(Bogotá, 1949) Autor de las novelas El amor y la muerte (Alfaguara), Los placeres perdidos, Las noches de Ventura/ Buenabestia (Planeta, México, Plaza y Janés, Colombia, La hermosa vida (CONACULTA, México), La pequeña maestra de violín (Universidad de Puebla), Mujeres amadas (Universidad Veracruzana), Agua clara en el Alto Amazonas y Historia de todas las cosas.… Ha publicado, además, los libros de relatos Cuentos para ANTES de hacer el amor(Plaza y Janés, Colombia; Educación y Cultura, México), Cuentos para DESPUÉS de hacer el amor (Plaza y Janés, Colombia; Punto de Lectura, México y España), El pollo que no quiso ser gallo (Alfaguara infantil, México y Colombia), entre otros. Acaba de publicar la novela La insaciabilidad. Nuestra revista le dedicó el dossier de autor del número 30, que puede consultar visitando nuestra Hemeroteca.
Estoy escribiendo una novela sobre la vejez. Escribo este breve artículo sobre ese tema que me tiene absorto o absorbido u obsesionado con la intención de aclararme algunos puntos sobre el tema. ¿Para qué estoy escribiendo esta novela? Tal vez para prepararme para lo que viene o para entender lo que me está sucediendo. Lo que sí es claro es el hecho de que al cumplir los 74 años de edad ya debo aceptar que estoy viejo. Comienzan a fallar algunas partes del cuerpo: las rodillas a las que les di tanta guerra corriendo por las calles en marátónicas competencias y entrenamientos; la memoria que me esconde algunas palabras cuando las necesito; fallan también mis aptitudes sexuales y sin embargo cada semana mi parte más secreta da señales de que necesita algún tipo de acción. Duermo mucho tiempo. Necesito siesta después de almorzar, pero ello es justificable por el hecho de que sigo levantándome temprano, yendo a la oficina de la Editorial donde trabajo y además continúo con mis entrenamientos de natación.
Llevo 14 años entrenando natación tras haberme lesionado una rodilla jugando baloncesto, actividad a la que me dediqué desde mis 10 años de edad. A la fecha he cosechado 200 medallas de natación y he competido en campeonatos nacionales e internacionales. En 2017 fui campeón de Aguas Abiertas de México en el mar de Cancún y este 2023 campeón de los 1500 metros en el Abierto de Natación Máster de México.
Ya de viejo sigo escribiendo y publicando. Están en proceso de dictaminación dos novelas nuevas. No puedo decir que soy un escritor de éxito ni de mesas de novedades ni de grandes ventas. Soy básicamente un escritor en activo, que no depende de los caprichos de las trasnacionales y que no se pasa la vida de feria en feria repitiendo las mismas banalidades para que mis libros se vendan.
Novela sobre la vejez: temas: recuperación de momentos estelares de la vida y también de los grandes abismos, los afectos pasados y los presentes, los grandes y pequeños amores, el matrimonio y sus avatares, el trayecto de la vida como aventura que se inicia en el nacimiento y culmina en la muerte. Me gustaría escribir una prefiguración de mi muerte. He fantaseado sobre el asunto: por ejemplo encontrar la muerte al topar de frente con un tiburón en mis habituales travesías de nado por los mares frente a Playa del Carmen, travesías que llegan a ser hasta de cinco kilómetros, los que habitualmente cubro acompañando a un cardumen de 20 o 30 nadadores bien entrenados (son una especie de adoradores del mar, que entran a nadar a las cinco de la mañana y a las 9 ya están en sus trabajos habituales).
Otra fantasía de muerte es tener un bel morir como el que pedía Álvaro Mutis: en mi cama, serenamente, posiblemente rezando para complacer a mi muy religiosa esposa, pero muy emocionado por estar muy cerca del Gran Misterio. Pienso que esperaré la muerte sin preocuparme de lo que encontraré cuando trascienda la puerta fundamental.
En su lecho de muerte uno de mis hermanos le preguntó a mi madre que estaba en las últimas etapas del cáncer: “Mamá, ¿nos quieres dejar algún mensaje antes de irte?” “Sí, hijo, que se limpien el trasero con papel higiénico mojado después de cagar”.
Yo no pienso que en mi novela sobre la vejez y la muerte vaya a llegar a alguna conclusión trascendente. Todo termina por ser pasajero. No creo que nos espere la nada. No creo en la posibilidad de todo se reduzca a crimen y castigo. Lo que me queda es esperar que se prolonguen las cosas buenas de esta vida y que las malas desaparezcan. Vil Utopía, pues. Y los cuarenta o cincuenta libros que he escrito que sigan su destino. El famoso granito de arena que pueda haber aportado al Universo quedará en eso: granito de arena que tal vez sirva para algo o que simplemente se pierda en la inmensidad de las playas.
Otro tema de mi novela sobre al vejez y la muerte serán los finales de algunos escritores como García Márquez y Sergio Pitol. El primero hundido en la demencia senil, incapaz de reconocer a su esposa, ignorante de su propia identidad, siendo usado por su esposa y allegados para inaugurar exposiciones y otros eventos de lustre cultural, siendo llevado y traído como un monito de feria y finalmente traicionado por sus hijos que no han respetado las disposiciones sobre su obra, al punto de vender los derechos de Cien años de soledad para una serie fílmica y de permitir que sus archivos secretos, sus inéditos sean saqueados y usados para publicar nuevos libros y vendidos a una universidad norteamericana.
No pienso morirme antes de terminar y publicar este libro. He estado escribiendo a buen ritmo, caprichosamente, sin disciplina. Escribo cuando tengo algo que escribir y cuando me urge a hacerlo. Ya acepté que no me voy a hacer rico con la literatura aunque he de confesar que si no hubiera dilapidado el dinero de mis premios tendría una fortuna apreciable. Tengo eso sí una buena casa, grande, con muchas habitaciones vacías porque los hijos ya se fueron. Y un sueldo respetable por la persistencia en un trabajo académico por más de 40 años.
