“La niña de Guatemala”: del verso a la prosa

Madeline Cámara

Edición puertorriqueña de la novela "Las largas horas de la noche", 2003.

Edición puertorriqueña de la novela “Las largas horas de la noche”, 2003.

En los límites entre la realidad y la fantasía un poema regresa convertido en novela: “Quiero, a la sombra de un ala / Contar este cuento en flor: / La niña de Guatemala, / La que se murió de amor /.” Los tan citados octosílabos de José Martí cobran vida en una narrativa de amor y destierro, escrita por otro cubano, también lejos de su Patria. Desde Suecia, Antonio Álvarez Gil, bajo el sello editorial de Plaza Mayor, 2003, nos entrega Las largas horas de la noche, un relato sobre la época guatemalteca de Martí y su idilio con María García Granados.

La historia de un amor imposible y el delicado contrapunteo entre dos almas: la de la ingenua adolescente y el templado revolucionario, marcan la atmósfera de la novela. La suavidad de su lenguaje, la acertada selección de los giros coloquiales, mejor aun de los tonos que marcan una cultura y una clase, el delicado empaste entre los caracteres y paisaje, heredado del mejor romanticismo latinoamericano, sus cambios de narrador para entrar y salir de la subjetividad de sus personajes, son logros de Álvarez Gil. Pero no menos importante es su habilidad para tejer el entramado histórico, debajo del cual subyace una acuciosa investigación que recoge un período fundacional en la formación del ideario latinoamericanista del Maestro.

Entre abril de 1877 y agosto de 1878, Martí trabajó como profesor en Guatemala. José María Izaguirre, un compatriota, lo acoge con beneplácito y le abre las puertas de la Escuela Normal. También le fue solidario el General Miguel García Granados, guatemalteco, amante de Cuba. En su casa, en las tertulias que este organizaba, Martí conoce a la hija, María, jovencísima e inteligente, quien queda prendada de la elocuencia del cubano. No era para menos. Su fama se extendía. Incansable daba conferencias, escribía artículos, pronunciaba discursos; sus alumnos le amaban, pronto también ella. Allí, en aquella tierra, donde concibió el proyecto inconcluso de la Revista Guatemalteca, forjaba su conciencia de “Madre América”, que plasma luego en su más famoso ensayo.

Todas estas experiencias son contadas con encomiable control del tempo narrativo sin que el peso del contenido histórico interfiera con la levedad de ese hálito romántico que es el sello estilístico de la obra. El novelista no abusa del mito del héroe, sino que presenta al ser de carne y hueso que sufre el destierro, que sin dejar de trabajar por la Patria, extraña a su familia, a la prometida, Carmen Zayas Bazán que le espera en México.

No obstante, con fina ambigüedad, la trama sugiere que Martí no fue, no pudo ser, insensible a los atractivos físicos y espirituales de María García Granados, a la fuerza inocente de su amor por él, que fatalmente para ella, parece que rayó en la devoción. Ya le decía en el retrato que le dedicó: “Tu niña”. “Ella, por volverlo a ver, / Salió a verlo al mirador / él volvió con su mujer: / Ella se murió de amor”. Quien ha leído el poema cree conocer, al menos imagina, el desenlace. Sin embargo, Álvarez Gil, escritor precavido, no se detiene en los detalles de la muerte de María como evento trágico, sino en los días que le anteceden: el agotamiento físico y oral de ella; el sentido de culpabilidad de él, sus dudas. Por entonces ya le acompaña la esposa, mostrada positivamente en la novela.

Presionado por un ambiente de hostilidad política desatado por acontecimientos en el país, que Martí, como demócrata, no respalda, el final se precipita. Martí abandonará Guatemala para escribir, años más tarde, en la soledad de su exilio neoyorkino: “¡Era su frente la frente / que más he amado en la vida!”.