Servando González es un escritor norteamericano nacido en Cuba. Ha escrito libros, ensayos y artículos sobre la historia de los EE.UU. y América Latina, inteligencia, espionaje, parapolítica y semiótica.
Servando es el autor de Historia herética de la revolución fidelista; Observando; The Secret Fidel Castro: Deconstructing the Symbol, The Nuclear Deception: Nikita Khrushchev and the Cuban Missile Crisis; La madre de todas las conspiraciones: Una novela de ideas subversivas; Obamania; Psychological Warfare and the New World Order: The Secret War Against the American People; The Swastika and the Nazis; La CIA, Fidel Castro, el Bogotazo y el Nuevo Orden Mundial: La guerra secreta contra América Latina; American Inventors; Partners in Crime: The Rockefeller, CFR, CIA and Castro Connection to the Kennedy Assassination y El Comandante y su manicurista. Su libro más reciente, Coronavirus for Dunces, apareció en agosto de este año. Sus artículos aparecen en NewsWithViews.com y en su sitio web, www.servandogonzalez.org.
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Introducción
Quien haya tenido la curiosidad de fijarse con detenimiento en fotos de Fidel Castro, de seguro habrá notado sus uñas perfectamente manicuradas. Quienes lo conocieron de cerca nunca se pudieron explicar cómo Castro se preocupaba tanto por el arreglo de sus uñas cuando nunca se caracterizó por su higiene, al punto de que su hediondez era una de sus características personales. El apodo “bola de churre”, por el que muchos comenzaron a llamarlo a sus espaldas, surgió cuando estudiaba bachillerato en el Colegio de Belén y lo siguió hasta la Universidad de La Habana.
Según algunos que formaban su círculo íntimo, tan pronto como se asentó en La Habana tras haber derrocado al Presidente Batista en 1959, Castro comenzó a usar los servicios de una manicurista profesional para que le arreglara las uñas. La manicurista, una joven mulata clara llamada Remedios Gutiérrez Morán, le arreglaba las uñas una o dos veces por semana, al punto que llegó a ser considerada la manicurista personal de Fidel Castro.
Para tenerla cerca cuando la necesitaba —a veces la llamaban bien entrada la noche y hasta en la madrugada—, algunos años después de haber estado usando sus servicios regularmente, Castro ordenó que le dieran una casa bastante agradable, con tres cuartos y dos baños, en Buenavista, un barrio de Marianao aledaño a La Habana. La casa estaba relativamente cerca de lo que luego se llamó Punto Cero, el nombre en clave con que se denominaba la residencia personal de Castro cerca de El Laguito, en el Reparto Biltmore, donde había vivido lo más selecto de la alta burguesía habanera hasta que Castro los despojó de sus bienes.
A fin de facilitar todos los requerimientos que el equipo de seguridad personal de Castro imponía, y para remunerar regularmente a Remedios por su trabajo, unos años después la nombraron sargento del ejército, lo cual le permitía usar el uniforme militar cuando tenía que visitar a Castro para arreglarle las uñas. Un dato interesante es que, tal como Remedios le contó a su hija, a pesar de que era joven y bastante bella, Castro nunca trató de aprovecharse de la situación para establecer una relación sexual con ella.
Según Remedios, al triunfo de la Revolución castrista en enero de 1959, ella trabajaba como manicurista en La Habana, en una peluquería situada en la calle Infanta, casi esquina a San Lázaro, frente por frente a la Iglesia del Carmen. Un día, en marzo o abril, llegaron varios militares del Ejército Rebelde en un jeep y le dijeron que tenía que acompañarlos. Remedios casi se muere del susto, pues años antes había tenido un novio que era soldado del ejército de Batista y pensó que la iban a prender para fusilarla, pero los militares la tranquilizaron y le dijeron que llevara sus instrumentos de trabajo, pues tenía que arreglarle las uñas a alguien muy importante. Cuando llegó al lugar, que resultó ser una suite en el quinto piso del hotel Havana Hilton, ahora llamado Habana Libre, su sorpresa fue enorme al ver que su cliente era nada menos que Fidel Castro.
Remedios escribió que su nerviosismo era tan grande que casi no podía hablar ni sostener en sus manos los instrumentos de trabajo, pero que Castro comenzó a hablarle bien bajito, con una voz suave, y la calmó. Cuando terminó, los militares la llevaron de nuevo a su trabajo y le pagaron muy bien —más de tres veces lo que regularmente ella cobraba— y, a partir de ese día, las visitas a Castro se repitieron una o dos veces por semana.
