"Los cubanos del exilio somos vistos casi siempre
como derecha, activa o latente"

Entrevista en exclusiva para OtroLunes

Dossier
Por Amir Valle

antonio-alvarez-gil-entrevista-otrolunes28-1Antonio Álvarez Gil es uno de esos escritores que prestigian con sus colaboraciones la revista OtroLunes. Pero más allá de sus contribuciones en su columna personal “Escrito en Suecia”, y más allá de una sólida amistad que nos une, la razón de volver a conversar con él es simple: se trata de un hombre que siempre tiene algo interesante que decir, y su perspectiva difiere bastante de los esquemas y “muletillas” que suelen publicarse en otros espacios de internet en los cuales se aborda el peliagudo “asunto cubano”.

En el 2009, a raíz de la salida en la editorial española Baile del Sol de su novela Después de Cuba conversamos largamente con él en estas mismas páginas virtuales y allí intentamos mostrar una buena parte del iceberg que sostiene su universo personal y creativo, de modo que ahora, aprovechando que es el invitado a nuestro dossier literario en UNOS ESCRIBEN, queremos hablar con él de otros aspectos, la mayoría de ellos que poco o sólo muy tangencialmente tienen que ver con su obra, aunque de algún modo sean más “intelectuales” en el más amplio de los sentidos.

 

Cuatro años han pasado desde nuestra conversación en el 2009. En esos cuatro años han salido dos nuevas novelas: Perdido en Buenos Aires, que fuera Premio Internacional Mario Vargas Llosa 2009 y Callejones de Arbat. Comencemos por ahí:
a) ¿Qué te hizo enviar el manuscrito de tu novela al Premio Mario Vargas Llosa y qué significó para tu carrera literaria?

perdido-en-buenos-aires-antonio-alvarez-gil-otrolunes28aEnvié Perdido en Buenos Aires al Premio Vargas Llosa porque este es uno de los premios más importantes de España; pero también porque está organizado por una universidad –con todo lo que esto conlleva sobre el jurado y demás- y eso garantizaba al menos que mi texto sería leído por escritores de prestigio literario, como en efecto ocurrió. Yo intuía que en el Vargas Llosa no existían componendas ni consideraciones extra literarias a la hora de elegir la obra ganadora. En otras palabras, que uno podía esperar un trato justo y honrado hacia el manuscrito, cosa que tú me confirmaste cuando te consulté al respecto, ¿recuerdas? No voy a negar que también influyó la circunstancia de que tú lo hubieras ganado un par de años antes. Esto me hizo pensar que si un cubano con sus temas les había resultado interesante, podría ser que con otro cubano ocurriera lo mismo. Ya sabes, suposiciones y cábalas de los escritores. Por último, yo admiro mucho a Mario Vargas Llosa y pienso que también la posibilidad de ver mi nombre asociado al del gran escritor peruano me llevó de algún modo a pensar en esa dirección. Por cierto, al poco tiempo de que mi novela fuera distinguida con este premio, el propio Vargas Llosa recibió el Nobel, que se otorga, como es de sobra conocido, en la ciudad donde yo vivo. Fue una linda coincidencia.

Sobre la segunda parte de tu pregunta, la importancia de este premio en mi vida ha sido capital. Además de la trascendencia mediática que siempre tiene un hecho como ese, y de ser mi quinto premio recibido en España en unos pocos años (cosa que te confirma a ti mismo y a los demás que estás trabajando bien), la novela tuvo una preciosa –aunque ciertamente limitada- edición. Y ello me permitió ir a presentarla a la Feria del Libro de Miami de 2010, al igual que había hecho con mi novela sobre José Martí –el otro gran cubano del que en su momento me atreví a escribir. Por último, también tuve la oportunidad de realizar una presentación en Nueva York, lo cual me brindó la posibilidad de viajar a esa ciudad y conocer a un grupo muy interesante de personas. Pese a estas presentaciones, pienso que Perdido en Buenos Aires tiene aún camino que recorrer. Aparte de todo esto, sobre el libro se han escrito reseñas sumamente interesantes, como la firmada por ti y publicada en esta misma revista.

 

b) Ya lo hiciste con José Martí y regresas con una novela, Perdido en Buenos Aires, sobre otro de los grandes hombres de la historia de Cuba: José Raúl Capablanca. Me gustaría que hablaras del origen de esa novela.

