Víctimas del pasquín digital

Si algo marca a la época actual es el cúmulo de contradicciones que la sostiene. Sin embargo, no se trata de ese espíritu de desarrollo universal que encuentra en las ideas contrapuestas la causa de su natural impulso. Las contradicciones del siglo XXI nacen de la polarización y esta segmentación al más puro estilo de «si no estás conmigo, estás en mi contra» impide el diálogo entre ambas partes y, por consiguiente, anula hasta el más insignificante asomo de inercia.

Es irónico que cuando más instrumentos tenemos a nuestro alcance para comunicarnos, más aislados nos encontramos. Es un axioma que se ha manejado hasta el cansancio y no está exento de razón. La tecnología ha potenciado nuestra capacidad para acercarnos, pero también para herirnos. Y, como en cualquier pelea, la proximidad permite hacernos heridas más profundas de primera mano.

Las redes sociales han involucionado desde un espacio comunitario de fraternidad —si alguna vez lo fue— a un campo de batalla donde la virtualidad solo atañe a la plataforma porque las lesiones emocionales son completamente reales.

Por ejemplo, en referencia a la polémica red del pajarito, ahora en manos del magnate Elon Musk, comenta la periodista española Gabriela Bustelo: «La particularidad de Twitter es que funciona como un estadio de fútbol de tamaño mundial: los temas se trituran y regurgitan en versión polarizada o binaria, para que dos bandos enfrentados repitan consignas enfrentadas, tal como hacen los hinchas con sus respectivos equipos deportivos».

Las plataformas digitales están a disposición de cualquiera como un pasquín de alcance mundial —en octubre de 2022 el informe Global Social Media Statistics aseguraba que 4 mil 740 millones de personas usan redes sociales, es decir: el 59.3% de la población del planeta—. Esta tecnología equipara los poderes: el presidente y el conserje tienen la misma oportunidad de publicar —ya no tanto de divulgarse porque el primero podrá pagar por que se multiplique su nota—, pero también encona las discordancias. Cada vez más se percibe un tufo feudal en el modo en que operan los mass media. Las propuestas informativas se bombardean desde catapultas hechas por ceros y unos, capaces de saltar continentes enteros, pero sus bases se defienden tras murallas de intolerancia. Con la aparición de internet dejó de existir la verdad, para darle paso a mi verdad. La única verdad que hoy parece importar.

Este sectarismo es aprovechado por los emporios que conducen nuestras vidas desde sus ostentosas oficinas. Nunca las piezas del ajedrez político, económico y social estuvieron tan bien definidas ni fueron tan manipulables. Los datos personales que ofrecemos a diario sirven para nutrir las bases de datos que, mañana, se utilizarán para decodificar nuestra conducta, gustos, propósitos, ideales y, así, conducirnos como reses hacia los pastizales, el establo o el matadero.

En la mañana nos exhortan a unirnos en pos de un ideal cualquiera. En la tarde nos incitan a enfrentarnos entre nosotros mismos, en pos de otro ideal. Para la noche nos habrán incitado a hacer las paces o degollarnos, según convenga. Y obedecemos siempre porque creemos, realmente, que la intención es nuestra.

Si George Orwell consideró, en su novela 1984, haber revelado el summum de la manipulación política cuando sus rebeldes personajes llegaron incluso a amar al Gran Hermano… se equivocó. Hoy avanzamos más allá. Nos han convencido de que somos el Gran Hermano, que podemos vigilar, intervenir y condicionar la vida de otros desde la comodidad de nuestro hogar. Y cuando apoyamos un partido, un movimiento social, una propuesta económica… realmente lo hacemos convencidos de que pensamos por cabeza propia. Pero no es así. Nunca lo ha sido. Lo hacemos inducidos por la búsqueda de un like o un retuit. Por la necesidad de atrincherarnos detrás de lo que llamamos nuestra verdad y que no es más que la verdad de otro. La verdad de aquel que, desde la sombra, mueve los hilos del Gran Hermano.