Una recomendación para los amantes de la poesía cubana
La jungla – Wifredo Lam (1943)
Proponer un listado de libros que indiquen los rumbos de la poesía cubana…
Por su complejidad, esta idea había quedado aparcada. Como explicamos en dossier similar sobre las novelas (Entender Cuba: 100 novelas – 100 Autores, publicado en nuestro número 65 del 2023) durante los casi dos años de pandemia del COVID-19 lanzamos a nuestros lectores (mayormente a los cubanos) un reto singular: ¿qué 20 novelas cubanas del siglo XX y XXI recomendarías a un lector no cubano que quisiera entender Cuba, su historia, su cultura, su sociedad?…
Hicimos lo mismo con la poesía, en este caso con lectores y escritores cubanos amigos de OtroLunes y aprovechando los intercambios con fieles seguidores de nuestra revista hasta 2025… pero ahora con la pregunta: ¿qué poemarios de autores cubanos consideras que han dejado una huella en la literatura cubana, ya sea en el aspecto de la historia literaria, el desarrollo de las promociones o generaciones poéticas y las corrientes literarias, e incluso los modismos, sin que importe qué circunstancias marcaran esa huella? Insistimos en hacerles entender a los participantes en esta idea que no se trataba, en ningún caso, de una selección para determinar ningún tipo de supuesta superioridad poética si no de impacto poético, ya fuera en el entorno literario o en el ámbito de lectores, aunque sabíamos que posiblemente el resultado apuntaría a libros de algún modo u otro «importantes» en la historia del género.
Bajo ese criterio recibimos la mención de un total de 142 poemarios, de los cuales seleccionamos 100 atendiendo al número de propuestas que tenían.
Como dijimos en nuestro dossier anterior dedicado a la novela, OtroLunes desea aclarar que este listado no apunta a ninguna selección de canon, no responde a ningún interés de priorización generacional, ni tampoco a la valoración de la literatura escrita en la isla o la diáspora. Y como en todo listado, seguramente se encontrarán muchas ausencias.
A la pregunta: «¿qué 20 novelas cubanas del siglo XX y XXI recomendarías a un lector no cubano que quisiera entender Cuba, su historia, su cultura, su sociedad?», 100 lectores, conocedores de la literatura cubana, muchos de ellos promotores en redes sociales de la creación literaria cubana, propusieron la siguiente relación:
Al cielo sometidos – Reynaldo González
Aventuras de Gaspar Pérez de Muela Quieta – Gustavo Eguren
Biografía de un cimarrón – Miguel Barnet
Boarding home – Guillermo Rosales
Brujas – Chely Lima
Callejones de Arbat – Antonio Álvarez Gil
Cañón de retrocarga – Alejandro Álvarez Bernal
Casa de cambio – Alejandro Aguilar
Chiquita – Antonio Orlando Rodríguez
Contrabando de sombras – Antonio José Ponte
Contracastro – Rafael Alcides
De dónde son los cantantes – Severo Sarduy
Días de entrenamiento – Ahmel Echevarría
Djuna y Daniel – Ena Lucía Portela
El corazón del rey – Félix Luis Viera
El gen de Dios – Juan Abreu Felippe
El gran incendio – Daniel Iglesias Kennedy
El hombre con la sombra de humo – José Hugo Fernández
El hombre que amaba a los perros – Leonardo Padura
El mundo alucinante – Reinaldo Arenas
El pan dormido – José Soler Puig
El polvo y el oro – Julio Travieso
El rey de La Habana – Pedro Juan Gutiérrez
El ruso – Manuel Pereira
El siglo de las luces – Alejo Carpentier
El traidor de Praga – Humberto López y Guerra
El último día del estornino – Gerardo Fernández Fe
El último secreto de Herman Hesse – H.G. Quintana
El verano en que Dios dormía – Ángel Santiesteban Prats
