Mis flores negras y otras indecencias

Tomado del libro de cuentos
Mis flores negras y otras indecencias, Ilíada Ediciones, 2022

Walter Lingán. Nació en San Miguel de Pallaques (Cajamarca). Sus años de infancia transcurrieron en su tierra natal pero también en medio de la exuberante selva amazónica, a orillas del río Utcubamba compartiendo aventuras con la etnia Aguaruna. Antes de cumplir los 12 viajó a Lima, donde estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y participó en publicaciones periodísticas vecinales de los distritos limeños de Collique y Comas. Desde 1982, reside en Colonia (Alemania) donde estudió Medicina y trabaja en un hospital. Colabora con la revista alemana “ila” (Bonn). Así mismo integro el grupo ALA (Autores Latinoamericanos de Alemania). Ha publicado los libros A medianoche, en la eternidad, Mi corazón simplificado piensa en tu sexo, Un cuy entre alemanes, Koko Shijam, el libro andante del Marañón, La mansión del Shapi y otros cuentos, Oigo bajo tu pie el humo de la locomotora / Ich höre unter deinem Fuß den Rauch der Lokomotive, La danza de la viuda negra, Un pez en el ojo de la noche, Los tocadores de la pocaelipsis, El lado oscuro de Magdalena, Por un puñadito de sal, El espanto enmudeció los sueños y La ingeniosa muerte de Malena.


Mis flores negras

El otro primer amor fue su maestra de Castellano. Cursaba el segundo año de secundaria. Ella era un “terroncito de azúcar morena”; con el cabello corto que ni el viento se atrevía a despeinarla. Como todo muchacho mañosito se fijó en sus pechos y en sus piernas. Su culo redondo, paradito, le hacía perder la calma.

Hasta que llegó diciembre. Los alumnos del quinto año organizaron la fiesta de promoción en los salones de la municipalidad. Ellos confianzudos tuteaban a la maestra de sus amores. Eran altos, algunos fornidos y muy atrevidos. Ella pidió que pusieran en el tocadiscos Mis flores negras de Julio Jaramillo. Uno de los muchachos la sacó a bailar. Le puso la mano en la cadera, la pegaba a su cuerpo a los vaivenes del ritmo. El desasosiego de Fernando Pessoa empezó a ocupar su alma de adolescente enamorado. Los otros también bailaban con ella, y ella cada vez más coqueta, más liviana, más hermosa, y el muchacho hirviendo por la cólera.

En un arranque de celos se levantó, fue hasta la mesa y levantó la aguja del aparato que reproducía la música de un LP de 33 RPM. Salió corriendo del lugar. Llegó a casa carcomido por una pica maldita. Arrequinta de rabia cuando recuerda aquella fiesta de promoción en esa fluvial ciudad amazónica, pero ahora ya sabe que Fernando Pessoa es un escritor portugués.


Soledad

El primer día de clases, en la ruta hacia el colegio, Ricardo se encontró con Soledad. Entrecruzaron la primera mirada y, sin hablar, siguieron por un camino que pretendía ser una gran avenida. Ella era alta, delgada, hermosa, con el uniforme blanco-azul bien planchado, los zapatos negros espejeando.

Ricardo iba metido en sus pensamientos de serranito, recordando su aldeíta y sudando a chorros en medio de ese mar de montes y ríos cholazasos: el Utcubamba y el Marañón. El colegio tenía varias aulas repartidas en dos pabellones con techo de calamina y eternit. En la repartición del alumnado a Soledad y a Ricardo les tocó compartir el salón.

Ricardo se enamoró de Soledad cuando le ganó en la carrera de cien metros planos y en salto alto, desde ese día le hacía sus dibujos y le ayudaba en las tareas escolares. La madre de Soledad, al verlos ocupados en sus menesteres de colegiales, decía: “Qué lindos los novios”. El rostro de Ricardo se incendiaba, Soledad no decía nada, levemente sonreía. Ricardo creía que la madre de Soledad podía leer los pensamientos, entonces pensaba en los problemas de álgebra para simular la erección del cateto al cuadrado.

Cuando Ricardo viajó a Lima se despidió de Soledad y por primera vez mezclaron sus labios, sus lenguas, sus brazos; sus manos desesperadas se enredaron en sus muslos y caderas. La muchachita levantó su falda, abrió su blusa, se sentó en las piernas de Ricardo y colgó todas sus rosas en los labios del muchachito.

Estando en Lima Ricardo se enteró que Soledad se había enamorado de un joven pecoso y alto como ella. En esa ocasión Otelo asomó con su destructora desesperación, pero llegado el tiempo del reencuentro sus cuerpos desnudos contaron historias de amor y desamor en todas las poses del Kama Sutra.


Trágicos sucesos

Ulises salió con toda su gordura y avanzó desde la escalera con paso cansino, elegante, ronroneando rozó las sabrosas y tiernas piernas de su mujer que le pedía, exactamente en esos momentos, que la escuche. Nuestro amor se ha ido al carajo, le manifestó, se ha convertido en una ficción. Guillotinado por tremenda realidad, Mario cerró el libro de James Joyce cuando iba a empezar el tercer capítulo. Angelika abandonó el dulce hogar llevando una graciosa maletita bamboleando en su mano, y la cama, desde esa noche, sin metáforas, fue solo para Mario.

En otra oportunidad Mario abrió el libro del dublinés, pero una llamada de la clínica le puso al tanto del aparatoso accidente automovilístico que había sufrido su hijo. Por suerte solo se había fracturado una clavícula y algunos rasguños en el resto del torso y el rostro. Mientras tanto ya había escuchado decir a mucha gente, incluidos muchos escritores, que Ulises es un libro de difícil lectura. Un tiempo después, Mario sacó el susodicho librito del estante, se sentó en su sillón Voltaire, en ese instante su compañera de turno le avisó que su perro acababa de expirar. Monika se pasó toda la tarde llorando y Mario bebiéndole sus lágrimas, baboseando su lindo rostro como perrito callejero.

Hace unos días, una de sus colegas e hipotética novia le dijo vehemente, Tienes que leer Ulises, estoy segura de que te va a fascinar. Y desplegando todas sus artes femeninas de lectora experimentada sus carnosos labios sentenciaron, Mientras avanzas y devoras sus páginas vas a descubrir sus propósitos y propuestas literarias. No me atrevo, contestó, y la besó “ipso pucho” a pesar de estar rodeados de amigos y desconocidos, abrazados por el estridente ruido de las calles de Viena. Esa noche, en casa, de nuevo intentó leer la famosa novela, en eso sonó el timbre y era su vecina, una joven eslovaca muy hermosa, solicitando ayuda porque su madre había perdido el conocimiento. Un síncope había puesto a la anciana al borde de un eminente colapso. Abrazado a la ternura de su vecina amaneció cantando, así de perro es el amor. De esta manera, de tragedia en tragedia, va postergando la lectura de Ulises y aunque digan que no leerlo es perder el corazón, Mario no se arrepiente.


Sed nocturna

Así fue que empezaron papá y mamá / y ya somos catorce y esperan más / tirándose piedritas en la quebrá / así se enamoraron papá y mamá… Escuché esta canción y recordé a mis padres. Mamá fue entregada a papá como quien se entrega un mueble para la casa. Supongo que mamá nunca estuvo enamorada de papá sin embargo cumplió con el rito de concederle catorce hijos a un ritmo casi bianual. Papá no era malo, en todo caso, era bien parecido, alcalde de la ciudad y tenía una profesión que despertaba la admiración de la gente del pueblo donde vivía. Sabía contar historias con humor, sarcasmo y también con mucho realismo feroz. Una noche contó que el abuelo, en las alturas de San Miguel de Pallaques, tuvo sed, pero, como estaba dormido, no pudo levantarse en busca de agua. Entonces su cabeza se desprendió y se fue a beber agua a un pozo muy cerca de la casa. Al regresar no pudo pegarse de nuevo al cuello del abuelo, porque la abuela curiosa ante los estruendosos ronquidos del viejo encendió la vela y vio el cuello tronchado de su marido. La viejita se desmayó por la impresión, pero la cabeza, asustada, salió disparada, no se fijó bien en el camino y se quedó enredada en unas zarzamoras. Un vecino noctámbulo al descubrir la cabeza marcó la frente con una cruz usando barro del camino. Al día siguiente, como de costumbre, el abuelo, que en la madrugada había recuperado su cabeza, se levantó a desayunar quejándose de extraño dolorcillo en el cuello y la abuela se percató del símbolo pintado en la frente. Desde ese momento supo que a su marido sólo le quedaba un año de vida. Y así fue.

Anoche en mis sueños tuve mucha sed y desperté con un terrible dolor en el cuello. Así fue que empezaron papá y mamá / y ya somos catorce y esperan más / tirándose piedritas en la quebrá / así se enamoraron papá y mamá…

Las vaquitas son ajenas

Tomado de la novela homónima
Las vaquitas son ajenas, Ilíada Ediciones, 2023

Jorge Guasp. Nació en Buenos Aires. Es Técnico Forestal (Argentina) y Máster en Gestión Ambiental (España), y ha trabajado en gestión de bosques y conservación de la naturaleza. Realizó cursos sobre escritura creativa, y ha editado en España los libros ¿Dónde está mi Felicidad? (2012), El Huemul (2015), Sabiduría Natural (2016), y Ni Blanco, ni Negro (2021), en los que aborda aspectos sociales bajo la perspectiva de la relación del hombre con la naturaleza.


Capítulo 1

Ley Nº 21.499
(Argentina, 1977)
Régimen de Expropiaciones

ARTICULO 1º.- La utilidad pública que debe servir de fundamento legal a la expropiación, comprende todos los casos en que se procure la satisfacción del bien común, sea éste de naturaleza material o espiritual.

ARTICULO 4º.- Pueden ser objeto de expropiación todos los bienes convenientes o necesarios para la satisfacción de la «utilidad pública», cualquiera sea su naturaleza jurídica, pertenezcan al dominio público o al dominio privado, sean cosas o no.


Capítulo 2

EL PRESIDENTE DE LA NACION ARGENTINA EN ACUERDO GENERAL DE MINISTROS DECRETA:

ARTÍCULO 1º.- Dispónese la intervención transitoria de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. por un plazo de SESENTA (60) días, con el fin de asegurar la continuidad de las actividades de la empresa, la conservación de los puestos de trabajo y la preservación de sus activos y su patrimonio.

ARTÍCULO 2º.- Desígnase en el cargo de Interventor de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. al señor Darío González, y en el cargo de Subinterventor al señor Luciano Gómez.

ARTÍCULO 3º.- El Interventor tendrá las facultades que el Estatuto de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. le confiere al Directorio y al Presidente de la empresa, y en caso de ausencia del Interventor, dichas facultades serán ejercidas de pleno derecho por el Subinterventor.

ARTÍCULO 4º.- Dispónese la ocupación temporánea anormal de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. en los términos de los artículos 5759 y 60 de la Ley N° 21.499 por el plazo previsto en el artículo 1°.


Capítulo 3

—Buen día. Busco al señor Elpidio Peredo.

—Sí, soy yo.

—Mucho gusto. Mi nombre es Darío González. Vengo a hacerme cargo.

El hombre le tendió la mano. Elpidio atinó a estrecharla, pero luego se arrepintió.

—¿A hacerse cargo de qué?

—De la empresa. Soy el Interventor.

—A cargo de la empresa estoy yo, hace más de veinticinco años. Y antes estuvo a cargo mi padre, y mi abuelo, que la fundó. 

—Entiendo. Pero ahora a la empresa la va a manejar el Estado. Está intervenida a través de un Decreto de Necesidad y Urgencia del Presidente…

—Lo sé —se apresuró a decir Peredo, interrumpiéndolo. 

—En estos días entrará en el Congreso la Ley de Declaración de Utilidad Pública, y esperamos que se apruebe muy pronto. Después de la aprobación, la empresa ya no será suya.

Elpidio experimentó un vahído, y sus brazos se aflojaron de improviso. Retrocedió hasta que sus manos encontraron los apoyabrazos de un sillón, sobre el cual se dejó caer. El rostro del anciano se volvió lívido.

—Permiso —dijo González, antes de entrar, cerrar la puerta y sentarse en un sillón individual.

La oficina tenía un amplio ventanal con vistas a gran parte de la ciudad. El escritorio del Presidente era de madera maciza, sobrio y bien conservado. Un cuadro abstracto ocupaba parte de la pared del fondo, mientras que la opuesta a la ventana estaba cubierta por estantes sin puertas, que contenían libros y esculturas pequeñas.

—Señor González —dijo Elpidio, sin mirar al Interventor y luego de pasarse una mano por el rostro—. No tengo inconveniente en compartir con ustedes los balances, los inventarios, los informes veterinarios sobre el ganado, los planos de las instalaciones, los informes de catastro de los campos, los estados de cuenta… Pero esta oficina es mía, y le pido por favor que me deje trabajar en paz.

Después de pronunciar estas palabras, el hombre elevó la mirada y contempló a González con una mezcla de disgusto y cansancio.

—Le agradezco su buena predisposición, señor Peredo. Nosotros hemos hecho todo lo posible desde el Estado para que la empresa cumpla con sus acreedores, y rinda cuenta del destino de los créditos que le ha brindado el Banco Nacional. Pero los plazos se agotaron. El gobierno decidió intervenir la empresa y enviar al congreso la Ley de Declaración de Utilidad Pública, y nos vemos en la obligación de hacernos cargo de la corporación, para salvaguardar los intereses del pueblo.

—¿Los intereses del pueblo? La nuestra es una empresa privada, que salvaguarda sus propios intereses. No estamos al servicio del pueblo sino de nuestros trabajadores, socios y clientes. Y en todo caso, servimos al pueblo a través de nuestros impuestos, que pagamos religiosamente, y también de la carne que producimos.

—Lo sé, señor Peredo —dijo González, mientras asentía con la cabeza—. El problema es que… les deben dinero a varias cooperativas agrícolas, a los trabajadores y a algunos proveedores de maquinaria; y también al banco, por cierto.

—No lo niego. Usted comprenderá que, en este país, la carga de impuestos es cada vez más alta; y nosotros dependemos del mercado. Cuando se cierra la exportación y no podemos vender carne, afrontar nuestros compromisos no nos resulta fácil. Sin embargo, estamos en una convocatoria de acreedores, y honraremos nuestras deudas en cuanto podamos.

—Me temo que ya es tarde, señor Peredo. Se han cumplido todos los pasos y plazos legales. Y estamos a punto de declarar de utilidad pública a la empresa…

—¿De utilidad pública? —lo interrumpió irritado Peredo, al tiempo que se ponía de pie—. ¡De utilidad pública es un terreno por el que pasa una autopista, a través de la cual puede circular todo el mundo! —Peredo blandía su mano derecha, con su dedo índice extendido de modo admonitorio—. ¡Utilidad pública significa bien común!

Elpidio se desplazó de un lado a otro de la oficina, visiblemente nervioso, y evitó la mirada de su interlocutor. González también se puso de pie, y aseguró:

—Exactamente, señor Peredo. Utilidad pública y bien común son sinónimos. Nosotros venimos a revertir lo que cantaba el gran Atahualpa Yupanqui, en “El Arriero”: «las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas». En un país donde el asado es un símbolo, vamos a trabajar para que todos y todas tengan acceso a un trozo de carne a precio razonable. Las vacas son, para este gobierno, de utilidad pública.

—Pero… ¡los campos donde se crían las vacas son míos! ¡Las pasturas las sembré yo! Yo les pago a los veterinarios que mantienen la sanidad de los animales. Yo pago las vacunas y remedios, los fertilizantes para el suelo, las semillas, los productos fitosanitarios, los sistemas de riego…

El rostro rubicundo de Peredo sudaba con intensidad. Sus manos se agitaban en el aire, revelando un esfuerzo por manejar sus emociones. Sus pasos eran cortos y nerviosos, como si quisiera escapar del lugar, pero no supiera hacia dónde dirigirse.

—El suelo donde crecen las pasturas, señor Peredo, y sobre el cual pastan sus vacas, es argentino. El agua subterránea es de todos y todas. Y, dicho sea de paso, sus campos son un latifundio. ¿Le parece justo que usted tenga miles y miles de hectáreas, mientras otros viven en un departamento y no tienen ni siquiera un balcón donde poner una maceta con una planta?

—¿Y es justo que ustedes se queden con una empresa que fundó mi abuelo, y que se mantiene gracias al trabajo de decenas de personas? ¡Lo que tenemos lo hicimos trabajando! ¡Creamos puestos de trabajo, compramos maquinaria nacional, exportamos y traemos dólares! Bueno, lo hacíamos hasta que llegaron ustedes, y prohibieron las exportaciones —Peredo se detuvo frente a su escritorio, contra el cual descargó un golpe con la palma de su mano—. ¡Ustedes se enriquecen a costa del trabajo de los demás, y usan nuestro dinero para hacer política! ¡Malditos!

Peredo llevó de improviso sus manos al pecho, y cayó sobre el escritorio. González atinó a ayudarlo, pero desistió de inmediato; abrió la puerta, salió al hall y exclamó:

—¡Necesito ayuda, por favor! ¡El señor Peredo se desmayó!

«¿Qué pasó?», preguntó una mujer que limpiaba el piso del hall central, y antes de obtener respuesta, corrió a llamar a la puerta de una oficina ubicada al final de uno de los pasillos. González regresó al recinto en que se hallaba Peredo, y lo encontró apoyado de costado sobre el escritorio, con los brazos extendidos y los ojos cerrados. Abandonó de nuevo el lugar y se topó con una mujer rubia, que acababa de salir de su oficina con una carpeta bajo el brazo.

—¿Qué pasó? ¿Quién es usted?

—Se cayó el señor Peredo. Creo que se desmayó.