De la novela ya llevo casi 60 páginas. Lo más difícil, supongo, será ponerle el punto final. ¿Y después qué? Esta es la pregunta que uno se hace cada día y para la cual no hay respuesta sino: después, lo que venga.
Con motivo de la publicación de la nueva edición de Breve historia de todas las cosas en Ilíada Ediciones, Otro lunes ofrece un capítulo de esta novela que fue comparada con Cien años de soledad cuando se publicó por primera vez en Buenos Aires, en 1975.
Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez, pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía «El libro de la vida», cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.
La Sietecolores se viste de yeso. La cocote de los Beryeres
Para los capitalinos San Isidro era un lejano oeste lleno de tipos rudos como John Wayne y mujeres parecidas a Raquel Welch, estaban seguros que aquello era un infierno no sólo por el calor sino por la lubricidad que se respiraba en el ambiente, la violencia en las periferias, la insidiosa belleza de algunas mujeres y los aires de perdonavidas o perdularios de algunos hombres. Por las calles céntricas se veía gran cantidad de señoras estrepitosamente maquilladas y con vestidos ceñidos que ni les dejaban dar el paso con sus tacones de equilibrista, guiñándole descaradamente no un ojo sino dos a los transeúntes día y noche. Para el San Isidro ciudad ésta era una de las lacras de las cuales no había podido liberarse; para el San Isidro pueblo, una de las tantas formas de ganarse el gallopinto, más nutritivo que el caldo de mípalo y menos indigesto que el guisado de tepezcuintle o iguana. Los prostíbulos, serrallos, harenes y burdeles, además de otras casas de prácticas nefandas y divertidas, ocupaban sitios céntricos y ninguna ley u autoridad o campaña cívica habían podido erradicarlos porque precisamente aquéllos que legislaban y ejecutaban eran quienes más protestaban y menos hacían, más bien parecía que si se quejaban era por cumplir con un deber socialmente conveniente. El Bar Tico quedaba exactamente al frente de El Trabajador, en plena Calle del Comercio, lo mismo que el Bar Rojo, cuyo olor inconfundible abarcaba sesenta metros a la redonda y formaba una especie de invisible barrera contra la cual tropezaban las gentes de decencia comprobada; la Casa de Clementina La Más Fina estaba al lado del Almacén de Sebastián Pereira; además había otros lugares más distinguidos, discretos y conspicuos donde se podía hacer en habitaciones tapizadas del todo con espejos: suelo, paredes y techo, o entre querubines, grandes fotografías de coitos históricos e impunes. Tenían diversos nombres eufemísticos que a veces ocasionaban equívocos; se les llamaba posadas, innes, boites, fábricas restauradoras, se encubrían también bajo propagandas comerciales que anunciaban artículos finos para caballeros elegantes, fábricas de cobijas especiales, almacenes de aspiradoras galantes, de juguetes para niños traviesos, órganos e instrumentos musicales, casas de confecciones a la medida. Claro que los sitios reservados habían aparecido sólo últimamente; antes la profesión era pública y se ejercía con orgullo. Cuando las mujeres pasaban en fila hacia la revisión sanitaria en la Unidad de Salud, acompañadas por Robustiano, los empleados de las tiendas y los estudiantes les coqueteaban, tratándolas como si fueran personajes muy principales de la comunidad y se decía, Renato decía, que las bellas famullas eran tan importantes como el servicio de drenaje y que sin ellas la ciudad estaría cubierta por una nata de tristeza y las calles asoladas por amantes deprimidos y las cantinas llenas de suicidas ensopados. Ahora, con mayor cantidad de gente circulando, con dólares en los bolsillos y muchos clientes nuevos y sofisticados, habían llegado fulanas de otros lugares que llevaban atuendos muy llamativos, y también damiselas refinadas y discretas, a competir, lo que hacía bajar los precios y afinar las técnicas y en la lucha las provincianas eran las que llevaban la peor parte por su falta de espíritu cosmopolita y de modernas perversidades: más allá del prestigiado muchiqui no prestaban otros servicios de satisfacción. Las nuevas sí eran limpiamente desenvueltas, había que verlas, algunas hasta tenían un contador público diplomado a su servicio, y entre todas ellas hubo una que en cuanto la vieron bajarse los amigos del Paticorvo Palomo, agresiva y dominante, del bus, pensaron que era nada menos que la Lorena Velázquez en carne, hueso y tacones de inconcebible altura: lucía piel de zorrillo morado, ¡a los 41 grados centígrados de su triunfal llegada!, anteojos azules ahumados, vestido de Dolce y Gabana largo hasta los tobillos, ceñido al cuerpo como un pellejo de nutria y abierto a un lado de modo que dejaba entrever la punta del calzón color orinado, pañoleta verde olivo, piel blanquísima de lactante, piernilarga, cejijunta, patiabierta y cartera color pollito de granja. Naturalmente la ayudaron con el equipaje; ella les dijo merci bocú, pelaos y les preguntó que dónde quedaba el Restaurante de Pascual que porque se iba a hospedar allí ya que le habían dicho que era lo mejor en guaracha y danzón; apenas les dijo esto, los muchachos se dieron cuenta que se habían equivocado: la Velásquez jamás de los jamásmente jamás y nunca se hospedaría en ese antro, pero no podían echarse atrás, la llevaron hasta la puerta y ella tuvo la insolvencia de negarles propina diciéndoles chao bambinos y merci bocup otra vez, nos vemos por ái, manos. Ellos le respondieron ái nos vigilamos, resignándose a clasificarla entre las mujeres de poco celuloide y mucho combo y orquesta, sin nada de enjundia. Se quedaron todos con las cabezas juntas espiándola. La vieron entrar, hablar con el villamuelino Pascual mientras alborotaba su estola de piel de pájaros amazónicos con las manos de bailarina de flamenco, la vieron y la siguieron viendo alejarse hacia la puerta del fondo… para mear, afirmó con poca fineza y guiñándoles un ojo… Antes de desaparecer exhibió una sonrisa en tecnicolor llena de promesas.
