Antonio Álvarez Gil (1947), pertenece a una promoción de narradores cubanos que hace su aparición con posterioridad a lo que se ha dado en llamar la novela épica de la revolución cubana, un conjunto de obras que se perfiló a partir de un compromiso explícito con los aspectos más sobresalientes de la lucha armada revolucionaria, fuera ésta contra Batista, la invasión de Playa Girón o el enfrentamiento con los alzados en el Escambray. Esta narrativa épica contó con nombres tan sobresalientes como Norberto Fuentes, Jesús Díaz y Eduardo Heras León, entre otros.
Sin embargo, la saturación estilística (lenguaje violento y abierto al diálogo, estilo directo y conciso, énfasis en la acción, relato memorialista, cuidadoso discurso desenfadados) y el agotamiento temático convertido en fácil retórica triunfalista, por una parte; y, por otra, la afloración de una nueva promoción de autores que no sólo no habían vivido los años épicos, sino que habían crecido en la grisura de un régimen institucionalizado, desaparecidos ya los relumbrones de la década del 60, hizo posible el surgimiento de una nueva narrativa que comienza a publicar en la década de los 80 y que tuvo entre sus características más generalizadas: el alejamiento de los temas políticos directos, la búsqueda de una visión personal de acontecimientos no relevantes históricamente, la vuelta a lo cotidiano e íntimo, el acercamiento a temas tradicionalmente considerados tabú, la quiebra entre los límites de la realidad y la ficción, en fin la entrega a la fabulación y a un lenguaje más personal y expresivo.
Este es el contexto en que aparecen las primeras obras de Álvarez Gil. Sus compañeros de promoción son narradores tan interesantes y disímiles como Arturo Arango, Senel Paz, Rolando Sánchez Mejías, Mirta Yáñez, Luis Manuel García, Abilio Estévez o Marilyn Bobes, entre otros. Con su primera obra Álvarez Gil gana el Premio David en 1983. Desde entonces ha publicado siete nuevos títulos. Una muestra de la recepción de la obra de Álvarez Gil nos lo ofrecen los premios que ha ido acumulando: Las largas horas de la noche finalista del concurso Casa de las Américas en 1993; Naufragios, ganadora del premio Ciudad de Badajoz y, la que comentamos, Delirio nórdico, premio de Novela Ateneo-Ciudad de Valladolid.
Delirio nórdico es el relato de los avatares padecidos (y algunos gozados) por un variopinto grupo de cubanos que llega a Estocolmo con la ingenua idea de que serán recibidos como heroicos fugados del régimen cubano. Entre ellos una muestra variada de los distintos sectores de la sociedad civil y política cubana; sin faltar la inevitable jinetera, al parecer personaje obligado de la narrativa cubana de los últimos años.
Los aspirantes a la codiciada condición de exiliado político pronto descubren que para las autoridades suecas no todo el trigo es limpio. Comienza entonces el lento y agobiante proceso por el cual deben pasar entrevistas decisivas en las que serán evaluados y algunos, los que no se ajustan a las estrechas condiciones que imponen los suecos, son rechazados y devueltos a Cuba. Una circunstancia tenebrosa para el que tiene que regresar al régimen del que ha huido. Los suecos, por supuesto, si no, no serían suecos, no comprenden que, en última instancia, todos esos inmigrantes son, de una manera u otra, refugiados políticos, incluso sin que ellos mismos lo perciban. Todos son el producto de un régimen que les impide la felicidad.
La novela, en la que sospecho hay mucho de memoria personal, aunque sin duda también de elaboración ficticia, sigue los pasos de los más sobresalientes personajes del grupo. El autor recorre junto a ellos las aventuras propias de su nueva situación: las alegrías y las frustraciones; las ilusiones que se convierten en realidad y los sueños que se desvanecen. Para ello recurre a un lenguaje expositivo, donde no faltan ni el humor ni las reflexiones existenciales. La narración en primera persona permite al lector una mayor identificación con los personajes y sus tribulaciones, que pasan por la óptica serena de su relator.
Con esta novela Álvarez Gil asume un doble reto para cualquier narrador cubano del exilio: el del territorio y el del habla. En general, la novela tiene como fundamento espacial el territorio del escritor, las ciudades, los sitios, los códigos de los lugares donde ha nacido y crecido. Son muchos los autores cubanos del exilio que no han podido despegarse de ese referente vital y aunque tengan una existencia prolongada fuera de Cuba, su paisaje, recurrentemente, es el de la Isla. Eso no es ni bueno ni malo para la literatura, pero sí es un reto formidable para el que lo enfrenta. Álvarez Gil se atreve con Suecia, en particular Estocolmo, y aunque tangencialmente la presencia de la Isla asoma de vez en vez, el grueso de la trama sucede fuera de Cuba; si bien, el paisaje humano es todavía preponderantemente cubano. Creo que esta es una prueba de madurez profesional y que el autor consigue un texto rico, plural, de alcance universal.
Otro aspecto que singulariza algunas de las obras más recientes del exilio cubano, aunque también es común en el interior de la Isla, es el del predominio del habla cubana, generalmente la habanera, un prolongado paladeo de la lengua oral nativa. Zoé Valdés y Pedro Juan Gutiérrez serían los ejemplos extremos. Álvarez Gil, en general, se desentiende de esta nostalgia del habla y opta por un lenguaje neutro, cuidadoso, de vigencia intemporal.
La obra es también una denuncia de las condiciones de miseria y represión en que deben vivir los cubanos y muestra serenamente, sin acudir a tremendismo alguno, la desesperación de una población que en su afán de huir del régimen se lanza a la corriente del Golfo a riesgo de su vida o se embarca a ciegas hacia destinos ignorados donde les aguarda la humillación, la incomprensión, o peor, el regreso forzoso a la isla hacia la represión o una existencia bajo sospecha perenne.
Delirio nórdico es, en resumen, el excelente relato del delirio de unos personajes fragmentados que luchan por recomponerse y encontrar un sitio donde fundar una nueva vida. Una vida que nunca podrá ser enteramente nueva, porque el delirio, el delirio cubano nunca los abandonará.