La mujer lo miró de soslayo, y caminó tan rápido como sus zapatos de taco alto se lo permitieron. González la siguió. Entraron en la oficina. La mujer se acercó a Peredo, le colocó una mano en el pecho y luego en la garganta, y a continuación se volvió a mirar a González.

—¿Qué pasó? ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

Antes de que González respondiera, la mujer extrajo un celular y marcó un número.

—Hola, ¿Lucre? Soy Magdalena. Lucre… ¡Elpidio se desmayó! Tengo miedo de que sea un infarto; él ya tuvo un par de operaciones del corazón. Por favor, mándame urgente la ambulancia. Lo más rápido posible; si fue un infarto, el tiempo es clave. Gracias.

La mujer se acercó una vez más al cuerpo de Peredo. Quiso moverlo, pero no pudo. González le ofreció ayuda; ella la rechazó con la mano, en un gesto desdeñoso.

—¡Elpidio! —exclamó la mujer, mientras le asestaba golpecitos con las palmas de las manos en el pecho—. Ay, si al menos supiera hacer reanimación. ¿Por qué no habré hecho ese maldito curso?

Mientras intentaba reanimarlo, la rubia se volvió a mirar a González una vez más, por encima del hombro, y dijo:

—Aún no me explicó qué pasó, y qué hace usted aquí.

—Soy… el interventor. Mi nombre es Darío González.

—¿Interventor de qué?

—El Interventor de la Corporación Ganadera.

La rubia comprendió que sus rudimentarias maniobras de reanimación eran estériles, y se alejó de Elpidio, que seguía inmóvil. Se cruzó de brazos frente a González, y le dirigió una mirada desafiante.

—No sabía que se hubiera vendido la empresa; nadie me dijo nada.

—No se vendió; está intervenida, y se va a expropiar a través de una declaración de utilidad pública.

—Ah, ahora entiendo —dijo la mujer, mientras se sentaba en una silla—. A usted lo puso el gobierno, ¿no? Los demás trabajan y se esfuerzan para crear y sostener empresas, y ustedes se quedan con ellas.

—No creo que hayan trabajado mucho —comentó González, mientras caminaba por la oficina con sus manos en los bolsillos—. Si fuera así, no tendrían deudas con empleados y proveedores.

—¡Qué fácil es juzgar los negocios desde el Estado! Usted no tiene idea de lo difícil que es sostener una empresa ganadera, más aún con un gobierno como este, que estigmatiza al campo, lo persigue, le impide exportar y lo ahoga con impuestos. Me pregunto cuánto perdería esta empresa si la administrara el Estado; aunque espero que eso no suceda nunca.

—Ya sucedió, y por eso estoy aquí.

—Acaba de llegar, y ya provocó un infarto. ¿Se imagina lo dañino que puede ser usted en un par de meses?

—Dañinos son ustedes, que tienen miles de hectáreas y sin embargo no le pagan a nadie. Y si este viejo tuvo un infarto por discutir conmigo, eso prueba que ya no está en condiciones de dirigir la empresa. Aquí se necesita gente joven, con empuje —replicó González, antes de hacer una pausa, y agregar—: ¿me traerías un café, por favor? No alcancé a desayunar.

—No soy tu empleada, peroncho.

Sonó el teléfono; la mujer atendió de inmediato.

—Hola. Ah, buenísimo. Que suban, por favor. Elpidio no reacciona.

—No te preocupes —observó González—. El café puedo prepararlo yo mismo. ¿Hay alguna cafetera aquí?

Magdalena no respondió. Llamaron a la puerta; ella se apresuró a abrirla. Un médico saludó, y entró seguido de dos personas que llevaban una camilla; auscultó con rapidez a Elpidio, y de inmediato les pidió ayuda a los camilleros.

—Bajémoslo con cuidado al piso.

Depositaron el cuerpo sobre una alfombra. El médico se arrodilló, y le practicó reanimación cardiopulmonar. Tras una serie de maniobras, Elpidio volvió en sí.

—Cárguenlo en la camilla —ordenó el médico; luego se volvió a mirar a Magdalena, y agregó—: lo voy a internar para control. Hizo un paro. ¿Tuvo algún problema o discusión con vos?

—Conmigo no. Con este hombre —dijo ella, señalando a González con la mirada—. El gobierno quiere quedarse con la empresa, y lo mandó a él.

González no dijo nada. El médico lo escrutó, y dijo con voz pausada y calma:

—Estas cosas son delicadas, amigo. El gobierno no tiene por qué meterse con las empresas. En el medio hay personas, que llevan generaciones luchando para conseguir lo que tienen. Hay que ser más cuidadoso.

Los camilleros se llevaron a Elpidio.  El médico dio un par de pasos en dirección a la puerta, y después se detuvo:

—Te mantendré informada, Magdalena —aseguró, mientras le palmeaba un hombro.

—Gracias, doc. Voy a llamar al hijo de Elpidio para avisarle. No quería preocuparlo, pero creo que es mejor ponerlo sobre aviso. ¿Lo internarán en su clínica?

—Sí. Por ahora prefiero que no lo vea nadie, hasta que le hagamos los estudios y sepamos la gravedad del caso.

—Entiendo. No se preocupe. Gracias por venir enseguida.

El médico sonrió fugazmente, y se retiró detrás de los camilleros. Magdalena marcó un número en el celular.

—Hola, ¿Fausto? Soy Magda. Tuvimos un problemita con tu papá. Está bien. Ya lo reanimaron y acaba de llevárselo el doctor Albarracín. Lo van a internar en su clínica. Tuvo un infarto.

Magdalena escuchó la respuesta de Fausto, mientras miraba a González de manera aviesa.

—Mandaron a un interventor del gobierno a hacerse cargo de la empresa. Discutió con tu papá por ese tema. Imaginate que a mí me pidió un café; como si fuera mi jefe —Magdalena hizo una pausa para escuchar, y después dijo—: No, no vale la pena que vengas. Ya tenemos bastante con tu papá. Yo me encargo, gordo. En serio, no te preocupes. Ocupate ahora de Elpidio. Te aviso cuando tenga novedades. Un abrazo.

Magdalena cortó la comunicación, guardó su teléfono, y contempló a González, que continuaba paseándose de un lado a otro de la oficina, y se detenía ocasionalmente para escrutar los lomos de las carpetas y libros que colmaban la biblioteca.

—¿Usted tiene alguna orden para irrumpir así en la empresa?

—Por supuesto. Soy el interventor designado por el gobierno, y estamos enviando al Congreso el proyecto de Ley de Declaración de Utilidad Pública de la empresa. Cuando se apruebe y salga la sentencia judicial que fije la indemnización, pagaremos lo que corresponda y expropiaremos la empresa.

Pagaremos. Tiene razón. Esto le saldrá muy caro al pueblo argentino, y lo pagaremos entre todos.

—Escuché que te llamás como mi madre: Magdalena —comentó Darío, sonriendo—. Y veo que tenés carácter, como ella. Solo te pido que colabores. Nuestro proyecto está destinado al bien común. Estamos reemplazando el lucro de una corporación por beneficios para todos y todas. Se trata de una causa noble y justa, a la que vale la pena sumarse.

—Para mí, una causa justa es que le permitan a la empresa dirimir sus asuntos legales y económicos por sí misma, sin inmiscuirse en ellos. Soy secretaria ejecutiva de esta empresa hace diecisiete años. Hemos pasado por etapas buenas y malas. Pero siempre luchamos juntos para salir adelante.

—Exacto, esa es la idea: que luchemos todos juntos, pero no para el capital sino para el pueblo. Vamos a necesitar de tu experiencia, así que esperamos contar con vos.

—¿Cuál es su nombre?

—González. Darío González.

—Señor González… Esta charla es estéril. Le pido por favor que se retire, y me deje trabajar en paz. Tengo muchos asuntos pendientes: acreedores, redes de distribución de carne, trabajadores, impuestos, y mucho más.

—Yo me voy a quedar aquí, Magdalena. Este es ahora mi lugar de trabajo. En un rato llegarán más compañeros, y haremos un acto inaugural.

—Entonces tendré que llamar a la policía.

Tres en una taza

Tomado de la novela homónima
Tres en una taza, Ilíada Ediciones, 2023

Froilán Escobar (San Antonio de los Baños, Cuba, 1944) Escritor, periodista, investigador. Licenciado en Periodismo y Máster en Comunicación Política. Multipremiado autor de periodismo, crónicas, ensayos y literatura, entre sus obras publicadas destacan: La vieja que vuela (Cuba, 1993; Argentina, 1997), El año que estuvimos en ninguna parte (1994, con ediciones en México, Francia, España, Argentina, Italia, Portugal, Brasil, Alemania, Japón y Turquía); Martí a flor de labios (Cuba, 199; Costa Rica, 2008), El patio donde quedaba el Mundo (Colombia, 1997), Largo viaje de ceniza (España, 2001; México, 2007); Ella estaba donde no se sabía (Costa Rica, 2006), La última adivinanza del mundo (Costa Rica, 2009), Tres en una taza (Costa Rica, 2016, novela finalista del premio Herralde) y Borges, el hombre que no sabe morir (Argentina, 2021).


Ocurre.

Ahora.

La ciudad se me va. Abro los ojos y los vuelvo a cerrar para cerciorarme de lo que está ocurriendo. Los abro para perseguir el angustiado aleteo de un ave migratoria a la que se le está acabando el cielo, porque también el cielo se cae a pedazos en este inesperado crepúsculo. Y los cierro para que en su escape continúe vuelo dentro de mi cabeza. Hubiera querido, como Tu Fu con el río Wu-sung, recortar con un par de afiladas tijeras un pedazo de la ciudad para llevármela conmigo. Pero a pesar de lo inaudito del contacto, no logro impedir que las cosas se me vayan. El ave migratoria se me va, los pasos que doy, las caricias, las casas, las calles, los amigos, los parques con sus árboles redondos, las palabras, incluso, con las cuales comparto esta precaria existencia, se marchan de mí sin que pueda detenerlas.

—Coño, esto se está quedando vacío, grito en voz baja, para que no me oigan.

Era solo el comienzo. Solo el comienzo. Aún faltaba mucho para que llegara el mañana prometido, el futuro que se presuponía, pero ya la gente estaba yéndose. A diario. En avalancha. ¿Tú también te vas?, me preguntó visiblemente angustiado un amigo con el que me encontré cuando atravesaba el Parque Central. No, ¿y tú? Era la pregunta obligada. Porque, poco a poco, todos se iban. Abandonaban la ciudad. Se valían de cualquier medio de transporte. Una lancha, una balsa, un salto de garrocha, un ataúd incluso. Tenía la sensación de que la gente y los edificios que uno todavía podía ver o que me pasaban por el lado, no eran más que las últimas representaciones configuradas por las propias palabras de los que se despedían. Me estaba quedando solo en La Habana. 

Sentí desesperación. Desasosiego. Sentí que mis pies también querían zarpar de mis zapatos. Y, en medio del tropel, sentí la ambulancia que ya había salido a buscar a Lezama, allá en la calle Trocadero 162, donde él, sentado en su sillón, alargaba el rostro como si pronunciara una conclusión final: Ya estamos en el orden de la revelación. El mandato que se oye es de marcharse o de quedarse solo. Sus palabras gongoriaban, sonaban con sonoras soledades. La realidad en que estábamos se estaba yendo a pedacitos. Pero me negaba a aceptar que se fuera. Me dolía. No quería. Era, tengo que decirlo, un poderoso resplandor. Antes de que llegara este tiempo, yo solo había podido soñar con ser mensajero de botica. Un sueño, para un hijo de carpintero, constituía un trámite imposible. Pero no había otra salida entonces. Inventarse esas clarividencias era la única posibilidad. Mi padre también lo había hecho así desde su infancia. La vida estaba en otra parte. Lejos, supongo. Teníamos los pies puestos sobre una neblina. El sueño era la dimensión esencial de los que estábamos obligados a estar fuera del mundo.  Detrás de ese querer no había nada. Y sin ese querer yo no era nada. Solo un niño que pretendía llegar a ser mensajero de botica o, de lo contrario, seguir siendo un rumiador de lo que no teníamos, porque ya no teníamos de donde agarrarnos, cuando la realidad llegó grande a manifestarse. Fue una experiencia anonadante que nos dejó balbuciendo claridades. Por primera vez éramos propietarios de lo que estaba delante de la mirada de los ojos. A golpes de alegría fabricábamos hechos y significaciones. El alibi no era otro lugar, como se suponía, sino este lugar, el mejor lugar. Nos sirvieron la vida en plato grande y con muchas cucharas para todos. Tenía sabor a sueños de manjares. Oía el tintinear dulce de las palabras como ilusionaba que debió oírlas Cervantes cuando escribía el Quijote. Por eso ahora corría de un lado para otro tratando de aguantar lo que se iba. No, no puede ser, me decía. No puede acabarse. El viento no puede llevárselo todo. Antes no había mundo para mí. No tenía pie puesto siquiera sobre uno de sus pretiles. Ahora que he visto el mundo, no sé cómo decirles a mis ojos que busquen otra manera de mirar, me decía. Pero ya los peros se juntaron con los sin embargos. Aquí llegamos, aquí no veníamos. Se va y se va, y no vuelve más, cantaba un alguien, una mujer, creo, poeta, polaca, creo, allá a lo lejos. Uh.

Así empezaba aquel aciclonado alejarse de todo. Poco a poco lo cercano se me iba. Lo mismo que le ocurría a Lezama, en su breve recorrido entre la sala y el cuarto, para escapar a la aplastante fuerza gravitatoria de la soledad, que lo mantenía adherido al sillón, me ocurría a mí: entré en una especie de extraño naufragio. A Lezama lo ayudaban a levantarse. Le ponían, según él, el piso de la sala bajo los pies para que, bamboleándose, caminara hasta el cuarto donde, al parecer, podía situarse fuera del tiempo o donde, según él, darse sillón era la manera perfecta de la espera, porque solo así podía alcanzar su Paradiso. Pero en mi caso, nada. Ni un tin ni un birilín. Ni un ni siquiera. Me estaba quedando huérfano de todo totalmente. Me ocurría lo que al hombre, que lo creían loco porque, parado en la punta de los pies, bajaba las manos y se las llevaba a la cabeza repetidamente, como si con la extraña pantomima intentara agarrarse de la nada. Pero en verdad era para que el viento desaforado de la calle no le arrebatara lo único que era de él: el sombrero.

Ese era mi caso. Un viento inaudito se estaba llevando la ciudad. Y me estaba arrebatando lo único que entonces me quedaba: aquel desmedido afán de aferrarme a la ilusión, de aferrarme al creer que la vida seguía con saltante júbilo. Pero de nada valía esa ilusión, ese creer. El sueño que nos había despertado a todos se desbarataba. Podía palparlo. En mi diario y desconcertante viaje hasta la terminal de ómnibus de La Habana, un pedazo de mi alrededor desaparecía. Donde antes estaba un edificio, ahora había un hueco, un basurero, una ruina. Donde antes tenía un amigo, ahora, al tocar a la puerta, nadie respondía o, sencillamente, ya se lo estaba llevando la balsa, el avión, la ambulancia o el carro fúnebre.  O peor aún: donde antes había estado B, ahora…

Ahora sentía el absurdo terror de quedarme ciego. No porque mis ojos no vieran, sino porque no hubiese ya nada que pudieran ver, nada que pudiera tenerse en la mirada. La ciudad entera se iba. O tal vez mi desasosiego de náufrago la hacía desaparecer. Sentía que la ponían de revés como un bolsillo y la vaciaban poco a poco. Sentía ese vértigo de cuando la realidad, todavía sueño, se confunde de dirección al cruzar sus múltiples fronteras y, sin que nos demos cuenta, en vez de llevarnos para el existir que nos toca, empezara a salirse de su territorio, porque de pronto advertimos que algo que estaba donde siempre había estado, se ha movido de lugar: que las calles, los edificios, la gente que caminaba, ya no estaban: habían sido sacados, sustituidos, como si en ese momento acabara de llegar el futuro y borrara todo lo de atrás. O como si en ese irse estuviera el virus, la evidencia irrefutable de que estábamos contaminados de irrealidad.

La soledad, al tomar la guagua en la parada de Reina y Belascoaín, me arañó la frente. O fui yo con las uñas, en aquel desesperado afán de subir y bajar las manos para sujetar lo poco que me quedaba. Paranoico ya con la idea de quedarme sin nada, me dispuse a escapar bajando por la puerta trasera del ómnibus, pero Elegguá, con un gesto, con el mismo que sacó a Orula de al pie de la ceiba donde permanecía enterrado, me enamoró del camino y, con otro… Te avisó a ti, Yo, que te­nías que regresar enseguida… Alguien, desde el otro extremo del viaje, te llamaba. Alguien, B, supongo, que, como estaba tan impaciente y angustiada por el inaudito trasiego del viento, produjo ese sorprendente giro.

