Apuntes al margen de dos novelas de Antonio Álvarez Gil

Arístides Vega Chapú

Edición puertorriqueña de la novela "Las largas horas de la noche", 2003.

Edición puertorriqueña de la novela “Las largas horas de la noche”, 2003.

Pese a que no es posible visualizar con exactitud y mucho menos dibujar el mapa literario de la Isla sin incluir los numerosos escritores que en regiones muy lejanas de la geografía insular cubana sostienen una obra, en muchos casos monumental, atendible y respetable, razones diversas hacen que  los lectores cubanos desconozcamos esa importante zona de la literatura cubana escrita en diversos lugares del mundo. Pese a que el mayor cuerpo de estas obras se afianza sobre los códigos de una literatura nacional, se escriba donde se escriba, muchos de estos autores son tan anónimos para los que residimos en Cuba como  desconocidos son para ellos los escritores que defienden una obra desde la isla.

Lo cierto es que  existe un grupo importante de poetas y narradores cubanos que están situados a medio camino entre sus países de residencia (más de los que suponemos) y su país natal. De tener la posibilidad de acceder a sus obras, en su inmensa mayoría, por la manera que la abordan, por los temas que tratan y la manera de solucionar conflictos o armar sicológicamente a sus personajes, ellos se encuentran más próximos a su país de origen a través de los códigos identitario de lo que pudiéramos llamar literatura cubana que a esos sitios donde se desarrollan sus vidas y su obra. Desconocerlos es desestimar una zona importantísima de la escritura cubana.

Antonio Álvarez Gil es uno de esos autores que, de intentarse hacer con veracidad y justeza una mirada crítica a la narrativa contemporánea cubana, tendría que aparecer con un cuerpo de obras mayoritariamente escritas en otras latitudes. A través de un generoso amigo pude leer las novelas Las largas horas de la noche y Callejones de Arbat, ambas de este autor, nacido en 1947en Melena del Sur y radicado en Suecia. Pese a que antes de su salida  del país había publicado Una muchacha en el andén (1986), con el cual obtuvo el Premio David; Unos y otros (1990); y Del tiempo y las cosas (1993), todas bajo el sello de Ediciones Unión,  su nombre y su obra eran desconocidos para mí.

Me bastó leer las primeras líneas de su novela Las largas horas de la noche (2003) en la edición de la Editorial Plaza Mayor (tres años antes ya había sido publicada por la Editorial de la Universidad de San José, Costa Rica), para saber que estaba frente a un narrador consolidado, con un estilo muy distintivo, capaz de hacer gala de ese difícil manejo de lo histórico y la ficción.

La novela se desarrolla entre abril de 1877 y agosto de 1878. Por tanto, una época lejana que se dibuja en la novela con una prestancia que demuestran un estudio profundo para lograr un creíble escenario; el de la ciudad de Guatemala de ese siglo, haciéndonos vivir con precisión cinematográfica, la estancia en esa ciudad del cubano más universal de todos los tiempos: José Martí. Deteniéndose en esa historia, muchas veces referida con recelos,  de la atracción sentida por Martí por la que trascendió, por su bellísimo y testimonial  poema, como La Niña de Guatemala.

Y ese es para mí el riesgo mayor que asume su autor. El convertir a alguien que es parte de nuestro referente afectivo, al que se nos acerca desde los primeros años de vida, para acompañarnos en el aprendizaje que desde la escuela está muy ligado a su obra y vida, en un personaje de ficción.

Humanizar a José Martí ha sido una de las obsesiones de los cubanos más preclaros que se han acercado a la obra del Maestro, desfigurado constantemente por una imagen de apóstol y santo que en última instancia hacen alejarlo de esa cotidianidad en la que se precisa tenerlo, al lado de uno, como el referente más sólido de nuestros pensadores y soñadores.