Como la mayoría de mis compatriotas, yo siempre había oído hablar de Capablanca como de una figura cimera de nuestra nacionalidad, alguien con cierto halo místico que alguna vez vivió y paseó el nombre de Cuba por el mundo. Al igual que José Martí, e incluso tal vez en mayor grado, José Raúl Capablanca es uno de los cubanos más conocidos y admirados por mucha gente en amplias zonas del planeta. Pero debo reconocer que la idea de probar suerte con una novela sobre este icono nacional partió de Iván Pérez, un compatriota y gran amigo mío residente en Miami. Iván y yo llegamos a Suecia el mismo día, coincidimos en el campamento de refugiados y hemos mantenido desde entonces una buena amistad. Uno de los personajes de Delirio nórdico está en parte construido sobre sus vivencias personales. Además de ser un excelente amigo, Iván es un buen jugador de ajedrez y, como no podía ser de otro modo, un gran admirador de Capablanca. Así las cosas, siempre que hablábamos por teléfono o nos veíamos en Miami, Iván me rogaba que escribiera una novela sobre el campeón cubano de ajedrez. Yo pensaba que era una empresa muy difícil y alejada de mi sensibilidad, y que no podría ejecutarla como se merecía. Hasta que un día decidí que mi próximo proyecto sería ese, es decir, la novela sobre José Raúl Capablanca. Entonces revolví la economía familiar en busca de fondos y compré un pasaje para Miami, con la idea de documentarme allí sobre el personaje central de mi futura novela. En la entrevista pasada ya conté cómo fue de larga y difícil la etapa de preparación, antes de sentarme a escribir. Hoy la he leído de nuevo y yo mismo me asombro de cómo pude recorrer el camino. Pero el libro que resume todo aquel enorme esfuerzo ya está escrito, premiado y publicado. Creo que lo más importante fue creérmelo, pensar que sí, era difícil, pero yo podía. Por cierto, me gustaría añadir aquí una anécdota que refleja la convicción con que acometí el proyecto. El día 21 de febrero de 2008, en pleno vuelo rumbo a Washington, para luego viajar a Miami, escribí en una libreta de notas un apunte que aún conservo tal como fue escrito. A veces abro la libreta y lo vuelvo a leer, sobre todo si me sobrevienen esos momentos de vacilación o duda que nos asaltan a veces a todos los escritores. Allí está escrito que me encuentro en el aire a bordo de un avión enorme, a medio camino entre Noruega e Islandia, y que vuelo a los Estados Unidos en busca de material para escribir esta novela. Seguidamente me aseguro a mí mismo que en Miami encontraré mucha documentación interesante, y que a mi regreso a Suecia me sentaré a escribir frenéticamente, y que la novela me quedará fenomenal, que será un texto excelente y que tendrá un éxito tremendo. Como se comprenderá, era un ejercicio de fe, algo que necesitaba para justificar los gastos del viaje e insuflarme confianza a mí mismo. Por suerte, luego la vida me premió doblemente por la audacia y el atrevimiento.

 

c) En Callejones de Arbat creo descubrir una especie de regreso a las preguntas que, según me comentaste, te hiciste a ti mismo, en secreto, durante tu estancia en la entonces poderosa URSS, preguntas que apuntan a la triste pérdida de los sueños para la mayoría de quienes pueden considerarse “tu generación”. Y espero que notes que hablo de “regreso a las preguntas” y no de “ajuste de cuentas”, pues me queda claro que en ninguna de tus obras, a pesar del dolor, de las heridas, hay esos ajustes de cuentas que tanto daño han hecho a buena parte de la literatura cubana que aborda nuestra historia. ¿Qué hay en ese “más allá” de reflexión en las páginas de esta novela?

Es correcta tu apreciación. Callejones de Arbat es el intento de analizar qué había pasado, después de todo, para que el pueblo cubano creyera en una sociedad que nos habían vendido como la más justa de todas. Lo que yo supe, lo que aprendí de la historia de aquel país durante los años que trabajé en Moscú, bastaba para comprender que el pueblo cubano había sido engañado por sus dirigentes. Entonces me cuestioné todo mi pasado –el mío y el del resto de mi familia- y vinieron las preguntas, miles de preguntas. Una de las más frecuentes era la concerniente a la división forzada de nuestro pueblo. ¿Valía acaso la pena la separación de padres, hijos, hermanos, valían la pena el odio, las muertes? ¿Era aquella la felicidad prometida, la causa por la que habían luchado nuestros padres y a la que yo y tantos cubanos de mi generación habíamos ofrendado nuestros mejores años? Las preguntas eran infinitas, en tanto que las respuestas conducían siempre a la misma conclusión: el pueblo cubano había sido víctima de intereses espurios. Víctima y verdugo de sí mismo. En mayor o menor medida, todos éramos culpables: unos por creer ingenuamente, otros por abandonar el campo de batalla. Por otra parte, aquel fue el tiempo del caso “Ochoa”, con todo lo que eso significó para cualquiera que tuviera la valentía de preguntarse qué era lo que en realidad estaba ocurriendo en Cuba. En fin, que al término de mi estancia en Moscú regresé a Cuba con un vacío que solo podría llenar con un texto que reflejara de algún modo la frustración y el desencanto que experimentaba por ese tiempo. Entonces, y aún bajo la influencia de mi experiencia en Moscú, comenzó a gestarse esta novela. El resto ya lo conoces.

 

d) Me llama mucho la atención que la novela está dedicada a nuestro inolvidable amigo, el escritor cubano Justo Vasco. ¿Por qué?
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Foto: Daniel Mordzinski