El universo contrajo su luz, dicen los cabalistas. El mar hizo sacrificio y volvió a su hueco, dicen los viejos yorubas. ¿O era el tiempo que también saltaba el muro del Malecón y se iba, porque no soportaba más el marasmo de su transcurrir? ¿El Wu-sung, que no quería seguir siendo el mismo río en el verso de Tu Fu?  Algo. Alguien. Un huracán que arrasaba. Un adiós que, en el momento de soltarse de las manos, se resistía a ser arrastrado por el viento y se negaba a despedirse. Si tan solo pudiera dejar de preguntarme: ¿Es a la realidad o a las palabras a lo que me aferro? Me sacan de lo que creía, me vuelven un excedente de la vida y sigo aferrándome con más fuerza a ese creer. Estoy parado, tiritando de desazón y, a la vez, camino en un ir alegre con mis pies. No puedo entender cómo aún el viento huracanado, que se lo lleva todo, no me lleva a mí. ¿Es porque me aferro al deseo de quedarme? ¿Es por salvar este pasado que elegí? ¿Es porque sigo pensando que hay que ver las cosas bonitas para que se pongan bonitas? ¿Es porque no quiero que este montón de escombros me separe de B? Por más que: Dije. Dije. Dije. Dije. Dije… No sé cuántas cosas dije para que se detuviera aquel implacable remolino, para que asomara una respuesta y ningún pedacito de la realidad se me fuera…

Qué jodienda, coño. Un enredo. Parecía un enredo cósmico creado por Stephen Hawking. Era este Tú el que estaba viviendo en verdad la fuga de lo cotidiano, pero como era Yo el que escribía la novela, me lo cambiaba. Se ponía él en el presente para que pareciera que era él quien me había elegido a mí como su pasado. Es decir, este Tú no existía. Nos parecíamos en muchas cosas: por el mismo desmesurado sentir por una mujer, por la manera de peinarnos el pelo para atrás y hasta en que los dos, incluso, intentábamos leer Finnegans wake. Pero él, Yo, era real, y este Tú no era más que una invención. El verdadero era él. A este Tú solo le dejaba el papel de narrador de la novela como historia alternativa para que me creyera que la vivía, pero lo cierto es que este Tú era el narrador porque Yo no aguantaba más ser Yo. Aunque se empeñaba en seguir en el simulacro, no quería que supieran que la historia que escribía, aunque verdadera, como la realidad se estaba escapando, no le quedaba otra que inventarla. La escribía a través de mí. Él, Yo, era el autor, la persona física, según decía y por tanto, el acto, según su decir; este Tú era solo un gesto, una impostura barata. Es decir, quería condenarme a ser únicamente una representación, un alguien hecho de palabras, de sonidos fervorosos, para que me creyera un alguien resucitado en la escritura, no un personaje de carne y hueso como él, que escribía la novela. Qué clase de cabrón eres, Yo.  Qué jugada tan sucia la tuya. Aunque en el fondo, había otra verdad oculta: él quería aparentar que todo estaba en orden: que permanecía en su sitio, sin problemas. Que el mundo seguía seguro para los historiadores. El suyo era un acto doloroso porque, aunque ya no tenía la ilusión, se empeñaba en representar que la tenía. Se replegaba sobre sí mismo. Así se escabullía discretamente de la locura en la que estábamos inmersos. Sin embargo, ninguno de los dos podía, por más arrebato que pusiéramos en el impulso, hacer que el lenguaje nos sobrepasara y alcanzara en sus inauguraciones a reformar la realidad, porque quedaba encerrado en la novela. Y la novela no era más que una pobre alucinación, un desesperado intento de conciencia en el que no sabía si, ciertamente, el mundo se manifestaba. Un intento con el que Yo jugaba a sus representaciones, cuando a este Tú lo estrujaban las circunstancias. Porque era a este Tú al que excluían, el que estaba cubierto por la duda y la desazón. Pero tú, Yo, como solo la escribías, te quitabas tales inconvenientes de encima con la misma facilidad con que se le quita la cáscara a un plátano maduro. Y para ocultar semejante duplicidad, me cuchicheabas socarronamente: Todo queda entre Tú y Yo, no tienes que molestarte por eso. Ja, como si entre vivir y contar la historia no mediara el dolor. Pero te equivocas si crees que, que vas a quitarme a B creando tal confusión. Ella para ti es una imagen, una idealización,una mujer construida, según tu creer, de “irresistibles lujurias”… verbales, por supuesto.  Para este Tú es la existencia misma, ¿entiendes? Por mucho que quieras atribuírtela, de un lado o del otro, no vas a conseguir nada. Para mí es la vida; para ti, un delirio, un ícono, una abstracción sin identidad real. No te sigas torturando. No te empecines más en inventarla, en sacarla de contexto para tenerla sola solo para ti. Mi locura ocurre porque abrazo su cuerpo; la tuya ocurre porque crees que abrazas su cuerpo, sin percatarte de que estás abrazando un espejismo. No te desgarres más. No insistas más en decir que es tuya. En creer que somos tres en una taza.  Solo palabras tienes. Solo palabras que la nombran. Pero que no logran significarla, que no saben llenar el vacío, por tu pésima manera de relacionarte con la realidad. No sigas creyendo que ella viene en ese descarrilado olor que a veces te llega para traerte lo que la vida tiene de distante. No sigas creyendo, por tus lecturas locas de Joyce, que ella es el telépata emisor de tu novela. Cállate ya, Tú. Aquí yo soy el sujeto. Tú no eres más que una percepción.

¿Una percepción? ¿El mundo que se iba, la gente que se iba y que todavía podías ver por la ventanilla de la guagua, eran la representación de un gesto o de un acto? ¿Eso es lo que tú aportas: percepciones de una realidad trivial, sin historia, subyacente, cuyo único relieve es el absurdo? El aire soplaba con más fuerza y el hombre en medio de la calle seguía erguido en la punta de los pies, alargando sus enormes manos desesperadamente para agarrarse de aquello que era de él. Lo miraste con desgano. Como si también fuese un simulacro. Como si ya no te importara su feroz batalla. Entonces el aire aciclonado arreció. Arremetió con tal fuerza que el hombre perdió el equilibrio, trastabilló y pareció, por un momento, que iba a perder su sombrero. Saltaste con la intención de decirle: ¡Agárrelo! ¡No lo suelte! Pero el aire te decapitó el grito y se lo llevó lejos de tu boca.

Ahí fue cuando entraste de cabeza en la alucinación. Era la primera vez que te faltaba la realidad. Ahí fue cuando el chofer, en vez de detenerse en la parada donde siempre te bajabas, con brusca maniobra del timón hizo que la guagua empezara a dar un giro a toda velocidad, pero no frente a la terminal —como solía ocurrir tiempo atrás, cuando este Tú transitaba lo real—, sino ¡por dentro del salón!, ¡por el interior del edificio abarrotado de gente! Entonces te diste cuenta. El día en ese momento marchaba apurado por la calle Belascoaín, en dirección al Centro Masónico; la noche, unas diez cuadras más allá, venía por el Malecón, sin llegar todavía a Infanta. Alzando los ojos pudiste ver el cielo constreñido en la distancia, al final de la doble hilera de edificios. Cada persona cargaba con su esquizofrenia; cada calle cargaba con su crepúsculo. La interferencia de estos dos movimientos opuestos te hizo comprender enseguida que estabas entre dos tensas lejanías. Entre dos existencias, presentes y ausentes a la vez, pero que en ninguna de las dos existías suficientemente.

Por suerte, B se alargó frente a mí. Y tú, Yo, la percibiste desde lejos. ¿Quieres ver a un hombre en cueros?, le dije. Ella enarcó los labios para dejarlos sonreír y empezó a quitarse la blusa y los ajustadores. Asomaron, tímidas, unas teticas de perra. No tengo casi, pronunció ella, y volvió a sonreír. Entonces empezó el entonces: como una crisálida en su metamorfosis, se desabrochó la saya y se quitó de un tirón el blúmer, que rodó rodillas abajo. Temblé: una mariposa negra emergió entre sus largas piernas. Ahí, abriéndose, subió ella. Quiero decir, subió sobre mi cuerpo. Se salió del sueño para extenderse de cuerpo entero sobre mí. Miró largamente como si hubiera estado mucho tiempo fuera del mundo. Como si necesitara saciarse. Jadeó, ah, abriéndose más. Sus labios se movieron, despacio, siguiendo aquella suerte de transcurso hermoso de su sonrisa. Era un gesto tibio que se continuaba en sus ojos.

Ahí me di cuenta: de los dos, aunque Yo era el real, el de carne y hueso, este Tú era el único que podía morir, porque era el único que existía realmente al lado de ella. Tú, Yo, en cambio, ni siquiera suspiraste, apenas sentiste un devaneo pasajero. Ahí fue cuando B, siguiendo el curso hermoso de su sonrisa, se fue alejando de ti. En un último intento por acariciar su cuerpo, tus enormes manos se alargaron desesperadamente, pero no lograste alcanzarla. Por más que extendieras un abrazo, el abrazo se desmoronaba sin tocarla, porque tus enormes manos se alargaban hacia ella en el presente, y B solo existía en el pasado. Un abismo de tiempo te separaba de ella. B no era para ti más que un fulgor verbal en un tiempo que parecía distante, borrado.

Pero qué bonito y sabroso

De la novela inédita Pero qué bonito y sabroso.


Félix Luis Viera – Foto: Ulises Regueiro

Ciudadano mexicano por naturalización, pero residente en Miami desde 2015, al narrador y poeta Félix Luis Viera en 2019 se le concedió el Premio Nacional de Literatura Independiente «Gastón Baquero» por el conjunto de su obra, un premio merecido que se contrapone al silenciamiento que los comisarios culturales de La Habana han lanzado contra sus indudables aportes a la literatura cubana. Pésele a quien le pese, Félix Luis Viera, que sigue creando con excelencia sus singulares mundos poéticos y narrativos, es un referente para las letras cubanas y uno de los nombres imprescindibles en la historia de la Cultura Cubana.


Me fui a ver a la doctora. Ella vivía a unas tres cuadras de mi casa —casa es un decir— de Rosa de Oro.

Yo me enamoré de la doctora porque antes me había enamorado de su casa. Su casita más bien. Pequeña la casa (y ella también, aunque no tanto como Inés; tres centímetros a su favor acaso). Todo pequeño. Aparte de la estructura en sí, el balcón, el zaguán, el cuarto (un solo cuarto tenía) la cocina, el baño, la sala de estar.

No es nada raro que un hombre se enamore de una mujer sin conocerla, solo por algo que deba pertenecerle, una pelota, una falda abandonada, un arete hallados al azar; que la imagine gracias a un claxonazo, un recuerdo de lo que nunca se ha vivido, una luz que pasa, una gota de agua en una ventana.

Es decir, si la doctora no habitase esa casita, no se habría dado la conexión, no me hubiera enamorado de ella.  

La casita es verde de tres tonos. No se puede comparar con un palomar porque no se parece a un palomar; tiene forma distinta de todos los palomares que he visto en persona y en libros, postales, películas, etcétera. Pero sobre todo porque en un palomar viven muchas palomas y palomos y en la casa de la doctora solamente somos dos. Eso de comparar una casa chiquita, sobre todo si está en lo alto, con un palomar, es otra de las estupideces tan tristes de esta vida y que suelen cometer demasiadas personas.

Ese día me dolió una muela y decidí verme con la doctora. La viviendita está en la planta alta; el consultorito abajo.

Estuve visitándola siete días casi consecutivamente. Me trabajaba hoy la muela —dijo “amalgama”, “resinas”, aclaró la diferencia entre ambas (yo no entendí nada)—, me preparaba para la próxima tanda, y así. Ella me había dicho que con anestesia no me dolería la maquinita, pero tendría que cobrarme más. Está bien, le dije.  

Ella parecía sollozar cuando hablaba. Es decir, su voz parecía estar tomada por sollozos, dulces, suaves.     

Ella no había tenido suerte: varios novios pero ninguno así como para casarse. No le pregunté quiénes no habían tirado para casarse, si ella o ellos.

Le pagué todo el trabajo y me quedé sin un peso.

Ese día del pago final y la terminación de su quehacer conmigo, me invitó al teatro para esa misma noche. Un teatro de pequeño formato. Le dije que debería esperar mi cobro en el periódico, no faltaba mucho para el cierre de quincena, y me replicó “si es que yo te invito dije”.

Resultó una obra para mi gusto bastante aburrida. Se trataba de la vida doméstica de una esposa y sus tres hijas; el marido estaba en la guerra. De ahí no salía la acción, del día a día dentro de la casa —aparte de algunas referencias a la labor escolar de las hijas, algunas alusiones a la escuela, referencias, alusiones digo, no representaciones—. Solo los cuatro personajes, las tres hijas —que por momentos parecían la misma— y la esposa, aparte de una voz en off que debía ser la del guerrero, que relataba, ya ven, lo que estaba viviendo en campaña. De lo peor me resultó que los diálogos estaban repletos de mexicanismos, de los más fuertes, y por ello dejé de entender mucho;  por momentos como si estuvieran hablando en ruso.

Cuando regresábamos del teatro, en taxi, se sentía mucho frío. Un frío triste, como todo frío que debe sentir un exiliado llegado de zonas cálidas. No es lo mismo el frío para un vacacionista, un visitante de paso llegado de tierras calientes, que para un exiliado, un desterrado venido de sitio semejante —este es otro frío.

La doctora anunció que pensaba comprar un coche —un automóvil— tal vez de segunda mano y el taxista le recomendó a alguien de mucho talento y decencia para el caso y le extendió una tarjeta con los datos de ese alguien. No porque fuera su hijo lo recomendaba —dijo—, sino porque él lo había criado como un hombre de bien, y los estaba ofreciendo mediante precios “increíblemente económicos”. Eso fue ante un semáforo con la luz roja. El taxista se volvió a medias para entregarle la tarjeta. Ella iba junto a la puerta trasera derecha, yo a su lado.

En Cuba tuve una novia alemana, diplomática, Barbara Schmidt (“herrero”) —(Barbara está bien así, sin tilde en la primera a porque está en alemán—. Vivía en Erfurt. Me convidó a irme con ella, cuando terminara su misión en Cuba. Irme para siempre, me aclaró. ¿Y no podré yo venir a Cuba de visita,  Barbara? Me contestó que sí, claro, pero ella no vendría nunca más. Esto de nunca más me lo había dicho varias veces, pero no quise saber por qué; si le preguntaba y me contaba, sería otro punto más de intimidad, y ese no era mi propósito. Se trataba de la República Democrática Alemana (se sabe que los países socialistas tenían en sus nombres “democrática” o “popular” por chorros —porque no eran ni una cosa ni la otra) y siempre colegí que a Barbara no le gustaba el comunismo de Cuba ni el de Alemania ni ninguno. Entre otras bondades de su país, de su ciudad, me narraba con énfasis sobre la cantidad de chocolates, en caramelos, pastillas, helados, galletas, etcétera, de diversos tonos y tipos que me encontraría allí, por la libre, sin libreta de racionamiento. Esto fue como un último recurso después de relatarme las tantas ventajas del nivel de vida en general que yo podría gozar allá. (Desde entonces yo sabía que la buena vida material ayuda mucho al espíritu, en ocasiones lo define). Uno de mis argumentos fundamentales para declinar su ofrecimiento fue que se me hacía muy difícil el aprendizaje de idiomas extranjeros, había fracasado con el inglés y el francés. Así que cómo me iría con el alemán… Ella persistió con que vivían varios buenos maestros de alemán en su ciudad. En realidad, lo que más me frenaba para irme con ella, era el frío. Uno de mis más cruentos enemigos de siempre; aun el frío tropical de Cuba. No era necesario ir a Erfurt para estar seguro de su intenso frío y por rachas largas; y si no bastaba con la lógica, ahí estaban las fotos de Bárbara y su familia, allá, tan lejos. Abrigados con fuerza suprema desde la cabeza hasta los pies, todo el cuerpo, todo; como esas momias egipcias. Los ojos de Barbara eran grandes y de un azul muy intenso que no había visto en Cuba ni luego en ninguna parte.

Esa noche, de regreso del teatro bajo el intenso y seco frío de montaña, me arrepentí de nuevo, tal vez más que en las ocasiones anteriores, de no haberme ido con Barbara Schmidt. Allá, ya me hubiera acostumbrado al frío, a abrigarme de manera férrea y, a otro algo que igual me aterraba, la calefacción, como al despropósito de permanecer tantas noches en encierro. Pero ya era demasiado tarde, como suele ocurrirme en la vida. Quién sabe cómo le iría ahora a Barbara Schmidt (si continuaba en Erfurt, ¿qué estaría haciendo en este amanecer que es esta noche aquí?), cuánta prole seguramente rubia mimaba… En fin, me había equivocado de nuevo, había dejado pasar el tren, había despreciado la canoa del salvamento. Estos tantos yerros casi en retahíla me sacan las lágrimas en no pocas noches… Uno debe llorar solo. Cuando es de nostalgia. Sea hombre o mujer o niño. El llanto de nostalgia es algo muy privado.

O sea, yo no seré quien más se equivoca en esta vida; pero si participara en una olimpiada de equivocados, falladores, alcanzaría una posición envidiable.   

Si esto fuera una novela yo podría embellecer la acción,  para darle más realce a la historia, y así expresar que el abdomen de la doctora no es levemente flácido. Pero esto no es una novela, es la vida real, como una fotografía por dentro y por fuera quiero decir —Como he apuntado antes, ese riesgo que se corre cuando uno cuenta la realidad: que nadie te crea. Porque al común de las personas les gusta la ficción, el invento, lo falseado; es de humanos.

Como una hora después yacíamos yo con media cobija y ella con la otra mitad —la cobija también es pequeña—. Bocarriba. Nos habíamos contado un buen tramo de nuestras vidas. La mayor parte de mi tramo era mentira.

Me incorporé, me senté en el borde de la cama tratando de retener mi parte de la cobija —como estaba desnudo, el frío me atenazaba con saña—, pero no fue posible. Ella había jalado para sí. Finalmente, se sentó junto a mí —ella llevaba piyama— y nos tapó a ambos como con capucha. Me besó repetidamente en la mejilla. Puso su mejilla contra la mía y la suya estaba caliente (¿lo estaría también la mía?). Se puso en pie y buena noticia gracias a Dios sus senos —densos— se enseñaban alzados. Le dije que ya me iba. En el consultorio yo había presenciado que la doctora escuchaba música sin parar llegada desde una grabadora y en ocasiones desde un miniradio y hasta desde su teléfono celular. A partir de ahora comprobaría que se sabía de memoria infinidad de letras. Pegó su cara en la medianía de mi brazo, me tomo las manos. Y me dijo par de líneas de una canción del maestro Roberto Cantoral: “No quiero que te vayas / la noche está muy fría”.  