En mi jardín pastan los héroes – Heberto Padilla
Enigma para un domingo – Ignacio Cárdenas Acuña
Esa fuente de dolor – Matías Montes Huidobro
Espejo de tres cuerpos – Odette Alonso Yodú
Espero la noche para soñarte, Revolución – Nivaria Tejeda
Esther en alguna parte – Eliseo Alberto Diego
Everglades – Jorge Enrique Lage
Fumando espero – Jorge Ángel Pérez
Guanabo Gay – José Prats Sariol
Hagiografía de Narcisa La Bella – Mireya Robles
Hombres sin mujer – Carlos Montenegro
Infidente – Nelton Pérez
Inquisición roja – Rafael Vilches Proenza
Jardín – Dulce María Loynaz
Joy – Daniel Chavarría
La caja está cerrada – Antón Arrufat
La carne de René – Virgilio Piñera
La concordia – Evelio Traba
La estrella bocarriba – Raúl Aguiar
La isla del cundeamor – René Vázquez Díaz
La leve gracia de los desnudos – Alberto Garrido
La nada cotidiana – Zoé Valdés
La piedra de María Ramos – José Lorenzo Fuentes
La playa – Atilio Caballero
La saga del perseguido – Guillermo Vidal
La soledad del tiempo – Alberto Guerra
La tabla – Armando de Armas
La tiranía de las moscas – Elaine Vilar Madruga
La trenza de la hermosa luna – Mayra Montero
La viajera nocturna – Armando Lucas Correa
Las palabras perdidas – Jesús Díaz
Las palabras y los muertos – Amir Valle
Las potestades incorpóreas – Alberto Garrandés
Las voces y los ecos – Aida Bahr Valcárcel
Libro de la derrota – María Elena Hernández Caballero
Los fantasmas de hierro – Emerio Medina
Los hijos de la diosa Huracán – Daína Chaviano
Los reyes del mambo tocan canciones de amor – Oscar Hijuelos
Mayonesa bien Brillante (una novela de amor) – Legna Rodríguez Iglesias.
Memoria del silencio – Uva de Aragon
Memorias del subdesarrollo – Edmundo Desnoes
Mirando espero – Justo Vasco
Mouche – Margarita García Alonso
Mujer en traje de batalla – Antonio Benítez Rojo
Mundos sucios – José Latour
No es tiempo de ceremonias – Rodolfo Pérez Valero
Onoloria – Miguel Collazo
Otras plegarias atendidas – Mylene Fernández Pintado
Pailock, el prestidigitador – Ezequiel Vieta
Paradiso – José Lezama Lima
Pedro blanco, el negrero – Lino Novás Calvo
Perromundo – Carlos Alberto Montaner
Procesado en el paraíso – Ismael Sambra
Puente en la oscuridad – Carlos Victoria
Que en vez de infierno encuentres gloria – Lorenzo Lunar Cardedo
Retrato de los tigres – Sindo Pacheco
Rex – José Manuel Prieto
Sabanalamar – José Abreu Felippe
Sibilas en Mercaderes – Pedro de Jesús López
Silencios – Karla Suárez
Soñar en cubano – Cristina García
Tantas razones para odiar a Emilia – José M. Fernández Pequeño
Temporada de ángeles – Lisandro Otero
Todos se van – Wendy Guerra
Tres tristes tigres – Guillermo Cabrera Infante
Turcos en la niebla – Enrique del Risco
Tuyo es el reino – Abilio Estévez
Última rumba en La Habana – Fernando Velázquez Medina
Una recomendación de los lectores cubanos de OtroLunes
Durante los casi dos años de pandemia del COVID-19 lanzamos a nuestros lectores (mayormente a los cubanos) un reto singular: ¿qué 20 novelas cubanas del siglo XX y XXI recomendarías a un lector no cubano que quisiera entender Cuba, su historia, su cultura, su sociedad? Conociendo el peligro que se corre al hacer cualquier selección, especialmente en un caso de prolífica producción novelística como el caso cubano, insistimos en hacerle ver a los 100 lectores seleccionados por su fidelidad a la revista, que no se trataba, en ningún caso, de una selección en materia de calidad literaria si no de utilidad a la hora de explicar la compleja problemática que en estos dos últimos siglos han vivido Cuba y los cubanos.