De Justo Vasco podría escribir mucho y todo serían buenas palabras sobre el recuerdo de ese gran amigo, tan tempranamente fallecido. Nos conocimos en Cuba, cuando él trabajaba como editor en Arte y Literatura, me parece. Yo le llevé unas traducciones mías de unos poemas de Pushkin, que fueron, por cierto, mis primeros pasos serios en el mundo de la creación literaria. A él le gustaron mucho, y prometió incluirlas en una edición que se preparaba por entonces sobre la obra del gran poeta ruso. Cumplió su palabra, y aún hoy en día pueden encontrarse algunos de esos poemas en libros y publicaciones que han ido saliendo en distintos países o, sencillamente, en Internet. Yo vivía por entonces en Nuevitas; pero cada vez que iba a La Habana nos veíamos y hablábamos un rato. Teníamos varias cosas en común. La primera, que los dos habíamos estudiado una carrera técnica en Moscú, además de habernos casado con mujeres rusas y entrar a la literatura a través de las traducciones de ese idioma. En un evento sobre traducción celebrado en Moscú y al que ambos habíamos sido invitados, yo le di a leer el manuscrito de Las largas horas de la noche. Después de mi esposa, Justo Vasco fue la primera persona que leyó la novela. Íbamos en el tren rumbo a Riga cuando me pronosticó que tendría éxito con ella. Luego, cuando me robaron el manuscrito y yo comprendí que no podría escribirla de nuevo, él me convenció de lo contrario. Es más, a mi regreso a Cuba y estando nuestro amigo en la dirección de la UNEAC, me dio la idea de pedir una beca de trabajo, y seguramente “presionó” para que me la dieran. Si no hubiera sido por el tiempo y los recursos económicos que me facilitó esa beca, yo no habría podido volver a escribir la novela desde el inicio. Luego yo me establecí en Suecia, y él en Asturias. Cuando Luis Sepúlveda concibió el Salón Internacional del Libro de Gijón, Vasco fue uno de los organizadores, y me incorporó a la lista de invitados a la convocatoria. Fue mi primera salida de Suecia a un evento internacional de literatura. Y reconozco que todo eso se debió más a la amistad de Justo que a mis méritos literarios de entonces. Luego, cuando salió Naufragios, fue él quien mi invitó a presentarla en la Semana Negra, aquel año en que participaste tú también. Para cuando salió Delirio nórdico ya los organizadores del Salón del Libro habían dejado de invitarme (por cierto, nunca supe el porqué) y entonces organizamos, con los editores de Algaida, una presentación del libro en Oviedo. Esa fue la última vez que nos vimos. Cuando escribía Callejones de Arbat me decía siempre a mí mismo que Justo Vasco sería quien primero leería el texto, y que, puesto que él había traducido a muchos de los poetas rusos que aparecían allí, se sentiría feliz leyéndolo. Como sabes, murió de repente. Ya que no pudo leer la novela, lo menos que yo podía hacer era dedicársela a él.

 

Ya te había adelantado que hablaríamos aquí de otros asuntos y este es uno de ellos. Sé que perteneces a ese grupo de creadores que creemos firmemente que detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer. Me gustaría, entonces, que lanzaras la mente al día en que conociste a esa mujer con la que has compartido tu vida y analices cuánto te ha cambiado, en qué te ha enriquecido y, sobre todo, cuánto le debe a ella el escritor que has llegado a ser.   

antonio-alvarez-gil-entrevista-otrolunes28-1bMe alegra mucho esta pregunta, pues cada vez que pienso en todo lo que Galia ha hecho por mi carrera me digo que es una gran injusticia el que en mis entrevistas nunca haya salido a relucir su nombre. Más aún cuando, si algún mérito tengo en esta actividad, podría asegurar que en buena parte se lo debo a mi compañera de viaje por la vida. La conocí en Moscú, a principios de los años 70 del pasado siglo, o algo así. Vivíamos en la misma residencia estudiantil, pues ella, pese a haber nacido en Moscú, se había mudado con sus padres a una ciudad del sur de Rusia, y para estudiar la carrera disfrutaba de una beca en la misma universidad que yo. Todavía recuerdo la gabardina verde con botones metálicos y las botas de caña alta que usaba por entonces. Yo la veía pasar por mi lado y trataba de captar su atención, pero ella parecía no reparar en mí. Tenía estilo y me gustaba mucho; pero si no hubiera sido por una amiga suya que me la presentó, tal vez la vida no nos habría juntado del modo en que lo hizo. Galia era por entonces una rusita atildada y delgadita, y yo un joven cubano alegre y montaraz, un tipo tan informal y poco serio que parecía que nunca sentaría cabeza. Nos casamos en mi último año de carrera. Ya ella sabía que yo no podía quedarme en Rusia, y que en Cuba la situación material era muy dura. Recuerdo cuando llegó al aeropuerto de La Habana, el 29 de julio de 1972, en pleno verano de la Isla. Yo había arribado por barco unas semanas antes. Ella estaba embarazada de cinco meses de mi hija y traía el pelo largo suelto y la piel sudada, a causa del tremendo calor que hacía en Cuba. Ahí comenzó realmente la parte más linda de mi vida. Cuando vivíamos en Nuevitas y yo empecé a escribir, Galia comprendió lo que aquello significaba para mí. Y el día en que le dije que no quería seguir trabajando como ingeniero, que quería ser escritor y solo escritor, la tuve por entero de mi parte. Ella me ha dado ánimo cada vez que he creído, tras algún momento de fracaso, que mi carrera tocaría a su fin; ella es la primera que lee y critica o bendice mis textos y es quien, gracias a su salario mensual, da estabilidad y solvencia a nuestra economía familiar. Sin mi esposa, sin su apoyo moral y su compromiso total con mi carrera, yo no habría podido ir más allá de aquellos primeros y rústicos cuentos que pergeñé en Nuevitas, hace ya muchos años.

Por otra parte, del muchacho cubano típico que Galia conoció en Moscú, cuando éramos jóvenes y apuestos, no queda nada ya. Ni cubano típico, ni cabeza loca, ni superficial e irresponsable. Nada. Puedo decir, sin el menor sentimiento de vergüenza, que mi esposa me ha hecho la persona que soy. ¿Qué más añadir? Que me ha dado dos hijos maravillosos y que se lo debo todo como ser humano y, en buena medida, también como escritor.

