Ciudadano mexicano por naturalización, pero residente en Miami desde 2015, al narrador y poeta Félix Luis Viera en 2019 se le concedió el Premio Nacional de Literatura Independiente «Gastón Baquero» por el conjunto de su obra, un premio merecido que se contrapone al silenciamiento que los comisarios culturales de La Habana han lanzado contra sus indudables aportes a la literatura cubana. Pésele a quien le pese, Félix Luis Viera, que sigue creando con excelencia sus singulares mundos poéticos y narrativos, es un referente para las letras cubanas y uno de los nombres imprescindibles en la historia de la Cultura Cubana.
Me fui a ver a la doctora. Ella vivía a unas tres cuadras de mi casa —casa es un decir— de Rosa de Oro.
Yo me enamoré de la doctora porque antes me había enamorado de su casa. Su casita más bien. Pequeña la casa (y ella también, aunque no tanto como Inés; tres centímetros a su favor acaso). Todo pequeño. Aparte de la estructura en sí, el balcón, el zaguán, el cuarto (un solo cuarto tenía) la cocina, el baño, la sala de estar.
No es nada raro que un hombre se enamore de una mujer sin conocerla, solo por algo que deba pertenecerle, una pelota, una falda abandonada, un arete hallados al azar; que la imagine gracias a un claxonazo, un recuerdo de lo que nunca se ha vivido, una luz que pasa, una gota de agua en una ventana.
Es decir, si la doctora no habitase esa casita, no se habría dado la conexión, no me hubiera enamorado de ella.
La casita es verde de tres tonos. No se puede comparar con un palomar porque no se parece a un palomar; tiene forma distinta de todos los palomares que he visto en persona y en libros, postales, películas, etcétera. Pero sobre todo porque en un palomar viven muchas palomas y palomos y en la casa de la doctora solamente somos dos. Eso de comparar una casa chiquita, sobre todo si está en lo alto, con un palomar, es otra de las estupideces tan tristes de esta vida y que suelen cometer demasiadas personas.
Ese día me dolió una muela y decidí verme con la doctora. La viviendita está en la planta alta; el consultorito abajo.
Estuve visitándola siete días casi consecutivamente. Me trabajaba hoy la muela —dijo “amalgama”, “resinas”, aclaró la diferencia entre ambas (yo no entendí nada)—, me preparaba para la próxima tanda, y así. Ella me había dicho que con anestesia no me dolería la maquinita, pero tendría que cobrarme más. Está bien, le dije.
Ella parecía sollozar cuando hablaba. Es decir, su voz parecía estar tomada por sollozos, dulces, suaves.
Ella no había tenido suerte: varios novios pero ninguno así como para casarse. No le pregunté quiénes no habían tirado para casarse, si ella o ellos.
Le pagué todo el trabajo y me quedé sin un peso.
Ese día del pago final y la terminación de su quehacer conmigo, me invitó al teatro para esa misma noche. Un teatro de pequeño formato. Le dije que debería esperar mi cobro en el periódico, no faltaba mucho para el cierre de quincena, y me replicó “si es que yo te invito dije”.
Resultó una obra para mi gusto bastante aburrida. Se trataba de la vida doméstica de una esposa y sus tres hijas; el marido estaba en la guerra. De ahí no salía la acción, del día a día dentro de la casa —aparte de algunas referencias a la labor escolar de las hijas, algunas alusiones a la escuela, referencias, alusiones digo, no representaciones—. Solo los cuatro personajes, las tres hijas —que por momentos parecían la misma— y la esposa, aparte de una voz en off que debía ser la del guerrero, que relataba, ya ven, lo que estaba viviendo en campaña. De lo peor me resultó que los diálogos estaban repletos de mexicanismos, de los más fuertes, y por ello dejé de entender mucho; por momentos como si estuvieran hablando en ruso.
Cuando regresábamos del teatro, en taxi, se sentía mucho frío. Un frío triste, como todo frío que debe sentir un exiliado llegado de zonas cálidas. No es lo mismo el frío para un vacacionista, un visitante de paso llegado de tierras calientes, que para un exiliado, un desterrado venido de sitio semejante —este es otro frío.
La doctora anunció que pensaba comprar un coche —un automóvil— tal vez de segunda mano y el taxista le recomendó a alguien de mucho talento y decencia para el caso y le extendió una tarjeta con los datos de ese alguien. No porque fuera su hijo lo recomendaba —dijo—, sino porque él lo había criado como un hombre de bien, y los estaba ofreciendo mediante precios “increíblemente económicos”. Eso fue ante un semáforo con la luz roja. El taxista se volvió a medias para entregarle la tarjeta. Ella iba junto a la puerta trasera derecha, yo a su lado.
