Donde terminan las fronteras

Siempre es bueno verte
Sergio de los Reyes
Traveler, Madrid, 2023

Con su novela Siempre es bueno verte, editada por Traveler en Madrid, el poeta Sergio de los Reyes llega a la narrativa con los deberes hechos: ha vivido y padecido, ha leído y estudiado, conoce el amor y sus vértices, ha viajado y publicado los poemarios Elsewhere, Queen Street West y Ciervo fugitivo; además de estar casado, ser padre y ganarse la vida en una Biblioteca Pública de Toronto.

La novela de todo poeta, por muy realista que sea, planea sobre el lirismo y la reflexión existencial; además del ímpetu juvenil en Siempre es bueno verte, un título alusivo a viajes, pérdidas, encuentros y búsqueda de la felicidad lejos del hogar, porque existe otra vida “donde terminan las fronteras” y “…Hay sociedades enteras que se echan al mar para soñar con un gran puerto… aunque “la libertad individual comienza en el desamparo…”

El autor tiene una historia y posee la técnica para contarla y hacer creíble la odisea personal de un joven idealista y sensible que, hastiado de la desidia y la desesperanza en Cuba, se exilia en Madrid donde se descubre a sí mismo entre chicos que como él, y junto a él, atraviesan los rigores y las caídas previas al encuentro con sus familiares y amigos en Miami, la “tierra firme de los exiliados”; no sin antes obtener pasaportes falsos y volar a Berlín, Milán, Atenas, París, Londres, Cancún o New York.

La inmersión en estas páginas de estilo depurado es una aventura literaria que parte de un viaje liberador en torno a las andanzas del protagonista y sus cofrades, extraviados en una ciudad devenida en centro de sus anónimas odiseas. El tema no es nuevo pero el enfoque es original por el manejo del lenguaje, la resonancia mítica y los matices autobiográficos: el protagonista evoca fragmentos de canciones y poemas, describe plazas, calles, estatuas, librerías, museos y fuentes mientras “pasea y dialoga” con Ella, la novia traída al presente en la memoria, y con “el joven de la Calle Desengaño”, un personaje histórico del siglo XIX que estudió en Madrid y se exilió en New York.

A través de “Ella”, el autor enlaza la ciudad perdida a la urbe que descubre y le ignora; con “el joven…”se mimetiza e idealiza a la Patria, creando una realidad atemporal que confunde los espacios y expresa orfandad y desarraigo, preámbulo de libertad. Ese pulso entre el pasado vulnerable y el presente abrumador halla un equilibrio en la esperanza y en la relación entre los personajes, unidos por quimeras y frustraciones comunes, y por una ilusión de futuro.

En trescientas veintitrés páginas y treinta y seis capítulos breves el creador relata los “descensos”, los escenarios y los personajes que coinciden con Hermes en el Aeropuerto de Barajas, en hostales de Madrid y en otros puntos de la capital española -y de Cancún, Atenas o Creta-. La travesía es un tapiz a merced del azar y la memoria; los diálogos y las descripciones -agudas, precisas, poéticas- planean sobre “…el duro golpe de dejar su infancia y la adolescencia, levantar el vuelo y verse un hombre al descender”; sorprendido por la lejanía y el frío del invierno: “…una sensación tan ignota como la felicidad…”

No todo es un intento de fuga en ese tablero inédito. Para el protagonista, “…Vagar por una ciudad desconocida es un viaje al interior humano. Las calles, las plazas, los transeúntes se convierten en nuevos vocablos… pueden ser la compañía ideal del exiliado”. Incluso la nieve, que fascina a los cubanos porque “…tiene todo lo que anhelamos y no conseguimos: delicadeza, albura, frescor, gracilidad…”

Y Hermes, sin otra tutela que la propia, vende carteles para un puticlub nocturno de la Gran Vía, “su hogar transitorio”. Y comprende que Madrid es “un aquelarre interminable…” donde “vibraba un mundo de sombras y personajes tristes”, como la chica de Albania que ejerce “el oficio más antiguo” y le lee las Cartas del Tarot.   

El autor retrata a esos cubanos sin Cuba “que ocultan sus rostros en la prisa” y sobreviven en la espera: Damián, Andrés, Yasiel, Yaramí, Marta, Magali, Zurelis, Abel, y Carlos Manuel, “el cubanito insoportable que nadie traga”, pero es vital por la gestión de pasaportes y boletos de avión. Todos han tomado conciencia existencial; cada uno, incluso Salvador, el ingeniero varado en Atenas, y Simón, el actor anclado en Creta, anhela, como el poeta J.C. Zenea, “otra patria, otro siglo y otros hombres”.