 

Me gustaría ahora proponerte un ejercicio analítico de muchos de esos asuntos sobre los que hemos venido hablando en estos años. El reto sería que yo te doy un pie forzado y tú respondes en qué sentido crees que eso ha afectado a la cultura cubana y, específicamente, al universo literario en las dos orillas:

La intolerancia ideológica:

Si una de las orillas de que hablas es Cuba, la respuesta es corta y precisa: tolerancia cero. Quienes no siguen los códigos de la ideología vigente lo tienen muy difícil para sacar adelante su obra. Hay excepciones, escritores que en mayor o menor medida se rebelan; pero todos sabemos lo que ocurre con ellos. En la orilla del exilio (hablo de Europa, que es el territorio que mejor conozco) se supone que existe libertad de expresión. Aquí, sin embargo, las ideologías también juegan un papel importante. En líneas generales, la derecha se ocupa de hacer dinero y apenas se involucra en la vida cultural, en tanto que la izquierda suele dedicarse más al arte y la literatura. La mayoría de los actores en el mundo del libro son de izquierdas, y durante años han mirado con cierta simpatía al régimen imperante en la Isla. Los cubanos del exilio somos vistos casi siempre como “derecha”, activa o latente. Si el escritor cubano no se muestra identificado con los intelectuales de izquierda, tiene menos oportunidad de publicar. Y esto es algo que muchos sentimos y sufrimos de lleno, una veces de manera directa; otras más o menos solapada. Podría citar ejemplos de mi experiencia personal, pero creo que no hace falta.

 

El oportunismo:

Desgraciadamente, es algo inherente al ser humano y no solo a la sociedad socialista, de la que provenimos nosotros. Es una de las cualidades que más desprecio en la gente. Los oportunistas disfrutan de la oportunidad y tienen éxitos que son transitorios (como corresponde al significado de la palabra “oportunidad”, precisamente), pero que no se sustentan en la calidad de su obra. En mi opinión, siempre que no hagan daño a los demás, es mejor dejarlos que vivan su vida y disfruten de su minuto de gloria. Realmente, lo que vale es la obra, y esta no depende de una única oportunidad.

 

Las etiquetas denigrantes:

Siempre han sido un recurso de los mediocres para apartar del camino a personas de auténtico talento.

 

El miedo:

Es connatural al ser humano y todos lo padecemos en cierta medida. Quien sea capaz de vencerlo alcanzará sus metas; quien no, pues deberá pasar el resto de su vida luchando contra sus propios fantasmas.

 

La lejanía de las raíces:

Buena pregunta. Las raíces se llevan dentro y pueden plantarse en tierra ajena, claro, si tenemos voluntad para ello y constancia para regarlas sistemáticamente. Sin querer ponerme de ejemplo, en mi familia hay ya tres árboles plantados, y todos mantienen sus raíces sanas y vigorosas. Incluso cuando nos parece que alguna de ellas se ha perdido, basta un breve contacto con la tierra en la que surgieron a la vida para comprobar que siempre nos queda algo en común, algo que nos hará recordar el pasado y, dado el caso, vibrar de emoción como en los viejos tiempos. De este asunto se podría hablar mucho; pero es evidente que no es el momento.

 

Las modas literarias:

Me atrevería a afirmar que no son otra cosa que el reconocimiento de la propia pequeñez por parte de quien las sigue, en combinación con la autosuficiencia de quien las dicta y se cree a sí mismo superior a sus contemporáneos. Lo mejor de ellas es que pasan y que, la mayoría de las veces, al poco tiempo nadie recuerda a sus adláteres.

 

Los caudillismos culturales:

Existen en todas partes; pero son sobre todo evidentes en las repúblicas bananeras. Ya lo dijo Martí hace mucho tiempo: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea…” Dos palabras a destacar: “aldeano” y “vanidoso”.

 

El egocentrismo:

Se da con especial profusión en ambientes de pocos recursos intelectuales (como puede ser alguno en nuestra Isla). Ya está dicho hace mucho tiempo que en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Y no por eso dejará de ser tuerto. A veces lo observo de un modo fiero en “escritores” de mi tierra que, luego de escribir algunos cuentos, pretenden ejercer de académicos y hacen cátedra de cualquier materia. Como dice otro viejo dicho, se piensan que tienen a Dios cogido por la barba. Yo opino que en Cuba abunda tanto esta cualidad, que sería posible ir caminando de una punta a la otra del país cruzándose a cada paso con algún egocéntrico. En cualquier caso, cada uno tiene derecho a su realización personal, también los egocéntricos.

 

El poderoso Caballero Don Dinero:

Dicen que en buena amistad con él se puede lograr casi todo en esta vida. A mí, por desgracia, no se me da muy bien. En cualquier caso, yo no estaría en contra de tener mejor relaciones con ese Caballero. Sin embargo, también es cierto que siempre he preferido los amigos francos y sencillos, que suelen ser más verdaderos y fieles que el dinero.

 

Las guerritas generacionales:

Sin el menor ánimo de hablar mal de nadie –que no haré, ni en público ni en privado- sí querría decir que, por su carácter excluyente y mezquino, los grupitos y piñas de escritores provocan más daño que beneficio al corpus de  la literatura nacional. Por otra parte, pienso que en Cuba el asunto de las generaciones literarias ha sido muchas veces manejado con la intención nada inocente de halar el pescado para el propio sartén. De las generaciones deberían hablar otros, no uno mismo. En cuanto a mí se refiere, tengo el convencimiento de que mi generación soy yo.