En Cuba tuve una novia alemana, diplomática, Barbara Schmidt (“herrero”) —(Barbara está bien así, sin tilde en la primera a porque está en alemán—. Vivía en Erfurt. Me convidó a irme con ella, cuando terminara su misión en Cuba. Irme para siempre, me aclaró. ¿Y no podré yo venir a Cuba de visita, Barbara? Me contestó que sí, claro, pero ella no vendría nunca más. Esto de nunca más me lo había dicho varias veces, pero no quise saber por qué; si le preguntaba y me contaba, sería otro punto más de intimidad, y ese no era mi propósito. Se trataba de la República Democrática Alemana (se sabe que los países socialistas tenían en sus nombres “democrática” o “popular” por chorros —porque no eran ni una cosa ni la otra) y siempre colegí que a Barbara no le gustaba el comunismo de Cuba ni el de Alemania ni ninguno. Entre otras bondades de su país, de su ciudad, me narraba con énfasis sobre la cantidad de chocolates, en caramelos, pastillas, helados, galletas, etcétera, de diversos tonos y tipos que me encontraría allí, por la libre, sin libreta de racionamiento. Esto fue como un último recurso después de relatarme las tantas ventajas del nivel de vida en general que yo podría gozar allá. (Desde entonces yo sabía que la buena vida material ayuda mucho al espíritu, en ocasiones lo define). Uno de mis argumentos fundamentales para declinar su ofrecimiento fue que se me hacía muy difícil el aprendizaje de idiomas extranjeros, había fracasado con el inglés y el francés. Así que cómo me iría con el alemán… Ella persistió con que vivían varios buenos maestros de alemán en su ciudad. En realidad, lo que más me frenaba para irme con ella, era el frío. Uno de mis más cruentos enemigos de siempre; aun el frío tropical de Cuba. No era necesario ir a Erfurt para estar seguro de su intenso frío y por rachas largas; y si no bastaba con la lógica, ahí estaban las fotos de Bárbara y su familia, allá, tan lejos. Abrigados con fuerza suprema desde la cabeza hasta los pies, todo el cuerpo, todo; como esas momias egipcias. Los ojos de Barbara eran grandes y de un azul muy intenso que no había visto en Cuba ni luego en ninguna parte.
Esa noche, de regreso del teatro bajo el intenso y seco frío de montaña, me arrepentí de nuevo, tal vez más que en las ocasiones anteriores, de no haberme ido con Barbara Schmidt. Allá, ya me hubiera acostumbrado al frío, a abrigarme de manera férrea y, a otro algo que igual me aterraba, la calefacción, como al despropósito de permanecer tantas noches en encierro. Pero ya era demasiado tarde, como suele ocurrirme en la vida. Quién sabe cómo le iría ahora a Barbara Schmidt (si continuaba en Erfurt, ¿qué estaría haciendo en este amanecer que es esta noche aquí?), cuánta prole seguramente rubia mimaba… En fin, me había equivocado de nuevo, había dejado pasar el tren, había despreciado la canoa del salvamento. Estos tantos yerros casi en retahíla me sacan las lágrimas en no pocas noches… Uno debe llorar solo. Cuando es de nostalgia. Sea hombre o mujer o niño. El llanto de nostalgia es algo muy privado.
O sea, yo no seré quien más se equivoca en esta vida; pero si participara en una olimpiada de equivocados, falladores, alcanzaría una posición envidiable.
Si esto fuera una novela yo podría embellecer la acción, para darle más realce a la historia, y así expresar que el abdomen de la doctora no es levemente flácido. Pero esto no es una novela, es la vida real, como una fotografía por dentro y por fuera quiero decir —Como he apuntado antes, ese riesgo que se corre cuando uno cuenta la realidad: que nadie te crea. Porque al común de las personas les gusta la ficción, el invento, lo falseado; es de humanos.
Como una hora después yacíamos yo con media cobija y ella con la otra mitad —la cobija también es pequeña—. Bocarriba. Nos habíamos contado un buen tramo de nuestras vidas. La mayor parte de mi tramo era mentira.
Me incorporé, me senté en el borde de la cama tratando de retener mi parte de la cobija —como estaba desnudo, el frío me atenazaba con saña—, pero no fue posible. Ella había jalado para sí. Finalmente, se sentó junto a mí —ella llevaba piyama— y nos tapó a ambos como con capucha. Me besó repetidamente en la mejilla. Puso su mejilla contra la mía y la suya estaba caliente (¿lo estaría también la mía?). Se puso en pie y buena noticia gracias a Dios sus senos —densos— se enseñaban alzados. Le dije que ya me iba. En el consultorio yo había presenciado que la doctora escuchaba música sin parar llegada desde una grabadora y en ocasiones desde un miniradio y hasta desde su teléfono celular. A partir de ahora comprobaría que se sabía de memoria infinidad de letras. Pegó su cara en la medianía de mi brazo, me tomo las manos. Y me dijo par de líneas de una canción del maestro Roberto Cantoral: “No quiero que te vayas / la noche está muy fría”.