Para evitar imparcialidades lógicas la selección de estos lectores no incluyó a escritores y personas vinculadas directamente el mundo de las letras. Y cada lector fue propuesto por el equipo de Otrolunes, a partir de su activa participación en redes sociales comentando obras literarias. Cada lector podría proponer hasta 20 obras y la novela propuesta sería incluida en el listado de 100 Novelas – 100 Autores solamente si era mencionada más de una vez. Así, de un total de 175 novelas citadas por los lectores, el cómputo final nos sorprendió a quienes en la revista estamos cerca del tema «Literatura Cubana», pues la inmensa mayoría de las propuestas coincidentes eran de libros que la crítica cubana (e internacional en muchos casos) ha destacado por sus valores literarios. Como detalle curioso, los únicos casos de unanimidad (100 de 100) fueron Carpentier, Lezama, Arenas y Cabrera Infante.
OtroLunes desea aclarar que este listado no apunta a ninguna selección de canon, no responde a ningún interés de priorización generacional, ni tampoco a la valoración de la literatura escrita en la isla o la diáspora. Es, sencillamente, una propuesta de un grupo de lectores, sobre novelas cubanas que les parecieron relevantes por la mirada que ofrecen sobre la realidad de Cuba. Y como en todo listado, seguramente se encontrarán muchas ausencias.
Fernando López, escritor argentino. Foto: cortesía La Voz, Argentina.
Aunque estudió abogacía, Fernando López es más conocido nacional e internacionalmente por sus aportes literarios, esencialmente en el terreno del género negro. Su mirada dentro de esa tendencia narrativa aprovecha la conflictiva realidad de su país, Argentina, y momentos históricos muy específicos (la dictadura, por ejemplo) para hurgar en los conflictos, las miserias y las esperanzas humanas de su gente en medio de ese tipo de situaciones límites. Ello le convierte en uno de los más lúcidos cronistas de la realidad argentina. Ya sea a través de su exitosa saga novelada del detective Philip Lecoq, o en novelas de corte más social como Arde aún sobre los años, con la que obtuvo en 1985 el prestigioso Premio Casa de las Américas, López se inscribe como uno de los narradores imprescindibles a la hora de configurar cualquier estudio sobre las letras argentinas.
Fernando López, tiene una larga trayectoria como escritor. Abogado penalista en su origen, luego magistrado, el escritor cordobés estuvo siempre atrapado por la literatura. Referente principal del género negro y la literatura policial en Córdoba. Junto con Gastón Tremsal crearon en 2014 el prestigioso Encuentro Internacional de Literatura Negra y Policial “Córdoba Mata” que terminó configurándose como un sello identitario del género en la Feria del libro cordobesa.
Entre otros galardones, obtuvo en 1985 el premio cubano Casa de las Américas por su novela “Arde aún sobre los años”; el premio Colima de México por la novela “El mejor enemigo” y fue finalista del premio Planeta en 2005 por “Odisea del cangrejo”, tal vez la novela más suya. Al igual que muchos otros escritores de la literatura policial como Ramón Díaz Eterovic de Chile, Leonardo Padura de Cuba, Élmer Mendoza de México y María Inés Krimer de Argentina por nombrar algunos, desde hace un tiempo, López le dio vida a una saga con detective: las novelas de Philip Lecoq. Seis episodios que van siendo editados entre 2012 y 2019. Allí, el escritor cordobés describe con picardía y humor un detective atípico: joven, inexperto en cierto modo, desprolijo y con una marcada preferencia a ayudar a los que menos tienen. Philip, es el detective popular, el detective de los pobres.
En plena pandemia, López aparece con un libro de cuentos: “Lo implacable”. No es la primera vez que se mete con el cuento, aunque desde hace un tiempo estaba sumergido en la novela. El cuento con sus leyes propias muestra otras facetas del autor de San Francisco pero revela como siempre el manejo prolijo de la trama y la continuidad de algunas temáticas predilectas. Doce cuentos ofrece López a través de Ediciones Gogol que ha logrado un volumen de excelente factura y muy buena calidad. Entre el erotismo, el crimen y el humor, López teje su tela de araña sabiendo en definitiva que “lo implacable” es la muerte como bien lo muestra el cuento final, “El esqueleto de un niño”, que es un perfecto micro relato, género que el autor cultivó durante mucho tiempo.