 

Los pactos de conveniencia cultural:

Desgraciadamente, es algo que en Cuba se observa a cada paso. Y no sólo en Cuba. Si lees atentamente Callejones de Arbat, verás unos cuantos ejemplos de esto. Claro, quienes pactan con el diablo pueden vivir toda su vida felizmente…, hasta un día. Pero en este tema te diré más o menos lo mismo que antes: cada cual busca su propio camino hacia la felicidad. Yo les deseo suerte a todos, incluso a aquellos que han pactado con quien no debieron pactar nunca.

 

Uno de tus artículos recientes en tu columna personal “Escrito en Suecia”, aquí en OtroLunes, habla de tu regreso a Cuba. Hay una experiencia triste que suele repetirse: cuando sales de la isla, te pasas la vida diciéndote que el país al cual emigras no es tu país, pues tu país es aquel que dejaste, y una vez que regresas descubres que ese país al que soñaste regresar sólo existe en tu cabeza. Lamentablemente, como les ha sucedido a varios amigos comunes, les duele descubrir que han vivido en “tierra de nadie”, pues aquel país ya no es “su” país y este país en el que habitan tampoco es “su país”, ya que se han pasado años resistiéndose a asimilarse. En tu caso, lo sé, es algo distinto porque has logrado ser un “ciudadano universal” por razones muy largas de explicar, pero, la Cuba que dejaste, la Cuba que soñaste, la Cuba que encontraste en este segundo viaje, ¿en qué se diferencian o parecen?

En el corazón de cada cubano ausente hay un país que está hecho de nostalgias y recuerdos. Es un país que en realidad no existe, pero es el que imaginamos cuando hablamos de Cuba. Así me ocurre a mí también, pese a sentirme –como dices- un “ciudadano universal”. Universal, sí; pero con muy buena memoria. Por eso siento que aquel país de la flor en el ojal el día de las madres, de las tradiciones y costumbres que venían de antaño, del hablar decente y claro, el país en el que me habría gustado ver crecer a mis nietos, dejó hace tiempo de existir. Lo mismo que el otro en que fui joven y creía en un ideal que entonces me parecía hermoso. Es más, la Cuba que dejé atrás en 1994, que ya era diferente al país de mi infancia y mi primera juventud, también ha sido sustituida por otra en la que cada vez me cuesta un poco más reconocerme.

Yo me atrevería a afirmar que, a su regreso a la Isla, nadie encuentra lo que pensaba ver allí. Las cosas en Cuba cambian mucho, y casi siempre para mal. De sobra se sabe que la infraestructura del país se deteriora con cada día que pasa. Pero la sociedad en sí misma también cambia, sobre todo en lo concerniente a su escala de valores. El pueblo se ha quedado sin fe ni esperanza en su futuro como nación. De seguro quien vive dentro no lo nota tanto como los que regresamos tras una larga ausencia. En mi caso concreto, el hecho de vivir tantos años fuera del país me ha permitido verlo con otros ojos, un tanto más fríos, tal vez más objetivos. De todos modos, cuando uno regresa al lugar donde nació, al sitio donde están enterrados tus padres y en el que tienes tantos familiares, tantos amigos y tantos recuerdos de todo tipo, no puedes menos que sentir que has vuelto a un territorio que es algo muy especial para ti. En fin, marcharse, llegar, ver, volver a irse; en relación con Cuba casi todo es dolor.

 

Y algo más en ese sentido, ¿en qué se parecen esas Cubas diversas a esa otra Cuba que tú, como Dios, creas y riges en tus libros?

Como tú bien has señalado en algún sitio, de un modo u otro yo nunca he dejado de escribir de Cuba. ¿Y sabes por qué? Porque, a pesar del tiempo, de la distancia y de la situación en que me ha colocado la vida, yo pienso mucho en mi pueblo. Sea por lo que sea, Cuba está siempre aquí, conmigo, y por eso no me cuesta escribir sobre ella. Lo he dicho varias veces: tengo cuatro países, pero una sola Cuba. Ahora mismo que escribo estas líneas, si desvío la vista hacia el estante que tengo a mi izquierda, veo la bandera que cuelga de un asta pequeña y sobresale de las filas de libros, más o menos del mismo modo en que cuelgan las banderas en muchos edificios oficiales de cualquier país.

Sin embargo, esa Cuba de mis amores deja cada vez más de ser un ente material para convertirse en memoria. No comprendo muy bien cómo funciona el mecanismo mediante el cual yo capto la esencia de la Cuba que quiero fabular; pero cuando la gente lee mis libros ve una Cuba real, real y a la vez distinta. Fantaseando con esto, a veces pienso que yo tengo mi propia Cuba, la Cuba que invento cada día y que a veces se sale de mi imaginación y ocupa un lugar en mis ficciones. A lo mejor ella misma es ficción.

 

Una vez me dijiste que escribir con odio o desde el odio mataba la literatura. Sin embargo, algunos escritores recomiendan escribir desde el odio sobre ciertas realidades. En el caso de Cuba, tú, que has logrado escribir grandes novelas, muy críticas, demoledoras realmente, pero sin que destilen ese odio, ¿dónde crees que estaría el justo equilibrio?

