Con dos metros de infierno sobre las palabras

Los que no sueñan más que con la luz
Odalys Interián
Editorial Dos Islas, 2022

El poeta Wallace Stevens dejó unos aforismos sobre la poesía que recomiendo por la cantidad de sugerencias que proponen. Por ejemplo, hay uno que dice: “Cuando se deja de creer en Dios, la poesía es esa esencia que ocupa su lugar para que la vida resulte aceptable”. No diré si estoy de acuerdo o no con eso; esto no va de los aforismos del poeta estadounidense, esto va del último libro de la gran poeta, escritora y editora Odalys Interián, “Los que no sueñan más que con la luz”. Y si lo cito (el aforismo) es porque lo que dice el poemario, y en general toda la poesía de Odalys, colisiona con él de un modo como mínimo curioso.

Si se mira ese conjunto, o sólo el título que digo, se verá que no hay que dejar de creer en Dios, tampoco creer, ni siquiera tiene que haberse creído en él antes, para que la poesía realice esa función: la de hacer “que la vida resulte aceptable”. Pero  puedo ir más lejos y preguntar: Y si es así, a quién le hace la vida más aceptable: ¿al poeta? ¿Al lector? ¿A ambos? Y aún más allá: ¿Siempre la poesía hace “que la vida resulte aceptable”? Para responder, al menos a esto último, basta con pensar en lo que sucedió cuando se publicó la novela de Goethe “Las penas del joven Werther”2.

Es decir, la función de la poesía no es exactamente esa. Personalmente no tengo claro si hay una sola función o un número específico de ellas que se le puedan atribuir. A veces sospecho que depende de la cantidad de buenos lectores. Y que tampoco eso tiene que ver con la que el autor pudo tener en mente cuando escribía. Si es que, por supuesto, puede existir un poeta que “racionalice” a tal extremo su quehacer.

Creo con Wallace Stevens, eso sí, que la poesía es una forma de melancolía. Pero también de alarma, de miedo, de cólera, de amor… de urgencia. En fin (y con esto se explican muchas cosas) de sentimientos. Y es eso (sentimientos) lo que nos transmite Odalys en cada uno de sus libros. En cada uno de sus poemas. En cada uno de sus versos.

Y “Los que no sueñan más que con la luz” no es una excepción, al contrario. Hablamos de un bello libro de unas 107 páginas, en las que en cada una encontramos eso: sentimientos. Sentimientos que se suman a los de sus libros anteriores, a veces repitiéndose, pero al modo del llevado y traído río de Heráclito: nunca se sienten igual. O eso nos hace creer la poeta con su embrujo.

El título parte de los  versos del poeta sirio Adonis “A veces alaban las tinieblas / los que solamente sueñan con la luz”.3 Algo que es otra clave importante para entender lo que vamos a leer y lo que hemos leído ya de la obra de Odalys. Porque una vez más nos introduce (no diré que para alabar, porque no es eso, pero lo hace) en las tinieblas.

Obsérvese si  no que en la primera parte, además del exergo antedicho, sitúa este elocuente y sin duda hermoso subtítulo  “El cadáver que se cierra como un guijarro sobre la luz”. Y el primer verso que sigue dice taxativamente “Hoy la poesía sirve de poco”. Un verso doblemente inquietante cuando precisamente nos disponemos a leer poesía. Un verso que en cierto modo  retrotrae a la idea de Adorno que Primo Levi suscribió en términos muy similares4. Pero enseguida percibimos un interesante matiz: Odalys lo hace de un modo intencionalmente contradictorio: ¡escribiendo poesía! Esto es, introduciendo en la praxis su negación.

Algo así sucede también con el asunto — por llamarlo de algún modo— “de las tinieblas”. La oscuridad que recorre su obra es una oscuridad peculiar; al fondo brilla una especie de horizonte en llamas o, más exactamente, algo parecido a la luz que se refleja en el cielo nocturno cuando, a lo lejos, hay un incendio. Ella lo dice de un modo mucho más hermoso y elocuente: “Detrás de todas las oscuridades / hay girasoles blancos.” Porque la muerte, tan presente en todo lo que escribe (tan presente en esas tinieblas que recorren gran parte de su obra) es, en principio, una muerte derrotada. Esto, sin duda, tiene una explicación, pero el porqué en este caso es un elemento residual, interesante si acaso para otro tipo de estudio, no para la poesía en sí. Si lo enfocamos solo en el sentido del hecho o del producto poético,  entenderemos que ese tratamiento de la muerte tiene una connotación metafórica que desborda el cauce de cualquier concepción extraartística. Y es eso lo que le da un auténtico valor estético y, si se quiere, ético. Veamos un ejemplo:

El millar de muertos girando en el aire / como negros girasoles / apagan el sol. / Como gavillas de trigo en su volatilidad / traspasan el largo hospedaje de las luces /  y entran como un incendio / en el globo del ojo / de Dios.”

Como se puede ver, ahí está la trascendencia. En esas “gavillas de trigo” (obsérvese: los muertos trocados en “gavillas de trigo”) que entran “como un incendio en el  globo del ojo de Dios”. Hablamos pues de la envergadura que, en el plano divino, debe tener esa aberración.