Y la rumba me llamó

Manuel Rodríguez Ramos (Jatibonico, Cuba, 1953) Licenciado en Lengua Española y Literatura General por el Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona” de la Universidad de La Habana. Graduado del Master of Arts en New Mexico State University de Las Cruces. Ph. D. en University of Arizona, Tucson. Fue profesor titular de Literatura Hispanoamericana en el Instituto Pedagógico “José Martí” de Camagüey, y guionista y realizador de documentales en Cinematografía Educativa (CINED). En 1989 escribió y llevó a escena en la Casa de la Cultura de Plaza, en La Habana, la obra teatral El Rey de las Aves. También en los años 80 tradujo para el Instituto Cubano del Libro una muestra emblemática de literatura brasileña. De 1999 a 2013 se desempeñó en Madrid como guionista, director y productor de documentales. Su filmografía la componen más de treinta títulos, entre los que destacan Lezama, inalcanzable vuelve (1989)Retrato de Gastón Baquero (2013) y Las vivencias poéticas de Francisco Brines (2016). Ha desarrollado también una sostenida labor docente en torno a la dirección, la escritura de guiones y la teoría y la práctica del documental en varias instituciones académicas.


Todo aquel que piense que está solo y que está mal
tiene que saber que no es así,
que en la vida no hay nadie solo…

Corría la primera semana del mes de septiembre de 1999, mi primera temporada de exilio en Pozuelo de Alarcón, Madrid. Sufría la incertidumbre del recién llegado, con mi esposa todavía en Cuba, a riesgo de ser retenida en la isla. Eran días de tristeza, cierta depresión y algo de angustia, pensando que estaba solo y mal. Afortunadamente comenzaban por esos días las Fiestas Patronales con una deslumbrante explosión de fuegos artificiales, encierros taurinos, y jubilosas orquestas amenizando los bailes populares en las plazas. Joviales actividades que hacían prevalecer un ambiente de diversión y buena acogida en la pequeña ciudad.

Una de aquellas noches alguien tocó a mi puerta, era Alfonso, un esmerado floristero, un buen amigo español, para invitarme a uno de los conciertos que tendría lugar en esos días festivos, cuya programación yo desconocía.

–¿De quién se trata? –le pregunté.

Entonces me mostró el programa, y un maravilloso afiche, y unos discos de Celia Cruz, una de sus cantantes preferidas.

Programa del Ayuntamiento.

–¿Sabes quién es? –me preguntó, sonriente.

–¡¡¡Azúcar!!! –grité entusiasmado. Y el sábado partimos a disfrutar de aquella función de gala, con profunda emoción.

El lugar del concierto, Auditorio El Torreón, es un hermoso coliseo en cuyo graderío se puede beber alcohol mientras se disfruta del espectáculo. Y allí, en cuanto estuvimos sentados, Alfonso extrajo de su mochila una botella de ron Habana Club, dos vasos, un poco de hielo, unas ramitas de albahaca (pa’ la gente flaca, dijo), y de tapas unos granitos de maní picao, cao, cao. Y así, con la vida convertida en un carnaval, disfrutábamos mucho mejor del mítico concierto; que se tornó más interesante cuando Alfonso se percató de que yo miraba con especial curiosidad al pianista de la orquesta.

–¿Lo conoces? ¿Sabes quién es? –me preguntó entre Quimbara y Burundanga.

–Creo que sí. Su cara me parece conocida –le comenté, mirando hacia el músico que veíamos desde lejos.

Cuando el concierto terminó, con profunda nostalgia habanera, después de cantar, bailar, aplaudir, vitorear, Alfonso sugirió que nos acercáramos a los camerinos; un área muy restringida, pero cuidada por un guardia al que conocía desde su infancia.

–Hola, macho –lo saludó con afectuosidad–. ¿Podemos hablar un momento?

–Sí. Dime.

–Necesito que me hagas un gran favor. Este amigo es un cubano recién llegado, un tremendo fan de Celia Cruz. ¿Pudieras dejarnos entrar para quedarnos en el pasillo y verla pasar de cerca? Sería estupendo. Tremendo regalo le harías a este tío.

–Está  bien –dijo el guardia, esbozando una sonrisa–. Pueden quedarse junto a la escalera que conduce a los camerinos, para que la vean bajar, pero, sin molestarla. La queja por asedio de una estrella como esa me dejaría sin empleo. 

Escaleras por donde bajó Celia.

–Tranquilo, hombre. Allí estaremos de pie, como dos fantasmas –aseguró Alfonso, y abrazó a su amigo cuando abrió la puerta para dejarnos pasar.

Entonces, ocurrió el milagro. Ya en el interior del edificio, ubicados al pie la escalera, vimos de pronto bajar al pianista de la orquesta, y entonces, emocionado, supe que se trataba de Wicho, uno de mis vecinos en La Habana, un buen amigo, un músico excelente.

–¡¡¡Manolón!!! ¿Qué haces aquí? –gritó, preguntó Wicho, y nos dimos un fuerte abrazo.

Con brevedad nos informamos sobre nuestras aventuras de exilio, y después hice que se conocieran ambos amigos, y Alfonso enseguida le pidió a Wicho un favor a partir de cierta desmesura.

–Una de las cosas que Manolo más ansía en su vida es conocer a Celia Cruz. Desde que se enteró de este concierto lleva días comentándome sobre eso. Por ello es que estamos aquí –le comentó Alfonso, exagerando, y después le pidió un favor–. ¿Pudieras presentársela cuando pase frente a nosotros?

–Claro que sí. Ella no está en ná. Te la presentaré –me aseguró Wicho, dándome una palmada en el hombro.

–Celebremos entonces esta maravilla –dijo Alfonso, y sacó de su mochila el ron que le quedaba, los vasos, y nos hizo brindar.

Después salieron los otros músicos, se acercaron a nosotros y bebieron directamente de la botella mientras conversaban en alta voz. Fue el momento en el que entró el guardia, alarmado por el escándalo. Y Alfonso se le acercó sonriente.

–No te asustes. No habrá problema. Son los músicos de la orquesta los del escándalo.

–Bueno. Pues que siga la fiesta entonces –dijo el policía, más relajado; pero enseguida, algo nervioso, subió la mirada por la escalera de los camerinos–. ¡Por ahí viene Celia!

Entonces me acerqué a Wicho y le pedí que se la presentara primero a Alfonso, que me había invitado al concierto y había hecho posible que estuviéramos allí junto a ellos.

–Celia, te presento a este amigo español.

–Encantada –dijo ella, y sonrió.

–¿Pudiera, por favor, firmarme estas joyitas? –pidió Alfonso y le mostró varios discos, un par de afiches, y algunas fotos; y a todo fue añadiéndole Celia su nombre. Después, el agradecido español abrió su mochila y extrajo un hermoso ramo de flores–. Aquí tiene, para la diosa de la noche.

–Gardenias para mí. Muchas gracias, joven.

Sillas utilizadas para sentarse durante la conversación.

Después Wicho hizo mi presentación, informándole que yo era un cubano recién exiliado. Y entonces Celia le preguntó al asombrado guardián amigo de Alfonso si había un lugar donde pudiéramos sentarnos a conversar; y él, muy diligente, buscó dos sillas de terraza, las acomodó   en un rincón, y hacía allí nos fuimos.

Comenzaron entonces las preguntas: ¿Cómo saliste de Cuba? ¿Cuándo llegaste? ¿Por qué te veo un poco triste?

–Llevo dos meses fuera de Cuba, y todavía mi esposa está allá, bloqueada, y eso me crea mucha incertidumbre –le comenté luego de responderle en detalle las preguntas anteriores.

Entonces se acercó a nosotros Pedro Knight, y luego de un saludo afectuoso, le recordó a Celia que en el Ayuntamiento los estaban esperando para una cena de homenaje.

–Ya lo sé. Está bien. Que esperen –fue su rítmica respuesta, seguida de otra pregunta–. ¿De qué parte de Cuba eres?

–De Jatibonico –le respondí, teniendo en cuenta mi lugar de nacimiento, y sobre todo la canción de su “ahijado” Willy Chirino.

–Por favor te lo suplico; háblame, háblame, háblame de Jatibonico –dijo con ritmo cercano a la canción, y nos reímos mucho, y me sentí más relajado–. Qué bien. Te veo mejor. Es que eres muy fuerte, muchacho. De Jatibonico a Pozuelo, tremendo cambio.

Fue el momento en el que se acercó a nosotros uno de los músicos de su orquesta para recordarle la honorífica cena, y Celia le pidió que esperaran un poco, que ya estábamos terminando.

–Bueno, ¿y qué haces? ¿En qué trabajas? –siguió preguntando.

–Soy director de documentales. Trabajo en una productora pequeña, que durará poco. Pero donde se trabaja bien.

–¿Y por qué no hacemos juntos un documental?

–Me encantaría. Sería lo mejor que me podría pasar –le dije, muy animado.

–Cuando viaje otra vez a España nos veremos y hablaremos de eso. Tenemos que ir pensando cómo lo vamos a titular –dijo, sonriente.

En aquel momento se acercó nuevamente Pedro Knight, y Celia condescendió a la partida.

–Está bien, vamos, que el muchacho ya está mejor –aseguró, y se despidió con un beso, abandonó el teatro, y salió con su esposo hacia la calle.  

Alfonso y yo seguimos a la pareja hasta la limusina parqueada frente a El Torreón, donde esperaban los músicos. Entonces, junto a la puerta abierta, antes de subir al automóvil de lujo,  se volvió hacia mí y tuvo un comentario final: “al documental lo llamaremos Kikiribú Mandinga, como a la negra Tomasa”. Y después, sonriente, hizo un hermoso gesto de despedida, ocupó su asiento, cerró la puerta, y la limusina partió dejándonos cargado de emoción.  

–¡Cómo sois los cubanos! –dijo Alfonso, expresando su admiración en cuanto quedamos solos–. Es increíble que una súper estrella como esta te haya dedicado más de media hora de conversación. No se despidió de ti hasta que te vio animado, aun sabiendo que en el Ayuntamiento la esperaban para cenar y homenajearla.

–Así es amigo mío. Gracias a ti he tenido una de las mejores experiencias de mi vida.

–Vayamos para un bar. Se trata de un gesto de humanismo que hay que celebrar.

–¡Qué viva la Reina de la Salsa! –la glorificamos luego, haciendo entrechocar las copas de vino.

Fata Morgana

(Fragmento de novela homónima)

Oliet Rodríguez Moreno (La Habana, Cuba, 1971) Ingeniero Mecánico de formación, salió de Cuba a inicios del 2001 para radicarse en Alemania. Durante una estancia de 3 años en México, cursó un diplomado en escritura literaria en el Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado sus relatos en la página Zoepost.com, de la reconocida escritora cubana Zoé Valdés. Su cuento “La rata “ se publicó en la revista de literatura Mexicana Anestesia. Su cuento “Mujer de humo” es parte de la antología Cuentan que un perro, cuentan que un gato (editorial Ego de Kaska, 2021”. También escribe regularmente en su blog personal www.orod-oficial.com.

Puede adquirir el libro aquí: Fata Morgana – Ilíada Ediciones, 2022

I.- Beso de Amor
No me podrás evitar y elegirás lo que quiero
como una rosa en la nieve, o como un perro sin dueño.
Soplaré bajo tus alas,
haré playas de desiertos,
descubrirás que, sin sueños todos estaremos muertos.
Seré el aire que respiras,
el perfume de tu cuello,
Cerraré miles de bocas de niños sin caramelos,
Alargaré tu camino,
confiarás sin fundamento.
Observarás sin juzgar a la maldición del tiempo,
Marcaré todos tus naipes,
me quedaré con tu aliento. 
Te privaré de esperar como llegan tus deseos.
Mentiré puras verdades,
lloraré paz y lamentos,
Renaceré en armonía bien adentro de tu cuerpo
como ilusiones que guían veleros a todo viento.
No me sabes,
voy por ti,
tú me buscas,
yo te encuentro.

Mi mente es un ente complejo, extravagante y malicioso que juega conmigo todo el tiempo. Creo lo que veo y recuerdo lo que he vivido, pero también lo que he soñado. En la distancia mi olvido se mezcla caprichoso con la nostalgia, las verdades amargas se difuminan y las mentiras al colorearse ya no lo parecen tanto. El resultado es simple: la locura, o la cordura, ¿acaso no son lo mismo? Mi mundo irreal se filtra a través de los sentidos y mi recuerdo modifica el pasado. La clave es sentir, aunque no sea cierto. ¿Habrán ocurrido todos los sucesos del pasado grabados en mi memoria? La respuesta no es importante, aunque me gustaría conocerla.

Una vez al año alquilo un velero para navegar en el lago Ontario. El más simple de todos y el menos difícil de dominar. Una de mis tantas cobardías porque navegar de verdad incluye el riesgo del mar abierto, la incertidumbre de un viento desconocido o una corriente de mar incontrolable. En un lago todo se encuentra bajo control, aunque en el horizonte veas solo agua, sabes que un poco más lejos hay tierra firme.

Invité a una amiga que conocí en el gimnasio. Los pilates la dejaban sin aliento y la sonrisa sudada mejoraba su cuerpo bien formado. Atardece y el mojito en la proa del barco activa su deseo de conversación. Hace tres horas que no deja de hablar. Ya no la escucho. ¿Por qué la trajiste? Me sorprende tu presencia a mi lado.

Ya es de noche y miro al cielo. Se alumbran todas las estrellas. Te escucho entonces tararear una melodía. Parece un vals y con él aparece una estela verdosa en el horizonte. El verde brilloso no para de crecer. Ya domina todo el cielo y justo encima de mi cabeza su sombra se convierte en matices morados. Los colores se toman de la mano y bailan, bailan, bailan. ¿Por qué esa mujer no para de hablar? Tiene el mismo tono de la voz de Carlos, pero en su variante femenina. ¿Por qué no mira al cielo? ¿Tendrán esas luces algo que ver con el sol? Mi paciencia se acaba. Le pido a mi amiga de malas maneras que me deje solo ante el paisaje, y ella, molesta, salta hacia un témpano de hielo que flota junto al barco. Se aleja con sus maldiciones dentro de la niebla.

¿De dónde sale el olor a yerbabuena si el mojito que tengo en la mano es apenas con ron y limón? Ya estamos solos, ven vamos a bailar, no pares de tararear tu música. Sigue hasta que la aurora boreal baje y nos envuelva. La fragancia de tu beso me hipnotiza y corto el aire con mis manos mientras te despojo con calma de las ropas en la cubierta del velero. El asombro y la euforia se difuminan uno dentro del otro. ¿Será la maravilla de tu cuerpo desnudo solo para mí? Tu relieve a contraluz estremece. Luces, colores, sombras, cielo, noche, mujer. Las dos visiones paralelas fantaseadas por la luz del sol se vuelven lo mismo.

Amanece y estoy solo en el barco. No recuerdo la última vez que reí de verdad. Los fantasmas que me persiguen robaron mi alegría. Extraño la carcajada que sale del pecho, la que si se trata de reprimir, se vuelve contra ti y crece hasta que te domina. ¿Es eso la felicidad? Quizás se parezca bastante. Me he cansado de acumular artilugios tecnológicos con fecha de caducidad y no he logrado la plenitud, ni me he acercado apenas.

Tu presencia, después de tanto tiempo cobra sentido. El camino de mi fortuna pasa por encontrarte otra vez, pero antes de buscarte debo aceptarme.

Una fina llovizna con olor a musgo tierno comienza a caer por todas partes y regreso a la costa. Amarro el velero al muelle y sonríes. Apoyas un dedo mudo en mi pecho, en el lugar del corazón. La marca que dejas en mi piel crece dentro de mí impulsada por tus huellas dactilares y al llegar a mis cavidades ocultas se reencuentra contigo. ¿Tendré la fuerza de enfrentarme? No se puede huir toda la vida de uno mismo.

Todo sucede por un motivo y tu regreso a mi pensamiento consciente es una señal, ¿de cambio? Todos los días cambiamos, envejecemos sin desearlo. ¿Será posible recuperarte después de tanto tiempo? Son tantos los años que ya no estoy seguro de que hayas existido o que seas un invento. Tu olor a yerbabuena te acompaña a todas partes. Por él te puedo identificar dentro de una multitud. Ese aroma y mi intuición son mis únicas armas para encontrarte.

La lluvia sigue en el aire dos semanas después, sin llegar a caer nunca al suelo. Llego a la oficina del jefe, renuncia en mano. Carajo, ahora recuerdo que dejé a mi amiga flotando en un témpano de hielo. ¿Habrá llegado a la costa? Como lo haya logrado mi vida corre peligro. El hombre firma el papel sin chistar. ¿Tendrá miedo a la locura dibujada en mis ojos? El musgo invisible lo hace estornudar, no sabe de dónde viene el olor ni encuentra cómo reaccionar. Es un jefe sensato y entiende que nada cambiará mi parecer. Devuelve la hoja.

—Le deseo la mayor de las suertes, Antonio, pero ¿está usted seguro de lo que hace? —balbucea con la frente poblada de arrugas y los brazos encima de la mesa.

No lo escucho, traspaso el umbral de la puerta y me alejo. Nunca he hecho una estupidez tan grande con la certeza de haber tomado la decisión correcta. Estoy loco, lo reconozco, la intuición, sin embargo, me empuja y como siempre, la sigo. He trabajado en esa compañía desde que llegué de Cuba y tras 20 años de pequeños éxitos, he acumulado algo de capital y algunas posesiones. ¿Cómo he podido resistir tanto en el mismo lugar?, Eso vuelve loco a cualquiera. Miedo quizás. La necesidad del cambio vive en mí, no la aplaqué, ya sea con pequeñas acciones y acumulada en el tiempo explota en mi cara.