A pesar de haber llegado con altas aspiraciones pronto se dio cuenta que la competencia era tenaz. Buscó trabajo en los sitios más refinados (la rechazaron en Los Pollitos por no ser rubia; corrió a teñirse el pelo y regresó disfrazada de tonta Marylin: la volvieron a rechazar por no ser rubia auténtica y por insultar y vulnerar la memoria de la santa patrona de la casa:
Se te nota…
le cantaron a coro las blondas putas haciéndole el honor de la famosa canción de Sandro de América; decía yo Mateo que buscó trabajo en los sitios más refinados pero halló que todas las plazas estaban ocupadas y las solicitudes de plazas llenas; luego intentó pescar solapadamente en los bailes del Prado Bar y lo logró por algún tiempo haciéndose pasar por una turista francesa o italiana, en los dos casos libertina, que se alojaba en el mismo Motel El Prado y prefería hacer sus cochinadas al amparo del guayabal o donde el villamuelino la dejara acomodar sus huesos; hacía sus levantes y se rendía a las suplicas de los galanes calenturientos después de mucho devaneo haciéndolos sentir tenorios exacerbados doblegando una presa que tenía todo el aspecto de ser caza mayor. Cuando fue conocida por la mayor parte de los braguetones, quienes comentaban el suceso deslumbrados y desplumados por sus argucias amatorias, comenzó a perder prestigio hasta que ya no la dejaban siquiera entrar a los Jueves del Prado Bar. Por eso debió buscar otro sitio donde desplegar sus artes y oficios. Cuando se aburrió de gastar sus zapatillas de lagarto artificial taloneando calle abajo y calle arriba por la Calle del Comercio se dijo que lo importante era trabajar y cumplir su noble misión en el mundo y dejarse de vainas y se metió en el Bar Tico rindiéndose a todas las condiciones que le quiso imponer la Musoc, ama y señora del prosticomio. Las mujeres la recibieron con risas desordenadas e insolentes, burlonas y despectivas, al ver aquella facha tan llena de colorines y la piel de pájaros amazónicos que le cubría los hombros (¡con 39 grados centígrados a la sombra más dos grados húmedos y apestosos al fondo del bar!) y el escándalo de sus manos flamencas, pero pronto logró ganarse el aprecio de las chicas malas y no pasó mucho tiempo sin que se la considerase una de las más principales e influyentes. Tenía sus gustos muy especiales y para satisfacerlos debía trabajar horas extras y utilizar las partes menos sociables de la anatomía: la nariz (que tenía destacada sobremanera y en forma de tobogán) y los rascabacos (parte sólo por ella conocida y subutilizada por el resto de sus colegas). Los bajos precios que allí imperaban imponían horas doblemente extras y costumbres inauditas, hasta se alquilaba de fiado con tal de que le dejaran algo en garantía: con ella se quedaron el reloj Orient de Ildefonso, la chaqueta con el escudo de Supermán del Bogart, el libro de ejercicios (medio libro de ejercicios) de Betóben, los zapatos cojos de Alisio, la llave de la moto de Termidor, un tomo de los poemas A mí mismo del director del Liceo y calculo unos doscientos mil cachivaches más, si consideramos el elevado número de servicios que prestó durante el par de décadas que estuvo en febril y fervorosa actividad puteril.
Parece que las preferencias de los isidreños tenían sus bases bien asentadas, lástima que nunca trajeron detenida a tan afamada operaria para poder dar fe más objetiva sobre estas afirmaciones. De todos modos, dicen, y de lo dicho algo debe de ser cierto, que se sabía los siete efectos, el triple invertido, la demoledora, el exprimidor, el pollo asado, el lechoncito belga, el trinchante, el salsa blanca y la milanesa, el alrededor del mundo y otros cincuenta, todos muy satisfactorios.
Consiguió clientes fijos, con horas establecidas y pago mensual. Ocupaba hasta los días difíciles, las horas muertas y las de sueño, los dedos de los pies y las zonas increíbles. Los más generosos le pagaban por adelantado pues reconocían las exquisiteces de la operaria y el peligro de quedar fuera de la lista y además porque eran conscientes que una mujer de esas tenía derecho a rarezas como vestidos con lunares de plata y lunas venecianas, pieles de mink, foca o nutria, zuecos, coturnos, bufandas de seda holandesa y telas de papalina y velos árabes que traían la marca Scherezada en el orillo. Casi con verguenza y sin diéresis las Fernández, Sol, Cielo, Estrella y Lucero, tuvieron que reconocer que si la Sietecolores (así la bautizaron los amigos del Palomo) lucía alguna prenda extraña era porque antes de un mes se pondría de moda. No es que ella tuviera una gran intuición, sino que quién sabe cómo diablos estaba suscrita a las principales revistas de moda europeas que le llegaban con puntualidad de rentista. ¡O la la!, decía a sus amigas, que reclutaba al inicio entre las putitas más delicadas, decentes, pulcras, elegantes y discretas, que en realidad no eran ni delicadas, ni decentes, ni pulcras, ni discretas, tejiendo poesías en el aire con su velo Sherezada, para mí, Dino di Laurentis es le plus bonne de tutos los modistos, y cada uno de sus gestos hacía cotizar más alto sus acciones. Para pagar sus lujos se excedía, como dije, de la jornada de diez horas dispuesta por el gobierno cantonal. Robustiano vivía importunándola. La Musoc le gritaba: ¡A que esa no la conseguís, Margarito, Mariflorio, Flioripondio, Minipucio, dos Prepucio, Pitonimio!, y él, con sus dos metros de alto y sus dos metros de ancho se emputaba, o por mejor decir se emberracaba, enojaba o emberrenchinaba. Primero la fregó con el cuento del carné de salud; y yo para qué esa caca, le preguntaba ella haciéndole vibrar las cuerdas más interiores de los conductos seminales; luego con lo de la licencia; y acaso voy a manejar un carro, le gritaba; por último, le confesó que estaba enamorado, enculado y con luna llena.