A veces, cuando Castro estaba de visita en las provincias, la llevaban en avión, la hospedaban en un buen hotel, y luego la traían de regreso a La Habana. Pero aquí viene lo más interesante de todo. Según Remedios, alrededor de cinco años después de que comenzó a hacerle la manicura y se había convertido en la manicurista personal de Castro, empezó a ocurrir algo bien extraño. Cuando le arreglaba las uñas, un proceso que llevaba entre 45 minutos o una hora, algunas veces Castro caía en una especie de profundo letargo y comenzaba a hablar en voz baja, contando detalles íntimos de su vida. Este letargo duraba unos pocos minutos y a veces más de media hora. Sin saberlo, Remedios se había convertido en una especie de psicoanalista de Fidel Castro.
Aunque Remedios era una persona con poca educación formal —al parecer nunca pasó del sexto grado de la enseñanza primaria—, tenía buena letra y una excelente memoria y un día, al regresar de hacerle la manicura a Castro, se le ocurrió anotar lo que éste le había contado. Desafortunadamente, Remedios nunca fechó sus notas, por lo que no tengo certeza de cuando fue que las escribió, pero todo indica que comenzó a hacerlo a fines de los sesenta. No obstante, su hija tuvo la precaución de no alterar el orden en que estaban las cajas cuando las halló, ni el orden de las notas colocadas en las cajas y, como la lógica indica que las últimas en cada grupo son en realidad las primeras, al menos tenemos una idea del orden en que las escribió.
Más de cuarenta años después, cuando Remedios falleció, la casa en Buenavista pasó a ser propiedad de su hija Margarita, quien todavía vive ahí con sus hijas. Poco después, cuando Margarita decidió ampliarla para acomodar mejor a una de las hijas —la vivienda en la Cuba de Castro siempre fue y continúa siendo una necesidad casi imposible de satisfacer por los cubanos comunes y corrientes—, los albañiles tuvieron que derribar una pared en lo que había sido el closet de la habitación de Remedios y, para su sorpresa, hallaron que la pared ocultaba un compartimiento secreto. Allí Margarita encontró varias cajas de zapatos que contenían una gran cantidad de hojas sueltas llenas de notas escritas del puño y letra de su madre.
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Tuve conocimiento de la existencia de estas notas a comienzos del año 2008, cuando un amigo que había visitado la Isla en varias ocasiones por motivos familiares me mencionó su existencia. Según él, una amiga de confianza le había hablado sobre Margarita, una amiga de la infancia, que le había contado que su madre había sido la manicurista de Fidel y había escrito unas notas sobre Castro. Después de mucho rogarle, su amiga lo puso en contacto con Margarita
Cierta vez que mi amigo visitó a Margarita en su casa de Buenavista, ésta le dejó leer algunas de las notas, que le parecieron sumamente interesantes. Margarita le dijo que estaba muy necesitada de dinero, pues la vida en Cuba se había encarecido extraordinariamente, y lo que ella ganaba sólo le alcanzaba para cubrir las necesidades más básicas. Al principio todo me pareció una patraña, pero cuando mi amigo me contó lo que había leído en algunas de las notas cambié de opinión y le dije que le propusiera comprárselas. Luego, durante otra visita, mi amigo tuvo la oportunidad de visitar de nuevo a Margarita y la convenció de que le vendiera las notas. Ella finalmente decidió hacerlo, pero con la condición de que sólo se dieran a conocer después de la muerte de Castro. Mi amigo le ofreció 600 dólares por las notas y ella los aceptó de inmediato y quedó muy agradecida porque en esos tiempos en la Cuba de Castro esa cantidad de dinero era mucho más que lo que ganaba un médico o un ingeniero en un año.
Castro falleció hace ya varios años, por lo que el requisito acordado con Margarita se ha cumplido. Por tanto, he decido ponerlas al alcance de todos los interesados en la vida de esa personalidad tan contradictoria que fue Fidel Castro. Como verán los lectores, estas notas revelan un Fidel Castro bastante diferente de lo que la mayor parte de sus biógrafos, los periodistas izquierdistas y sus admiradores más fervientes han escrito sobre él. Pero también un Fidel Castro bien diferente del que nos han pintado sus más acérrimos detractores.