La soledad hastiada de mí ha decidido abandonarme. Nadie como ella sabe manipularme. Me voy a tomar un trago. ¿Tendré yerbabuena para el mojito? Te encuentro en la superficie de mis recuerdos. ¿No habías desaparecido para siempre? Cuéntame qué ha sido de tu vida, ¿Dónde estás? ¿Estoy preparado para oír la verdad? Mejor habla de temas insignificantes, me gusta escucharte mientras duermo. Si te cansas, no te vayas. Ven, acuéstate a mi lado, déjame protegerte entre mis brazos. Por la mañana voy a despertar primero a extasiarme con tu desnudez hasta adivinar el instante mágico en que regresa tu alma al cuerpo. Por favor, dile a Carlos que se vaya, él no tiene nada que ver contigo. Quiero ver cómo la energía activa tu aura y se hace la luz.

Lo vendo todo. Me importa poco deshacerme del carro, siempre lo he visto como un bloque de hielo caro que se derrite, en seis o siete años no valdrá nada. Con la casa es distinto. Hace una década la elegí al sentir algo de mí en ella, o tal vez fue la casa misma quien me eligió. Con el cheque de su venta en la mano descubro el motivo que me decidió a comprarla en el pasado: está construida a la salida del pueblo, al borde mismo de un camino. Una casa construida al borde del camino no es para vivirla siempre porque tiene la profecía del abandono escrita en sus genes. Hoy regreso al camino y me alegro de recuperar la incertidumbre.

Compro un boleto de avión a La Habana. No poseer nada material libera, debí hacerlo antes. El viaje se antoja sin retorno otra vez. Es idéntico al de hace dos décadas, pero en sentido contrario. Vaya locura, me gustaría encontrar a alguien que me convenza de mi proceder ilógico. ¿Qué sentido tiene enfrentarme al pasado en una búsqueda inútil? Invoco a los ángeles salvadores y no aparece ninguno porque el destino, que acecha detrás de cualquier esquina, disfruta cambiarme las cartas. ¿Cambiar las cartas?, lo que ha hecho es cambiar las reglas del juego en medio de la partida y eso es injusto. No tengo, sin embargo, ni voz ni voto y aunque descubro la trampa en sus manos ágiles, le sigo el juego por malicia, por diversión macabra o por la curiosidad de conocer mi final inevitable. ¿Por qué demonios decido las cosas sin pensar?

Desde el día en que salí hace 20 años, no he vuelto a Cuba y me gustaría decir que no hace falta porque no se me ha ido nunca de adentro, pero ya estoy viejo para mentiras piadosas. Quisiera volver como cualquier inmigrante que regresa a su origen. La lluvia flota todavía y mi piel se impregna de un color gris húmedo con olor a musgo tierno que me da ganas de vomitar. Todo lo que poseo se esconde en una simple maleta, que no me importaría perder. Mi tesoro va bien guardado a partes iguales entre mi mente y mi corazón, ¿trabajarán juntos esta vez? Si lograra la fórmula para que lo hicieran siempre así, no hubiera manera de fallar. Los problemas de la vida suceden si el cerebro y el corazón piensan diferente y no decidimos por quién apostar. Una lástima que no se pongan de acuerdo a menudo, ¿quién puede poner de acuerdo a un caballo desbocado con su jinete? Cuando mi bestia se desboca, el pobre jinete pasa de dominador a dominado.

Dejo al taxista con sus quejidos acerca del clima y entro al aeropuerto. En el audio escucho las advertencias de rutina, recuerdan a los pasajeros no dejar las cosas de valor descuidadas. Te abrazo como si al hacerlo evitara que te alejes otra vez. Me acaricias el hombro después de chequear el equipaje.

—Estás loco, Antonio, no sabes ni por dónde vas a empezar a buscarme —dices con cara de preocupación y olor a menta.

Es verdad, ¿no enviarás una pista de cómo encontrarte? No dejo de mirarte a los ojos. ¿Es una pregunta o una afirmación? No, no parece una pregunta. Te puedes ir Carlos, por favor, no jodas más. El olor a yerbabuena inunda toda la sala de espera.

—Siempre hallaste la forma. —Sonríes—. No me decepciones. No olvides que contigo lo imposible siempre termina por suceder.

Claro que me acuerdo. ¿Habré perdido ese don? Nada es para siempre. Desprendes una alegría tan contagiosa que no comprendo cómo te fijaste en alguien tan simple como yo. Apenas tengo 18 años y acabo de terminar el preuniversitario. Tú, cinco años mayor, estudias el último año de Cibernética Matemática en la Universidad de La Habana.

Nos presentan en la casa de Carlos, otra vez Carlos, me cago en su madre. Vivía en un apartamento de arquitectura socialista situado en las calles Tercera y G, frente a la estatua ecuestre de Máximo Gómez. Ese día el muy cabrón me emborrachó a propósito. Sus plantas de yerbabuena crecen en todas sus ventanas. Eres de Gibara en la provincia de Holguín. Te han criado tus tíos, pues tus padres habían muerto en un accidente cuando eras una niña y no piensas regresar nunca a tu pueblo junto al mar.

Acabamos de salir de la fiesta en aquel edificio de aspecto tétrico. No me explico cómo logro acompañarte de regreso a la residencia estudiantil de las calles 12 y Tercera, en el Vedado. Caminamos sin hablar, con el muro del Malecón a la derecha. El salitre se mete en mis poros, las olas saltan varios metros por encima de mi cabeza convertidas en minúsculas partículas de agua que me espabilan. Tu lengua recoge la sal de tus labios carnosos. El mar no deja de susurrarme que intente arrancarte el beso y lo ignoro, pero él, molesto, insiste y choca violento contra la roca para mojarme de valor. La brisa me despeina y al girar el rostro, el mar aprovecha mi descuido para gritarme al oído.

—Ahora, cobarde, ¿qué esperas? —rugen las olas.

Indeciso, te agarro con mano temblorosa.

—¿Te pasa algo? —preguntas.

Sonríes porque conoces la respuesta. Estoy loco por ti, eres lo más bello que he visto en mi vida. ¿Habré dicho esas palabras? ¿Habrás entendido su significado a pesar de que salieron en un ciclón que quema las gargantas? Lo he dicho, muy mal y poco convincente, pero lo he dicho. Respiro entrecortado la desilusión. Muy mal intento, imposible lograr algo positivo.

—Lo siento, Antonio. —Tu rechazo se dulcifica—. Me caes bien, nada más. Discúlpame.

Te escucho y no puedo evitar llorar en esta silla incómoda del aeropuerto. ¿No tendrás algo tú con Carlos y por eso me rechazas? La pérdida es de color violeta. ¿Se puede perder acaso lo que nunca se ha tenido? Una ola de tristeza aparece de la nada en ese mar transparente que es mío y tuyo e insondable lanza su carga de derrota sobre mí. Me frustro, mi corazón se paraliza, el jinete vence a la bestia, que duda entre el latir o en el detenerse para siempre. Abro de golpe la boca para coger aire y vivir, aunque sea unos minutos más.

¿Por qué no me lanzo ahora mismo al mar y me pierdo lo más profundo posible donde no me halle nadie? ¿Sería eso un suicidio? Si la bestia no piensa puede acabar con todo. Las lágrimas incontrolables inundan mi rostro. ¿Qué hago? ¿Seré imbécil?, los hombres no lloran. ¿Cuántas veces me lo dijo mi padre? Menuda bestia de mierda que también se pone sentimental, eso no ayuda. No sabes qué decir, no comprendes lo que sucede, apenas nos conocemos. Seguro te preguntas: “¿De dónde carajo salió este hombre que me quiere enamorar y se pone a llorar?”, rarito el niño. ¿Cómo puedes entender lo que significas para mí? ¿Qué significo para mí? Lo mejor que hago es intentar salvar los muebles antes de tirarme al mar.

Debería decirte que soy de emociones fuertes y que en los próximos 20 años se me pasa, pero parece estúpido. Si hablo, mi voz saldrá entrecortada por los gemidos, mejor reír, aunque salga una sonrisa anacrónica, tal vez una mueca.

El amago de chiste no da resultado. Me arranco las lágrimas con la palma de mis manos, con dureza para mejorar la imagen de debilidad que transmite el llanto. No quiero decirte que te he amado siempre, porque no lo vas a creer. Las verdades más innegables son las más difíciles de entender. A veces no conocemos a alguien después de compartir media vida y solo necesitamos una mirada para estar seguros con una persona nueva.

—Vamos, que es tarde —dices en un suspiro.

Sonríes y tomas mi mano para cruzar solos la calle Malecón. Siento tu piel cálida e imaginar una caricia me ayuda a recuperarme. Con poco me conformo, apenas una mano. Reconforta la idea de haberlo pretendido, a pesar del resultado nefasto. Reconocer que algo se pudo alcanzar y no se logra por no intentarlo es el más duro reproche que se puede recibir, sobre todo si es demasiado tarde.

En el lobby del edificio de estudiantes me despido de la mejor manera posible. Está bueno ya de drama, reconozco mi derrota con una caricia en tu rostro de mi mano izquierda, la que usa el jinete para dominar a la bestia. El adiós sale como murmullo de riachuelo. ¿Tendré opciones de volverte a ver? Mejor no me hago muchas ilusiones y me apuro para evitar otra recaída de tristeza y salvarme del chapuzón. Una depresión excesiva imposibilitaría incluso un suicidio decente. Seguro que tienes algo con Carlos. Camino sin saber hacia dónde dirigirme, da igual, la derrota espera en todos lados. El fondo del mar sería perfecto. Necesito alejarme, de los tragos amargos se sale rápido.

Dos días después, apenas he avanzado 15 pasos. Tú sigues en el mismo lugar, observas sin entender qué ha sucedido. La noche se ha detenido en un suspiro desilusionado. El murmullo del agua apenas se escucha.

—Antonio, espera —resuena tu voz a mis espaldas.

Tus pasos resuenan en la noche. ¿Qué haces?, me vas a hacer llorar otra vez. No sigas, es de noche y el agua del mar está muy fría. Llegas frente a mí distinta: tus ojos le han robado la sonrisa a tu boca.

—No sé cómo lo has hecho, pero ahora que te alejas, me crecen unas ganas enormes de volverte a ver —hablas, brillas.

¿Qué sorpresa es esta, por Dios? El beso inesperado aparece y la bestia tumba al jinete. El olor a yerbabuena logra que me olvide del musgo fresco. Afuera todavía sigue la llovizna sin caer y el avión está retrasado por el mal tiempo. No salgo de mi sorpresa. Te jodiste, Carlos. Labios, lengua, deleite, perfume, no pares. ¿Qué es ese sonido ronco? Afino entonces mis oídos para escuchar mejor al mar.

—Te ha dado un beso de amor, Antonio, un beso de amor. —Suena el grito de la ola contra la roca.

El punto débil

(Fragmento de novela homónima)

Leandro Calle (Zárate, Argentina, 1969) Poeta y traductor. Reside en Córdoba. Docente universitario. Sus últimos libros de poesía son: entonces (Alción Editora, 2010). Blasfemo (Alción Editora, 2013), animalia urbana (Dínamo poético, 2014), elijo (Alción Editora, 2017), país (Alción Editora, 2018) y Nadar en las aguas de piscis (Colección Alfabeto del mundo, Ecuador-Venezuela, 2022). En 2020, la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), publicó una antología que reúne veinte años de poesía: Algo que arde. Antología poética 1999-2020. Ha traducido a Guy de Maupassant, y a los poetas marroquíes Abdellatif Laâbi, Siham Bouhlal y Miloud Gharrafi. También a los poetas francófonos Anissa Mohammedi (Argelia), Véronique Tadjo (Costa de Marfil) y Gabriel Okoundji (Congo Brazaville).

Puede adquirir el libro aquí: El punto débil – Ilíada Ediciones, 2022


Uno

El comisario inspector Ortiz, abrió los ojos y se llenó de oscuridad. Apenas si pudo distinguir un haz de luz. Luego vino un fuerte olor a nafta y más tarde un dolor agudo en la nuca. Pensó que soñaba. Iba a cerrar los ojos para conciliar el sueño, pero el traqueteo del vehículo lo hizo reaccionar. Manos esposadas, pies atados y una mordaza en la boca que por suerte no estaba muy ajustada. Trató de darse vuelta, pero había otras cosas allí. Una lata de aceite, una caja de herramientas, una rueda y trapos sucios. Tardó unos minutos en darse cuenta de que estaba en el baúl de un coche. ¿Cuánto tiempo había permanecido allí? Le dolía la cabeza, arriba de la nuca. La puerta del baúl tenía una hendija por la que se filtraba algo de luz. Junto con la luz, apenas perceptible, partículas de polvo flotaban por el aire. ¿Era de día o de noche? Hacía calor; sin embargo, si hubiera habido sol, desde la hendija podría percibirse el haz de luz con mayor intensidad.

El coche daba demasiadas vueltas ahora. Ortiz estaba boca abajo y el vehículo se movía demasiado. Le vinieron ganas de vomitar y vomitó. Una vez, dos veces y hasta tres. Maldita mordaza, pensó para sus adentros el comisario inspector Ortiz, que le había hecho tragar parte de su vómito para volver a vomitarlo. Un olor nauseabundo y un líquido viscoso le recordaron los tallarines que había comido ese mediodía. Después de todo, vomitar no le había hecho tan mal, había recordado algo. Los tallarines en su casa, comidos a toda prisa a las dos de la tarde. Entonces, se dijo el comisario inspector Ortiz, ya debe ser pasado el mediodía. Por la hendija de la puerta del baúl se colaba un haz de luz y partículas de polvo que enrarecían el lugar. Ortiz trató de darse vuelta, pero no pudo. Hizo un esfuerzo sobrehumano y consiguió quedar de costado. En ese momento, el coche frenó de golpe. Ortiz se fue hacia el fondo y su cara pegó contra la lata de aceite. Se desarmó en una puteada ronca e inaudible que hizo todo lo posible por atravesar los tejidos vomitados de la mordaza. ¿A dónde mierda me llevan?, pensó. Las curvas y contra curvas habían terminado y ahora parecía que el camino era recto y tranquilo. Sintió cómo el coche aceleraba.

Le seguía doliendo la nuca. ¿Qué fue lo que pasó? Un golpe, sí un golpe. Salió de su casa y todo se volvió negro. Sí, ahora lo recuerda. Comió los tallarines, fue al baño y luego salió. Después, todo fue negro y, más tarde, el haz de luz por la hendija de la puerta del baúl. Un culatazo, pensó Ortiz, pero ¿quién mierda se atrevería a darle un culatazo al Comisario inspector Ortiz? ¿Quién? Sintió nuevamente ganas de vomitar y trato de respirar profundo para contener el vómito. Reflexionó un poco sobre su situación y supo que alguien evidentemente había sido capaz.


Esa mañana había estado con el Moncholo y con el Subcomisario Hernández. ¿Para qué mierda lo había hecho llamar al Moncholo?, se preguntó Ortiz. El Moncholo sólo aparecía para los trabajos sucios. Seguramente le había encargado algún trabajo sucio. El coche aceleró y el comisario se dio cuenta de que estaban por una ruta bien asfaltada. ¿Dónde carajo me llevan?, pensó. Ya un poco harto de la situación, del olor a nafta, y de la lata de aceite que cada tanto insistía en golpearle la cabeza, Ortiz pateó con fuerza la tapa del baúl como si fuera una cabra. El coche no se detuvo. Insistió un par de veces y se dio cuenta de que hacer eso no tenía sentido alguno. Entre tanto, se acordó que el Moncholo le había mostrado unas fotos. Las fotos del juez Leiva. Pero eso había sido hace un mes atrás. Leiva saliendo de su casa, Leiva entrando a Tribunales, Leiva tomando un café, Leiva hablando con su chofer. Leiva, siempre Leiva. Se le vinieron a la mente un montón de fotos del Juez Leiva. Nada había de comprometedor con esas fotos. Pero ¿por qué el Moncholo había venido a la oficina? ¿Cuántas veces, cuántas veces le había dicho? Nos comunicamos por el mail común. Pero el Moncholo quería ser policía, le gustaba aparecer, mostrarse. Ortiz recordaba la forma que había encontrado para comunicarse sin verlo. Había creado una cuenta de correo electrónico, un gmail. Los dos tenían la contraseña. ¡Se lo explicó tantas veces al Moncholo! Vos entrás y escribís en borrador, y repetía, en borrador ¿entendés? No mandás nada, no enviás nada. Luego yo entro y te escribo en el borrador sin enviar. Vos entrás y leés. ¿Te queda claro? El Moncholo decía siempre que sí, sobre todo cuando Ortiz levantaba la voz. Pero al Moncholo nunca le quedaban claras las cosas. Así que de vez en cuando aparecía por la comisaría. Leiva, repetía mentalmente Ortiz hasta que ató cabos.a semana pasada lo había llamado su amigo de investigaciones. Todo comisario tiene algún amigo en inteligencia. Lo estaban investigando. El juez Leiva tenía algunos datos más o menos precisos acerca de la corrupción de la policía y ahí entraba Ortiz. Desde hacía mucho tiempo, el comisario manejaba una suerte de sistema de coimas que le generaban buenos dividendos. La mayor cantidad de la guita se la quedaba él. Otra parte más o menos gruesa iba para el subcomisario y el resto se repartía entre la muchachada. El sistema estaba bastante cerrado y era inexpugnable. Ortiz se había encargado de que todos los que pasaban por la Comisaría alguna vez hubieran “puesto los dedos” como decía él. Todos en algún momento habían participado. Era cuestión de no dejar un policía limpio. Si estamos todos sucios, decía Ortiz, nos vamos a saber cuidar entre todos. El Moncholo iba por otro lado. Estaba sucio de nacimiento. Villero, soplón, golpeador y cocainómano. Ortiz lo conoció en un allanamiento, pero se dio cuenta de que lo que tenía ante sus narices no era un pez gordo, si no un eslabón bastante menor de la cadena. Había que hacerlo cantar al Moncholo y el Moncholo era duro, duro e inteligente. Fue negociando de a poquito. Ortiz se dio cuenta de que tenía un aliado a futuro. El Moncholo entonces hizo de matón, de soplón, de detective barato y hasta de policía. Pero la relación siempre fue directa. Ortiz no quería vincularlo con la institución bajo ningún concepto. De alguna manera, el Moncholo era como un perro fiel, de esos perros malos pero fiel. En cinco años le demostró que podía confiar en él, siempre y cuando hubiese algo a cambio y Ortiz pagaba bien los servicios prestados.