Borges aparece en muchos de los cuentos de este libro. A veces de manera explícita y otras de manera implícita, en la atmósfera. Por ejemplo la ceguera del protagonista de “Los peces”, donde se desarrolla un tratamiento elevado del erotismo. La veneración que todo escritor/a argentino siente por Borges es más o menos entendible. Pero aquí aparecen otras cosas. Una veneración borgesiana donde también es permitido reírnos, tal vez como al mismo Borges le hubiese gustado. No hay falta de respeto, hay un quiebre de la solemnidad. Ya en los años ochenta, algunos se quejaron del tratamiento que el escritor Jorge “el turco” Asís hiciera de la figura de Borges en “Flores robadas en los jardines de Quilmes”. En el cuento “Tormenta en Ginebra”, López introduce a Borges como protagonista de una historia criminal. Los personajes tienen un condimento semejante al “esperpento” de Valle Inclán. Ese toque cómico que deja ver lo trágico o aquello de lo cómico en lo trágico. Un enano, una puta y un lisiado, planean la profanación y repatriación de los restos de Borges. El cuento, meticulosamente armado, está contado por el enano en un perfecto encuadre de la historia. Antes de la muerte, Borges aterido de frío y perdido en una obra en construcción, es encontrado por una prostituta que decide llevarlo a su casa. Lo que pasa no pienso contarlo, descúbralo mejor en la lectura del cuento. El enano, al principio, en el encuadre del relato, se encuentra preso y balbucea dos perfectos endecasílabos de Borges mientras abraza el sueño: “No sé por qué en las tardes me acompaña/ ese asesino que no he visto nunca”. Los versos están tomados del soneto «Alusión a una sombra de mil ochocientos noventa y tantos» del libro “El Hacedor” que Borges publicara en 1960. El poema hace alusión nada más y nada menos que a Juan Muraña ese cuchillero de Palermo, que al decir de Borges, murió lleno de días con su constelación de muertos.
De algún modo, no ver nunca al asesino es como no ver nunca al escritor. El buen asesino es aquel que no se deja ver y de un zarpazo ataca para dejar a la presa en el asombro de la muerte. Un escritor bueno, tampoco se deja ver. No deja hilachas en la escritura. Ataca engarzando palabra tras palabra hasta llegar a un laberinto del cual solo saldremos en el punto final para darnos cuenta que ya es tarde, que hemos sido devorados por la literatura. López pertenece a este grupo de escritores que no se dejan ver y este libro es la prueba.
En la misma ciudad donde nació y que hace apenas unos años aprendió a descubrir, Philip Lecoq se presenta aquí como un anfitrión urbano que parece conocer de palmo a palmo los recovecos de un terreno donde siguen pasando hechos siniestros a sus espaldas.
Dice su creador, el cordobés Fernando López, que creyó que Lecoq ya estaba maduro para determinadas cosas y por eso lo sacó nuevamente a la cancha y lo enfrentó no sólo a personajes oscuros sino también a seres mitad hombres-mitad animales.
Pero antes de comenzar con este comentario, es necesario decir aquí dos cosas: Primero, que esta nueva entrega puede leerse sin haber leído las anteriores, y segundo, que justamente es ahora donde debería empezar a leerse desde el comienzo, porque la saga comienza a tener olor a final y sería un pecado no contar con todos los datos a mano cuando llegue el momento. Total, no se preocupe, la pluma de López es ágil, dinámica y pincelada de un sarcasmo tal, que puede leerse en menos de lo que Philip se prende un porro.
Con una trayectoria como detective que ya cuenta con seis episodios, el joven Felipe Gallo, a punto de terminar la nocturna y cerrar la etapa del secundario, se anima a perseguir el rastro de un espécimen poco habitual luego del pedido encarecido de la Lore, quien prometió pagarle con alto cash y en especias, como es la costumbre.
Philip por supuesto que acepta, usted lector verá si a las dos cosas, y sin que la Jesy –su mujer- se entere demasiado, toma el cabo suelto de un hilo que lo conducirá a los estratos más altos del poder en Córdoba.
A diferencia de otras entregas de la historia, aquí no hay un asesino por descubrir, ni siquiera un cadáver por identificar. Acá todo comienza con el ataque de un “violador” a jóvenes cordobesas (incluidas la Lore) y un séquito de policías y políticos dispuestos a atraparlo como sea con tal de sacar rédito de la caza. Pero, por supuesto, a Philip no lo mueve ni el poder ni el rédito político, sino el orgullo de saber que puede hacerle frente a tamaño misterio. Es, quizás, la mayor de las riquezas de quien tiene poco para perder.