Respeto las opiniones de todo el que tenga algo que decir sobre este o cualquier otro tema. Es más, comprendo muy bien que en lo referente la creación literaria hay montones –cientos, tal vez miles- de opiniones más autorizadas que la mía. Pero aun así me sigue pareciendo que el odio es un sentimiento que es más útil a la hora de destruir que a la de construir. Y en nuestro oficio se trata justamente de eso: construir mundos, crear personajes, caracteres. Una cosa es que los personajes odien y otra, muy diferente, que el escritor cree sus fábulas desde el odio. En cualquier caso, son los héroes de la fábula quienes deben sentir y trasmitirnos a nosotros cualquier emoción que ellos alberguen en su alma. El creador tiene que ser capaz de distribuir las cualidades y los sentimientos entre todos los personajes de su obra. No sólo odio. Si escribe desde el odio y lo único que tiene para dar de sí es odio, pues no sé, francamente, qué será de sus tristes personajes fabulares. Además, creo que lo que se hace con amor –incluso si se trata de crear un personaje negativo- tiene más posibilidades de emocionar o conquistar el corazón de la gente, de ser recordado luego como una “obra de creación”, no “de destrucción”. Así pienso.

 

Otro de los asuntos espinosos de nuestro éxodo cultural: mientras argentinos, mexicanos, colombianos exiliados se confabulan para promover sus obras internacionalmente, tendiéndose puentes para colocarse en el mercado, gran parte de ellos entendiendo que en la literatura hay cabida para todos, nadie puede negar que la división que la dictadura nos inyectó se ha trasladado también al escenario de la cultura y de la literatura en particular. ¿Qué piensas sobre esta circunstancia que muchos ven como algo irreparable?

Sinceramente, no sé si esta innegable cualidad de los cubanos que viven fuera de la patria es patrimonio sólo de nuestra nacionalidad. Yo no podría opinar sobre los demás latinoamericanos exiliados o emigrados en Europa; pero estoy de acuerdo contigo –porque lo he vivido muy de cerca- en que una parte de nuestros escritores no desean sentir junto a su oído el aliento de otro cubano. Pero eso mismo ocurría en la Isla. Al menos en el caso de Cuba, pienso que esto tiene su origen en las carencias materiales que ha padecido el pueblo y en el modo en que durante años se “asignaba” a la gente la compra de ciertos bienes materiales. Pero es mejor no hablar de aquellas cosas. Tengo, por cierto, algunos malos recuerdos al respecto. Al llegar al exilio, donde no hay editores o estantes en las librerías para todos, algunos escritores pueden pensar que si aparece un compatriota, también escritor, este puede quitarle el puesto en la preferencia de su editor. A decir verdad, yo he tenido y tengo amigos que se preocupan por mí y por mi obra literaria. Pero miserias humanas hay en todas partes. Es más, sospecho que el comportamiento al que te refieres siempre ha existido en Cuba y que no es sólo culpa de la revolución. Hay rasgos nacionales que, más que consecuencias, tal vez sean causa de lo que padece el pueblo de la Isla hace ya más de medio siglo. Algunos de nuestros escritores aspiran a ser “el escritor cubano” en determinada editorial, lengua o país. Yo pienso que es mejor no gastar tiempo ni energía en esas “batallitas” y dedicarse a escribir lo mejor que uno pueda. Hay que darle a las teclas y mirar a la pantalla del ordenador o a la hoja en blanco y no detenerse a pensar en qué escriben o publican los demás. O sí, si esto te sirve de acicate para pisar el acelerador y escribir más y tal vez mejor. Pero seguro que si te pasas la vida mirando al prójimo, desatenderás tu propia casa. Y lo que sí es imperdonable, es que alguien trate de poner palos en la rueda de tu pobre carreta.

 

Hay momentos históricos, sociales o de la vida personal que cambian por completo la concepción del mundo de una persona. ¿Cuáles serían los tuyos?

Creo que en mi caso fue la perestroika rusa. Leyendo y mirando todo lo que ocurrió en aquel país pude comprender –casi de repente- la esencia del sistema. El caso Ochoa también fue un momento determinante, sobre todo cuando vi las grabaciones del juicio y empecé a hacerme preguntas y a plantearme dudas. A partir de las respuestas saqué mis propias conclusiones, que resultaron definitivas para saber quién era quién en Cuba. Luego, la llegada a Suecia y el comienzo de mi vida en una sociedad abierta y plural fueron también momentos que me hicieron cambiar muchas de mis apreciaciones sobre el mundo y la historia del hombre en general.

 

Considerando que los escritores somos unos locos llenos de vicios y manías, ¿cómo es un día “normal” en la vida de Antonio Álvarez Gil?  O en palabras más simples: ¿qué haces cuando no escribes o lees?

