«Más tarde, cuando conocimos la Huaca Juliana, nos olvidamos del mar. La huaca estaba para nosotros cargada de misterio. Era una ciudad muerta, una ciudad para los muertos. Nunca nos atrevimos a esperar en ella el atardecer. Bajo la luz del sol era acogedora y nosotros conocíamos sus terraplenes y el sabor de su tierra, donde se encontraban pedazos de alfarería. A la hora del crepúsculo, sin embargo, cobraba un aspecto triste, parecía enfermarse y nosotros huíamos, despavoridos, por sus faldas.»
Los eucaliptos, Julio Ramón Ribeyro
Las huacas de Lima son edificios de edades ancestrales: restos arqueológicos de construcciones de impronta prehispánica que la desidia vecinal limeña no ha logrado destruir a pesar de tanta modernidad citadina. Las hay por todas partes, imposible viajar un buen rato en auto por Lima y no toparse con alguna. El material con el que generalmente fueron construidas es el adobe, frente al cual las escasas lluvias y la fina garúa limeñas poco poder destructivo han tenido; no obstante, el corazón con que los habitantes de mi ciudad las miran y protegen es bien diferenciado.
Me viene ahora a la memoria haber visto una huaca que era utilizada como campo de fulbito en algún distrito popular de la ciudad a mediados de los ochenta. También recuerdo una huaca que servía de fumadero para drogadictos, pero que hoy es un sitio oficialmente protegido, la Huaca Mateo Salado, convertida en símbolo patrimonial de la institución educativa que colinda con ella. Muy cerca de ahí, en el área misma que ocupa el zoológico de Lima, llamado Parque de las Leyendas, se encontraban otras viejas huacas a medio desenterrar, las cuales, para provecho y felicidad de los visitantes de hoy, están ahora muy bien restauradas y estudiadas: algunas llegan a los dos mil años de antigüedad y otras, al parecer, son del último tiempo de los incas, constituyendo todas en su conjunto el Complejo Arqueológico Maranga.
A espaldas de ese refugio zoobotánico se encuentra el campus de la PUCP, a la que atraviesa también un trozo de huaca, que en mis tiempos de estudiante ocupaba un espacio hasta más allá del terreno del recinto universitario, por lo que algunos decían que era más bien parte de un camino inca. Precisamente la parte de esa huaca que se extendía fuera del campus era la culpable de que, a la hora punta en los atardeceres, los alumnos, en vez de bordearla por la vereda que la circundaba, se aventuraran a atravesar su descampado terroso, muchas veces entre escombros de quema de basura, para ganar tiempo y cortar camino hacia otra avenida por donde pasaban buses de transporte público que unían el campus con la ciudad de Lima y el puerto del Callao; todo ello hasta que se aprobó el derrumbe de un buen tramo de esa construcción inca para prolongar una pista que agilizara el tráfico vehicular por la zona. Hoy constituye este pedazo del campus que alberga a «la huaca» uno de los mayores atractivos arquitectónicos de la universidad en medio de tanto edificio moderno, pues combina in situ el saber monumental con el de las fuentes escritas que preserva en sus bibliotecas.
La más renovada de todas las huacas limeñas creo que es la Huaca Pucllana, a la que Julio Ramón Ribeyro hace referencia en su cuento «Los eucaliptos», llamándola Juliana en los años cincuenta, en los que no estaba ni cercada ni era parte de ninguna investigación y mucho menos estaba todavía convertida en un museo de sitio. En pleno siglo XXI funciona ahí también un restaurante de varios tenedores desde cuya terraza los comensales pueden gozar de la vista del viejo edificio prehispánico, iluminado por reflectores especiales que le otorgan encanto en las noches limeñas.
Nuevas lecturas para espacios urbanos, de cuyas funciones originales poco, o mucho, se sabe: cementerios, caminos, albergues, casas, palacios, almacenes, templos, murallas, y cuya perpetuidad arquitectónica ha hecho de la huaca citadina un elemento cultural que ya forma parte de la identidad colectiva de los limeños.
