Antihéroes y perdedores de todo tipo

La leyenda del río
Frank Correa
Iliada Ediciones, 2022

Si Santiago, el personaje de El viejo y el mar, de E. Hemingway, estuvo 84 días sin pescar un pez que lo sacara de apuros; Rascacio, el protagonista de La leyenda del río, de Frank Correa, cumplió 100 días sin encontrar nada en el fondo del mar, aunque “Se metió en el agua los cien días hiciera o no buen tiempo, aguzado por el hambre de la familia y la premonición de hallar algo que cambiara su destino.”   

Quizás el 84 no es alegórico a la desdicha del viejo Santiago ni el 100 insinúa la odisea diaria del joven Rascacio, quienes sobrellevan la pobreza y la desesperanza con valor y tenacidad, pero apuestan por resolver su dilema; sobre todo Rascacio, que “Vivía en una casucha junto al mar en Jaimanitas, con su esposa Amatista y una hija de tres años llamada Zafiro… / andaba en short, descalzo, sin camisa, en una interminable carrera de la bodega al pan, a la carnicería, al puesto de viandas”.    

Han pasado 70 años entre la edición de El viejo y el mar -el homenaje de Hemingway a los pescadores de Cojímar- y La leyenda del río -Ilíada Ediciones, Berlín, 2022-, el homenaje de Frank Correa a Jaimanitas y sus gentes, víctimas del igualitarismo programado por la oligarquía que arruinó a Cuba, donde vivió y escribió Ernest Hemingway hasta que los guerrilleros tomaron el poder.  

Estas novelas cortas coinciden en el tema -el mar y la pesca-, en el afán de aventuras y en imaginación, así como en los párrafos breves, la longitud de las frases, la música interna de las palabras y el ritmo del conjunto. Divergen en el tiempo, en el propósito de cada autor y en las peripecias de los personajes. El protagonista de Hemingway es un anciano solitario empeñado en romper su mala racha y demostrar su valía; el viejo pesca y evoca a Dios y sus aventuras en las costas de África y de las Islas Canarias, pues es natural de Lanzarote, como Gregorio Fuentes, el capitán del yate Pilar, de Hemingway. Mientras Rascacio, el héroe de La leyenda del río, es más buzo que pescador de altura: “Su oficio consistía en bucear en las playas todos los días, tras las prendas que por descuido pierden los bañistas”, como otros pescadores tamizados por la ficción.

En la página 11 de La leyenda del río, al describir “la casucha” de Rascacio, el autor hace un guiño al gran narrador americano: “Estaba enclavada en la orilla izquierda de la pequeña ensenada de Jaimanitas, muy cerca de la desembocadura del río. Frente al hotel “El viejo y el mar” de la Marina Hemingway…a doscientos metros en la otra orilla”.

Para “hallar algo que cambiara su destino”, Rascacio, como los héroes de la tragedia griega, se mueve y sufre en silencio sus reveses, expresa sus anhelos y emociones, observa al mar y explora al río “en cuadrículas”, comparte con pescadores y buzos, acompaña a su mujer a hospitales en ruinas para abortar al segundo hijo, a lo cual renuncia tras el análisis de sangre y dialogar con el feto y con una anciana sensata. En medio de su búsqueda y ensueño, “…sintió miedo de morir, como un símbolo de la lucha del hombre contra el hambre”. 

En La leyenda del río, como en las tragedias griegas, hay un coro de rostros y voces que no canta ni repite augurios sobre la mutación del buzo pues son, como el protagonista, parte del drama y testigos de huracanes, derrumbes, exhumaciones, huelgas, prisiones… En esa “lucha coral” los diálogos son precisos y los personajes vigorosos: Margot la espiritista, Luisa ojos secos, los pescadores Pejediente, Atila, Luisón, Chiqui, Joaquinito, Elías y Alfredo Bocañanga; el judoca Miguelito el melón, el capitán La sombra, el trovador Héctor tortilla, Papo el negro y Pascual el inventor.

Según el autor, “La soledad del buzo… supera a La soledad del corredor de fondo y a la de Robinson Crusoe antes de llegar Viernes, los dos únicos libros que Rascacio había leído…” Al decir de Amir Valle, esa soledad deviene en tragedia: “…a partir de un sorprendente hallazgo se genera una exquisita y apasionante historia de absurdos cotidianos, extremismos ideológicos y bajas pasiones humanas. Un juego de espejos perfecto para mostrar las caras oscuras y los entresijos más corrompidos de una sociedad supuestamente paradisíaca en la que sus criaturas deambulan como fantasmas perdidos en busca de la luz al final del túnel”. 

No hay artificios en la escritura de este autor, quien se nutre de las experiencias propias y recrea sucesos y personajes de su entorno,  narrados de forma casi ingenua pero con palabras precisas y una sutil estrategia de seducción que usa el humor y el absurdo al desgranar la doble vida, el vacío existencial, el éxodo, la locura y otros problemas. Esa apuesta por el realismo es palpable también en sus crónicas y poemas.

Las novelas y relatos de Frank Correa, como las del gran Pío Baroja, no parten de la quietud, sino del movimiento de los personajes, realistas pero no costumbristas, vitales y ajenos a juicios morales o patrióticos a pesar del entorno maniatado por la ideología, el nacionalismo y la coacción. La movilidad narrativa es tan cinematográfica como testimonial, bordea las piruetas existenciales de los personajes y la rispidez del discurso político que modela todo lo social. Si Un jugador sin corona es un juego literario sobre tramas reales que atrapan al lector, La leyenda del río parte de un pueblo, un río y un hombre cuyo afán de cambio en un entorno rudo y represivo nos seduce y conmueve.    

Frank Correa se inició en las letras con el libro de relatos La elección, el poemario La puesta necesaria y la novela El tren, que logró el Premio La Casa por la ventana. En 1991 ganó los concursos de cuentos “Regino E. Boti”, “Ernest Hemingway” y “Tomas Savigñon”; en 2011 publicó Pagar para ver en Latin Heritage Foundation, y en 2012 obtuvo el Premio Novela de gaveta “Franz Kafka” con Larga es la noche y el Premio de la Fundación Nuevo Pensamiento Cubano a su novela La mujer del escritor.

Estas obras revelan su oficio para armar historias, la destreza en el montaje de los diálogos y la capacidad para fabular sus circunstancias y apropiarse del desarraigo, el lenguaje y la enajenación de personajes tan vitales y auténticos que parecen salir del papel y montarse en un tren, en un camión, una balsa o volver a la cárcel como le pasó al propio Frank antes de emigrar de Guantánamo a La Habana como albañil y reciclarse luego como cronista independiente.

En La leyenda del río, como en otras piezas narrativas de Frank Correa, hay un trasvase continuo de temas y personajes que se nutren entre sí, cambian de escenario y confunden los límites, seres en fuga, combatientes olvidados, jugadores de juegos prohibidos, policías, borrachos, ciegos y pícaros, jineteras (prostitutas) que malviven o “vuelan” a otros “paraísos”, antihéroes y perdedores de todo tipo que desacralizan la épica del poder en aquella isla atrapada por discursos fallidos.