—Enamorado de qué, Salchichónconpatas, y usté que se creyó, ¿qué yo soy desas?, no señor, soy puta honesta pa que sepa, y las putas no se enamoran, soy una profesional, una cocote de raca mandaca como las de Montparnás y Liverpool.
Total, que no cedió y no se dio y Robustiano tuvo que ocultar su derrota llevándose a una fornida matrona al patio de la alcaldía. Habrá que investigar su nombre y su historia. Lo que sí se sabe es que el sargento, por el talante desaforado de su dotación masculina, generalmente escogía putas de aguante. Ya en más de una oportunidad había defenestrado a muchachas inexpertas y de corta capacidad de asimilación. Y esos melindres y desprecios ya no pensaba permitírselos Robustiano que, aunque craso, gigantesco y consciente de su poder omnímodo sobre el pueblo, tenía sus escrúpulos con las damiselas. El caso es que cuando abandonaba a alguna criatura después del natural abuso, tenía la precaución de dejarla viva para un segundo asalto.
Para desventura de la Sietecolores, siete días después de una farra agotadora, alucinante, en la que ella y los ingenieros de la RRR voltearon el mundo y los intestinos al revés, destruyeron mesas, sillas, camas, bebieron toneles, quebraron todos los faroles del nuevo alumbrado de mercurio del parque, bailaron los tambitos de Benito Chúber, el punto guanacasteco, las cumbias desenfrenadas y unos mapalés francamente obscenos que los dejaban en el otro mundo, amaneció con el pan infectado, enrojecido y goteante. No hubo emplastos, curaciones de hierbas ni oraciones que curaran aquella peste, y lo peor de todo fue que Robustiano se dio cuenta y le prohibió trabajar si no se entregaba.
Me rindo, le mandó decir con uno de los negritos de Vladimiro que limpiaba zapatos a las puertas del Bar Tico y hacía mandados a velocidad de la luz.
La tarde de su apoteosis el sargento acometió el hecho histórico de bañarse, se acicaló con su mejor pachulí, la canana nueva, el pistolón rodillero y el pelo hacia atrás peinado con 250 gramos de grasa de la más fina (grasa artificial, es claro, pues como se tiene dicho los chanchos eran sagrados en San Isidro y sus derivados prohibidos incluso por la iglesia). Una magna faja de piel de ternera fina contenía su vientre de luchador de sumo. Con pasos de Hernán Cortés entrando en Tenochtitlan salió de la Inspección, atravesó el parque ya a oscuras, saludó a Óscar Lopera y a Yamil Geldsteinberg Hohensolen. Hizo un gesto de amenaza medio burlón a los amigos del Palomo que se paseaban por la Calle del Comercio y entró al Bar Tico. Esperaba una recepción amorosa y marcial, coqueteo, traqueteo, brillada de hebilla, cervecitas y después el suave y prolongado encatre. Lo que halló fue a la Sietecolores impaciente, afiebrada, pateando el suelo como una bestia antes de la carrera y maldiciendo la pérdida de tiempo.
Tomó al gigantón del brazo como una madre carbrona y encabronada y lo arrastró hacia el interior, a los desvencijados cuartos hechos de maderas verdes ya retorcidas a efectos del calor, donde era como hacerlo en una vitrina que daba entera perspectiva a los samueleadores de la más poblada calle. Ella se tendió en la cama después de sacudir las sábanas y espantar las pulgas. Con un movimiento brusco de las piernas y los músculos del atlético y sano vientre hizo que la falda de abundantes pliegues de percalina se le viniera a la cara descubriendo su secreto muchiqui, veterano de tantas batallas.
La muy expedita, comentaría el sargento, ni siquiera tuvo la decencia de utilizar sus calzones color orinado. La vil se vino a pelo para facilitar el ajetreo.
Al policía, gran conocedor, comenzó a darle rabia ya que para él en asuntos peristálticos lo mejor era el aderezo, pero como el pan estaba en el horno y de pronto se quemaba, si no hay lomo de todo como, se dijo, y puso el instrumento a la obra. Fue como montarse en una montaña rusa, pero sólo de bajada. En realidad, todo terminó casi antes de comenzar. La mujer no tenía una fruta deleitosa entre las lindas piernas sino un ávido hocico de lobo feroz, que no sólo lo exprimió sino que magullólo, masticólo, vapluleólo y dejólo casi al segundo inservible quizás para el resto de la vida. Ya la Sietecolores iba a dar por finiquitado el negocio cuando Robustiano, que también tenía su bárbara bestia incluida, le abrió las puertas del cuerpo de par en par, y la fue abrazando como quien quiere espichar un mango. Después alegó que había sido legítima pasión y que él no tenía la culpa que ella tuviera huesos de leche y flojos los costillares.
El Doctor Tremens se encargó de radiografiarla, recetó yeso para tres costillas quebradas en forma de fractura conminuta y reposo total; de paso le reconoció el angelito y descubrió una sífilis cuaternaria que ya estaba echando costra. No es enfermedad de humano sino de burra promiscua, comentaría luego en privado el doctor y escribió una receta para caballos. (Eran los tiempos en que la letra de Tremens podía ser descifrada sin gran esfuerzo.)
