya está abrumado. Diane Meier, directora del Centro de Cuidados Paliativos del Mount Sinai (el mismo hospital en el que trabaja KP Mendoza) apareció en otro segmento de las noticias titulado Brief but Spectacular. “La gente quiere hablar sobre ese tránsito de la vida a la muerte”, dice la Dra. Meier, “y mi personal está entrenado para facilitar esas conversaciones con personas (y sus allegados) que están pasando por una de las más aterradoras experiencias de sus vidas”. Para la Dra. Meier la gente se siente aliviada al saber que alguien los escucha, sobre todo cuando el tema son los deseos de los pacientes de luchar hasta el final o no, de morir en casa o en la UCI. Otra área importante de cuidados paliativos es preparar a los familiares a comunicarse con el enfermo, sea por teléfono o tableta. La familia requiere apoyo y guía en cómo hacerlo, sobre todo cuando no pueden ver a su ser querido, o éste no puede hablar porque tiene un ventilador o está muy enfermo. Los pacientes, dice la doctora Meier, “pueden escuchar incluso si están sedados, y quieren escuchar la voz de los suyos. Y lo que es importante de decir debe decirse, cosas como ‘gracias por ser mi padre’ o ‘perdóname por haberte herido’ o ‘te quiero’… y cuando ha llegado el momento hay que decir adiós”. Los beneficios de poder decir esas cosas a un ser querido mientras todavía vive son, a juicio de la Dra. Meier, incalculables.
Vuelvo a leer o visionar esos testimonios. Aun no entiendo bien por qué los guardo. Al final siempre hay pérdida, pues muchas vidas humanas terminan. Habrá otras cosas que no se han contado. Pienso, por ejemplo, en la difícil decisión de dejar morir a alguien, sea porque la persona está muy deteriorada físicamente o porque no hay suficientes ventiladores y alguien más –alguien más joven, más fuerte, con mejores expectativas de sobrevivir– lo necesita. Me imagino por un instante la escena en la que un médico o enfermo se ofrece a contactar a la familia para que se despida del paciente. Habrá un protocolo a seguir, siempre hay. Una serie de instrucciones que incluye lo que se debe decir y lo que no se debe decir, cómo proceder ante reacciones inesperadas, cómo mantener la profesionalidad y la sangre fría cuando el mundo se está acabando… Tal vez guardo esos testimonios simplemente porque desde afuera me siento en control de la situación. Yo determino la narrativa y decido qué vale la pena rescatar como muestra de la condición humana. Eso, sin embargo, no quiere decir que me crea Dios, sino que mis posibilidades de intervenir, de ayudar al menos, son risibles, cercanas a cero. Si yo fuera Dios, sería una deidad inútil, incapaz de aliviar el sufrimiento que esta pandemia está trayendo a tantas personas.
