Invierno en la memoria

21 odas de invierno
David Pujante
Editorial Milenio. Barcelona, 2023


Unos versos de Dryden-Purcell: “El tiempo y la experiencia pronto son lo que cuenta. /La juventud en cambio está hecha para amar.», sirven a David Pujante para sintetizar mundos en fuga, pugnas, y asunción de lo reflexivo inmediato desde “la poesía de la edad”.  21 odas de invierno, odas (o elegías), trae en su buen decir lo que se pierde, melancolía, sentido de la carencia, confesionalidad. La ocasional “caliente belleza”, vieja fulguración de la memoria, del deseo y/o amor, el pasado ante el presente y “el silencio oscuro”, remite al “asiste lo vivido” quevediano.  La pulsión emocional rememora y (se) hace/escribe poesía, literatura (sin entrar en Juan Ramón al respecto), para conjugar ambos mundos: lecturas de lo sentido, de lo vivido y leído: “Yo he cumplido. Y ahora/vengan otros/ los nuevos, a descubrir su orbe, virgen, de la poesía, / que lo llenen con sus predilecciones/ y con todos sus gozos. / Ya me duermo”.

La trayectoria de David Pujante (1953) cumple años, cultivada, elegante, cálida y distante, sin paradoja, y sirve hoy como nunca a la sinceridad reflexiva desde otras maneras complejas del decir claro. Un libro explícito en el título: La propia vida (1986), le puso en el camino del lector, mientras crecía como poeta de un momento al que se incorporó tarde. El pionero Guillermo Carnero escribía Ostende, mientras Luis Antonio de Villena se apartaba, en su mejor libro, Marginados, hacia otros ámbitos. El clasicismo importante de formación de Pujante estaba al hilo de la vida y la literatura de Cavafis, el horizonte culturalista y vivencial al hilo de las referencias que el alejandrino propuso en la construcción de un imaginario, desde donde decirse. David Pujante ha sido fiel a ese saber decir. La historia es historiografía y no deja de hacerlo ahora desde lo confesional (Poetry as confession de M.L. Rosenthal, para quien quiera entender) en este ejercicio brillante, sobremanera, de saber estar consigo mismo y con todo lo leído. Incluso en un inusual y estupendo soneto: “En la temprana muerte de Luis Carrillo y Sotomayor, cuatralbo de las galeras de España y primer poeta cultista”. El poeta está ahí, en la memoria y en las laderas del deseo, en su “invierno”, que aún no lo es y con mucho que decir, como contraste con otras tantas otras confesiones torpes y aburridas.

Un canto a la vida

El fin es solo un accidente
José Manuel Lucía Megías
Verbum. Madrid, 2023


Poca duda me cabe, pese a tópicos basados en casos excepcionales, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud o Claudio Rodríguez, realmente precoces, que la poesía es arte de madurez. A veces de una joven madurez, la de García Lorca en el Romancero gitano, por ejemplo. En otras, esa plenitud escritora se retrasa, caso de Georg Gadamer, hasta una edad realmente muy avanzada. En cualquier caso, sea en filosofía, sea en poesía, existe un momento en que la confluencia de lo escrito y lo vivido cristaliza, reflexiona y piensa. Aquí también hay ese acendramiento y gravitación hacia lo amado, escribió Ortega y Gasset, al hilo de Sthendal. Lo amado y lo propio hechos una Balsa de la Medusa, donde reposar la mirada que ha transitado ya por muchos sitios, y puede mirar hacia atrás y repensar, pero vivir lo presente. Y por eso llega El fin no es un accidente, donde una estupenda madurez atenta a muchos frentes, resuelve y asume el ayer y el presente sin ira, con esperanza en el amor, en el amado, desde el vértigo. Un colofón a una trayectoria comenzada tardíamente, en el 2000 con Libro de horas, y premiada merecidamente con el XLI Premio Internacional de Poesía “Juan Alcaide”

Como las celebérrimas violetas del poema de Luis Cernuda, nada prometen que después traicionen, se ha asomado a nuestra vida desde la suya, desde la rememoración y la genealogía, con unos trágicos, pero serenos versos iniciales. No es baladí esa posición, pues ya sabemos desde la moderna semiótica de la titulogía con Greimas, que los prólogos, o los poemas prólogos en este caso, tienen gran importancia, pues marcan el sentido.                                             

Oigo
                                                  crecer
                                                             la muerte
                                      en la sangre
                                                             de mi familia.

Pero más con Spinoza y la reflexión sobre la vida, que con Heidegger, avanzan estos ajustados versículos (siempre sin amplificatios), pese al comienzo, tan bien dispuestos en una recatada carmina figurata, donde visualmente crece la muerte desde lo propio y el oikos. Sí, pero sobre todo esa averiguación sobre la propia vida, esa “confesión” de la que habló en 1959 M.L. Rosenthal en Poetry as confession. O soledades en la genealogía, circunstancias propias, inquietudes y miedos, despertares del amor y el deseo hacia el propio sexo o el mismo nacimiento de la poesía, desde esta escritura donde, pese a todo, “comenzaba de nuevo”.