Una desgracia de ese tamaño no estaba en las previsiones de la ilustre profesional. ¿Cómo iba a pagar las suscripciones a los magazines, los abrigos, las lunas venecianas de plata, los coloretes, los vestidos de piel de pantera y la secreta tienda de abarrotes que era su dizque camerino en el Bar Tico? ¿Cómo iba a cumplir con los contratos pagados por adelantado por más de media docena de conocedores de sus talentos?… El yeso que le pusieron le cubría desde las coyunturas de las piernas hasta las hombros, donde sólo dejaba libre la cabeza y los brazos y un rombo en el sitio de la barriga, para que al comer la digestión pudiera llevarse a cabo.
Mientras se sintió demasiado débil comió gracias a sus compañeras y a la venta de cachivaches y chunches que había recogido en prenda. Luego, cuando se le terminaron, ya estaba un poco restablecida. Cualquiera otra se hubiera dedicado a cocinar empanadas para venderlas en alguna esquina bien comercial; ella no, su vida era su vida y no iba a cambiarla por un insuceso sin importancia; por otro lado hubiera preferido empeñar la cabeza a abandonar sus lentejuelas, perfumes y neceseres; de modo que un día de tantos, después de limar el yeso lo suficiente como para que no estorbara, apareció en el Bar Tico, alegre y bamboleante como las gigantas de circo o como las chicas grandes, grandísimas del Coro de Las Doscientas Vírgenes, pero con las facciones demacradas y un tabaco en los labios que desde ese día pareció petrificársele. A sus compañeras les pareció extraño que ella fumara esos tabacos de trailero; ella, que se llamaba la cocote de los Beryeres, ¿fumando de los de cuatro por dos céntimos? ¡Cómo cambian las cosas!, se decían, y le preguntaban que por qué. Ella les respondió que ya no era una cocote de los Beryeres sino una puta igual a todas, sólo que con una culofalda de yeso encima. Las muchachas pensaron que había regresado por nostalgia, pero no, apenas llegado el primer parroquiano le cortó el camino pizpireta con cambio de luces y un irresistible y sugerente barrido de lengua por los labios rojo rabioso. Está más gorda, pensaría el cliente, don Poeta Gordo, que teniendo una sílfide y tricoferina por esposa, esbozaba en prostíbulos y metederos de mala muerte, su apetito por hembras jamonas, extensas y de lonjas generosas. Y sin más hipótesis y preámbulos, se fueron de horizontal deleite extraconyugal. Nadie sabe ni le alcanza la imaginación para comprender cómo se las ingenió la Sietecolores; lo cierto es que don Poeta salió como gato gordo relamiéndose los bigotes y al día siguiente regresó haciendo lenguas sobre las habilidades de la proletaria del amor impune y diciendo que seguramente lo que había pasado era que a ella le estaba sucediendo lo que a los ciegos o a los mudos, que perdiendo una facultad desarrollan extraordinariamente otra. Las niñas no se tragaron el cuento: según ellas ese hombre de poderoso vientre y lira poética inspirada había sido pagado por la colega para que le hiciera propaganda. Y no fue así, según se deduce de otras declaraciones fidedignas, pues de la misma forma hablaron los demás, y el especial el Doctor Tremens, quien sí era muy puntilloso antes de su irremediable declinación en asuntos horizontales, y Termidor, que ya llevaba veinte años aburriéndose de ver a su negra barragana barrigona, y Fermín Fano, quien por perseguir y alcanzar a la esposa de su mejor amigo se había quedado solterón, prostático y corcoveante.
Pero aquello fue un florecimiento temporal; después que le quitaron el vestido de yeso quedó tiesa, llena de marcas muertas, multicolor de pellejo, torcida, perdió aquella afamada pericia de los siete efectos y no hubo forma de retornarle los anteriores atributos. Sin embargo, siguió fiel a su puesto cerca de la rokola de los mil quinientos discos dominados por Julio Jaramillo y el jefe Daniel Santos, con el tabaco apestoso, interminable, camuflador de su olor a muerta viviente, echando humo como una locomotora y consiguiendo clientes ocasionales que se lo pedían por compasión o descuido.
Fue engordando a ritmo acelerado hasta que sus nalgas no cupieron en una silla ni en dos y hubo que juntarle tres, le creció una gran papada que unió el mentón con el plexo solar y así permanecía sudando y esperando, a la escucha de las canciones de Pigalle y la Suite Cascanueces y Los Patinadores hasta que le dio un cáncer en la base de la columna y se murió en las mismas bancas de las viejas y provechosas transacciones, al lado de la rokola, y todo esto sucedió en menos de un año.
En su honor se siguió haciendo sonar La Marsellesa versión de Pérez Prado todas las noches a las doce y las guerreras del campo de plumas se ponían en formación y presentaban armas de amor.
«Marco Tulio es un bárbaro, un garañón, un fenómeno de la literatura y no me sorprendería que terminara por ser el gran escritor colombiano del siglo XX».
José Donoso, Entrevista, El Mercurio, 21 de diciembre de 1976
«Lo dije cuando apareció la primera edición de Breve historia de todas las cosas: que Garramuño iba a ser uno de los grandes».
Jorge Ruffinelli, La Palabra y el hombre, México
«Es lo más cercano a Cien años de soledad en cuanto a calidad».
Seymour Menton, La novela colombiana, planetas y satélites, Bogotá
«Breve historia de todas las cosas es superior a Cien años de soledad».
Omar Genovese, Los libros muerden, Buenos Aires
«Breve historia de todas las cosas podría repetir el fenómeno de Cien años de soledad«.