Cuando el Comisario inspector Ortiz, se enteró de que Leiva estaba metiendo el hocico en sus asuntos le escribió al Moncholo y concertó una cita. Solían juntarse en un bar bastante lejos del centro. Un bar de morondanga en las periferias de Córdoba. Era un lugar que no estaba marcado por nadie. Quiero que me averigués en qué anda el Juez Leiva, le había dicho el comisario, mientras le pasaba un sobre de color marrón con datos y detalles del magistrado. Ya sabés de qué se trata, dijo Ortiz. Hay que buscarle el punto débil y todos tenemos un punto débil. Pero no te apresurés. Si encontrás algo avísame por mail y vemos de juntarnos. Anda con pie de plomo que la cosa está jodida.

En estas ocasiones, el Moncholo ni siquiera respiraba. Era un soldado ciego. Escuchaba atentamente, agarraba el sobre y comenzaba a laburar.

Ortiz repasaba mentalmente las fotos que le había traído el Moncholo. Venían a su mente las imágenes que luego se desmoronaban como un castillo de naipes para desaparecer. Leiva y su hijo de siete años saliendo del colegio, Leiva jugando al golf, Leiva saliendo del cine, Leiva en un acto político, Leiva en la misa de domingo. ¿Con esto no hacemos una mierda?, pensó Ortiz. Hay que hacer un seguimiento más fino, todos tenemos un punto débil. En ese momento, el Moncholo separó las fotos y señaló la que Leiva estaba con su hijo. No, dijo el comisario. Por ahí no. Buscá algo que lo avergüence, algo que lo haga callar sin que nos perjudique. Si no encontramos nada, le secuestramos el pendejo. El Moncholo recogió las fotos y se fue.

Todavía sentía el regusto ácido del vómito en la boca y los recuerdos se le apelotonaban en la cabeza. Por momentos venían todos juntos y luego se iban y le quedaba la mente en blanco. Le pareció que se había adormecido un par de veces. Le dolía la cabeza. Mucho. Un dolor puntual arriba de la nuca. ¿Estaría cortado? Le pareció que sí. Entonces pensó que había perdido sangre. ¿Tan fuerte lo golpearon? Gente de Leiva, seguro. Ortiz pensó que le querían cagar el negocio. Esto debe ser una mejicaneada de mi amigo de inteligencia. Tendría que haber repartido algunas migajas por esos lados.

El coche se detuvo. Ortiz comenzó a dar patadas al baúl, pero apenas si podía mover los pies. Intentó gritar, pero tampoco podía. Insistió con los golpes hasta que le dolieron las piernas. Se sosegó y trató de darse vuelta para ver si podía mirar por la hendija. Fuera era completamente de noche. Pensó que seguramente estaba en el campo o en las Sierras de Córdoba porque no había escuchado mucho ruido.


El coche arrancó y entró por un camino de tierra. El traqueteo le hizo recordar a Ortiz que hacía dos días el Moncholo le había dicho que había encontrado el punto débil del juez Leiva.

Una vez por semana Leiva viajaba a la ciudad de Río Cuarto a dar clases. En el camino de vuelta, paraba a dormir en algún pueblo. El Moncholo había hecho un buen seguimiento. Leiva paraba en distintos pueblos y a distintas horas. Era evidente que esos días no pretendía volver a su casa. Era evidente, además, porque después de que Leiva entraba al hotel, aparecía un Renault Clío gris con la misma patente siempre y se bajaba una señorita mucho más joven que él.

Ortiz recordó ahora perfectamente las fotos de la mujer del Renault Clío. También recordó que llamó a su amigo de inteligencia y le pidió que le concediera algunos favores. El Moncholo era bruto en cuestiones tecnológicas, pero junto con el subcomisario Hernández llegarían a hacer un buen trabajo. Ortiz les tenía confianza. Leiva no paraba siempre en los mismos pueblos, pero sí en los mismos hoteles, así que era cuestión de esperar. Eligieron el hotel más chiquito, el que menos conflictos presentaba. Lo llenaron de cámaras. Costó trabajo, pero lo lograron. Era cuestión de esperar. El juez Leiva se tomó unos días de vacaciones y el Moncholo se mordía los labios de la bronca.

Cuestión de esperar mascullaba el Moncholo. Ortiz sonreía mientras le decía: todos los hombres tenemos un punto débil, es cuestión de encontrarlo.

La espera dio sus frutos. ¿Cómo había sido? se preguntaba Ortiz entre el olor a nafta y el polvo que entraba por la hendija de la puerta del baúl. El Comisario Ortiz, tosió con fuerza y otra vez sintió el regusto del vómito añejo que se había secado entre la boca y la mordaza. Le vino súbitamente una arcada que pudo controlar. Junto con la sensación del vómito vinieron también los recuerdos.

Ya se acordaba. Leiva tenía una suerte de salidas higiénicas y por precaución cambiaba los lugares donde se quedaba a pasar la noche. Normalmente era el jueves de cada semana. El comisario Ortiz, imaginó al juez Leiva dando explicaciones de las ausencias a su mujer. La coartada la tenía por las clases que daba en Río Cuarto. Imaginó a ese hombre flacuchento y espigado decir que tenía reuniones importantes, que la cosa no andaba bien para los jueces, que la política, que esto y aquello. Lo cierto era que Leiva ya había mordido el anzuelo.

Encontré el punto débil, había sido el mensaje del Moncholo en el borrador del correo electrónico. Esta vez no eran fotos, así que Ortiz decidió no juntarse en ningún lado y esperar una copia para observar tranquilo en el escritorio de su casa. El Moncholo le dejó la copia en el bar de siempre, dentro de un paquete con libros. Cuando todos dormían, el Comisario Ortiz entró a su escritorio con un vaso de whisky en la mano. Encendió su computadora, cerró bien la puerta, bajó el volumen de los parlantes y se dispuso a ver cuál era el punto débil del juez Leiva.

Popurrí

(Fragmento de novela homónima de próxima aparición en Ilíada Ediciones)

Bernardo Javier Castro Reyes (Puerto Padre, Cuba, 1975). Poeta, narrador y artista del performance. Entre otros galardones obtuvo premio en el III Salón de Arte Erótico UNEAC- Las Tunas, en 2009 por su Performance “Reservado de Manuela”. Entre 2002 y 2005 fue miembro del Taller Literario “El Cucalambé”. Ha trabajado como promotor cultural en la Dirección Municipal de Cultura de LasTunas y como Especialista de Promoción Teatral en el Consejo Provincial de las Artes Escénicas. Actualmente es productor teatral en los grupos Huellas, Kaos Teatro y Total Teatro. En 2018 publicó el libro «Cuentos Cínicos», por Ediciones Santiago. En 2020 Ilíada Ediciones publicó su poemario Miscelánea.


Después del túnel abrí los ojos, respiré ¿De quién soy? ¿Cuál familia es esta? ¿A qué banquete me invitan?

Una voz misteriosa dijo: Eres la hija de la brisa y el fuego. El clamor del verano. La savia de la planta que da frutos abundantes a su tiempo. Eres la ligereza del pájaro, el buen gusto. El regalo en quien todos se verán y en todos te veré.

Nunca más el túnel.

Nunca pienses nunca más. Ni el túnel ni tú. Ni tu respiración, ni tus ojos, ni lo que miras. Ni tus actos. Nada es verdadero, sólo aquello al final de la oscuridad. Te invito a que lo descubras.

El árbol de ancha sombra me cobijaba. Sentí que una sutil fuerza me puso de pie, di los primeros pasos: Floté en un manto de flores silvestres, al abandonar en el fango el miedo que me impedía volar.


Natacha

Salió de Puerto Padre una mañana lluviosa de mayo en la colmillo blanco destino Matanzas. El pelo recogido en un haz de pensamientos contra la indiferencia y la miseria del pueblo que dejaba atrás. Sabía que era un viaje sin regreso, aunque volviera y edificara un castillo a sus nostalgias junto al mar y a los barcos. Aunque se comprara una finca (no muy lejos) y con el paso del tiempo, se convirtiera en la doña Bella de la región, protagonizando una historia similar a la telenovela que tuvo paralizado al país tantos meses.

¡Ay Cabrona!

Sabía que irse a Varadero significaba perder la tranquilidad, sus doce horas de sueño, el ardor de los convictos que la visitaban…

Sabía que era renunciar a sus carreras (desnuda) por la costa, a sus visitas a casa de tía Aurelia. Tata, cariñosa y comprensiva. La que más le daba ánimos para irse y no mirar ni un segundo la herencia de blasfemias…  

¡Maldita cruz a los veinte años, vaya que le costaba cargarla! O tirarla en la primera cuneta que viera y a desahogarse en un lugar diferente. Abierta a las oportunidades, Oh, salir del hueco y no dejar deudas. Hazte invisible, dijo Tata Aurelia al entregarle el pote de miel bajo la mata de caimito. Llama la atención brevemente cuando salgas. Después que atrapes a la víctima, te escondes y le das a beber agua con esta miel. Un día me dirás si da o no resultado.

Salió por el campo de maíz creyendo en firme que un nuevo camino se abría a sus pies, así lo decía Tata y ella nunca se equivoca. Además, con probar nada se pierde. En Puerto Padre no pasaba de ser una vendedora de café mal vestida y hambrienta, carajo, viendo pasar por su calle a muchachas elegantes de la mano de algún ricacho, rumbo al aeropuerto.

¡Había que moverse en otra dirección!

Camaroncito que se duerme, se lo lleva la corriente, declamó Anita arreglándose las uñas. Hojeaba una revista de modas. Descruzó los brazos, observando a la muchacha. Iba a una cita con el capitán del barco filipino que entró al puerto ¡Ya tiene una hembra jugosa para engañar las noches en tierra lejana!

No regresaría, aunque tuviera que volver cientos de veces. ¡Burla!, ¡Maldición! Estaba harta. Aguantó durante años, pero el tiempo de dar el salto había llegado. Anita no entendió la despedida. Simplemente, adiós, perra, que te encuentren bien y te complazcan. ¿Oye, qué volá? Where do you go? 

Besos, colmillo blanco, mano en el cristal.

Dos tragos de guachipupa en el estómago, tres noches sin dormir.

Adiós, porque no hasta luego. Ya no nos pintaremos las uñas juntas, no iremos a las descarguitas con los novios del momento. No oiremos en tu grabadora los casetes de Luis Miguel y Vico C. Adiós, perra. Si te olvidas de mí, mejor. Haré lo posible por olvidarme de ti, mi única amiga. Haré lo posible por olvidarme de todos.

Tata lo decía: Ella no pertenece al puerto, ni al susurro de las olas. Ella sabe que hay que dar un paso firme, si en verdad quieres algo que valga la pena. Ella lo esperaba. Era como un ave sin rumbo en sus deseos más oscuros. Como vampira chupando la energía de los otros. La de boca grande y piernas blanquísimas, un manjar para los cerdos.

—Amárralo, hazle el trabajo bien, no te momees. Aquí no hay de otra. Sí o sí. No me vengas con cuentos de camino o con una barriga. Sabes que, si llegas así, te acepto y lo criamos o lo que sea, pero, musa… Has las cosas bien, sigue mi consejo que no te vas a arrepentir.

El día de mañana me lo agradecerás.

Vienen tiempos difíciles y estoy muy vieja pa’ estar aguantando paquetes.

—Ay, Tata

—Nada, pa’lante

—Sí o sí, Tata

—Y recuerda, no te cambies ni te vendas por basura.

Se acomodó en el respaldo. Miró la noche en movimiento a través del cristal ¿O era su movimiento arriesgado en la noche? Tarde para arrepentirse. La colmillo blanco entraba en Santa Clara. Sabía que era un viaje sin regreso. ¿Dejo algo de valor? La tía le había dicho que ni en ella pensara, que borrase el casete: Sigue tu camino, métetelo en la cabeza: Nunca más vendedora de café, ni aguatera en los campos del preuniversitario. Nunca más la mamalona de los reclutas por cinco pesos. ¡No! Esa etapa ya fue. Ahora, mijiiiita, afínquese. Los ojos de la bruja se le aparecieron en la oscuridad al salir de Santa Clara. Ay, Tata, sí, vas conmigo. Píntate el moño de rojo, se te ve mal canoso. Ah, si un día me va bien, te voy a poner a vivir como una reina.

En Matanzas experimentó angustia (al entregar el paquete a la flaca desgreñada y comerle cuatro tamales con fricasé de ovejo) se despidió en un “Cuídese, escríbale a mi tía”.         

—Suerte, nena, que te vaya bien. Gracias por las yerbas, Aurelia siempre tan atenta —Un diente negro le bailaba en la boca.

Contempló la casa de tablas y techo de tejas al lado del puente en derrumbe. Tuvo deseos de vivir allí. Primera vez que estaba en Matanzas y le gustaba su aire limpio y fresco. Hubiese entrado a la casa y, una vez en la sala o en el patio, la reclamaría como herencia… Si fuera presidenta del país o de la Asamblea Popular: traslado de sus moradores a una propiedad confortable y digna. Esa casa le gustaba de veras. El puente y la idea de vivir allí por tiempo indefinido. ¡Qué burrada! Siguió caminando en dirección a la terminal de ómnibus. De Matanzas, en una Icarus, a Cárdenas. De Cárdenas a Varadero, en taxi.

Olga estaba esperando en la casa del portal enrejado en figuras de madera, viejo diseño de cuando aquello fue un escondido litoral y algunos postores levantaron las primeras residencias de veraneo. La playa no importaba más que para los que la descubrieron y veían sus bellezas y potencialidades. Otra cosa fue la inversión a largo plazo del Gobierno, que demoraría décadas en consolidarse.

El enrejado estaba podrido en las esquinas y tocando el techo.

La mulata salió a la acera en jeans y blusón rojo, le babeó dos besos en cada mejilla y le dio un apretujón de judoca.

Primera vez que veía un implante de pelo blanco. Olga medía seis pies. Ojos verdes como las hojas del limonero. Un encanto. La delicia puesta en venta en el clandestinaje de 1990.

—Sapisapi, ese es mi nombre aquí. No te presentes con tu nombre, ¿sabes? Debes ponerte un apodo antes que te lo pongan. Y date a conocer por los lugares que te voy a llevar después de las doce, nunca trabajamos de día ni cerca del hotel o de la playa. Cucha bien: a la playa vamo a bañarno. Si alguien te pregunta de dónde eres, o tu número de carné… le dices que estás de visita en casa’e tu tío. O de luna de miel, o cualquier cosa por el estilo. No puedes decir que viniste porque viniste, ahí te joden.

—De acuerdo.

—Sapisapi, llámame así a partir de ahora.

—Mire usted, Sapi.

—No, Sapisapi.

—¿Y ese nombre de cutarera?

—Me gusta, pepilla. Tú tendrás que llamarte Lucy.

—¡Eh!

—Sí, un buen nombre. Coralia o La Cestera, dale, tú escoge. El tape que te buscamo es vender cesto en el negocio’ el socito. 

Un hombre robusto salió al portal con dos vasos de limonada, los puso en la mesa de mimbre, se tocó el panzón bostezando y dijo: Voy pal’ agua, qué carajo. Salió calle arriba con su short de palmeras, los brazos peludos y las piernas afeitadas. Primera vez que veía unas piernas masculinas afeitadas. Le dio risa la calva brillando al sol, aquel tanque Sherman que trotaba metiendo los pies en la arena. ¡Ahorita vamo!, gritó Sapisapi.

Carne fresca y olorosa pa’ los turistas. A discotequear, siempre hay uno que se muere por ti.

—En este oficio hay que ser paciente, como Isolina Carrillo, que se pasó no sé cuántos años pa’ escribir “Dos Gardenias”. Ya está, con una sola canción se hizo famosa y le ha da’o la vuelta al mundo. Tengo mi propia melodía y todo se hace a mi tiempo. Hay que aprender de la gente grande. Por si acaso, fumando espero al gallego que más quiero, y mientras fumo, bueno, vendo esto y lo otro… me desplazo en tres direcciones a la vez, que no estudié por gusto… a mí no me echan con espuela’ e pineo, mi vida.

Escuchaba a la mulata como una discípula talentosa frente a la ingeniera en los retruques de la isla. Parecía el ideal balzaciano de la percepción. Un acoso a los europeos (en tanguitas por la playa, moviéndose cachonda, venga, venga, le compraban helados, le hacían invitaciones). Los mato con el chachachá. Oe pepilla, tienes que verme moviendo el culo delante de esos blancones… te miran como un flan. Son rubios y ojiazules, de espaldas anchas. Bellos con barbas, lampiños, Ah, me los he comío de todos los colores.

—Cabrona.

—Prepárate, si quieres progreso, te la tienes que pelar. Lo de los cestos y las figuritas es un tape de día. Aquí hay mucho control, ahora más que están haciendo hoteles nuevos y dale Juana con la cantaleta del retén y el pasaporte. Las cosas están cambiando. Dicen que van a entrar más turistas, van a despenalizar el dólar… aunque fíjate: en Varadero el dólar camina siempre, esto es otro país.

—Me gusta.

—Y eso que llegaste hace poco y no lo has vivío. Deja que le cojas la vuelta, ¡pero de verdá!

—¿Cuánto llevas aquí?

—Dos años y medio, ya quiero hacerme una casa.

—Usted sí que tiene esperanza, lucha. Tengo que aprender de vos, hermana.