Este es un Fidel Castro totalmente desprovisto de empatía, calor humano y que nunca conoció los dos sentimientos más importantes de un ser humano: el amor y la amistad. Un Fidel Castro que siempre sintió un desprecio profundo por todos los que lo rodeaban, incluyendo no sólo a sus padres, sus hermanos, sus varias mujeres y concubinas y sus muchos hijos legítimos e ilegítimos, sino también por quienes en algún momento erróneamente se consideraron sus mejores amigos.
Un Fidel Castro vulgar, soez, grosero y mal hablado, intolerante, engreído, racista y arrogante; un manipulador que siempre vio a los que lo rodeaban como piezas de un juego de ajedrez, para usarlas y descartarlas cuando ya no le eran útiles; un ganstercillo de mala ralea que nunca evolucionó desde sus días en la escuelita de Birán y luego en el Colegio de Belén, cuando formó su primeras pandillas para amedrentar tanto a sus compañeros de escuela como a sus maestros; un asesino incipiente que se unió a las pandillas en la Universidad de La Habana y asesinó a sangre fría a sus primeras víctimas; un ladrón que se apropió de las propiedades legítimas de muchos cubanos; un psicópata malvado, totalmente desprovisto de respeto por la vida humana, que ordenó el asesinato de Salvador Allende, la captura y muerte del Che Guevara, el asesinato de Hugo Chávez, y tal vez hasta tuvo un papel importante en el asesinato del presidente Kennedy.
Pero también las notas reflejan un Fidel Castro interesado en problemas existenciales y humanos. Un Fidel Castro ávido de información y conocedor profundo de complejas teorías conspiratorias. Un Fidel Castro que, al final de su vida, duda sobre su propio papel histórico.
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En su novela Historia de Tom Jones, publicada en 1749, Henry Fielding dedica un capítulo a “Los que deben o no deben escribir historias como esta”, e insiste en que lo que escribió es historia verdadera. Según Fielding, los que escriben ficción no son los novelistas, sino los historiadores. Los novelistas son los que dicen la verdad.
Coincido plenamente con Fielding y tengo la impresión de que, algún día, muchos de los que hayan leído estas notas van a llegan a la conclusión de que hay en ellas más verdades que en la mayoría de las historias sobre Fidel Castro escritas por historiadores académicos “serios” financiados por instituciones “prestigiosas” que reciben cuantiosas donaciones de los capitalistas más reaccionarios.
No hay forma de saber si las notas que Remedios escribió son realmente lo que Castro le contó o son producto de su imaginación, y mucho menos que lo que según ella Castro le dijo es verdad, porque siempre fue un mentiroso patológico y tal vez hasta en sus raptos decía mentiras. Sin embargo, si tan solo la mitad de lo que aparece en estas notas es cierto, y la abundancia de información fácilmente verificable indica que lo es, hay que llegar a la conclusión de que Fidel Castro no sólo engañó a sus enemigos más recalcitrantes, sino también a sus más fieles seguidores.
Como el gato de Cheshire de Alicia, Castro logró esconderse detrás de su sonrisa; una sonrisa que al principio llamó humanismo, después socialismo y luego comunismo aunque hay quienes sospechan que en realidad era fascismo y jesuitismo. Pero la sonrisa borró totalmente al gato que estaba detrás No obstante, como no tengo el tiempo ni los medios necesarios para verificar el origen y la veracidad de la información que aparece en estas notas, he decidido publicarlas como si fueran una obra de ficción, es decir, una novela.
El lector hallará que algunas parecen absurdas y hasta totalmente disparatadas, pero, como bien dijo Mark Twain, la realidad siempre supera a la ficción porque la ficción tiene que ajustarse a ciertas reglas, en tanto que la realidad no se rige por regla alguna.
Servando Gonzalez, editor-compilador
California, 2018-2019.
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Caja 1, Nota 8
A comienzos de 1956, cuando nos estábamos entrenando para la invasión de Cuba en una finca en las afueras de la ciudad de México, fue a visitarme un tipo que, aunque hablaba el español perfectamente como un mejicano, enseguida me di cuenta que era un gringo, posiblemente de la CIA. El tipo, que había venido manejando un Ford nuevecito, me dijo que había en los EE.UU. algunas personas muy importantes que querían hablar conmigo. Como yo no creo en nadie ni confío en nadie, al principio estuve al mandarlo pa’l carajo, pero le hice algunas preguntas y, aunque no me respondió directamente, me dio a entender que quienes querían verme posiblemente pensaban colaborar dando dinero para nuestra causa, por lo que finalmente acepté la invitación.