En general, mi vida en Suecia es bastante aburrida. Tal vez por eso dedique tanto tiempo a escribir. Me levanto temprano y trabajo siempre por las mañanas, después de haber dado mi primera caminata del día por las calles del barrio donde vivo. Los lunes, martes y miércoles doy clases de español de tres a siete de la tarde en una escuela para adultos que está en el centro de Estocolmo. Después de almuerzo, cuando no tengo clases, salgo también a caminar, sobre todo por una zona boscosa que hay cerca de mi casa. Cuando voy a las clases me bajo del metro dos o tres paradas antes de la escuela, para recorrer a pie una parte del centro y poder cogerle el pulso a la ciudad. En las calles de Estocolmo siempre hay algo interesante que ver. En casa, cuando no escribo ni leo, repaso la prensa en Internet, realizo alguna gestión o veo el noticiero de televisión, ya por la noche. Es casi lo único que veo en la tele, además del fútbol, cuando juega el Real Madrid, que es el equipo que he seguido siempre con mucha pasión. En suma, mis días en Estocolmo son muy parecidos unos a otros. Están llenos de horas de escritura y estudio y de muy poca distracción. Trato siempre de cumplir con mi jornada de trabajo, incluso si no estoy escribiendo nada interesante. Por cierto, en horas de trabajo no leo libros. A veces, también por la tarde, realizo alguna gestión, voy al correo a recoger o llevar algún paquete, y cuando estoy en casa suelo ir a esperar a mi esposa a la salida de la estación del metro. Si hay que hacerlo, a esa hora pasamos por el mercado. Los fines de semana sigo el mismo horario de trabajo, salvo que haya que ir a algún supermercado para hacer la compra de la semana. Por la noche, antes de irme a la cama, leo poesía, casi siempre del mismo libro (Tesoros de la poesía en lengua castellana; recopilación de Rafael Alberti). Lo abro al azar y leo al menos un poema antes de acostarme a dormir.

 

Y aunque parezca una tontería: ¿cómo es un día de Antonio Álvarez Gil cuando escribe una novela? Explícame esto, por ejemplo, recordando cómo fue la génesis, escritura y punto final de Callejones de Arbat.

Sobre la génesis y el proceso de creación de esta novela podría hablar mucho, pero trataré de ser breve. Para ello debo remitirme a mi época de estudiante en Moscú y rescatar la imagen de un pequeño volumen de tapa roja que contenía los poemas de Tsvetáyeva y que me prestó una amiga de manera casi secreta, pues eran los tiempos en que la gran poetisa rusa estaba todavía proscrita. Por aquellos días apareció también en la residencia estudiantil un manuscrito amarillento titulado Un día en la vida de Iván Denísovich, de Alexander Solzhenitsyn, que circulaba de mano en mano entre algunos de mis compañeros de estudio. Un poco más tarde ocurrió lo mismo con El doctor Zhivago, de Pasternak, y años más tarde, con El maestro y Margarita, de Bulgakov. Por otro lado, en mi época de estudiante conocí a varios de los llamados “niños de la guerra” españoles. Uno de ellos era traductor y es la persona que da vida a Santiago Gómez, el traductor hispano-ruso de mi novela. También durante mis tiempos de trabajo en Moscú, en plena perestroika, conocí a una actriz que luego se convirtió en la Dolores de la trama. Esa fue la época en que Galia trajo a casa El maestro y Margarita. Salvo mi hijo, que entonces era muy pequeño, todos nos apasionamos mucho con su lectura. Siempre que podíamos visitábamos los callejones de Arbat y otros lugares y locaciones donde se desarrolla la trama. Un interés especial nos provocaba la antigua casa de Pashkov, que a la sazón servía de sede a la Biblioteca Municipal de Moscú. Al pasar en coche junto a ella observábamos llenos de júbilo la torre que sobresale del techo del palacete. Allí, en el mirador de aquella torre, Bulgakov ubica la despedida de Woland y sus ayudantes a su partida de Moscú. Yo siempre alimenté el sueño de escribir una novela que contuviera a la vez mis experiencias cuando la perestroika soviética, la vida y la obra de los poetas rusos reprimidos por Stalin y, finalmente, alguna referencia a la obra cumbre de Mijaíl Bulgakov. Y hace unos años regresé a la idea y me propuse escribir esa novela. Sabía que era una tarea sumamente difícil; pero, una vez decidido a ejecutarla, compré en Rusia montones de libros de y sobre los poetas de la llamada generación de plata de la literatura rusa, así como un ejemplar de El doctor Zhivago y otro de El maestro y Margarita. Conseguimos también muchos documentos a través de Internet. Con todo ese material sobre la mesa, empecé a leer y a sumergirme en el mundo que quería reflejar en mi novela. Durante todo ese tiempo lo único que escribía eran apuntes y notas. Creo que lo hacía para dejar que la caldera cogiera la presión adecuada. Al mismo tiempo, a mi mente retornaban las conversaciones con mis compañeros de trabajo en el CAME, los comentarios sobre los gobiernos y sobre el socialismo real en sus países. Y un buen día los hilos de la fábula comenzaron a trenzarse en mi cabeza. Poco a poco fue naciendo el argumento, al principio muy difuso, luego cada vez más claro. Y así, hasta que la idea de la trama tomó forma y comprendí que era hora de estructurar un plan con todos los detalles posibles.

Cuando me pareció que ya estaba saturado de todo aquello, metido por completo en aquel mundo, empecé a escribir. Como tenía mucho jugo que soltar, trabajaba en dos jornadas, es decir, mañana y tarde. Por las noches estaba tan cansado que no podía hacer otra cosa que mirar un rato la televisión y acostarme a dormir. Como he dicho antes, al cabo de seis meses la primera versión estuvo lista. La primera y casi la única, pues este es un texto que apenas ha sufrido algún cambio desde el inicio. En total, estuve unos seis meses estudiando, y otro tiempo similar escribiendo el texto en sí. La primera escena, que ocurre junto a un lago en un país del norte, es la reconstrucción casi exacta de una tarde de verano en una playa del Mälaren, muy cerca del sitio donde vivíamos por entonces. En aquel idílico paraje Galia y yo solíamos hablar de la novela, entre otras cosas sobre las traducciones usadas en la trama.