Así es que se embarca en esta historia, persiguiendo a un ser extraño que ataca a mujeres, pero sólo cuando están en proceso de menstruación. Sí, ya se, por momento suena asqueroso, es que la saga ha pasado a ser algo “dirty” (sucia) ya que la temática necesita particularmente de elementos residuales. Ya lo dice el título “La ciudad de los desechos” y la trama no hace más que poner en escena todo eso que la sociedad deja al margen, olvida, descuida, esconde, oculta.
Philip, o sea López, quiere esta vez sacar a la luz una trama de delitos pero no del submundo, sino de la cúspide del poder. Por eso jefes policiales, obispos, ministros y hasta el mismísimo gobernador será parte de este relato que no descansará hasta encontrar un ser gustoso de la sangre. ¿Un vampiro quizás?
Con final abierto, comienzo impactante y un desarrollo que no escatima en las escenas costumbristas de Philip con CQ, compañeros de Esperanzas sin Muros, altercados con la ley y riñas entre bandas barriales, La ciudad de los desechos es otra entretenida posta para llegar al cierre de las aventuras del joven Felipe Gallo, quien ya es todo un detective.
Además de la trama en sí, de la que luego hablaremos, en La Ciudad de los Desechos, última novela del autor cordobés Fernando López, sobrevuela la visión de una ciudad, es decir, la Córdoba actual, muy distante por cierto de la publicitada en bocetos de turismo o en la propaganda oficial del gobierno.
La novela viene a constituir el Episodio VI, de una saga de diez, sobre Philip Lecoq, un detective muy original, marginal que se expresa en ese particular dialecto o lunfardo cordobés. Ese dialecto del que nadie habla, pero que todos conocen, forma parte de la dicotomía existente entre “Córdoba la docta” y la “Córdoba popular”, que en su momento supo visibilizar la revista Hortensia, a través de las figuras de Negrazón y Chaveta. Dicotomía que con el correr del tiempo y las generaciones parecía que había menguado, aunque solo superficialmente, sino recordemos lo sucedido un miércoles 4 de diciembre cuando la huelga policial.
Córdoba ha tenido muchas visiones, a lo largo de su historia, la mayoría endógenas, ya que fueron efectuadas por personas que no eran nativos del lugar. La primera de ella es la reflejada por Domingo Faustino Sarmiento en su emblemático libro Facundo. El sanjuanino observa una Córdoba premoderna, encerrada, monárquica, colonial y monástica. “Un claustro, encerrado entre barrancas”, decía, por contraposición a Buenos Aires, abierta, amplia y moderna. Por supuesto esa visión estaba enmarcada dentro del debate de civilización o barbarie propuesto por su pluma.
Joaquín V González, riojano, asentado en la ciudad temporalmente, nos da una visión de una córdoba decimonónica luchando entra su tragedia de origen (el colonial, español, marcado sobre todo por la presencia de la orden de los jesuitas) y una ciudad que se avizoraba que iba cambiando, y sobre todo por la universidad, que le daba amplitud de miras y las incipientemente barriadas fabriles.
Igualmente el catalán Juan Bialet Masse, que se instaló en Córdoba a raíz del contrato para construir el Dique San Roque, observa una ciudad que va cambiando, dejando de lado su raíz colonial y transformándose en una urbe con gran energía, decía él quizás ingenuamente.
La Reforma Universitaria (1918) trastoco aquella visión primigenia de Sarmiento, contraponiendo una Córdoba civil, laica, abierta, universal.
Más cercanos a estos tiempos Antonio Marimón, en su libro El antiguo alimento de los héroes, (Ediciones Letras y Biblioteca Córdoba, 2010), nos muestra una ciudad totalmente distinta: se trata de la Córdoba obrera, fabril, insurgente, es la del Cordobazo, pero también de la dictadura feroz que azota sus calles desiertas.
En el libro de Fernando López, aparece una Córdoba sórdida. Es una ciudad irrespirable, merced al nauseabundo olor de las cloacas que estallan por todos lados. En donde coexisten una elite gobernante que habita los alrededores en cómodos y vigilados barrios cerrados, con marginales que viven de lo ilícito y demás trapisondas, conectados ambos mundos por una trama de corrupción y lazos de negocios non sanctos. Una Córdoba empobrecida en todo sentido: política, económica, social y culturalmente hablando.