Antonio Álvarez Gil lo logra humanizar a un personaje histórico, casi por el mismo camino que el cineasta cubano Fernando Pérez, para mí el más importante director vivo del  cine cubano,  con su propuesta de El ojo del canario, que se interesa por la infancia y juventud del Maestro logrando convertir  a Martí en un niño tan sensible como creíble, lleno de dudas e inseguridades, tal como cualquier niño a esa edad a la que se refiere el filme.

En Las largas horas de la noche, hay igualmente un José Martí vibrante que tiene más preguntas que respuestas, que es apasionado y por tanto no siempre objetivo. Con todos los matices que pueden singularizar a un personaje a través de una personalidad bien definida y lograda. Un Martí que habla desde una cultura general, que siempre lo privilegió, pero no desde un podio, sino desde la intimidad de una cotidianidad que lo fue llevando, a escala de sentimientos y afectos,  por caminos muy comunes al de cualquier otro hombre sensible y abierto a las experiencias desde una sinceridad probada.

En la novela de Gil también hay una descripción poética de los paisajes, tal y como su personaje principal logró hacerla trascender a través de numerosos escritos y poemas. Mirada que se entronca con esa sensibilidad que reconocemos en Martí.

También es visible una luz muy particular, la luz que uno supone en el trópico, que incide en algunas escenas imprimiéndoles un lirismo onírico. Como si fuese un velo que al descorrerlo aparecen paisajes y diálogos memorables en esta novela.

En Las largas horas de la noche su autor demuestra que sabe contar una historia de amor, sin desechar los códigos tradicionales, pero dándole prioridad a los suyos. Los que utiliza con soltura,  a sabiendas de que le servirán para hacer su historia, a su manera, a su interés como narrador que ha encontrado su propia voz. Que sabe cómo atrapar a sus lectores, sin dejar hilos sueltos, más allá de los que puedan seducir y aportar al suspense, que en función de una dramaturgia lograda muy bien maneja

Meticuloso en su escritura, con un dominio exacto de los diálogos, en que uno supone incluso escuchar las voces de quienes hablan desde sus líneas, Gil recrea con tanto esmero este fragmento histórico en que transcurre la estancia del Maestro en Guatemala, a través de una lograda dramaturgia,  que uno puede acomodarse en esas largas horas de la noche, presto a una íntima conversación con personajes que desde la historia nos entregan una cadena de sucesos, en que se hace obvio el rigor histórico de la investigación que de base sostiene el hilo narrativo de esta novela y la especulación sobre esos sucesos reales. Logrando darle voz propia a cada uno de los que aquí aparecen tan solo para testimoniar una trascendente  historia de amor que Antonio Álvarez Gil ha sabido hilvanar con ese poder que distingue a los que saben narrar; poniendo a su favor cuanta técnica le sea necesaria para alcanzar una veracidad que el lector,  que se acerque a esta obra,  agradecerá.

Terranova Editores, Puerto Rico, 2012.

Terranova Editores, Puerto Rico, 2012.

La otra novela suya, Callejones de Albat, la pude conocer y disfrutar  a través de la vía digital, pese a estar publicada por la Editorial Terranova de Puerto Rico en el 2012.

En esta novela su autor reconstruye, a través de una prosa que fluye sobre diálogos inteligentes una interesantísima historia que revela zonas poco conocidas para el lector cubano de alguno de los sucesos que agotaron el sistema socialista en la URSS y que por mucho tiempo solo conocimos por referencias muy puntuales. Pero hay otros atractivos en esta novela, como el privilegiar con soltura espacios trascendentes de la literatura soviética escrita en la primera mitad del siglo pasado, junto a personajes de ficción muy bien delineados y una geografía expuesta con una pericia descriptiva que sirve de territorio correcto para desarrollar una trama interesante. Con todos estos ingredientes esta novela logra atrapar al lector desde las primeras líneas.