Edmundo Valadés, Novedades, México
«Lo que caracteriza a Garramuño en Breve historia de todas las cosas es su habilidad, simple y llana, y con una gracia arrolladora, para contar historias divertidas una tras otra, en un surtidor que recuerda las cimas de la literatura narrativa de todos los tiempos».
Raymond Williams, Inter American Review of Bibliography
«Breve historia de todas las cosas es una novela inmensa de un inmenso escritor».
Guillermo Samperio, presentación de la 3ª edición en México
«Me gusta más Breve historia de todas las cosas que todo lo escrito por García Márquez».
René Avilés Fabila, presentación de la 3ª edición en México
«Me gusta más lo que escribe Garramuño que lo que escribe García Márquez».
Daniel Divinski, contraportada escrita por el primer editor de Breve historia en Buenos Aires
«Una novela como Breve historia de todas las cosas debería obligar a la crítica a replantear la historia de la literatura en español».
Alejandro Hermosilla, Avería de pollos, Barcelona
«Breve historia: obra magna, increíble que un joven de 25 años haya escrito semejante novela».
Daniel Ferreira, El Espectador, Colombia
«Eduardo Gudiño Kieffer, el ya famoso novelista argentino, durante una estancia en Cali, Colombia, en un congreso de narrativa, descubrió un inesperado parentesco con un joven escritor colombiano: Marco Tulio Aguilera Garramuño, autor de la novela inédita entonces Breve historia de todas las cosas. Gudiño llevó a Buenos Aires el manuscrito, “después de haberlo leído casi sin pausas para respirar, en el avión y luego en casa” (son casi 400 páginas). Le pareció que había en él una revelación deslumbrante de un escritor muy interesante. Al día siguiente, desvelado, se lo llevó a su editor Daniel Divinsky (editor y casi inventor de Quino, autor de Mafalda). Divinsky celéricamente publicó la novela en su prestigiosa Editorial La Flor. Desgraciadamente eran los tiempos de la peor violencia argentina y entre tanta sangre la novela no tuvo la repercusión que se esperada. En la contraportada Divinsky escribió que consideraba que esta novela era lo más interesante que había aparecido en América Latina desde Cien años de soledad».
Edmundo Valadés, Novedades, México
«Una novela pura vida. Más divertida que las del boom, ella sola vivita por la energía que emana de la historia y la solapada ternura de su autor por los personajes, por nuestras montañas, por la tristeza vital de la provincia y por esa mirada que descubrió en los costarricenses, y que a pesar de su confesada miopía logró descifrar hasta el agotamiento (…) Más divertida que Cien años de soledad (…) Es un sainete bellísimo en donde lo real se vuelve fantasía y lo maravilloso se hace casi real, por las características esenciales de unos personajes deformados, caricaturizados, elementalizados y hechos vida por la magia del recuerdo y la sonrisa (…) Hay una especie de concubinato entre García Márquez y José Amado, entroncada por supuesto, y ahí reside la categoría de pastiche, con las locuras, fantasías y fiebres de este especialísimo personaje que debe ser Marco Tulio Aguilera Garramuño».
Alfonso Chase, suplemento Postdata del periódico Excélsior, Costa Rica, 10 de agosto de 1975
«San Isidro de El General no tiene nada que ver con Macondo, salvo el hecho de que ambos personajes de ficción inventados por autores literarios colombianos. ¿Inventados? Hasta cierto punto, puesto que, podrían constituir un reflejo, entre real y mágico de, muchos coloridos pueblos de Latinoamérica. San Isidro de El General —a todo color y sabor— es el protagonista de Breve historia de todas las cosas, entretenida y chispeante novela del colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño que acaba de publicar en Buenos Aires. Breve historia de todas las cosas impone a la atención de la crítica y de los lectores de habla castellana a un nuevo e imaginativo narrador colombiano en momentos en que el mundialmente famoso Gabriel García Márquez anuncia que durante un largo periodo dejará de lado la novela y el cuento para dedicarse a la política».
ANSA-Noticiero Cultural Latinoamericano, hoja 11, agosto 13, 1975, Buenos Aires
«Entre la generación de jóvenes rebeldes que aparece hoy en día en la novelística latinoamericana, Aguilera Garramuño puede ser considerado como el primer colombiano que entra dentro de la categoría de los que convierten a la literatura en objeto de juego. Sin embargo lo que es de mayor importancia en Garramuño, especialmente en su novela Breve historia de todas las cosas, es su habilidad, simple y llana, y con una gracia arrolladora, para contar historia divertidas una tras otra, en un surtidor que recuerda las cimas de la literatura narrativa de todos los tiempos, algo que sin lugar a dudas es esencial a la novela».
Raymond Williams, Inter-American Review of Bibliography, num. 1, enero-marzo, 1977
«Novela “frenáptera”, la Breve historia de todas las cosas, tal vez más larga que breve (pero se lo agradece el lector), tiene una carga de humor e ingenio grande. Humor que no fabrica el narrador, sino que sabe tomar de las actitudes y personalidades de la gente de todos los días, que hace de sus vicios y profesiones, de su manera de enfrentarse con los demás y con el mundo, un extraordinario espectáculo trágico-cómico. Pero ellos no ríen, ellos simplemente hacen su vida; la vida no es un asunto de reírse. Reímos nosotros, los espectadores, que vivimos fuera de ese círculo, de ese alejado y particularísimo rincón del planeta llamado San Isidro de El General».
Andrés Hurtado García, La Estafeta Literaria, no. 583, Madrid, 1976
«Nos deja esta novela la impresión de que la vida es un circo, su lectura trae el premio de la gratificación de la amenidad. Novela entonces amena y hasta en su mayor parte regocijante, de inventiva ingeniosa y sostenida a veces hasta el delirio, con un humor que cuesta llamar alegre por el rictus que conlleva, Breve historia de todas las cosas accede a la narrativa latinoamericana con brío y un despunte de sabiduría (sabiduría narrativa, técnica y de la otra: de la vida) sorprendentes y hasta increíbles en un joven de 24 años».
