Walter Lingán. Nació en San Miguel de Pallaques (Cajamarca). Sus años de infancia transcurrieron en su tierra natal pero también en medio de la exuberante selva amazónica, a orillas del río Utcubamba compartiendo aventuras con la etnia Aguaruna. Antes de cumplir los 12 viajó a Lima, donde estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y participó en publicaciones periodísticas vecinales de los distritos limeños de Collique y Comas. Desde 1982, reside en Colonia (Alemania) donde estudió Medicina y trabaja en un hospital. Colabora con la revista alemana “ila” (Bonn). Así mismo integro el grupo ALA (Autores Latinoamericanos de Alemania). Ha publicado los libros A medianoche, en la eternidad, Mi corazón simplificado piensa en tu sexo, Un cuy entre alemanes, Koko Shijam, el libro andante del Marañón, La mansión del Shapi y otros cuentos, Oigo bajo tu pie el humo de la locomotora / Ich höre unter deinem Fuß den Rauch der Lokomotive, La danza de la viuda negra, Un pez en el ojo de la noche, Los tocadores de la pocaelipsis, El lado oscuro de Magdalena, Por un puñadito de sal, El espanto enmudeció los sueños y La ingeniosa muerte de Malena.
Mis flores negras
El otro primer amor fue su maestra de Castellano. Cursaba el segundo año de secundaria. Ella era un “terroncito de azúcar morena”; con el cabello corto que ni el viento se atrevía a despeinarla. Como todo muchacho mañosito se fijó en sus pechos y en sus piernas. Su culo redondo, paradito, le hacía perder la calma.
Hasta que llegó diciembre. Los alumnos del quinto año organizaron la fiesta de promoción en los salones de la municipalidad. Ellos confianzudos tuteaban a la maestra de sus amores. Eran altos, algunos fornidos y muy atrevidos. Ella pidió que pusieran en el tocadiscos Mis flores negras de Julio Jaramillo. Uno de los muchachos la sacó a bailar. Le puso la mano en la cadera, la pegaba a su cuerpo a los vaivenes del ritmo. El desasosiego de Fernando Pessoa empezó a ocupar su alma de adolescente enamorado. Los otros también bailaban con ella, y ella cada vez más coqueta, más liviana, más hermosa, y el muchacho hirviendo por la cólera.
En un arranque de celos se levantó, fue hasta la mesa y levantó la aguja del aparato que reproducía la música de un LP de 33 RPM. Salió corriendo del lugar. Llegó a casa carcomido por una pica maldita. Arrequinta de rabia cuando recuerda aquella fiesta de promoción en esa fluvial ciudad amazónica, pero ahora ya sabe que Fernando Pessoa es un escritor portugués.
Soledad
El primer día de clases, en la ruta hacia el colegio, Ricardo se encontró con Soledad. Entrecruzaron la primera mirada y, sin hablar, siguieron por un camino que pretendía ser una gran avenida. Ella era alta, delgada, hermosa, con el uniforme blanco-azul bien planchado, los zapatos negros espejeando.
Ricardo iba metido en sus pensamientos de serranito, recordando su aldeíta y sudando a chorros en medio de ese mar de montes y ríos cholazasos: el Utcubamba y el Marañón. El colegio tenía varias aulas repartidas en dos pabellones con techo de calamina y eternit. En la repartición del alumnado a Soledad y a Ricardo les tocó compartir el salón.
Ricardo se enamoró de Soledad cuando le ganó en la carrera de cien metros planos y en salto alto, desde ese día le hacía sus dibujos y le ayudaba en las tareas escolares. La madre de Soledad, al verlos ocupados en sus menesteres de colegiales, decía: “Qué lindos los novios”. El rostro de Ricardo se incendiaba, Soledad no decía nada, levemente sonreía. Ricardo creía que la madre de Soledad podía leer los pensamientos, entonces pensaba en los problemas de álgebra para simular la erección del cateto al cuadrado.
Cuando Ricardo viajó a Lima se despidió de Soledad y por primera vez mezclaron sus labios, sus lenguas, sus brazos; sus manos desesperadas se enredaron en sus muslos y caderas. La muchachita levantó su falda, abrió su blusa, se sentó en las piernas de Ricardo y colgó todas sus rosas en los labios del muchachito.
Estando en Lima Ricardo se enteró que Soledad se había enamorado de un joven pecoso y alto como ella. En esa ocasión Otelo asomó con su destructora desesperación, pero llegado el tiempo del reencuentro sus cuerpos desnudos contaron historias de amor y desamor en todas las poses del Kama Sutra.