Callejones de Albat es, sin dudas, una novela que posee todos los ingredientes para seducirnos, pese a la complejidad de lo que desea y logra comunicar. Pese a los amargos y complejos relatos que cuenta. Más que nada, porque es una apasionada indagación sobre las disímiles reacciones del hombre ante un complejo y adverso medio que lo obliga a crear estrategias para sobrevivir y salvar a su familia. En ese recrearse en exponer el enfrentamiento del hombre ante un medio adverso logra su autor  mostrar un conocimiento por el comportamiento humano y una destreza al ficcionar una realidad histórica en muchos casos conocida por la mayoría de los que lean esta obra.

Un funcionario cubano empleado en el desaparecido organismo conocido por sus siglas CAME, con su sede en Moscú,  ha decidido escribir sobre los poetas rusos de la primera mitad del pasado siglo. Para su asombro, va descubriendo, junto a la grandeza de los textos escritos por estos poetas, las arbitrariedades y horrores cometidos por el sistema estalinista contra estos prestigiosos y trascendentales escritores. Paralelo a esto transcurren las interioridades de la vida de este funcionario en la capital de la URSS, sus temores y dudas, sus incomprensiones, su perplejidad ante lo que va descubriendo, justo en ese período conocido por la Perestroika, en el que finalmente desaparece el bloque de los países socialistas de Europa del Este.

El manuscrito de esta investigación sobre los poetas rusos de la primera mitad del siglo pasado, emprendido por el protagonista de la novela,  llega a manos de los funcionarios cubanos en la capital soviética. Estos lo consideran un panfleto en contra del socialismo, por lo que el personaje principal de la novela, temiendo ser víctima de medidas represivas que casi siempre acompañan estos criterios toma, la decisión de desertar  de sus funciones y exiliarse con toda su familia.

Además de las referencias a la vida y obra de clásicos como Ajmátovva, Pasternak y otros grandes de la poesía rusa proscritos y reprimidos por Stalin,  la historia central de esta novela, es decir la vida de este funcionario cubano,  se va mezclando con esa imprescindible novela de Mijail Bulgakov que es El maestro y Margarita.

Con una dramaturgia muy bien lograda Álvarez Gil va juntando ambas historias, la suya y la de Bulgakov a través de la relación de intenso romance que establece su protagónico con una actriz que en esos momentos está representando, en un supuesto teatro de Moscú, el protagónico de este clásico de la literatura soviética. Los amantes comienzan de cierta manera a vivir la historia de la pareja de enamorados de la sátira de Bulgakov.

Callejones de Arbat es también un testimonio fervoroso y realista de todas las implicaciones, riesgos y dificultades que afronta un cubano que decide vivir otra cultura, muy diferente a la suya, y todo lo que esto implica para alguien que recurre al exilio.

En esta novela más que nada su autor aborda la relación entre el poder y el intelectual a través de personajes que con pericia y dominio de las técnicas narrativas hace creíbles y reales, pues los puntos de vista ideológicos, los cambios en este sentido, están encarados desde una muy compleja y lograda armazón sicológica de sus personajes, en la que adquiere veracidad todo ese complejo proceso del descubrimiento, la decepción y las radicales decisiones que se toman. Sobre todo porque estas  están expuestas desde varios ángulos que propician al lector argumentos sólidos que tienen en cuenta las reacciones y actitudes emocionales que surgen tanto en quien decide exiliarse como en el entorno que abandona y el entorno que lo recibe.

La novela cuenta paralelamente al drama de su personaje principal el de estos intelectuales rusos que en detrimento de su obra y su propia vida el poder margina y oprime, más que nada porque entienden que la poesía es en última instancia un lenguaje de la verdad y no habrá mejor manera de conocer y contar la historia de cualquier país que desde la poesía. Pero más que eso, es una búsqueda de la libertad individual a través de dejar muy claro cuál es el papel y la responsabilidad de un intelectual en cualquier sociedad, sobre todo aquellas donde la falta de libertades erosionan la cultura y a sus verdaderos protagonistas.