El tipo, que dijo llamarse Johnny —¡Coño! Qué poca imaginación tienen estos cabrones. Todos los tipos de la CIA que he conocido se llaman Johnny— durmió esa noche con nosotros en el campamento. Al otro día, bien temprano, me vestí con el único traje que tenía y me puse la corbata. Me puse la .45 a la cintura y metí dos peines de balas en el bolsillo izquierdo del saco. También llevé el sobretodo que había comprado en una tienda de segunda mano, porque en el D.F. [Distrito Federal, nombre por el que la mayoría de los mejicanos se refiere a la Ciudad de México], debido a la altura, siempre baja mucho la temperatura, y me imaginé que en esta época del año también habría frío en los EE.UU.
Después de que desayunamos, el tipo me llevó en su carro hasta un pequeño campo de aviación al norte de la ciudad, donde tomamos un avión pequeño, de un sólo motor, creo que era un Cessna, pilotado por otro tipo que ni siquiera abrió la boca. Volamos algo más de tres horas y aterrizamos en Ciudad Juárez. Ahí nos esperaba otro tipo con un automóvil que nos condujo hasta la frontera, que pasamos sin problemas después que el tipo les enseñó su identificación, y fuimos hasta el aeropuerto de El Paso, en Texas, donde tomamos otro avión privado, más grande y de dos motores, también de hélices, pues los motores de chorro por esa época todavía no eran comunes.
Johnny se sentó delante, en la cabina con el piloto, y yo me quedé sólo en la cabina de pasajeros. Como una hora después Johnny me trajo un sandwich y una CocaCola y volvió a su puesto en la cabina del piloto. Mientras tanto, yo, como la zarigüeya, me hice el muerto para ver el entierro que me hacían. Pero, por si acaso, siempre con mi pistola .45 a la cintura que, para mi sorpresa, ni siquiera intentaron quitármela. De El Paso volamos yo creo que casi cuatro horas y, cuando miré por la ventanilla y vi de lejos el Empire State me di cuenta de que íbamos para Nueva York. Unos minutos más tarde aterrizamos en el aeropuerto La Guardia, donde nos esperaba una limusina negra que manejaba un negro gordo de uniforme. Johnny se sentó delante con el negro y a mi me dejaron sólo en la parte de atrás.
Como no confío en nadie, y mucho menos en esta gente de la CIA, antes de salir del aeropuerto había ido al baño, donde le metí una bala en el directo a mi .45 y le puse el seguro. Por si acaso.
Del aeropuerto tomamos el Queens Boulevard, un área que yo conocía bastante bien porque cuando me casé con Mirtha a fines del 1948 vinimos de luna de miel a New York y nos pasamos unos días con unos cubanos amigos de ella que vivían en Jackson Hights, que queda muy cerca del aeropuerto. Ya antes yo había pasado un tiempo en California, en Los Ángeles, donde trabajé como extra en varias películas de Hollywood. Finalmente la limusina cruzó el puente Queensboro y, poco después, salimos a la calle 60, por la que seguimos hasta la 5ta Avenida, en el mismo borde del Parque Central, doblamos a la izquierda y bajamos 9 o 10 cuadras por la 5ta Avenida hasta que llegamos al Rockefeller Center. Lo reconocí inmediatamente cuando vi la estatua de bronce dorado de Prometeo, el dios griego, que está como flotando sobre la pista de hielo donde en invierno la gente patina frente a la entrada principal.
Yo lo conocía bien porque en otras ocasiones había estado en New York varias veces y había recorrido a pie toda la Quinta Avenida, desde el Museo Metropolitano hasta donde termina, en la Plaza Washington donde está el famoso arco. Alguien ha publicado una foto mía de 1955 en la que estoy trajeado de cuello y corbata en el Parque Central. Detrás se ve el edificio Dakota, donde muchos años después asesinaron a John Lennon. No recuerdo quién me la tomó y menos como carajo es que anda por ahí.
Pero el negro no paró en la entrada principal, sino que pasó de largo, dobló a la derecha en la próxima esquina y metió la limusina por la entrada del parqueo soterrado. Cuando se detuvo, Johnny y yo nos bajamos y tomamos un elevador privado hasta el último piso. Allí llegamos a una oficina donde una secretaria, que al parecer me esperaba, se comunicó con alguien, se levantó y me abrió la puerta que daba al despacho. Johnny se quedo afuera, sentado en uno de los butacones de la oficina de la secretaria.
