Nací en la ciudad de Bogotá, Colombia, el 27 de febrero de 1949, lo que da como resultado que yo a la fecha del 2020, año en que estoy escribiendo estas líneas, cuente casi con 72 años. Mi familia fue lo que se llama comunmente, acomodada. Teníamos una hermosa casa en Bogotá y algunas fincas en tierra caliente, sitios donde pasé los mejores tiempos de mi vida. Mi padre tenía chofer que manejaba su Cadillac verde esmeralda, era asistido por un valet de chambre y en torno suyo siempre había personas dispuestas a cumplir sus órdenes. Mi padre fue un hombre imponente, no sólo por su estatura, un metro noventa, sino por su personalidad, seca, autoritaria, en cierta forma irrefutable. Mi madre, casi veinte años menor que él, fue una señora culta, muy hermosa y cultivada, de ideas revolucionarias, que se disciplinó mientras vivió con mi padre, pero que se liberó a la muerte del doctor, mi padre. Ella quedó viuda a los 28 años.
Marco Tulio Aguilera Camacho, mi padre, fue el primogénito de su familia y ello le posibilitó heredar casi toda la fortuna de sus antepasados. Esa fortuna, que era considerable, en años anteriores había sido extraordinaria, casi desmesurada, incluía grandes extensiones de la Sabana de Bogotá, edificios, solares, fincas. Ese verdadero emporio fue dilapidado por el abuelo de mi padre, empedernido jugador de póker y mujeriego. De todos modos lo que heredó mi padre fue bastante, lo que le permitió estudiar en Rochester, donde se doctoró con honores. El doctor ejerció la medicina en Bogotá con gran éxito, se convirtió en el cirujano más cotizado de Colombia y fue la primera persona que hizo una trepanación en el país. Una vez que murió mi padre tras estar inmovilizado varios meses por una hemiplejia (desde joven fumó los rudos cigarrillos Pielrroja con tanta frecuencia, que todavía hoy puedo recordar los dedos de su mano derecha teñidos de un color cobre subido) mi madre decidió emigrar, junto con sus siete hijos y un hombre llamado Pedro Julio Jacobo, a Estados Unidos, más específicamente, a Port Salerno, Florida. La idea de mi madre era, según parece, alejarnos de la influencia ultraconservadora de los parientes de mi padre, que querían apropiarse de los hijos y quizás la herencia.
En Port Salerno tuvimos una existencia bastante agradable, de la que recuerdo los paseos en botes abandonados que los hermanos Aguilera Garramuño calafateamos y recuperarnos. Recuerdo también algunas escenas de discriminación a las que asistí, recuerdo una pequeña hazaña atlética en la que vencí a treinta compañeros del high school haciendo 58 lagartijas y recuerdo las jornadas de pesca de catfish, peces gatos, en el muelle de una empacadora de carne de cangrejo donde trabajé algunos meses. En Part Salerno conseguí una bicicleta gracias a la venta de semillas que emprendí.
De la vida en Estados Unidos tengo pocos recuerdos. En casa no estábamos solos nuestra madre y sus hijos, sino el nuevo amor de nuestra madre, que se convirtió en un compañero de nosotros y que se ocupaba de labores hogareñas y de organizar paseos. Todos los gastos de esos años corrieron por cuenta del dinero que enviaban los administradores de la propiedades heredadas, lo que andando el tiempo llevaría al despilfarro y al embargo, con el resultado de que, tras un viaje alocado de toda la familia, siete personas en total, en una camioneta desde Florida hasta Costa Rica, nos vimos sin fuentes de ingresos. Entonces, doña Ruth, nuestra madre debió buscar trabajo.
La ruina de las finanzas familiares llegó cuando estábamos en Costa Rica. A Costa Rica habíamos llegado (una señora, seis hijos y una hija —el novio de mi madre quedó atrás—, todos con pocas ropas y unas maletas que se apilaban encima de la camioneta Chevrolet de modelo 1960); habíamos llegado después de recorrer varios estados de Estados Unidos (viaje del que no recuerdo nada), el norte de México (mi único recuerdo de ese viaje fue que mamá nos leyó cuentos de varios países bajo el cielo estrellado en el desierto de Sonora), el Salvador, Honduras, Nicaragua (donde nadé en las dulces aguas del lago más grande de Centroamérica).
Cuando llegamos a Cuernavaca nos quedamos en un hotel muy hermoso pero relativamente modesto en el que había una piscina. La idea era descansar apenas un par de días para después volver a azotar la carretara con nuestra carreta como de gitanos. Y debíamos descansar porque nos esperaba (según los planes de nuestra madre, un viaje de 7403 kilómetros desde México hasta Buenos Aires, que sería nuestro destino final… si el trayecto se hiciera en línea recta). Pero el destino tenía otros planes. En primer medida debimos quedarnos un mes en Cuernavaca hasta que se solucionara un problema causado por mi hermano Sergio: el inquietísimo Sergio descalabró a un policía no intencionalmente, sino por la falta de tacto del agente del orden: su cabeza se interpuso entre la piedra lanzada por mi hermano y una botella que esperaba ser estrellada allá, a una distancia de cinco metros.
Cuando logramos salir del problema seguimos rodando, hasta llegar a la ciudad de Cartago, en la meseta central de Costa Rica, donde por una razón que no conozco, mi madre decidió detener el viaje. Rentamos una casa, todos los hermanos fuimos inscritos en primarias y colegios: el menor tenía siete años y el mayor dieciséis. A todos se nos compró uniformes y útiles. Yo estuve el el Colegio Fray Cristóbal de Torres, donde me convertí en el campeón de mis compañeros. Siempre que uno de ellos tenía un problema, recurría a mí. Los asuntos se dirimían a puñetazos y yo era más o menos solvente en el deporte de camorrista, peleador callejero… hasta que…
tuve que enfrentarme a quien me dijeron que era campeón de karate. Durante varios meses eludí el combate. Y el mismo día en que terminaban las clases del año, cuando ya estaba alegrándome porque no volvería a la escuela y no correría el riesgo de encontrarme con el campeón, me lo encontré de frente. En plena calle me retó. Yo me negué a pelear. No levanté los brazos. El campeón me golpeó, yo caí sentado y fin. “Ya me ganó”, le dije. Y me alejé, literalmente con el rabo entre las patas.
En Cartago vivimos poco tiempo. Estalló el volcán Irazú y tuvimos que huir rumbo al sur. Pusimos todo lo que pudimos en la camioneta y de nuevo, a rodar por la carretera. Siete muchachos y una madre, en una camioneta de gitanos que tenía un enorme fardo encima con todo lo que eran nuestras posesiones. Llegamos a San Isidro del General. Y allá, al sur, muy al sur de Costa Rica se concatenaron los hilos del tapiz de mi vida que me llevó a escribir una novela, Breve historia de todas las cosas y a ser lo que soy.