Jorge Ruffinelli, La Palabra y el hombre, No. 29, Nueva Época, enero-marzo 1979, Xalapa, México.
«Cosas como «Aguilera Garramuño no es un pseudónimo de García Márquez para escribir una novela más divertida que Cien años de soledad» nos parece una publicidad torpe, ya gastada, y que previene en el lector contra el libro. Lo menos que se puede pensar es que se trata de alguien que quiere utilizar a otro como trampolín, recurso también muy trajinado y poco serio (…) Sin embargo se encuentra uno con un narrador dotado, imaginativo, bastante descuidado, hiperbólico, desmesurado, gratuito en muchos aspectos, torrencial y desmadejado»
Miguel Donoso Pareja, Bitácora Latinoamericana, enero 5, 1978, Diario El Día, México D.F.
«No es de extrañar la paradoja de una visión muy seria de la sociedad dentro de una obra tan divertida. Paradójico es el título BREVE historia de todas las cosas. Paradójico es también el hecho de que San Isidro de El General, Costa Rica, Centroamérica, se convierta, igual que Macondo, en el prototipo de cualquier pueblo latinoamericano. Por lo tanto no tiene sentido que los astrónomos colombianos sigan desconociendo la obra por su ambiente “extranjero”. Aunque no tenga las dimensiones universales y trascendentes de Cien años de soledad, la novela de Aguilera Garramuño es de mayor magnitud que todos los otros satélites de la última década».
Seymour Menton, La novela colombiana: planetas y satélites, Plaza y Janés, Bogotá, 1978
«La novela de Aguilera Garramuño es muy divertida y verdaderamente legible, pero está muy lejos de superar y ni siquiera igualar a su modelo (Cien años de soledad), a pesar del empleo indudablemente hábil de una gran cantidad de recursos narrativos: los ingredientes de la pasta pueden ser muy buenos y la preparación esmerada, pero con todo a veces los pasteles que pueden ser muy buenos no se esponjan en el horno, por lo menos no tanto como uno quisiera. El autor publicó esta primera novela cuando andaba por los veinticuatro años, así que, si no se quema (como los deportistas) al proponerse a García Márquez como modelo, no dudo que llegue a dar mucho. Si Gabo se propuso a Cervantes como modelo, no veo por qué Marco Tulio no pueda hacer lo mismo con García Márquez».
Juan José Barrientos, Punto y aparte, Xalapa, 18 de octubre de 1979.
«No hay que equivocarse entrando en comparaciones entre los estilos de García Márquez y de Garramuño, pues la propiedad con que este último se desenvuelve dentro del lenguaje desenfadado y verborréico, permite advertir que no está empeñado en imitar a nadie, que simplemente está soltando su vena deslumbrante por donde tiene que hacerlo, por la vía que le es absolutamente propia y que por tanto maneja a su antojo… Garramuño no es un imitador de García Márquez, ni pretende plagiar a nadie, es un autor con auténtica vena literaria de la mejor estirpe, emparentada con Cervantes y lo mejor de la literatura castellana, una vena que ha explotado artísticamente la vida de un pueblo por el conducto más indicado de la sonrisa y la ironía».
Carlos Morales, La República, San José, Costa Rica, junio 29, 1976
«La presente versión de Breve historia de todas las cosas, realizada por Plaza y Janés en Colombia, con un tiraje extraordinario para una novela publicada en Colombia (20 000 ejemplares), es la segunda edición de la publicada en Buenos Aires. De ella se habló bastante hace tres años entre los escritores. Por entonces Jairo Mercado escribió que no se explicaba cómo una novela como ésta aparecía y no se armaba con ella un fenomenal escándalo literario, sólo comparable al de Cien años de soledad. Son 370 páginas escritas con brío, con excelente humor y un endiablada sabiduría literaria y humana, y si bien su configuración como novela puede ser discutible, lo cierto es que se trata de uno de los textos más divertidos y ricos, ingeniosos y llenos de poderío de la literatura colombiana, y me atrevería a decir latinoamericana, de todos los tiempos».
Germán Santamaría,Dinners, Bogotá, Colombia.
«El narrador muestra sus ganas de contar, de describir en la narración con ritmo frenético el complejo mundo de su situación en el universo. Muestra. Exhibe su capacidad de observación. Mira todo lo que a su alrededor acontece, sin perder detalle. Visión de impresionismo fotográfico que capta en un todo, como a través de una lente cóncava y tridimensional, la vida urbana. Alucinación que abarca en una muestra representativa el todo del ente nacional de un pueblo que es, como diría Borges, todos los pueblos. De ahí la universalidad de una novela tan intensamente localista. Es tan ajena que parece propia. Todo lo abarca sin perderse en el fárrago, con un equilibrio pasmoso: niveles sociales y sus desempeños, caracteres individuales cargados de una tipificación sociosicológoica, grupos cívicos (Club de Damas Grises, Cámara Junior, Club de Leones), grupos místicos (los mormones, el niño hindú Masera-Ti, espiritistas del Centro Flor de Paud), centros sociales, prostíbulos (los más hermosos y sorprendentes lugares, los más originales, los más sórdidos, con criaturas tan delicadas que habría envidiado Kawabata), compañías de explotación transnacionales, estatal desorden administrativo, corrupción, peculados, locos, bobos, ineptos, ilusos, imbéciles, pordioseros, intelectuales, que, y no sería extraño, Garramuño, en su casi anormal sabiduría de 24 años de edad, hacen pensar en la realización plena del aleph borgiano. Realización del aleph borgiano pero en novela, no en cuento. Todo aparece en esta fotografía y mucho más. De todo se ríe el narrador (que en este caso es desvergonzadamente el autor). Con una sonora risa lingüística, con una extensa carcajada estructural, con una sorprendente capacidad para ironizar, para burlarse del mismo lector, para tomarle el pelo, para desmitificar, para jugar con la historia de la historia, pintando anárquicamente la anarquía… Desde ahora afirmo y sin recelos que Breve historia de todas las cosas es una excelente novela, un tour de force casi inexplicable en un joven de 24 años. Es una de las novelas mejor escritas en Colombia y su escritor, Aguilera Garramuño, estudiante de filosofía y fondista, se constituye no en una promesa sino una realidad actual, original, que marca a la literatura colombiana como sólo tres o cuatro grandes novelas lo han hecho. En este autor desemboca lo mejor de la literatura latinoamericana: García Márquez, Rulfo, Borges, Arreola, Sábato, Carpentier y Agustín Yañez, ese casi olvidado y maravilloso autor de Al filo del agua«.