Pero curiosamente en este libro Odalys no insiste en la idea mística de la resurrección como vía reparadora (o, insisto, trascendente) del error que, según esta idea, supone la muerte. No, esta vez la poeta piensa además en una muerte que se produce como consecuencia de la barbarie, algo que enfrenta de un modo que podemos calificar, en el sentido humanista, como “militante” o de “compromiso”. Esto significa que se detiene críticamente en el morir y —para que se entienda— no pasa al otro lado, que sería el de la “reparación”. Incluso llega a decir:

Un crimen vivir / digo / en silencio / esperando como corderos / la hora del degüello.

O:

“No voy a rogar un puñado de paz / Voy a cantar con la boca del muerto / que no sepultaron.”

Y más adelante, manteniendo la coherencia de esta visión, introduce una sabia e inusitada definición (o redefinición) de la muerte, que traigo a colación sobre todo por su valor estético; por su misterio… por el acierto poético, en fin, que supone:

Pero la muerte / son esos tulipanes”.

De modo que en ningún momento abandona, en aras del concepto, la “responsabilidad” estética. Sus imágenes vuelven a ser insuperablemente demoledoras, exactas y sugerentes en (o por) su avasalladora riqueza.

Pero antes de concluir observemos, aunque sea brevemente, la estructura. Es algo que importa, porque hasta ahora hemos hablado de la muerte o de las tinieblas, y eso no es todo el libro ni mucho menos. En la segunda parte, titulada “Lo que digo preservará mi  nombre” se abre a otro aspecto importante para la poeta: el hecho de escribir. Aquí “dialoga” con Gelman, con Emile Dickinson… Y para ello sitúa delante suyo (de la poeta o del personaje poético) un espejo. Y vuelve a ser implacable.

Porque no miro como tú / no ignoro lo que mis ojos tocan.”

“He bailado sobre sus cuchillos. / He parloteado como un loro / toda la demencia de la luz.”

“La poesía plantándose / como el árbol de los buenos frutos. / Vibrando para el hombre. / Como si todo hoy nos emboscara / las plenitudes /los pobres asedios / esa pizca de eternidad que llevan las palabras / ese nudo de mundos que van desovillándose. / El cadáver que se cierra como un guijarro / sobre la luz.”

Y, por último, en el tercer apartado que titula “Sin tu boca cómo digo aire, pero sin ti cómo digo el amor, cómo lo digo”; en este tercer apartado, digo, festeja “!las atroces amarguras del amor”. El amor que “Trae ese viento de libertades.”

“El amor llorado por mí / ahora vive en mi llaga.”

“El mayor de todos los riesgos / es el amor.”

Aquí hallamos una vez más la dura limpieza (el duro candor) de sus imágenes. El amor elevado a su condición inefable. Quiero decir: Su lado físico es —si es que es— sólo un destello; un fugaz y pálido destello.

Y a modo de resumen

Estamos, por tanto, frente a un poemario en tres tiempos impecablemente engarzados: El de la barbarie; el de la escritura y el del amor. Esas tres fases forman una sólida unidad, con poemas sin geografía y sin datos temporales específicos, que producen, además de esa sensación de solidez, una aún más perturbadora de absoluto o  universalidad.

Debo añadir, por último, que leí “Los que no sueñan más que con la luz” en un momento especialmente oportuno. Digamos que lo necesitaba. Entrar en ese mundo brutal (en el buen sentido) me ayudó (supongo que por efecto de una inconsciente técnica de  psicología inversa: la llamada “intención paradójica”) a superarlo. Porque me atrevo a decir que se trata de uno de los libros más logrados de Odalys, si es que algo así puede decirse de una obra tan sostenida y homogénea como la suya. Es —así lo dice José Hugo en el magnífico prólogo—, un libro muy inspirado. Un libro  —añado— que,  más allá de la dureza de sus imágenes, nos transmite “ese discurso del amor / que centellea / para mostrar lo vivo”5, en contraste con esos dos metros de infierno que pesan sobre las palabras6… sobre la vida.

Algo sobre la explosión de un cometa

Un estudio así (con esas connotaciones, con esa profundidad,
con esa pedagogía) sólo puede hacerlo alguien que conozca en profundidad
no sólo la obra del autor objeto de estudio,
sino, además, los géneros en los que ese autor se ha movido.

El ensayo La explosión del cometa (que José Hugo Fernández, su autor, califica modestamente de “prontuario”) me estalló, literalmente, en la cara. Es una metáfora, por supuesto, pero no la utilizo en tal sentido. Me refiero a la sensación, y la sensación es literal.

Atrapa desde la primera línea con una pregunta fascinante: “¿Por qué un poeta deja de escribir versos?” De inmediato pensamos en Rimbaud, el prototipo. Pero también en Félix Luis Viera, que después de haber publicado quizá su mejor poemario en 2010, La patria es una naranja, decidió no escribir más versos. Diferencias aparte, la intriga se mantiene intacta. Queremos saber qué nos propone el “lector atento” que es José Hugo.

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