Hay algo revulsivo en la novela de López. No es tan solo esa criatura, sedicente vampiro, que cuestiona toda conciencia “bien pensante” en cuanto al tema de la violencia de género, llevando toda la trama a una mezcla de terror, pesadez y oscuridad.
Todo un entramado social y cultural, que nuestro héroe logra descifrar, plagado de corrupción en todo nivel, en donde se destaca ese helicóptero que sobrevuela en noches gélidas o calurosas, la ciudad con el objetivo de vigilar y castigar aquellos seres potencialmente peligrosos para la seguridad provincial, ya sea por sus rostros, la gorra que portan, o simplemente por el azar del que apunta con la mira telescópica y de visión nocturna y desde el cielo actúa como juez y verdugo.
Una ciudad donde hay personas que consideran a otras como escorias y deben ser eliminadas. Pero ello lo hacen para ocultar otros negocios más peligrosos y obscenos para la sociedad. Su riqueza no es inocente.
Los personajes que rodean y acompañan a nuestro héroe suburbano están magistralmente dibujados por la pluma del autor. Asumen, en determinados casos, papeles cuasi protagónicos. Es el caso de la Yesi, compañera del detective, la Lore, ocasional amante o el enigmático CQ. Los mismos deambulan por arterias y lugares conocidas de nuestra ciudad, buscando así la complicidad del lector.
Una novela que provoca. Insolente. Que por momentos parece contaminarse de ese olor nauseabundo que está presente en todos lados, que traspone deliberadamente límites de todo tipo, que invita a pensar en donde estamos parados cuando nos dicen que ellos, -los del poder- representan el intereses de todos los cordobeses y que necesariamente pone en cuestión también la naturaleza del cordobesismo.
En esta nueva entrega, el ya clásico detective de los márgenes cordobeses narra la novela del asco. En todos los planos predomina este efecto, mientras la lectura avanza desde una náusea ante lo súbitamente monstruoso de los cuerpos hasta el descubrimiento de una trama económica que condensa todos los sentidos del horror. Repulsión causa la trama de corrupción que destraba Philip desde su perspectiva de lucha contra la escasez diaria, disgusto provoca la trama del narcotráfico que mata a los más pobres. La repulsión también es motivada por la perspectiva de un sector del poder que mira la ciudad de los desechos desde el aire mientras pacta con la insalubridad de una población invadida por la mierda que emerge desde las napas. El olor es una de las sensaciones que se cuela desde la perspectiva narrativa hasta impregnar las narices de un lector que quiere saber, que se enfrenta a la duda desde las primeras páginas y que encuentra en la figura monstruosa que las habita tanta aversión como atracción.
De allí que lo inclasificable de la naturaleza, y también de los negocios sucios defina la trama social y cultural de esta novela, que ya excede la parodia del género policial para transformarse en un desciframiento de las verdades más imposibles y revulsivas. Sobre la materialidad del monstruo está trabado un enigma nutricional que involucra los asedios al cuerpo femenino, y de ahí que pueda leerse como alegoría de la violencia de género, sin perder toda la complejidad de la red de sentidos delictivos que lo rodea. Como enuncia el epígrafe foucoltiano, la combinación de lo imposible y lo prohibido hace aún más infalible el efecto de verdad de esta ficción.
En el Episodio VI de la saga, López cruza marginalidad, terror y desciframiento para combinar las matrices discursivas que enuncian lo más oscuro de la trama social, con los ya clásicos giros lingüísticos que configuran la identidad de Felipe Gallo, y equipo. Entre estos, continúan las historias del enigmático CQ (Cara Quemada), la fertilísima Yési, la Lore ya devenida en prostitua VIP, y los muchachos de la comunidad carcelaria “Esperanza sin muros”. Toda una colectividad barrial que resignifica la dimensión más lateral del heroísmo desde la pobreza.
“La justicia es dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde por ley…pero también lo que se merece”, manifiesta Fernando López en su novela Odisea del cangrejo, finalista del Premio Planeta Argentina en 2005, y publicada por El Emporio Ediciones, en 2014, en Córdoba, Argentina.