José Guillermo Varela García, El País, Cali, Colombia, 29 de marzo de 1981
«Breve historia de todas las cosas le confirió al autor, de inmediato, pasaporte de escritor de pesos completos. Se trata de una novela de 370 páginas cuya composición total podría asociarse a un gran mural de un pueblo maravilloso, como sólo podría estar en Latinoamérica y en la imaginación prodigiosa de este joven colombiano que es Marco Tulio Aguilera Garramuño».
Isaías Peña, El Espectador, Bogotá, Colombia, 1 de octubre de 1981
«Las posibilidades de juego de la imaginación en la novela Breve historia de todas las cosas son casi infinitas».
John Brushwood, La novela hispanoamericana del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, México
«Su novela pertenece a la gran tradición de la novelística hispanoamericana y contemporánea (…) La modernidad de esta novela consiste en ser una construcción que se mira en el espejo de otras edificaciones literarias; digo espejo a propósito, porque reflejo no es fiel reproducción de la sombra, antes bien la imagen. Y la obra de Aguilera Garramuño es proyección no sólo de la narrativa de “experimentación” actual, sino también de los clásicos: el Quijote, obra de la que recupera lenguaje, ingenio y una percepción alucinada de la realidad (…) Esa actitud crítica hacia la sociedad es lo que hace de Breve historia de todas las cosasuna gran novela (…) Si se quiere, la historia de ese pueblo inolvidable de San Isidro de El General, su controversia como pueblo o ciudad, es un drama donde la sangre no se derrama; sino que bulle; hierve porque todos sus pobladores están insatisfechos. ¿De qué? Ausencia de confrontación y con una fantasía que los devora; ellos quieren vivir el paraíso con el disfrute de la carne (…) ¿Semejante a Cien años de soledad? No. Lo que hay es una semejanza disímil. Un gozoso paso adelante. No realismo mágico sino magia realista. Garramuño usa un procedimiento inverso. La imaginación del novelista se sitúa en primer plano; con ella él intuye y descubre su propia fantasía y la de otros; el mundo real en que vivimos con nuestras irrealidades. El estilo de Garramuño se nutre del sueño, es pariente de Calderón de la Barca; apenas despertamos vemos alrededor la magia de la realidad. Marco Tulio le impone su sueño, su fantasía, a la realidad: no depende de ella. Y la imaginación de este joven colombiano es de un poder arrasador (…) Su novela no es una aceptación de un mundo creado sino la creación de otro tan poderoso como el anterior. Garramuño compite con la creación. Ese es el tamaño de su ambición. Es un deicida. Crítica de la realidad. Eso es. Y además, crítica de la crítica, autoconciencia en la creación. En efecto: en Breve historia de todas las cosas se cuenta la historia de la escritura, cómo nació, se gestó y se desarrolló. Al narrador le interesa primus inter pares no la historia, sino la escritura del relato: le interesa el sueño, no el origen del sueño. Parodia del Quijote (parodia de la parodia, pues) — hay una Dulcinea, hay un presidiario que está al borde de la locura a causa de los excesos de lectura, hay un lenguaje arcaico (burlesco). Parodia de Cien años de soledad —hay algunas escenas que podrían entrar en la novela de García Márquez sin pedir permiso, pero que se diferencian porque Garramuño les pone una piedra que no las deja flotar—. Parodia y homenaje a Shakespeare (tenemos una tragedia de amor tan conmovedora como Romeo y Julieta). Homenaje a Al filo del agua y Pedro Páramo. Alusión ala alegoría de la caverna de Platón. Reinterpretación y ampliación del aleph de Borges… Todo ello haría pensar en una obra pedante, erudita, pesada. Nada más lejos. Esta novela es de una alegre ligereza que ha llevado a algunos críticos a hablar de superficialidad. Podría decirse que sí, es superficial como una fiesta de disfraces … que oculta cien tragedias. (…) Y hasta lo insólito: escribe mal para poder burlarse de sí mismo: el narrador apela a un cierto descuido, elegante y divertido descuido en la coherencia de su escritura, en el manejo del tiempo, en las identidades de personajes que cambian de nombre y de vida. No le tiene miedo a las influencias. Las anota con nombres y apellidos. Es un reto. Un sentimiento de poderío narrativo a veces incluso descarado, que a algún crítico ha llegado a molestar. (…) La crítica seria ha reconocido dos poderes en Aguilera Garramuño: su gran imaginación y la fantasía con que escribe. Es notable también la selección a veces extravagante o precisa de palabras, que sin duda aprendió de Borges y a la que supo darle matices absolutamente personales».
Tradición y novedad: Breve historia de todas las cosas, Separata de la Revista Iberoamericana, Pittsburgh, números 138-139, enero-junio 1987, Estados Unidos.
Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez, pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía «El libro de la vida», cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.