Ese puñado de cubanos dinámicos son el núcleo de la ficción; los une el  riesgo a ser deportados y la necesidad de crear una nueva historia. Los rigores de cada día acentúan el aprendizaje y la madurez personal, pues “viven una experiencia extraordinaria”; saben que “escapar es un acto de rebelión” y que “la libertad no puede ser… un ente vacío que vaga como el humo. Debe tener ciertas velas, timón y timonel…su moral y su ética”.

Hay un paralelo sutil entre Hermes, protagonista de Siempre es bueno verte, y Humphrey Weyden, el alter ego de Jack London en The Sea-Wolf, el joven náufrago que “absorbió la negrura acumulada en el corazón de Wolf Larsen”, el capitán terrible que aporta a “su carácter cándido una honda dimensión”. Si bien Hermes no es un náufrago ni navega por el Pacífico, sino por las calles de Madrid, en busca de un sueño: llegar a Miami, la “Tierra prometida” de la diáspora cubana.

En esta obra “colmada de empeños y desarraigo”, hay pasajes emotivos pero no hay un final feliz. El autor, como el tiempo, sacude las certezas, busca las claves en el futuro y otea la libertad, palpable en estas páginas de visión cosmopolita, llena de caídas, ascensos, paisaje en movimiento e invención.

Con Siempre es bueno verte, Sergio de los Reyes se suma al “Inventario” de éxodos y autores que reescriben, desde otra perspectiva y matices, las circunstancias del aluvión de cubanos que partieron al exilio, epicentro de esa literatura insular de carácter transoceánico desde fines del siglo XX.

Antihéroes y perdedores de todo tipo

La leyenda del río
Frank Correa
Iliada Ediciones, 2022

Si Santiago, el personaje de El viejo y el mar, de E. Hemingway, estuvo 84 días sin pescar un pez que lo sacara de apuros; Rascacio, el protagonista de La leyenda del río, de Frank Correa, cumplió 100 días sin encontrar nada en el fondo del mar, aunque “Se metió en el agua los cien días hiciera o no buen tiempo, aguzado por el hambre de la familia y la premonición de hallar algo que cambiara su destino.”   

Quizás el 84 no es alegórico a la desdicha del viejo Santiago ni el 100 insinúa la odisea diaria del joven Rascacio, quienes sobrellevan la pobreza y la desesperanza con valor y tenacidad, pero apuestan por resolver su dilema; sobre todo Rascacio, que “Vivía en una casucha junto al mar en Jaimanitas, con su esposa Amatista y una hija de tres años llamada Zafiro… / andaba en short, descalzo, sin camisa, en una interminable carrera de la bodega al pan, a la carnicería, al puesto de viandas”.    

Han pasado 70 años entre la edición de El viejo y el mar -el homenaje de Hemingway a los pescadores de Cojímar- y La leyenda del río -Ilíada Ediciones, Berlín, 2022-, el homenaje de Frank Correa a Jaimanitas y sus gentes, víctimas del igualitarismo programado por la oligarquía que arruinó a Cuba, donde vivió y escribió Ernest Hemingway hasta que los guerrilleros tomaron el poder.  

Estas novelas cortas coinciden en el tema -el mar y la pesca-, en el afán de aventuras y en imaginación, así como en los párrafos breves, la longitud de las frases, la música interna de las palabras y el ritmo del conjunto. Divergen en el tiempo, en el propósito de cada autor y en las peripecias de los personajes. El protagonista de Hemingway es un anciano solitario empeñado en romper su mala racha y demostrar su valía; el viejo pesca y evoca a Dios y sus aventuras en las costas de África y de las Islas Canarias, pues es natural de Lanzarote, como Gregorio Fuentes, el capitán del yate Pilar, de Hemingway. Mientras Rascacio, el héroe de La leyenda del río, es más buzo que pescador de altura: “Su oficio consistía en bucear en las playas todos los días, tras las prendas que por descuido pierden los bañistas”, como otros pescadores tamizados por la ficción.

En la página 11 de La leyenda del río, al describir “la casucha” de Rascacio, el autor hace un guiño al gran narrador americano: “Estaba enclavada en la orilla izquierda de la pequeña ensenada de Jaimanitas, muy cerca de la desembocadura del río. Frente al hotel “El viejo y el mar” de la Marina Hemingway…a doscientos metros en la otra orilla”.

