Todo lo que pudo ser, aunque haya sido,
jamás ha sido como fue soñado.
El dios de la miseria se ha encargado
de darle a la realidad otro sentido.
“Sonetos desde el infierno”, Reinaldo Arenas
El fuego ya no arde en el hogar. La llama sigue viva en el recuerdo pero solo queda ceniza. Ulises no debió regresar a Ítaca. Es mentira que Penélope le esperara tejiendo un velo. El tiempo sin nosotros es el tiempo de los otros, no es el nuestro. Por eso el retorno siempre es doloroso. La nostalgia muere asesinada por la realidad. Más aún si se regresa a una distopía como Cuba donde es necesario sonreír y esconder el cuerpo, como el gato de Cheshire, para que a uno no le corten la cabeza.
Antonio Álvarez Gil regresa a Cuba desde el exilio con Rolando Ortega, el protagonista de su novela Después de Cuba, y como Pablo Neruda se interroga por el niño que fue y también como el poeta chileno puede responder con la pregunta: “por qué no morimos los dos/cuando mi infancia se murió”.
Aquél niño, aquél adolescente que se fue de Cuba adulto ya, regresa a la isla y despierta, como Dante, en una “selva oscura”, donde amigos y conocidos del pasado sobreviven en un doloroso presente circular sin esperanza ni futuro: “Él no tenía lugar, ni patria real. Ni siquiera pueblo. Porque aquella gente ya no era su pueblo. No podía serlo porque, excepto el recuerdo y la nostalgia, no había nada que lo uniera a ellos. Se sentía cubano, pero su Cuba estaba lejos, había dejado de existir. Era, por ende, hijo de un país inexistente”.
Rolando Ortega se topa en su viaje con una legión de condenados, supervivientes del gran naufragio que es Cuba, muertos vivientes que sobreviven entre ruinas cargando con la cruz de sus vidas rotas, sus sueños malogrados, sus traiciones, sus cobardías, sus miserias…
Nadie, salvo los que huyen del país, puede atravesar el espejo para escapar a otra realidad. En Cuba los espejos son deformantes como los del callejón del Gato, de Madrid, donde Valle-Inclán reflejó la tragedia de España transformada en esperpento. Cuba es un esperpento, una representación donde palabras vaciadas de contenido como Ética, Moral, Principios… atruenan a los cubanos como una marcha fúnebre mientras luchan por sobrevivir, privados de las necesidades más elementales.
Todos los personajes de Después de Cuba son auténticos, ninguno sobra, todos son actores forzosos y forzados de ese patio de Monipodio en que Fidel Castro ha convertido a Cuba donde, como en el libro de Cervantes, Rinconete y Cortadillo, conviven ladrones, mendigos, falsos estudiantes, jineteras…
La prostitución como vehículo de la juventud para escapar de la isla es quizás uno de los aspectos que más golpea al lector ya muy magullado de este libro. El encuentro del protagonista con una “trabajadora cubana del sexo” hija de unos amigos a quien conoció de niña, es la triste metáfora de un país, cuyo líder Fidel Castro, se enorgulleció por tener las prostitutas más ilustradas del mundo. “Odio esta vida Rolando, esta doble moral –le dice Alicia a Rolando. Pero ¿qué puedo hacer? Hay que saber sacrificarse hoy para vivir mejor mañana. Quiero, además, sacar a mi hija de este país, garantizarle un futuro en otra parte”.
Antonio Álvarez Gil ha mojado su pluma en la tinta de la verdad y en la sangre de una herida abierta desde hace más de medio siglo. No ha hecho concesiones de ninguna clase. Lo que cuenta es Cuba. Y lo hace con la precisión de un entomólogo y el cuidado de un poeta. Su amor por la literatura trasciende la dureza del relato. Su lenguaje es transparente y su estilo cautiva desde la primera línea.
Después de Cuba es mucho más que la crónica de un desencanto. Es un certificado de defunción de los sueños de una generación de cubanos que creyeron en la utopía y terminaron llorando “lágrimas negras”.