En el despacho me esperaban tres tipos de cuello, corbata y chaleco. Uno de ellos, que parecía ser el jefe o algo por estilo, estaba sentado detrás del buró y los otros dos en los butacones al frente. Al verme entrar, todos se pusieron de pie y el que estaba detrás del buró salió delante y me dio la mano efusivamente.
—Yo soy David — me dijo en inglés—. Y estos son mis hermanos John y Nelson. Nelson se adelantó y me dio la mano, pero el otro, John, no sólo me dio la mano, sino que me dio un fuerte abrazo.
Lo del abrazo, que no me esperaba, me tomó por sorpresa, porque esta gente rica por lo general no son muy expresivas. Lo primero que me pasó por la mente fue que el tipo me había dado un abrazo para cachearme discretamente y saber si yo estaba armado, pero luego pensé que no. ¿Por qué carajo me había abrazado si ni siquiera sabía quién yo era? Lo que recuerdo me impresionó más cuando me dieron la mano fue que eran manos fofas, frías, sin energía, como de gente que nunca en su vida ha tenido que trabajar duro para vivir. Pensé que los tres eran unos niños bitongos.
—Pero siéntate, Fidel —continuó David—. Tenemos mucho que hablar. ¿No te importa que te llamemos Fidel, no?
Yo sólo asentí con la cabeza. Después que nos sentamos los cuatro en los butacones frente al buró, un sirviente nos trajo café y agua, que colocó en una mesita al lado. Y ahí fue cuando me cayó la tarjeta: estos tipos en una tremenda oficina en el Rockefeller Center eran tres de los hermanos Rockefeller, unos banqueros hijos de puta y millonarios. Luego recordé que, aunque el que dijo llamarse David nunca lo había visto ni había oído hablar de él, cuando viví en New York, el otro, Nelson, aparecía frecuentemente en los periódicos porque daba dinero para las artes y al parecer estaba interesado en la política y creo que hasta aspiraba a ser gobernador o presidente, o algo por el estilo. Luego averigüé que el otro, que parecía ser el hermano mayor, se llamaba John D. Rockefeller III, al igual que su padre y su abuelo. John era más alto que sus hermanos, casi tan alto como yo, y no tenía la nariz aguileña como David y Nelson, sino más ancha, como la mía.
Después que terminamos de tomar café, que como todo el café americano era agua de jeringa, David, me explicó que desde 1948 habían estado al tanto de todo lo que yo hacía.
—En primer lugar, queremos darte las gracias personalmente por el buen trabajo que hiciste en Colombia cuando lo del Bogotazo —me dijo—. Eso es algo que siempre te agradeceremos.
Tan sólo volví a asentir con un ligero movimiento de cabeza, pero pensé que yo creía que quienes me había reclutado eran los de la CIA, así que si estos dos tipos eran los que me agradecían lo que había hecho debía ser porque ellos controlaban la CIA.
—Que interesante— pensé.
Aunque hice todo lo posible por parecer relajado, amable y sonriente, como siempre hago cuando me entrevisto con gente extraña en un terreno que no controlo, mientras ellos hablaban como tres comemierdas, yo los calaba y en mi mente ya había elaborado un plan sobre como matarlos a los tres si se atrevían a agredirme. Ya había calculado que los dos primeros tiros se los iba a meter al que dijo llamarse David, que parecía el más peligroso, luego a Nelson, que me pareció medio comemierda, y finalmente a John, y todavía me iban a quedar balas en el peine para joder al tipo que se había quedado afuera, y la última para la secretaria. El peso de la .45 que llevaba a la cintura me hizo sentirme cómodo. No iba a dejar que este trío de imbéciles, con todo el dinero que tendrían, me fueran a coaccionar.
—Pero hay algunas cosas que debemos aclarar —continuó David—. Mira, Fidel, aunque nosotros no estuvimos de acuerdo con tu táctica de tratar de derribar a Batista con un golpe de estado asaltando el Moncada, esto, te aclaro, no te lo decimos con ánimo de crítica, porque nosotros fuimos los que intercedimos con Batista para que te indultaran cuando estabas en la prisión en Isla de Pinos.