—Prefiero la fe. Con la esperanza te caes a la menor agitación, pero la fe es otra cosa. Con voluntad logras lo que quieres.

—Si usted lo dice… ¿Ni aquí en el cuarto puedo llamarte Olga? ¿No puedo cantarte “Olga, la tamalera”?

—Así no vale, mi querer. Somos profesionales, no cometas una indiscreción.

—Pero no me pongas esos ojos así, parece que me vas a matar.

—Ponte pa’ la cosa que el da’o está malo. 

Juego de cartas. Entra el aire caliente por la puertezuela, canciones de Oscar de León.

—Ese dominicano es fanático a Melao de Caña, la oye como trenta veces al día.    

—Vamo a decirle que lo cambie.

—Pepilla, compórtate, no estás en tu barrio ni mucho menos.

A beber té y a comentar los juguetes que una italiana vende seis cuadras abajo.  

—¡Sí! He tenido de esos, no será la primera vez que me compre uno —sonríe, apretando los muslos. Mata un mosquito en el pareo color naranja. 

El señor Delgado recordaba las aventuras de una princesa congolesa que terminó como pulsera en Jamaica. Pasaron las horas y las risas. Viento del Norte. Viento del Sur. Proyecciones, un negocio legal, no tengas miedo. El caso Ochoa y los otros. La barbarie en el Oriente Medio. Los rusos están medio blanditos. Jajajá Jijijí Jojojó. ¡Tumbaron el muro de Berlín! Dicen que Mandela es un héroe en Sudáfrica. ¿Y los chinos qué? ¿Y los yanquis? ¿Y ahora qué va a pasar?

Unos tragos de ron Santiago oyendo Nocturno.

A Sapisapi le hacían reír las canciones de sus padres cuando se conocieron en la manigua, la voz engolada del locutor, las ocurrencias de la guajira tímida y mal hablá.

—Es las doce, mulata, arriba.

Cogieron las jabas y salieron en bicicletas por los árboles de ramas en el piso. Oscuridad total en el sendero.

Cien libras de café.

Olor a mar.

Viento del norte.

—Si nos cogen con esto, sabes que nos parten al medio ¿no?

—¡San Sereníco!

—No está de más rezar. Me llevo bien con el jefe’ e sector, pero si nos coge en el brinco… Que se quede con todo, yo le doy el culo y tú también… Que nos bote de aquí, pa’ salir suave.

—Mulataaa

—Sapisapi

—A mí nunca me la han metío por ahí.

—¿En serio?

—Nunca

Se rio de lo lindo bajando la jaba de la parrilla. Entraron al garaje, Natacha quejándose con su carga en la espalda.

—Lucy. Ese es tu nombre de lucha a partir de ahora. Y atiéndemeee, quiero deciiirte algoo…

La leyenda del río

(Fragmento de la novela homónima)

Frank Correa (Guantánamo, Cuba, 1963). Escritor, poeta y periodista. Autor de las novelas Pagar para ver (Latin Heritage Foundation, Estados Unidos, 2011), Larga es la noche (República Checa, Premio Internacional Franz Kafka de novela, 2012) y Un rey sin corona (Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2021). Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y del Club de Escritores Independientes. Es reportero de la revista audiovisual independiente ADN Cuba. Actualmente reside en La Habana.

Puede adquirir el libro aquí: La leyenda del río – Ilíada Ediciones, 2022


UNO

Lo llamaban Rascacio y la insolvencia era su  talón de Aquiles. Vivía en una casucha junto al mar en Jaimanitas, con su esposa Amatista y una hija de tres años llamada Zafiro. Su oficio consistía en bucear en las playas todos los días, tras las prendas que por descuido pierden los bañistas.

En medio de la dura crisis que azotaba a Cuba, muchos jaimanitenses como él sobrevivían además de la pesca y la venta de calandraca, de bucear en la arena del fondo tras las prendas de oro y plata y el dinero perdido.

Era un trabajo sumamente duro: Con careta y snorkel patalear duro para mantenerse sumergido por un buen tiempo y tener la fuerza suficiente para abanicar el fondo con un guante de madera en forma de pala, para subir lo sólido con la revoltura. 

A veces Rascacio se iba con el grupo de buzos a las playas del este: Bacuranao, Jibacoa, Boca Ciega, Santa María del Mar y Guanabo, donde se podía encontrar mejores prendas, pero él prefería quedarse buceando en La conchita, la pequeña playa de Jaimanitas.

Desde niño Rascacio tenía un sueño recurrente: mientras buceaba, encuentra un cofre repleto de oro y se vuelve rico.

Para salvar su tesoro tiene que matar vampiros con balas de plata, fulminar fantasmas con exorcismos y por último y la peor parte: enfrentarse al pueblo que se muere de envidia.

Con el tiempo, a medida que Rascacio creció, su sueño se fue convirtiendo en pesadilla.

La cantidad de información que comenzó a emerger contra el buzo obligó a la Seguridad del Estado a montar un chequeo y organizar una pesquisa. Entonces tuvo que gastar parte de su oro para maniobrar y salvarse.

Es esa parte el sueño la que se convierte en tribulación y despertaba gritando en medio de la noche.

Lo que más le angustia del sueño es que sus amigos: Pejediente, Atila, Luisón, Chiqui y Joaquinito, son enviados a su casa para arrancarle el secreto, utilizando la amistad de ardid.

Sin embargo, era solo un sueño: en la vida real Rascacio jamás se encontró una cadena, ni una medalla, ni siquiera una manilla. Acertaba monedas de un peso y veinticinco CUC, y una que otra prenda sencilla, que no valía mucho.

Una vez encontró una argolla de oro 14. Y en otra oportunidad una alianza de oro 10, que dio seis gramos en la pesa de Chiqui. Y piezas de oro golfi que vendía como oro 16 después de limpiar y pulir en la piedra de mota verde de Joaquinito, entonces corría a comprar carne de puerco para darles descanso al pescado y al pulpo.

La mayoría de las veces, los días de buceo eran días perdidos. Regresaba a su casa flagelado los huesos por la frialdad del agua y la piel arrugada por la sal, con el saco vacío.

Lo salvaba llevar siempre consigo su carrete de pescar, porque cuando renunciaba a seguir abanicando el fondo inútilmente, arrancaba de las rocas del fondo unos tubos de calandraca, los aplastaba de atrás hacia alante entre el índice y el pulgar obligando a lombriz salir y tragarse el anzuelo, enmascarándolo con su largo cuerpo anillado de color marrón fosforescente, una carnada segura para todo tipo de pez.


Cien días cumplió Rascacio en noviembre sin encontrar nada en el fondo del mar. Ni siquiera un peso macho. Y se vio forzado a desempeñar oficios furtivos para llevar comida a su familia.

Se metió en el agua los cien días hiciera o no buen tiempo, azuzado por el hambre de la familia y la vieja premonición de hallar algo que cambiara su destino. 

Pero después de abanicar el fondo durante el día en vano y desfallecer, pescaba un par de mojarras, o una rabirrubia, y se las daba a su mujer para la comida, entonces se iba con su carricoche y el azadón a ver que trabajito caía: un patio que limpiar o botar basura, para buscar el dinero y pagar las facturas.

Fue durante un tiempo ayudante de Cachimba el soldador, que lo explotaba. Por veinte pesos al día, menos de un dólar, tenía que cargar la planta de soldar y subirla al riquimbili, cargar los materiales, lijar, soldar y pintar rejas durante ochos horas como si trabajara para el estado.

Renunció a Cachimba y se fue de ayudante con Pedro el albañil, que lo explotó aún más. También por veinte pesos debía cargar bloques, arena, piedra, batía mezcla y servía los cubos. Además, dar pico y pala en una fosa que no tenía fin.

Se disgustó con Pedro y se puso a vender confituras en la calle, con su amigo Miguelito melón. Iban de madrugada a comprar la confitura por detrás del telón a los trabajadores de la fábrica La Estrella, en el Cerro, para luego revenderla por la calle. 

Rascacio vendía en Santa Fe, y Miguelito, en Jaimanitas.

Todo iba viento en popa, hasta que la policía los detuvo en la calle por venta ilícita y fueron a parar a la estación de policía. Les decomisaron las mochilas, la mercancía, le quitaron el dinero y además les impusieron multas.

Continuó buceando por la mañana y trabajando en lo que cayera por la tarde esos cien días.

Su esposa y la niña lo esperaban en casa con la misma alegría, llegara con algo en la mano o con el saco vacío. 

El buzo andaba por Jaimanitas en short, descalzo, sin camisa, en una interminable carrera de la bodega al pan, a la carnicería, al puesto de viandas.

Su casucha era lo más parecido a un bajareque que se pudiera encontrar en aquel pueblo de pescadores del noroeste de La Habana.

Estaba enclavada en la orilla izquierda de la pequeña ensenada de Jaimanitas, muy cerca de la desembocadura del río. Frente al hotel El viejo y el mar de la Marina Hemingway, que se hallaba enclavado a doscientos metros en la otra orilla.  

La casucha era de madera y techo de zinc, con una sola habitación que a la vez era cuarto, sala y cocina. En un rincón había una mesa y dos sillas. El baño era una taza empotrada sobre un montículo, protegida por una cortina.

Delante de la casa hay un terreno yermo que en la escritura de propiedad pertenece a Rascacio y va desde la cerca de la casa de Margot la espiritista hasta la casa del viejo Chiquitico.

Sobre la hierba de un viejo césped descansaba el carricoche, con el bote de corcho encima.

Al terreno yermo Rascacio le sacó dinero una vez, rentándolo para peleas de perros. Pero la policía se llevó preso a los dueños de los perros, a los perros y a los apostadores y a Rascacio le pusieron una multa. 

También lo alquiló varias veces para que descargaran los camiones de arena y de piedra para las construcciones de casas vecinas, pero hacía rato nadie construía por allí y aquella tierra baldía se llenó de romerillo, hierba bruja, verdolaga y tilo. Solo quedaba el pedazo de césped en la puerta, donde descansaba el carricoche con el bote de corcho construido por él mismo, donde se sentaba por la mañana en la popa para mirar el mar, lo observaba con tanta obsesión que su mirada se sumergía y abanicaba mentalmente el fondo, hurgando en la revoltura el soñado destello amarillo del oro.       


En diciembre entró un frente frío a La Habana, que trajo mucho oleaje y cuando  pasó  Rascacio volvió sobre La conchita  de norte a sur y de este a oeste, porque los frentes fríos remueven el fondo como  mil buzos juntos.

Muchas joyas han sido encontradas después de pasar un frente frío, incluso en zonas alejadas de las playas, indicación que la marejada mueve las prendas a largas distancias, como aquella manilla de cuarenta gramos de oro 18 que se encontró peste a perro, el menor de los nietos de Atila el mallorquín, entre Guanabo y Santa María del Mar, en una zona sumamente inhóspita donde era imposible imaginar que se pudiera encontrar una prenda allí.

O la famosa cadena de cien gramos con la medalla de la virgen de la Caridad del Cobre, de oro 16 quilates que se encontró Alfredo Bocañanga entre el Náutico y Jaimanitas, casi llegando a Guardafronteras.

La familia de buzos más famosa de Jaimanitas son Los Bocañanga, una de las familias fundadoras del pueblo, y a la vez la más numerosa. La componen 37 personas que viven en una casa que originalmente era de tres habitaciones, con una sala, la cocina y el patio.

Con los años la familia creció Bocañanga y se fue desmembrando en nuevas familias que han dividido la casa en cuartuchos separados por tabiques. Para comprar los alimentos de la libreta se desencadena una batalla campal, porque se hurtan entre ellos los jabones, el arroz, el aceite y el pan, y por las broncas continuas en la carnicería y en la bodega se dispuso que todos los Bocañanga sacaran la cuota junta y se las repartieran en su casa. 

Por ser una familia tan nutrida, refleja toda la sociedad cubana. Están los abuelos paternos, los viejos Bocañanga, que iniciaron la procreación desmedida, el hacinamiento y el buceo. Luego vinieron los siete hijos, cuatro mujeres y tres varones, diecinueve nietos y seis bisnietos, todo un colorido de manifestaciones y razas.

En esa casa conviven pescadores, buzos, artistas, jineteras, dirigentes, un policía, borrachos, locos, delincuentes, militantes del partido, maestras, choferes de ómnibus, recogedores de basura, un gay, deportistas y vagos habituales. Hay pocos fogones en la casa y en el patio han dispuesto hornillas a base de piedras y pedazos de zinc, para cuando el hambre aprieta.

Existe un baño colectivo en el patio y hay muchas camas, de todo tipo, y muchos pasillos. De noche es un infierno dormir entre el llanto de los niños, los estertores del loco que no duerme nunca, los quejidos amorosos de las parejas, la cantaleta de los borrachos, o las broncas de los múltiples matrimonios, improvisados o de uniones indestructibles.

A pesar de la diversidad de caracteres y las responsabilidades intrínsecas de las subfamilias, los Bocañanga conviven en su hacinamiento.

En la casa entran muchos salarios, pero cuando un buzo acierta una prenda asume todo el peso del sustento colectivo. Nadie pone en duda que los Bocañanga son quienes más oro han sacado del fondo del mar en todo el litoral de La Habana.

La alegría de un buzo cuando encuentra una prenda es efímera, comparada con el tiempo que pasan en el mar sin hallar nada.

Algunos buzos también son corcheros, salen por la noche a pescar en sus botes de poliespuma y si tienen suerte de que el guardacostas no los intercepte y les confisque el bote, los avíos y les impongan multas tal vez enganchen un peto, un gallego, un coronado, o igual regresan a sus casas con las manos vacías.


Llegó diciembre y las fiestas navideñas en Jaimanitas fueron más apagadas que nunca. 

La tradición de celebrar Noche Buena y Navidad casi estaba borrada del imaginario. Para Rascacio y su familia fue Noche Mala y Naviná, porque además de no tener nada que cenar, los acreedores se aparecieron en su casucha para cobrar los préstamos de dinero para a escuela de Zafiro.

El buzo les pedía un plazo más, con recargo, porque hacía cien días que no sacaba nada del agua. 

Se hallaba en un callejón sin salida, con la familia muriéndose de hambre y, para colmo, su mujer embarazada otra vez.

Breve historia de todas las cosas

(Fragmento de la novela homónima)


Con motivo de la publicación de la nueva edición de Breve historia de todas las cosas en Ilíada Ediciones, Otro lunes ofrece un capítulo de esta novela que fue comparada con Cien años de soledad cuando se publicó por primera vez en Buenos Aires, en 1975.

Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez, pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía «El libro de la vida», cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

Puede adquirir el libro aquí: Breve historia de todas las cosas – Ilíada Ediciones, 2023


Tragedia en dos actos y un descanso.

La Sietecolores se viste de yeso. La cocote de los Beryeres

Para los capitalinos San Isidro era un lejano oeste lleno de tipos rudos como John Wayne y mujeres parecidas a Raquel Welch, estaban seguros que aquello era un infierno no sólo por el calor sino por la lubricidad que se respiraba en el ambiente, la violencia en las periferias, la insidiosa belleza de algunas mujeres y los aires de perdonavidas o perdularios de algunos hombres. Por las calles céntricas se veía gran cantidad de señoras estrepitosamente maquilladas y con vestidos ceñidos que ni les dejaban dar el paso con sus tacones de equilibrista, guiñándole descaradamente no un ojo sino dos a los transeúntes día y noche. Para el San Isidro ciudad ésta era una de las lacras de las cuales no había podido liberarse; para el San Isidro pueblo, una de las tantas formas de ganarse el gallopinto, más nutritivo que el caldo de mípalo y menos indigesto que el guisado de tepezcuintle o iguana. Los prostíbulos, serrallos, harenes y burdeles, además de otras casas de prácticas nefandas y divertidas, ocupaban sitios céntricos y ninguna ley u autoridad o campaña cívica habían podido erradicarlos porque precisamente aquéllos que legislaban y ejecutaban eran quienes más protestaban y menos hacían, más bien parecía que si se quejaban era por cumplir con un deber socialmente conveniente. El Bar Tico quedaba exactamente al frente de El Trabajador, en plena Calle del Comercio, lo mismo que el Bar Rojo, cuyo olor inconfundible abarcaba sesenta metros a la redonda y formaba una especie de invisible barrera contra la cual tropezaban las gentes de decencia comprobada; la Casa de Clementina La Más Fina estaba al lado del Almacén de Sebastián Pereira; además había otros lugares más distinguidos, discretos y conspicuos donde se podía hacer en habitaciones tapizadas del todo con espejos: suelo, paredes y techo, o entre querubines, grandes fotografías de coitos históricos e impunes. Tenían diversos nombres eufemísticos que a veces ocasionaban equívocos; se les llamaba posadas, innes, boites, fábricas restauradoras, se encubrían también bajo propagandas comerciales que anunciaban artículos finos para caballeros elegantes, fábricas de cobijas especiales, almacenes de aspiradoras galantes, de juguetes para niños traviesos, órganos e instrumentos musicales, casas de confecciones a la medida. Claro que los sitios reservados habían aparecido sólo últimamente; antes la profesión era pública y se ejercía con orgullo. Cuando las mujeres pasaban en fila hacia la revisión sanitaria en la Unidad de Salud, acompañadas por Robustiano, los empleados de las tiendas y los estudiantes les coqueteaban, tratándolas como si fueran personajes muy principales de la comunidad y se decía, Renato decía, que las bellas famullas eran tan importantes como el  servicio de drenaje y que sin ellas la ciudad estaría cubierta por una nata de tristeza y las calles asoladas por amantes deprimidos y las cantinas llenas de suicidas ensopados. Ahora, con mayor cantidad de gente circulando, con dólares en los bolsillos y muchos clientes nuevos y sofisticados, habían llegado fulanas de otros lugares que llevaban atuendos muy llamativos, y también damiselas refinadas y discretas, a competir, lo que hacía bajar los precios y afinar las técnicas y en la  lucha las provincianas eran las que llevaban la peor parte por su falta de espíritu cosmopolita y de modernas perversidades: más allá del prestigiado muchiqui no prestaban otros servicios de satisfacción. Las nuevas sí eran limpiamente desenvueltas, había que verlas, algunas hasta tenían un contador público diplomado a su servicio, y entre todas ellas hubo una que en cuanto la vieron bajarse los amigos del Paticorvo Palomo, agresiva y dominante, del bus, pensaron que era nada menos que la Lorena Velázquez en carne, hueso y tacones de inconcebible altura: lucía piel de zorrillo morado, ¡a los 41 grados centígrados de su triunfal llegada!, anteojos azules ahumados, vestido de Dolce y Gabana largo hasta los tobillos, ceñido al cuerpo como un pellejo de nutria y abierto a un lado de modo que dejaba entrever la punta del calzón color orinado, pañoleta verde olivo, piel blanquísima de lactante, piernilarga, cejijunta, patiabierta y cartera color pollito de granja. Naturalmente la ayudaron con el equipaje; ella les dijo merci bocú, pelaos y les preguntó que dónde quedaba el Restaurante de Pascual que porque se iba a hospedar allí ya que le habían dicho que era lo mejor en guaracha y danzón; apenas les dijo esto, los muchachos se dieron cuenta que se habían equivocado: la Velásquez  jamás de los jamásmente jamás y nunca se hospedaría en ese antro, pero no podían echarse atrás, la llevaron hasta la puerta y ella tuvo la insolvencia de negarles propina diciéndoles chao bambinos y merci bocup otra vez, nos vemos por ái, manos. Ellos le respondieron ái nos vigilamos, resignándose a clasificarla entre las mujeres de poco celuloide y mucho combo y orquesta, sin nada de enjundia. Se quedaron todos con las cabezas juntas espiándola. La vieron entrar, hablar con el villamuelino Pascual mientras alborotaba su estola de piel de pájaros amazónicos con las manos de bailarina de flamenco, la vieron y la siguieron viendo alejarse hacia la puerta del fondo… para mear, afirmó con poca fineza y guiñándoles un ojo…   Antes de desaparecer exhibió una sonrisa en tecnicolor llena de promesas.

