Maestro de distancias
Jordi Doce
Abada Editores Madrid, 2022
Tal vez, la duración sea la emoción vital más persuasiva en el bordón del ser humano. De un extremo a otro de nuestra temporalidad, nos sabemos finitos, si inclinados a creer que esa voz que llama desde el otro lado no dirá nunca nuestro nombre.
En este invierno que principia, frente al fuego que abraza la leña, me he dejado ganar por el último libro de Jordi Doce, Maestro de distancias. Un volumen con un centenar de textos en prosa, sabiamente ritmados, y de donde emana la iteración de palabras y silencios que afinan y memoran realidades y visiones: “En aquel sueño éramos tres contra la nieve. En aquel sueño, insensatos, éramos tres contra el empuje del frío”. Y, sin embargo, ese helor anhelante que desprenden algunas de estas páginas, se hace verbo cálido gracias a una dicción poderosa, comprendida en secuencias que atrapan y aúnan sentimientos interminables por su propia provisionalidad.
Jordi Doce no pretende encontrar consuelo en lo fugaz, sino encender al alba de los días una costumbre que permita escuchar el canto de los pájaros, contemplar las nubes que van hacia el olvido, desbrozar la maleza del paisaje y alentar, al cabo, “nuevos nombres bajo un nuevo horizonte”. Porque no sería lícito facultar la contrariedad, asentir el extrañamiento, sino alumbrarse desde la solidaridad que consiente lo plural de las huellas, los espacios comunes: “Somos luces al fondo de un camino. Poner un pie tras otro ya es bastante. Caminar, tanta noche, hacia la llama”.
Cada fragmento que vertebra el conjunto posee un hilo unánime, un hilván colectivo que cobija y acompaña en un viaje iniciático que busca la claridad tras las sombras del laberinto. Ante la curva del dolor, ante el ojo del miedo, ante la oscuridad del fracaso, se vislumbran aún “planes de soledad para el alma maltrecha”. Y así, devuelto hasta una certidumbre que restaure la ventura, hacer del tiempo y sus deshoras el mejor secreto.
Un libro, pues, para leer a contraluz frente al “horizonte de la desposesión”, para degustar pausadamente y hallar tras cada distancia enmascarada la dócil cercanía de la esperanza: “Y entonces despertó con la primera luz, pasmado por el cielo y por la ronda de los vencejos. Sudor y conjeturas. El día lo llamaba para enmendar los eslabones de la sangre”.