Trágicos sucesos
Ulises salió con toda su gordura y avanzó desde la escalera con paso cansino, elegante, ronroneando rozó las sabrosas y tiernas piernas de su mujer que le pedía, exactamente en esos momentos, que la escuche. Nuestro amor se ha ido al carajo, le manifestó, se ha convertido en una ficción. Guillotinado por tremenda realidad, Mario cerró el libro de James Joyce cuando iba a empezar el tercer capítulo. Angelika abandonó el dulce hogar llevando una graciosa maletita bamboleando en su mano, y la cama, desde esa noche, sin metáforas, fue solo para Mario.
En otra oportunidad Mario abrió el libro del dublinés, pero una llamada de la clínica le puso al tanto del aparatoso accidente automovilístico que había sufrido su hijo. Por suerte solo se había fracturado una clavícula y algunos rasguños en el resto del torso y el rostro. Mientras tanto ya había escuchado decir a mucha gente, incluidos muchos escritores, que Ulises es un libro de difícil lectura. Un tiempo después, Mario sacó el susodicho librito del estante, se sentó en su sillón Voltaire, en ese instante su compañera de turno le avisó que su perro acababa de expirar. Monika se pasó toda la tarde llorando y Mario bebiéndole sus lágrimas, baboseando su lindo rostro como perrito callejero.
Hace unos días, una de sus colegas e hipotética novia le dijo vehemente, Tienes que leer Ulises, estoy segura de que te va a fascinar. Y desplegando todas sus artes femeninas de lectora experimentada sus carnosos labios sentenciaron, Mientras avanzas y devoras sus páginas vas a descubrir sus propósitos y propuestas literarias. No me atrevo, contestó, y la besó “ipso pucho” a pesar de estar rodeados de amigos y desconocidos, abrazados por el estridente ruido de las calles de Viena. Esa noche, en casa, de nuevo intentó leer la famosa novela, en eso sonó el timbre y era su vecina, una joven eslovaca muy hermosa, solicitando ayuda porque su madre había perdido el conocimiento. Un síncope había puesto a la anciana al borde de un eminente colapso. Abrazado a la ternura de su vecina amaneció cantando, así de perro es el amor. De esta manera, de tragedia en tragedia, va postergando la lectura de Ulises y aunque digan que no leerlo es perder el corazón, Mario no se arrepiente.
Sed nocturna
Así fue que empezaron papá y mamá / y ya somos catorce y esperan más / tirándose piedritas en la quebrá / así se enamoraron papá y mamá… Escuché esta canción y recordé a mis padres. Mamá fue entregada a papá como quien se entrega un mueble para la casa. Supongo que mamá nunca estuvo enamorada de papá sin embargo cumplió con el rito de concederle catorce hijos a un ritmo casi bianual. Papá no era malo, en todo caso, era bien parecido, alcalde de la ciudad y tenía una profesión que despertaba la admiración de la gente del pueblo donde vivía. Sabía contar historias con humor, sarcasmo y también con mucho realismo feroz. Una noche contó que el abuelo, en las alturas de San Miguel de Pallaques, tuvo sed, pero, como estaba dormido, no pudo levantarse en busca de agua. Entonces su cabeza se desprendió y se fue a beber agua a un pozo muy cerca de la casa. Al regresar no pudo pegarse de nuevo al cuello del abuelo, porque la abuela curiosa ante los estruendosos ronquidos del viejo encendió la vela y vio el cuello tronchado de su marido. La viejita se desmayó por la impresión, pero la cabeza, asustada, salió disparada, no se fijó bien en el camino y se quedó enredada en unas zarzamoras. Un vecino noctámbulo al descubrir la cabeza marcó la frente con una cruz usando barro del camino. Al día siguiente, como de costumbre, el abuelo, que en la madrugada había recuperado su cabeza, se levantó a desayunar quejándose de extraño dolorcillo en el cuello y la abuela se percató del símbolo pintado en la frente. Desde ese momento supo que a su marido sólo le quedaba un año de vida. Y así fue.
Anoche en mis sueños tuve mucha sed y desperté con un terrible dolor en el cuello. Así fue que empezaron papá y mamá / y ya somos catorce y esperan más / tirándose piedritas en la quebrá / así se enamoraron papá y mamá…

