Por cierto, que no me sorprendió lo que me dijeron, porque siempre tuve la sospecha de que alguien importante le había dicho a Batista que nos soltara, aunque no sabía quién había sido.
—Al principio —continuó David—, tampoco estuvimos de acuerdo con tu idea de irte a México y preparar una invasión para derribar a Batista, pero luego lo pensamos bien y ahora creemos que tu estrategia es la correcta y te vamos a dar apoyo, mucho apoyo. No tan sólo con dinero y armas, sino también con propaganda, porque las guerras no se ganan solamente a tiros sino con propaganda.
Yo no creía ni la mitad de la mierda que hablaron, pero, sonriente como ellos, tan sólo asentía con la cabeza para tupirlos. Ya después haría lo que me saliera de los timbales.
Por supuesto, que yo no estaba de acuerdo con todo lo que me dijeron, pues Ángel siempre decía que los americanos eran todos una partida de hijos de puta, ladrones y mentirosos, que siempre terminaban clavándole el puñal a uno por la espalda. Siempre pensé que él debía saberlo muy bien, pues su finca en Birán colindaba con las tierras de la United Fruit, que era de los Rockefellers. Por cierto, que muchos años después me enteré de que Ángel se metió en tremendo lío cuando los de la bananera descubrieron que corría las cercas por la noche y les había robado muchas caballerías de terreno.
Después de hablar mierda por casi media hora mientras yo hacía como que lo escuchaba con gran detenimiento como si fuera un genio —soy tremendo actor— David se levantó, sacó un abultado sobre manila de una gaveta de su buró y me lo dio.
—Esto es sólo el comienzo —me aseguró.
Luego los tres me dieron la mano y hasta me abrazaron.
—¡Qué extraño! —recuerdo que pensé—. ¿Qué coño se traerán entre manos estos hijos de puta?
Cuando regresamos al aeropuerto abrí el sobre en el baño y vi que contenía $30,000.00 dólares en billetes de cien nuevecitos. Bueno, según la mitología, Prometeo fue quien les dio a los hombres el fuego, y a estos hijoeputas al parecer les dio un carajal de dinero. Por cierto, que cuando regresé a México y le conté a mi gente mi versión de la historia, les dije que me habían dado $10,000.00 y todo el mundo se puso muy contento pues con eso podríamos comprar un yatecito para la invasión.
Y así mismo fue. Unas pocas semanas después le compramos a un par de americanos viejos que vivían en México un yate que estaba en bastante malas condiciones, pero que lo daban muy barato. El yate se llamaba Granma, y le dejamos el nombre, que creo que significaba “abuelita”.
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Caja 2, Nota 11
A mediados de 1948, cuando estaba de luna de miel con Mirtha [Mirtha Díaz-Balart], viví por cierto tiempo en Jackson Hights, un barrio de Queens, en Long Island, al este de New York, y los de la CIA aprovecharon la coyuntura para que pasara un entrenamiento especial donde me iban a enseñar técnicas de inteligencia y espionaje. Le dije a Mirtha que iba a pasar un entrenamiento con el equipo de pelota de los New York Giants [Gigantes], a ver si me aceptaban como posible candidato para pitcher [lanzador].
Por aquella época yo jugaba bastante bien a la pelota [baseball], y hasta había logrado que uno de los reclutadores de los Giants me hiciera una prueba como pitcher. Se quedaron muy impresionados con la velocidad y el control con que podía lanzar la bola y me dijeron que luego me contactarían.
En esa época todavía la CIA no había creado su campo de entrenamiento en Camp Peary, al que llaman la finca, y usaban el del FBI en Quantico, Virginia. Mientras estuve en el entrenamiento, que me dijeron que normalmente duraba cuatro semanas, pero que el mío lo iban a comprimir en dos, nunca vi a otra persona que no fueran los entrenadores, que todos decían que se llamaban Jack o Tom, y a los guardias de seguridad. A mi me tuvieron en un lugar apartado del campo, aislado del resto de los que estaban entrenando.
Allí me enseñaron que los dos principios elementales de inteligencia y espionaje son necesidad de saber y compartimentación. ¡Coño, como les gusta a los yankis usar esas francesitas imbéciles para que la gente piense que soy muy bichos y más inteligentes que nadie! La mayor parte de los que controlan la CIA son unos niños bitongos de familias con plata, y muchos son hijos de banqueros de Wall Street, que tal parece que leyeron muchas novelitas de James Bond.