Es una novela negra narrada en primera persona por el juez Alejandro Barón Roca, un personaje que tiene experiencia suficiente para observar y evaluar la vida desde todos los ángulos. El autor, es un estilista comprometido con su tiempo y con el género negro; sin embargo, reconforta reconocer que no practica la novela como formulario.
Fernando López, nacido en Córdoba, Argentina, en 1948, es una figura notable de la narrativa policiaca argentina contemporánea; nació con esa paciencia que es posible convertir en intensos momentos creativos. Es un escritor calculador que parece seguir a su personaje, su manejo del tiempo narrativo es interesante por las licencias que se permite, lo mismo que sus reveladoras atmósferas en que la clase media universitaria está presente con todo lo que tiene que ofrecer: sus sueños de crear un país mejor, sus fiestas ilimitadas, sus prácticas amorosas y sexuales y desde luego, su relación con la ley y la vida en sociedad. López se deja llevar por el juez Barón Roca del Juzgado a la pesca de dorado en un afluente del río Paraná, pasando por el cuerpo cálido de una chica de ojos celestes y otros encuentros amorosos como aquel en que, “mientras yo beso los labios de Tita, Mara besa su cuello, y Tita parece aceptar ese placer pequeño burgués con una excitación creciente…” Claro, toda esa historia susceptible de ser compartida convierte la novela en una cartografía en sepia. Una sepia, que al menos en una generación que ahora vive su madurez, no se terminará de borrar.
Un aspecto sobresaliente es que el narrador está en terapia intensiva en un hospital, a punto de morir. Mientras percibe que es atendido por un grupo de médicos y enfermeras, no se entera del paso del tiempo pero sí recuerda su vida, según él que le acertaron cinco balazos por la espalda y a las personas con las que ha convivido a lo largo de los años: padres, esposa, una hija y un hijo, colegas, compañeros de trabajo, enemigos, amores y un grupo íntimo con el que se emborracha, los acompaña en los asados y se va de pesca y caza. Es un personaje incansable y “temible”, que se encuentra en un estado “de vigilia controlada”. Hay dos personajes femeninos que se distinguen por su hermosura: Laura, que es una agente policiaca de gran belleza, y Candela, una prostituta epiléptica, muy linda y muy fuerte, que es asesinada después de una despedida de soltero. El caso es que Alejandro Barón Roca ha tenido relaciones con las dos y en el caso de Candela, sabrá de un aspecto de su personalidad que desconocía, algo así como quedar “atrapado en una historia a la que no pertenece”.
Cada recuerdo de Barón Roca es una relación con el mundo, algo que ofrece al lector, como señala Julio Ramón Ribeyro en Dichos de Luder, “un grado mínimo de incertidumbre”, que es el aspecto nodal en cualquier relato negro que se respete. López teje libremente su discurso, pero siempre tiene presente que está contando una historia y que cada personaje tiene una razón de ser y estar en determinadas atmósferas. Seguro que es una novela representativa de la realidad, no porque se note demasiado, sino porque es lo que da sentido a la novela policiaca latinoamericana, y se mencionan algunos hechos de los años setenta cuando los argentinos generaron un estilo de guerrilla urbana que al menos se discutió en el resto de los países americanos. Por supuesto que en esta novela se bebe vino, champagne, whiskey y demás, toman helado de postre, comen ensaladas verdes con tomate, zanahoria y huevo duro, pescado a las brasas y disfrutan “chinchulines, tripa gorda…riñones, ubres, mollejas, chorizo de cerdo, morcilla…un costillar de ternera…matambre al roquefort y carne”, recién retirada del quincho. La comida argentina es recia pero jugosa y riquísima.
‘“Las conclusiones son el punto débil de la mayoría de los autores”, observó George Eliot’, cita David Lodge en El arte de la ficción, y a propósito, a Fernando López no le inquieta el tema de las conclusiones, su historia va de salto en salto y de las conclusiones, si hicieran falta, se ocuparán los lectores. Tampoco me cabe duda de que La odisea del cangrejo es una novela para disfrutar, cualquiera que sea el rincón en sepia que más le atraiga. No olvide que elegir también es la ley de vida.
Publicado en El Universal, el 19 de enero de 2015.