Para “hallar algo que cambiara su destino”, Rascacio, como los héroes de la tragedia griega, se mueve y sufre en silencio sus reveses, expresa sus anhelos y emociones, observa al mar y explora al río “en cuadrículas”, comparte con pescadores y buzos, acompaña a su mujer a hospitales en ruinas para abortar al segundo hijo, a lo cual renuncia tras el análisis de sangre y dialogar con el feto y con una anciana sensata. En medio de su búsqueda y ensueño, “…sintió miedo de morir, como un símbolo de la lucha del hombre contra el hambre”. 

En La leyenda del río, como en las tragedias griegas, hay un coro de rostros y voces que no canta ni repite augurios sobre la mutación del buzo pues son, como el protagonista, parte del drama y testigos de huracanes, derrumbes, exhumaciones, huelgas, prisiones… En esa “lucha coral” los diálogos son precisos y los personajes vigorosos: Margot la espiritista, Luisa ojos secos, los pescadores Pejediente, Atila, Luisón, Chiqui, Joaquinito, Elías y Alfredo Bocañanga; el judoca Miguelito el melón, el capitán La sombra, el trovador Héctor tortilla, Papo el negro y Pascual el inventor.

Según el autor, “La soledad del buzo… supera a La soledad del corredor de fondo y a la de Robinson Crusoe antes de llegar Viernes, los dos únicos libros que Rascacio había leído…” Al decir de Amir Valle, esa soledad deviene en tragedia: “…a partir de un sorprendente hallazgo se genera una exquisita y apasionante historia de absurdos cotidianos, extremismos ideológicos y bajas pasiones humanas. Un juego de espejos perfecto para mostrar las caras oscuras y los entresijos más corrompidos de una sociedad supuestamente paradisíaca en la que sus criaturas deambulan como fantasmas perdidos en busca de la luz al final del túnel”. 

No hay artificios en la escritura de este autor, quien se nutre de las experiencias propias y recrea sucesos y personajes de su entorno,  narrados de forma casi ingenua pero con palabras precisas y una sutil estrategia de seducción que usa el humor y el absurdo al desgranar la doble vida, el vacío existencial, el éxodo, la locura y otros problemas. Esa apuesta por el realismo es palpable también en sus crónicas y poemas.

Las novelas y relatos de Frank Correa, como las del gran Pío Baroja, no parten de la quietud, sino del movimiento de los personajes, realistas pero no costumbristas, vitales y ajenos a juicios morales o patrióticos a pesar del entorno maniatado por la ideología, el nacionalismo y la coacción. La movilidad narrativa es tan cinematográfica como testimonial, bordea las piruetas existenciales de los personajes y la rispidez del discurso político que modela todo lo social. Si Un jugador sin corona es un juego literario sobre tramas reales que atrapan al lector, La leyenda del río parte de un pueblo, un río y un hombre cuyo afán de cambio en un entorno rudo y represivo nos seduce y conmueve.    

Frank Correa se inició en las letras con el libro de relatos La elección, el poemario La puesta necesaria y la novela El tren, que logró el Premio La Casa por la ventana. En 1991 ganó los concursos de cuentos “Regino E. Boti”, “Ernest Hemingway” y “Tomas Savigñon”; en 2011 publicó Pagar para ver en Latin Heritage Foundation, y en 2012 obtuvo el Premio Novela de gaveta “Franz Kafka” con Larga es la noche y el Premio de la Fundación Nuevo Pensamiento Cubano a su novela La mujer del escritor.

Estas obras revelan su oficio para armar historias, la destreza en el montaje de los diálogos y la capacidad para fabular sus circunstancias y apropiarse del desarraigo, el lenguaje y la enajenación de personajes tan vitales y auténticos que parecen salir del papel y montarse en un tren, en un camión, una balsa o volver a la cárcel como le pasó al propio Frank antes de emigrar de Guantánamo a La Habana como albañil y reciclarse luego como cronista independiente.

En La leyenda del río, como en otras piezas narrativas de Frank Correa, hay un trasvase continuo de temas y personajes que se nutren entre sí, cambian de escenario y confunden los límites, seres en fuga, combatientes olvidados, jugadores de juegos prohibidos, policías, borrachos, ciegos y pícaros, jineteras (prostitutas) que malviven o “vuelan” a otros “paraísos”, antihéroes y perdedores de todo tipo que desacralizan la épica del poder en aquella isla atrapada por discursos fallidos.