Un canto a la vida

El fin es solo un accidente
José Manuel Lucía Megías
Verbum. Madrid, 2023


Poca duda me cabe, pese a tópicos basados en casos excepcionales, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud o Claudio Rodríguez, realmente precoces, que la poesía es arte de madurez. A veces de una joven madurez, la de García Lorca en el Romancero gitano, por ejemplo. En otras, esa plenitud escritora se retrasa, caso de Georg Gadamer, hasta una edad realmente muy avanzada. En cualquier caso, sea en filosofía, sea en poesía, existe un momento en que la confluencia de lo escrito y lo vivido cristaliza, reflexiona y piensa. Aquí también hay ese acendramiento y gravitación hacia lo amado, escribió Ortega y Gasset, al hilo de Sthendal. Lo amado y lo propio hechos una Balsa de la Medusa, donde reposar la mirada que ha transitado ya por muchos sitios, y puede mirar hacia atrás y repensar, pero vivir lo presente. Y por eso llega El fin no es un accidente, donde una estupenda madurez atenta a muchos frentes, resuelve y asume el ayer y el presente sin ira, con esperanza en el amor, en el amado, desde el vértigo. Un colofón a una trayectoria comenzada tardíamente, en el 2000 con Libro de horas, y premiada merecidamente con el XLI Premio Internacional de Poesía “Juan Alcaide”

Como las celebérrimas violetas del poema de Luis Cernuda, nada prometen que después traicionen, se ha asomado a nuestra vida desde la suya, desde la rememoración y la genealogía, con unos trágicos, pero serenos versos iniciales. No es baladí esa posición, pues ya sabemos desde la moderna semiótica de la titulogía con Greimas, que los prólogos, o los poemas prólogos en este caso, tienen gran importancia, pues marcan el sentido.                                             

Oigo
                                                  crecer
                                                             la muerte
                                      en la sangre
                                                             de mi familia.

Pero más con Spinoza y la reflexión sobre la vida, que con Heidegger, avanzan estos ajustados versículos (siempre sin amplificatios), pese al comienzo, tan bien dispuestos en una recatada carmina figurata, donde visualmente crece la muerte desde lo propio y el oikos. Sí, pero sobre todo esa averiguación sobre la propia vida, esa “confesión” de la que habló en 1959 M.L. Rosenthal en Poetry as confession. O soledades en la genealogía, circunstancias propias, inquietudes y miedos, despertares del amor y el deseo hacia el propio sexo o el mismo nacimiento de la poesía, desde esta escritura donde, pese a todo, “comenzaba de nuevo”.