Leandro Calle (Zárate, Argentina, 1969) Poeta y traductor. Reside en Córdoba. Docente universitario. Sus últimos libros de poesía son: entonces (Alción Editora, 2010). Blasfemo (Alción Editora, 2013), animalia urbana (Dínamo poético, 2014), elijo (Alción Editora, 2017), país (Alción Editora, 2018) y Nadar en las aguas de piscis (Colección Alfabeto del mundo, Ecuador-Venezuela, 2022). En 2020, la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), publicó una antología que reúne veinte años de poesía: Algo que arde. Antología poética 1999-2020. Ha traducido a Guy de Maupassant, y a los poetas marroquíes Abdellatif Laâbi, Siham Bouhlal y Miloud Gharrafi. También a los poetas francófonos Anissa Mohammedi (Argelia), Véronique Tadjo (Costa de Marfil) y Gabriel Okoundji (Congo Brazaville).
Puede adquirir el libro aquí: El punto débil – Ilíada Ediciones, 2022
Uno
El comisario inspector Ortiz, abrió los ojos y se llenó de oscuridad. Apenas si pudo distinguir un haz de luz. Luego vino un fuerte olor a nafta y más tarde un dolor agudo en la nuca. Pensó que soñaba. Iba a cerrar los ojos para conciliar el sueño, pero el traqueteo del vehículo lo hizo reaccionar. Manos esposadas, pies atados y una mordaza en la boca que por suerte no estaba muy ajustada. Trató de darse vuelta, pero había otras cosas allí. Una lata de aceite, una caja de herramientas, una rueda y trapos sucios. Tardó unos minutos en darse cuenta de que estaba en el baúl de un coche. ¿Cuánto tiempo había permanecido allí? Le dolía la cabeza, arriba de la nuca. La puerta del baúl tenía una hendija por la que se filtraba algo de luz. Junto con la luz, apenas perceptible, partículas de polvo flotaban por el aire. ¿Era de día o de noche? Hacía calor; sin embargo, si hubiera habido sol, desde la hendija podría percibirse el haz de luz con mayor intensidad.
El coche daba demasiadas vueltas ahora. Ortiz estaba boca abajo y el vehículo se movía demasiado. Le vinieron ganas de vomitar y vomitó. Una vez, dos veces y hasta tres. Maldita mordaza, pensó para sus adentros el comisario inspector Ortiz, que le había hecho tragar parte de su vómito para volver a vomitarlo. Un olor nauseabundo y un líquido viscoso le recordaron los tallarines que había comido ese mediodía. Después de todo, vomitar no le había hecho tan mal, había recordado algo. Los tallarines en su casa, comidos a toda prisa a las dos de la tarde. Entonces, se dijo el comisario inspector Ortiz, ya debe ser pasado el mediodía. Por la hendija de la puerta del baúl se colaba un haz de luz y partículas de polvo que enrarecían el lugar. Ortiz trató de darse vuelta, pero no pudo. Hizo un esfuerzo sobrehumano y consiguió quedar de costado. En ese momento, el coche frenó de golpe. Ortiz se fue hacia el fondo y su cara pegó contra la lata de aceite. Se desarmó en una puteada ronca e inaudible que hizo todo lo posible por atravesar los tejidos vomitados de la mordaza. ¿A dónde mierda me llevan?, pensó. Las curvas y contra curvas habían terminado y ahora parecía que el camino era recto y tranquilo. Sintió cómo el coche aceleraba.
Le seguía doliendo la nuca. ¿Qué fue lo que pasó? Un golpe, sí un golpe. Salió de su casa y todo se volvió negro. Sí, ahora lo recuerda. Comió los tallarines, fue al baño y luego salió. Después, todo fue negro y, más tarde, el haz de luz por la hendija de la puerta del baúl. Un culatazo, pensó Ortiz, pero ¿quién mierda se atrevería a darle un culatazo al Comisario inspector Ortiz? ¿Quién? Sintió nuevamente ganas de vomitar y trato de respirar profundo para contener el vómito. Reflexionó un poco sobre su situación y supo que alguien evidentemente había sido capaz.