Las dos palabritas que esos comemierdas me enseñaron simplemente significan que en una operación de inteligencia se le explica a cada uno de los que participan solamente su parte, pero nunca la totalidad de la operación, algo similar a la fábula hindú de los cinco ciegos tocando un elefante, y el otro principio es la compartimentación, o sea, que a la gente hay que tenerla separada física y mentalmente, para que nunca se enteren de cuáles son los planes generales de la operación. Pues bien, cuando [ilegible] en Quantico y me lo explicaron me reí por dentro, porque yo ya había descubierto esos principios intuitivamente, y los había venido aplicando en mi vida desde que era un adolescente en el colegio de Belén. Ni siquiera Raúl sabía cuáles eran mis planes verdaderos cuando tomamos el poder en 1959.
Allí los muy comemierdas de la CIA me fueron a enseñar a tirar con pistola, y resultó que yo tenía mejor puntería que el tipo que me estaba enseñando. También me enseñaron cómo usar una tinta que se desaparecía y luego aparecía cuando uno le daba calor. No sé para qué carajo iba yo a usar esa mierda. Bueno, yo pensaba todo esto, pero no se lo decía a nadie y solamente les decía que sí a todo y sonreía, y los muy comemierdas se lo creían. ¡Qué partida de pendejos arrogantes! Bueno, como todos los yankis. Desde que Roosevelt no me mandó la plata que le pedí cuando estaba en el Colegio Dolores ya me empezaron a caer gordos.
Pero al menos me enseñaron algo útil, que eran las técnicas que usan los oficiales de inteligencia soviéticos para reclutar agentes, y eso me sirvió cuando los rusos me mandaron el primer tipo de la KGB para que me reclutara. El tipo se llamaba Alejandro Alexeyev, y llegó haciéndose pasar por periodista de la agencia de prensa soviética TASS, pero ya la gente de la CIA me había alertado sobre él y me contaron su vida y milagros, hasta que su verdadero apellido no era Alexeyev, sino Shitov, y que su verdadero puesto era jefe de la rezidentura de la KGB en la embajada soviética en La Habana. Su español era bastante bueno, porque había estado en la Argentina por un tiempo, y al parecer su misión cuando llegó a Cuba era reclutarme como agente. ¡Qué comemierda! Reclutarme a mí. Nada menos que a mí. Pero lo que resultó fue que fui yo quien lo reclutó a él.
Así que lo primero que hice fue hacerme [ilegible] de Alexeyev, y a cada rato lo invitaba a salir de borrachera y hasta le buscábamos lindas mulatas para que se acostaran con él. Nada, que me lo eché en el bolsillo, al punto que cuanto tuvimos que expulsar al embajador soviético yo les exigí a los bolos [sobrenombre despectivo con que los cubanos nombraban a los rusos] que nombraran embajador a Alexeyev o les iba a cerrar su cabrona embajada, y los muy mierdas tuvieron que hacer lo que les dije. ¡Partida de pendejos!
El día que terminé el entrenamiento, que pasé con las más altas calificaciones, me llevaron a una oficina sin ventanas, donde sólo había una mesa y dos sillas metálicas atornilladas al suelo y me dijeron que esperara, pues había alguien importante que quería hablar conmigo. Poco después llegó un tipo, que se sentó en la silla frente a mí sin siquiera saludar. Luego averigüé que era el famoso James Jesus Angleton, el jefe de contrainteligencia de la CIA.
El tipo era flaco como un esqueleto, vestido de traje negro, chaleco y corbata, y unas gafas con lentes gruesos que parecían de culo de botella. Debe haber sido miope como un búho. Más parecía un empleado de funeraria que un oficial de la CIA. Lo primero que hizo cuando se sentó fue prender un cigarrillo con una fosforera y poner la cajetilla sobre la mesa. Me di cuenta de que el tipo fumaba como una chimenea porque tenía los dedos amarillos de la nicotina
Fidel —me dijo—. Solamente hay dos personas en la Agencia que conocemos de tu existencia y de tu pseudónimo, Alex: Yo y Allen [Allen Dulles].
Yo sólo asentí con un ligero movimiento de cabeza.
—Estamos muy contentos con tu comportamiento durante el entrenamiento, porque sabemos que eres una persona muy especial — hizo una pausa para prender otro cigarrillo—. He venido monitoreando de cerca tu carrera, desde que te reclutamos para lo del Bogotazo. Y vi lo bien que te portaste allí.