A pesar de haber llegado con altas aspiraciones pronto se dio cuenta que la competencia era tenaz. Buscó trabajo en los sitios más refinados (la rechazaron en Los Pollitos por no ser rubia; corrió a teñirse el pelo y regresó disfrazada de tonta Marylin: la volvieron a rechazar por no ser rubia auténtica y por insultar y vulnerar la memoria de la santa patrona de la casa:

Se te nota…

le cantaron a coro las blondas putas haciéndole el honor de la famosa canción de Sandro de América; decía yo Mateo que buscó trabajo en los sitios más refinados pero halló que todas las plazas estaban ocupadas y las solicitudes de plazas llenas; luego intentó pescar solapadamente en los bailes del Prado Bar y lo logró por algún tiempo haciéndose pasar por una turista francesa o italiana, en los dos casos libertina,  que se alojaba en el mismo Motel El Prado y prefería hacer sus cochinadas al amparo del guayabal o donde el villamuelino la dejara acomodar sus huesos; hacía sus levantes y se rendía a las suplicas de los galanes calenturientos después de mucho devaneo haciéndolos sentir tenorios exacerbados doblegando una presa que tenía todo el aspecto de ser caza mayor.  Cuando fue conocida por la mayor parte de los braguetones, quienes comentaban el suceso deslumbrados y desplumados por sus argucias amatorias, comenzó a perder prestigio hasta que ya no la dejaban siquiera entrar a los Jueves del Prado Bar. Por eso debió buscar otro sitio donde desplegar sus artes y oficios.  Cuando se aburrió de gastar sus zapatillas de lagarto artificial taloneando calle abajo y calle arriba por la Calle del Comercio se dijo que lo importante era trabajar y cumplir su noble misión en el mundo y dejarse de vainas y se metió en el Bar Tico rindiéndose a todas las condiciones que le quiso imponer la Musoc, ama y señora del prosticomio. Las mujeres la recibieron con risas desordenadas e insolentes, burlonas y despectivas, al ver aquella facha tan llena de colorines y la piel de pájaros amazónicos que le cubría los hombros (¡con 39 grados centígrados a la sombra más dos grados húmedos y apestosos al fondo del bar!) y el escándalo de sus manos flamencas, pero pronto logró ganarse el aprecio de las chicas malas y no pasó mucho tiempo sin que se la considerase una de las más principales e influyentes.  Tenía sus gustos muy especiales y para satisfacerlos debía trabajar horas extras y utilizar las partes menos sociables de la anatomía: la nariz (que tenía destacada sobremanera y en forma de tobogán) y los rascabacos  (parte sólo por ella conocida y subutilizada por el resto de sus colegas). Los bajos precios que allí  imperaban imponían horas doblemente extras y costumbres inauditas, hasta se alquilaba de fiado con tal de que le dejaran algo en garantía: con ella se quedaron el reloj Orient de Ildefonso, la chaqueta con el escudo de Supermán del Bogart, el libro de ejercicios (medio libro de ejercicios) de Betóben, los zapatos cojos de Alisio, la llave de la moto de Termidor, un tomo de los poemas A mí mismo  del director del Liceo y calculo unos doscientos mil cachivaches más, si consideramos el elevado número de servicios que prestó durante el par de décadas que estuvo en febril y fervorosa actividad puteril.

Parece que las preferencias de los isidreños tenían sus bases bien asentadas, lástima que nunca trajeron detenida a tan afamada operaria para poder dar fe más objetiva sobre estas afirmaciones. De todos modos, dicen, y de lo dicho algo debe de ser cierto, que se sabía los siete efectos, el triple invertido, la demoledora, el exprimidor, el pollo asado, el lechoncito belga, el trinchante, el salsa blanca y la milanesa, el alrededor del mundo y otros cincuenta, todos muy satisfactorios.

Consiguió clientes fijos, con horas establecidas y pago mensual. Ocupaba hasta los días difíciles, las horas muertas y las de sueño, los dedos de los pies y las zonas increíbles. Los más generosos le pagaban por adelantado pues reconocían las exquisiteces de la operaria y el peligro de quedar fuera de la lista y además porque eran conscientes que una mujer de esas tenía derecho a rarezas como vestidos con lunares de plata y lunas venecianas, pieles de mink, foca o nutria, zuecos, coturnos, bufandas de seda holandesa y telas de papalina y velos árabes que traían la marca Scherezada en el orillo. Casi con verguenza y sin diéresis las Fernández, Sol, Cielo, Estrella y Lucero, tuvieron que reconocer que si la Sietecolores (así la bautizaron los amigos del Palomo) lucía alguna prenda extraña era porque antes de un mes se pondría de moda. No es que ella tuviera una gran intuición, sino que quién sabe cómo diablos estaba suscrita a las principales revistas de moda europeas que le llegaban con puntualidad de rentista. ¡O la la!, decía a sus amigas, que reclutaba al inicio entre las putitas más delicadas, decentes, pulcras, elegantes y discretas, que en realidad no eran ni delicadas, ni decentes, ni pulcras, ni discretas, tejiendo poesías en el aire con su velo Sherezada, para mí, Dino di Laurentis es le plus bonne de tutos los modistos, y cada uno de sus gestos hacía cotizar más alto sus acciones. Para pagar sus lujos se excedía, como dije, de la jornada de diez horas dispuesta por el gobierno cantonal. Robustiano vivía importunándola. La Musoc le gritaba: ¡A que esa no la conseguís, Margarito, Mariflorio, Flioripondio, Minipucio, dos Prepucio, Pitonimio!, y él, con sus dos metros de alto y sus dos metros de ancho se emputaba, o por mejor decir se emberracaba, enojaba o emberrenchinaba. Primero la fregó con el cuento del carné de salud; y yo para qué esa caca, le preguntaba ella haciéndole vibrar las cuerdas más interiores de los conductos seminales; luego con lo de la licencia; y acaso voy a manejar un carro, le gritaba; por último, le confesó que estaba enamorado, enculado y con luna llena.

—Enamorado de qué, Salchichónconpatas, y usté que se creyó, ¿qué yo soy desas?, no señor, soy puta honesta pa que sepa, y las putas no se enamoran, soy una profesional, una cocote de raca mandaca como las de Montparnás y Liverpool.

Total, que no cedió y no se dio y Robustiano tuvo que ocultar su derrota llevándose a una fornida matrona al patio de la alcaldía. Habrá que investigar su nombre y su historia. Lo que sí se sabe es que el sargento, por el talante desaforado de su dotación masculina, generalmente escogía putas de aguante. Ya en más de una oportunidad había defenestrado a muchachas inexpertas y de corta capacidad de asimilación. Y esos melindres y desprecios ya no pensaba permitírselos Robustiano que, aunque craso, gigantesco y consciente de su poder omnímodo sobre el pueblo, tenía sus escrúpulos con las damiselas. El caso es que cuando abandonaba a alguna criatura después del natural abuso, tenía la precaución de dejarla viva para un segundo asalto.

Para desventura de la Sietecolores, siete días después de una farra agotadora, alucinante, en la que ella y los ingenieros de la RRR voltearon el mundo y los intestinos al revés, destruyeron mesas, sillas, camas, bebieron toneles, quebraron todos los faroles del nuevo alumbrado de mercurio del parque, bailaron los tambitos de Benito Chúber, el punto guanacasteco, las cumbias desenfrenadas y unos mapalés francamente obscenos que los dejaban en el otro mundo, amaneció con el pan infectado, enrojecido y goteante. No hubo emplastos, curaciones de hierbas ni oraciones que curaran aquella peste, y lo peor de todo fue que Robustiano se dio cuenta y le prohibió trabajar si no se entregaba.

Me rindo, le mandó decir con uno de los negritos de Vladimiro que limpiaba zapatos a las puertas del Bar Tico y hacía mandados a velocidad de la luz.

La tarde de su apoteosis el sargento acometió el hecho histórico de bañarse, se acicaló con su mejor pachulí, la canana nueva, el pistolón rodillero y el pelo hacia atrás peinado con 250 gramos de grasa de la más fina (grasa artificial, es claro, pues como se tiene dicho los chanchos eran sagrados en San Isidro y sus derivados prohibidos incluso por la iglesia). Una magna faja de piel de ternera fina contenía su vientre de luchador de sumo. Con pasos de Hernán Cortés entrando en Tenochtitlan salió de la Inspección, atravesó el parque ya a oscuras, saludó a Óscar Lopera y a Yamil Geldsteinberg Hohensolen. Hizo un gesto de amenaza medio burlón a los amigos del Palomo que se paseaban por la Calle del Comercio y entró al Bar Tico. Esperaba una recepción amorosa y marcial, coqueteo, traqueteo, brillada de hebilla, cervecitas y después el suave y prolongado encatre. Lo que halló fue a la Sietecolores impaciente, afiebrada, pateando el suelo como una bestia antes de la carrera y maldiciendo la pérdida de tiempo.

Tomó al gigantón del brazo como una madre carbrona y encabronada y lo arrastró hacia el interior, a los desvencijados cuartos hechos de maderas verdes ya retorcidas a efectos del calor, donde era como hacerlo en una vitrina que daba entera perspectiva a los samueleadores de la más poblada calle. Ella se tendió en la cama después de sacudir las sábanas y espantar las pulgas. Con un movimiento brusco de las piernas y los músculos del atlético y sano vientre hizo que la falda de abundantes pliegues de percalina se le viniera a la cara descubriendo su secreto muchiqui, veterano de tantas batallas.

La muy expedita, comentaría el sargento, ni siquiera tuvo la decencia de utilizar sus calzones color orinado. La vil se vino a pelo para facilitar el ajetreo.

Al policía, gran conocedor, comenzó a darle rabia ya que para él en asuntos peristálticos lo mejor era el aderezo, pero como el pan estaba en el horno y de pronto se quemaba, si no hay lomo de todo como, se dijo, y puso el instrumento a la obra. Fue como montarse en una montaña rusa, pero sólo de bajada. En realidad, todo terminó casi antes de comenzar. La mujer no tenía una fruta deleitosa entre las lindas piernas sino un ávido hocico de lobo feroz, que no sólo lo exprimió sino que magullólo, masticólo, vapluleólo y  dejólo casi al segundo inservible quizás para el resto de la vida. Ya la Sietecolores iba a dar por finiquitado el negocio cuando Robustiano, que también tenía su bárbara bestia incluida, le abrió las puertas del cuerpo de par en par, y la fue abrazando como quien quiere espichar un mango. Después alegó que había sido legítima pasión y que él no tenía la culpa que ella tuviera huesos de leche y flojos los costillares.

El Doctor Tremens se encargó de radiografiarla, recetó yeso para tres costillas quebradas en forma de fractura conminuta y reposo total; de paso le reconoció el angelito y descubrió una sífilis cuaternaria que ya estaba echando costra. No es enfermedad de humano sino de burra promiscua, comentaría luego en privado el doctor y escribió una receta para caballos. (Eran los tiempos en que la letra de Tremens podía ser descifrada sin gran esfuerzo.)

Una desgracia de ese tamaño no estaba en las previsiones de la ilustre profesional. ¿Cómo iba a pagar las suscripciones a los magazines, los abrigos, las lunas venecianas de plata, los coloretes, los vestidos de piel de pantera y la secreta tienda de abarrotes que era su dizque camerino en el Bar Tico? ¿Cómo iba a cumplir con los contratos pagados por adelantado por más de media docena de conocedores de sus talentos?… El yeso que le pusieron le cubría desde las coyunturas de las piernas hasta las hombros, donde sólo dejaba libre la cabeza y los brazos y un rombo en el sitio de la barriga, para que al comer la digestión pudiera llevarse a cabo.

Mientras se sintió demasiado débil comió gracias a sus compañeras y a la venta de cachivaches y chunches que había recogido en prenda. Luego, cuando se le terminaron, ya estaba un poco restablecida. Cualquiera otra se hubiera dedicado a cocinar empanadas para venderlas en alguna esquina bien comercial; ella no, su vida era su vida y no iba a cambiarla por un insuceso sin importancia; por otro lado hubiera preferido empeñar la cabeza a abandonar sus lentejuelas, perfumes y neceseres; de modo que un día de tantos, después de limar el yeso lo suficiente como para que no estorbara, apareció en el Bar Tico, alegre y bamboleante como las gigantas de circo o como las chicas grandes, grandísimas del Coro de Las Doscientas Vírgenes, pero con las facciones demacradas y un tabaco en los labios que desde ese día pareció petrificársele. A sus compañeras les pareció extraño que ella fumara esos tabacos de trailero; ella, que se llamaba la cocote de los Beryeres, ¿fumando de los de cuatro por dos céntimos? ¡Cómo cambian las cosas!, se decían, y le preguntaban que por qué. Ella les respondió que ya no era una cocote de los Beryeres sino una puta igual a todas, sólo que con una culofalda de yeso encima. Las muchachas pensaron que había regresado por nostalgia, pero no, apenas llegado el primer parroquiano le cortó el camino pizpireta con cambio de luces y un irresistible y sugerente barrido de lengua por los labios rojo rabioso. Está más gorda, pensaría el cliente, don Poeta Gordo, que teniendo una sílfide y tricoferina por esposa, esbozaba en prostíbulos y metederos de mala muerte, su apetito por hembras jamonas, extensas y de lonjas generosas. Y sin más hipótesis y preámbulos, se fueron de horizontal deleite extraconyugal.  Nadie sabe ni le alcanza la imaginación para comprender cómo se las ingenió la Sietecolores; lo cierto es que don Poeta salió como gato gordo relamiéndose los bigotes y al día siguiente regresó haciendo lenguas sobre las habilidades de la proletaria del amor impune y diciendo que seguramente lo que había pasado era que a ella le estaba sucediendo lo que a los ciegos o a los mudos, que perdiendo una facultad desarrollan extraordinariamente otra. Las niñas no se tragaron el cuento: según ellas ese hombre de poderoso vientre y lira poética inspirada había sido pagado por la colega para que le hiciera propaganda. Y no fue así, según se deduce de otras declaraciones fidedignas, pues de la misma forma hablaron los demás, y el especial el Doctor Tremens, quien sí era muy puntilloso antes de su irremediable declinación en asuntos horizontales, y Termidor, que ya llevaba veinte años aburriéndose de ver a su negra barragana barrigona, y Fermín Fano, quien por perseguir y alcanzar a la esposa de su mejor amigo se había quedado solterón, prostático y corcoveante.

Pero aquello fue un florecimiento temporal; después que le quitaron el vestido de yeso quedó tiesa, llena de marcas muertas, multicolor de pellejo, torcida, perdió aquella afamada pericia de los siete efectos y no hubo forma de retornarle los anteriores atributos. Sin embargo, siguió fiel a su puesto cerca de la rokola de los mil quinientos discos dominados por Julio Jaramillo y el jefe Daniel Santos, con el tabaco apestoso, interminable, camuflador de su olor a muerta viviente, echando humo como una locomotora y consiguiendo clientes ocasionales que se lo pedían por compasión o descuido.

Fue engordando a ritmo acelerado hasta que sus nalgas no cupieron en una silla ni en dos y hubo que juntarle tres, le creció una gran papada que unió el mentón con el plexo solar y así permanecía sudando y esperando, a la escucha de las canciones de Pigalle y la Suite Cascanueces y Los Patinadores hasta que le dio un cáncer en la base de la columna y se murió en las mismas bancas de las viejas y provechosas transacciones, al lado de la rokola, y todo esto sucedió en menos de un año.

En su honor se siguió haciendo sonar La Marsellesa versión de Pérez Prado todas las noches a las doce y las guerreras del campo de plumas se ponían en formación y presentaban armas de amor.

Doy fe por interpósitas personas.