Esa mañana había estado con el Moncholo y con el Subcomisario Hernández. ¿Para qué mierda lo había hecho llamar al Moncholo?, se preguntó Ortiz. El Moncholo sólo aparecía para los trabajos sucios. Seguramente le había encargado algún trabajo sucio. El coche aceleró y el comisario se dio cuenta de que estaban por una ruta bien asfaltada. ¿Dónde carajo me llevan?, pensó. Ya un poco harto de la situación, del olor a nafta, y de la lata de aceite que cada tanto insistía en golpearle la cabeza, Ortiz pateó con fuerza la tapa del baúl como si fuera una cabra. El coche no se detuvo. Insistió un par de veces y se dio cuenta de que hacer eso no tenía sentido alguno. Entre tanto, se acordó que el Moncholo le había mostrado unas fotos. Las fotos del juez Leiva. Pero eso había sido hace un mes atrás. Leiva saliendo de su casa, Leiva entrando a Tribunales, Leiva tomando un café, Leiva hablando con su chofer. Leiva, siempre Leiva. Se le vinieron a la mente un montón de fotos del Juez Leiva. Nada había de comprometedor con esas fotos. Pero ¿por qué el Moncholo había venido a la oficina? ¿Cuántas veces, cuántas veces le había dicho? Nos comunicamos por el mail común. Pero el Moncholo quería ser policía, le gustaba aparecer, mostrarse. Ortiz recordaba la forma que había encontrado para comunicarse sin verlo. Había creado una cuenta de correo electrónico, un gmail. Los dos tenían la contraseña. ¡Se lo explicó tantas veces al Moncholo! Vos entrás y escribís en borrador, y repetía, en borrador ¿entendés? No mandás nada, no enviás nada. Luego yo entro y te escribo en el borrador sin enviar. Vos entrás y leés. ¿Te queda claro? El Moncholo decía siempre que sí, sobre todo cuando Ortiz levantaba la voz. Pero al Moncholo nunca le quedaban claras las cosas. Así que de vez en cuando aparecía por la comisaría. Leiva, repetía mentalmente Ortiz hasta que ató cabos.a semana pasada lo había llamado su amigo de investigaciones. Todo comisario tiene algún amigo en inteligencia. Lo estaban investigando. El juez Leiva tenía algunos datos más o menos precisos acerca de la corrupción de la policía y ahí entraba Ortiz. Desde hacía mucho tiempo, el comisario manejaba una suerte de sistema de coimas que le generaban buenos dividendos. La mayor cantidad de la guita se la quedaba él. Otra parte más o menos gruesa iba para el subcomisario y el resto se repartía entre la muchachada. El sistema estaba bastante cerrado y era inexpugnable. Ortiz se había encargado de que todos los que pasaban por la Comisaría alguna vez hubieran “puesto los dedos” como decía él. Todos en algún momento habían participado. Era cuestión de no dejar un policía limpio. Si estamos todos sucios, decía Ortiz, nos vamos a saber cuidar entre todos. El Moncholo iba por otro lado. Estaba sucio de nacimiento. Villero, soplón, golpeador y cocainómano. Ortiz lo conoció en un allanamiento, pero se dio cuenta de que lo que tenía ante sus narices no era un pez gordo, si no un eslabón bastante menor de la cadena. Había que hacerlo cantar al Moncholo y el Moncholo era duro, duro e inteligente. Fue negociando de a poquito. Ortiz se dio cuenta de que tenía un aliado a futuro. El Moncholo entonces hizo de matón, de soplón, de detective barato y hasta de policía. Pero la relación siempre fue directa. Ortiz no quería vincularlo con la institución bajo ningún concepto. De alguna manera, el Moncholo era como un perro fiel, de esos perros malos pero fiel. En cinco años le demostró que podía confiar en él, siempre y cuando hubiese algo a cambio y Ortiz pagaba bien los servicios prestados.
Cuando el Comisario inspector Ortiz, se enteró de que Leiva estaba metiendo el hocico en sus asuntos le escribió al Moncholo y concertó una cita. Solían juntarse en un bar bastante lejos del centro. Un bar de morondanga en las periferias de Córdoba. Era un lugar que no estaba marcado por nadie. Quiero que me averigués en qué anda el Juez Leiva, le había dicho el comisario, mientras le pasaba un sobre de color marrón con datos y detalles del magistrado. Ya sabés de qué se trata, dijo Ortiz. Hay que buscarle el punto débil y todos tenemos un punto débil. Pero no te apresurés. Si encontrás algo avísame por mail y vemos de juntarnos. Anda con pie de plomo que la cosa está jodida.
En estas ocasiones, el Moncholo ni siquiera respiraba. Era un soldado ciego. Escuchaba atentamente, agarraba el sobre y comenzaba a laburar.
Ortiz repasaba mentalmente las fotos que le había traído el Moncholo. Venían a su mente las imágenes que luego se desmoronaban como un castillo de naipes para desaparecer. Leiva y su hijo de siete años saliendo del colegio, Leiva jugando al golf, Leiva saliendo del cine, Leiva en un acto político, Leiva en la misa de domingo. ¿Con esto no hacemos una mierda?, pensó Ortiz. Hay que hacer un seguimiento más fino, todos tenemos un punto débil. En ese momento, el Moncholo separó las fotos y señaló la que Leiva estaba con su hijo. No, dijo el comisario. Por ahí no. Buscá algo que lo avergüence, algo que lo haga callar sin que nos perjudique. Si no encontramos nada, le secuestramos el pendejo. El Moncholo recogió las fotos y se fue.