Un comentario aparte merece el capítulo de Callejones de Arbat donde aparece mi puesta en escena de la obra de Bulgakov. Podría hablar mucho sobre estas páginas, que trabajamos en casa con una pasión extraordinaria. Este es uno de los fragmentos de la novela que más me complació escribir, particularmente la escena donde reconstruyo el baile que Woland organiza en honor a Margarita. Bulgakov lo llama “el baile de Satanás” y a él acuden hombres y mujeres, ya muertos, que en vida cometieron crímenes horrendos. Debo aclarar que, aunque para ese tiempo ya se había hecho algo de esto en un teatro de Moscú, yo no tenía conocimiento de ello. Volviendo a mi “puesta en escena”, decidimos que esta debía estar acompañada de una música apropiada, y estuvimos buscando y oyendo infinidad de piezas, hasta que finalmente mi hijo nos trajo la Cantata de Fausto, de Alfred Schnittke, un compositor ruso de origen alemán que vivió sus últimos días en Hamburgo. Una vez decidida la música, me encerré a escribir y a escuchar la Cantata. Fue una experiencia irrepetible. Desde aquí invito a quien lea la novela a buscar en Youtube el nombre de la composición y acompañar la lectura de este capítulo con esa pieza musical. Los amigos que lo han hecho me han dicho que el efecto es fantástico.

 

Me has comentado que tienes ya listos para publicar dos nuevos proyectos. Háblame de ellos.

Sí, con mucho gusto te lo cuento: El primero de ellos es una novela titulada Annika desnuda, que se desarrolla en la Suecia actual, concretamente en los días de la boda de la princesa Victoria en Estocolmo, un par de años atrás. El protagonista es un joven pintor cubano que llegó a este país con sus padres a mediados de los años 90 del pasado siglo. Este joven conoce a una colega sueca de nombre Annika, con quien establece una relación bastante accidentada, sobre todo por sus diferentes maneras de apreciar la sociedad y el mundo en general. No quiero contar la trama; pero, por muy raro que parezca, una parte de la acción se desarrolla en el Perú de los tiempos de la conquista. En esos capítulos intervienen Francisco Pizarro y el Inca Atahualpa, por supuesto. En general, en el texto hay amor, erotismo, intriga y una buena dosis de relaciones interculturales frustradas.

El segundo proyecto que tengo listo se llama Los enamorados de Limone y es un libro de cuentos compuesto de diez piezas que se desarrollan en Estocolmo, en el norte de Italia, en Quito y también en Cuba. Hay una especie de unidad temática que conduce y relaciona los cuentos entre sí. Aquí están volcadas algunas de mis vivencias personales de los últimos años por esta parte del mundo y por alguna más.

 

Imagina ahora que tienes la obligatoriedad de agradecer a esos seres que, personal o intelectualmente, cara a cara o de modo tangencial, han sido importantes para el ser humano y para el escritor que hoy mismo eres. No importa cuán larga sea tu respuesta, pero me gustaría que te tomaras el tiempo y nos dijeras qué nombres y qué les agradeces.

Para mí es un placer. Primero están mis padres, que desde la infancia me inculcaron los valores por los que suelo orientarme en la vida. De mi padre aprendí además a amar la poesía y la palabra escrita en general. Pienso que heredé algo de su talento natural para las letras. Luego recuerdo con mucho cariño a Prudencio Roque (Tavino) y José Ismael Caraballo, mis maestros de quinto y sexto grado en la escuela primaria, de quienes recibí muchos de los conocimientos básicos que me acompañan hasta el día de hoy. El primero de ellos murió no hace mucho y le deseo paz eterna; el segundo está aún dando guerra en Melena del Sur y desde aquí le mando y un caluroso y agradecido abrazo. Luego, en el plano profesional, tengo mucho que reconocer a Miguel Mejides, Enrique Cirules, Eduardo Heras y a nuestro fallecido amigo Justo Vasco. Todos ellos, a su manera, contribuyeron a mi formación como escritor. Finalmente, y aunque ya lo he dicho en otra respuesta, no puedo dejar de mencionar aquí a Galia, mi compañera de toda la vida, el centro total de mi casa y mi familia. Ella es la persona que me inspira y anima, la que ha estado siempre a mi lado, tanto en los días oscuros de los reveses como en los éxitos mayores de mi carrera. Galia es la estrella que desde hace muchos años ilumina mi camino.

 

Dos nuevos proyectos ya listos para ser publicados, pero, como te conozco, sé que no vas a esperar a verlos impresos para seguir escribiendo, así que, finalmente, ¿en qué nuevo proyecto estás metido ahora mismo?

Sí, ya veo que me conoces bien. Estoy trabajando en una nueva novela que, como no podía ser de otro modo, tiene que ver con mi reciente viaje a Cuba. Tengo la idea completa en la cabeza y es muy probable que la trama verse sobre algunas mujeres en La Habana y las diferentes maneras de sobrevivir en la ciudad. Todo está pensado, hasta el título, que por ahora parece ser Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver. Pero la verdad es que es mucho más fácil pensarla que escribirla, y todavía me queda un mundo de trabajo para poder darle siquiera una forma aproximada de novela.