Todavía sentía el regusto ácido del vómito en la boca y los recuerdos se le apelotonaban en la cabeza. Por momentos venían todos juntos y luego se iban y le quedaba la mente en blanco. Le pareció que se había adormecido un par de veces. Le dolía la cabeza. Mucho. Un dolor puntual arriba de la nuca. ¿Estaría cortado? Le pareció que sí. Entonces pensó que había perdido sangre. ¿Tan fuerte lo golpearon? Gente de Leiva, seguro. Ortiz pensó que le querían cagar el negocio. Esto debe ser una mejicaneada de mi amigo de inteligencia. Tendría que haber repartido algunas migajas por esos lados.
El coche se detuvo. Ortiz comenzó a dar patadas al baúl, pero apenas si podía mover los pies. Intentó gritar, pero tampoco podía. Insistió con los golpes hasta que le dolieron las piernas. Se sosegó y trató de darse vuelta para ver si podía mirar por la hendija. Fuera era completamente de noche. Pensó que seguramente estaba en el campo o en las Sierras de Córdoba porque no había escuchado mucho ruido.
El coche arrancó y entró por un camino de tierra. El traqueteo le hizo recordar a Ortiz que hacía dos días el Moncholo le había dicho que había encontrado el punto débil del juez Leiva.
Una vez por semana Leiva viajaba a la ciudad de Río Cuarto a dar clases. En el camino de vuelta, paraba a dormir en algún pueblo. El Moncholo había hecho un buen seguimiento. Leiva paraba en distintos pueblos y a distintas horas. Era evidente que esos días no pretendía volver a su casa. Era evidente, además, porque después de que Leiva entraba al hotel, aparecía un Renault Clío gris con la misma patente siempre y se bajaba una señorita mucho más joven que él.
Ortiz recordó ahora perfectamente las fotos de la mujer del Renault Clío. También recordó que llamó a su amigo de inteligencia y le pidió que le concediera algunos favores. El Moncholo era bruto en cuestiones tecnológicas, pero junto con el subcomisario Hernández llegarían a hacer un buen trabajo. Ortiz les tenía confianza. Leiva no paraba siempre en los mismos pueblos, pero sí en los mismos hoteles, así que era cuestión de esperar. Eligieron el hotel más chiquito, el que menos conflictos presentaba. Lo llenaron de cámaras. Costó trabajo, pero lo lograron. Era cuestión de esperar. El juez Leiva se tomó unos días de vacaciones y el Moncholo se mordía los labios de la bronca.
Cuestión de esperar mascullaba el Moncholo. Ortiz sonreía mientras le decía: todos los hombres tenemos un punto débil, es cuestión de encontrarlo.
La espera dio sus frutos. ¿Cómo había sido? se preguntaba Ortiz entre el olor a nafta y el polvo que entraba por la hendija de la puerta del baúl. El Comisario Ortiz, tosió con fuerza y otra vez sintió el regusto del vómito añejo que se había secado entre la boca y la mordaza. Le vino súbitamente una arcada que pudo controlar. Junto con la sensación del vómito vinieron también los recuerdos.
Ya se acordaba. Leiva tenía una suerte de salidas higiénicas y por precaución cambiaba los lugares donde se quedaba a pasar la noche. Normalmente era el jueves de cada semana. El comisario Ortiz, imaginó al juez Leiva dando explicaciones de las ausencias a su mujer. La coartada la tenía por las clases que daba en Río Cuarto. Imaginó a ese hombre flacuchento y espigado decir que tenía reuniones importantes, que la cosa no andaba bien para los jueces, que la política, que esto y aquello. Lo cierto era que Leiva ya había mordido el anzuelo.
Encontré el punto débil, había sido el mensaje del Moncholo en el borrador del correo electrónico. Esta vez no eran fotos, así que Ortiz decidió no juntarse en ningún lado y esperar una copia para observar tranquilo en el escritorio de su casa. El Moncholo le dejó la copia en el bar de siempre, dentro de un paquete con libros. Cuando todos dormían, el Comisario Ortiz entró a su escritorio con un vaso de whisky en la mano. Encendió su computadora, cerró bien la puerta, bajó el volumen de los parlantes y se dispuso a ver cuál era el punto débil del juez Leiva.