—¿Usted estaba en Bogotá cuando lo del Bogotazo?— le pregunté—. No recuerdo haberlo visto.
—Claro que estaba —me respondió—. Tú no me viste a mí, pero yo sí los vi a ustedes, a ti y a del Pino, y reconozco que hicieron un gran trabajo. De hecho fui yo quien le sugirió a Allen que te usaran para este nuevo trabajo tan importante. Tenemos grandes planes para ti, y esperamos que los lleves a cabo.
—¿Puede decirme cuáles son esos planes? — le pregunté.
—Tengo entendido que ya David Rockefeller te habló de esto —hizo una pausa y le dio una larga chupada al cigarrillo—. El problema que tenemos es Nikita Jrushchov.
—¿Qué pasa? —le dije—. ¿Jrushchov quiere comenzar una guerra nuclear y por eso hay que eliminarlo?
—Todo lo contrario —se reclinó en la silla, le dio otra larga chupada al cigarrillo, tosió un momento y continuó—. El problema es que el muy imbécil de Jrushchov quiere terminar con la Guerra Fría, y eso es algo que no nos conviene. La Guerra Fría ha sido un buen negocio para las grandes corporaciones que fabrican armamento y para los banqueros que las financian.
—Y, ¿qué papel voy a jugar yo en todo esto? —le pregunté.
—Tu papel es muy simple —me contesto e hizo una pausa. Le dio una larga chupada al cigarrillo y expelió una verdadera nube de humo—. Tú vas a terminar el trabajo que comenzaste en Bogotá: calentar la Guerra Fría.
Angleton sacó un nuevo cigarrillo, que recuerdo eran de la marca Virginia Slims, de los que generalmente fuman las mujeres, lo prendió con el cabo del que ya estaba fumando, tiró el cabo al suelo, lo apagó con el tacón del zapato, le dio una larga chupada al nuevo y me miró fijamente a los ojos.
—¿Sabes qué cosa es el Trust? —me preguntó.
—Bueno, yo no sé mucho de eso —le contesté—. Pero creo que un trust es una organización que forman varias corporaciones para controlar los precios y la competencia.
—No te pregunté qué cosa es un trust —me respondió con un asomo de sonrisa en los finos labios—. Sino qué cosa es el Trust. En el mundo de la inteligencia y la contrainteligencia, las cosas rara vez son lo que parecen ser.
Y con la misma se levantó de la silla, guardó la caja de cigarrillos y la fosforera en uno de los bolsillos del chaleco, y se marchó sin siquiera despedirse.
Por cierto, que pocos días después de que terminé mi entrenamiento con la CIA y había regresado a Queens, recibí una llamada del reclutador de los Giants ofreciéndome un contrato bastante bien pagado como pitcher principiante del equipo. El tipo se quedó muy asombrado cuando le dije que la cosa ya no me interesaba, porque había decidido regresar a Cuba y dedicarme a la política.
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Caja 2, Nota 13
Era bastante tarde en la noche del 26 de octubre de 1962, en el momento más peligroso de la crisis de los cohetes, cuando me aparecí de improviso en la embajada soviética en el Vedado y le dije al embajador que necesitaba enviarle un mensaje urgente a Jrushchov. El embajador se extrañó mucho, pero me mandó a pasar y llamó a uno de los traductores para que [ilegible] el mensaje al ruso.
Lo más importante de mi mensaje era tratar de convencer a Jrushchov de que nosotros teníamos información confidencial de fuentes confiables de que los yankis iban a lanzar de un momento a otro una invasión a Cuba. Por supuesto, todo eso no era más que un paquete mal envuelto que traté de usar para convencer a Jrushchov
—Antes de que esa invasión comience, es preciso que la Unión Soviética los convenza de que eso no les conviene militarmente —le decía en mi mensaje—. Y la mejor forma de convencerlos es lanzando un ataque nuclear preventivo que les destruya sus bases nucleares y, si es posible, algunas de las grandes ciudades, como Los Ángeles, Washington D.C. y New York.
—Le digo esto —continué—, porque creo que en estos momentos la agresividad de los imperialistas es extremadamente peligrosa, y que si llevan a cabo ese acto brutal de una invasión a Cuba en violación de las leyes internacionales y la moral, ese sería el mejor momento para eliminar ese peligro en un acto de clara legítima defensa, por dura y terrible que sea esa solución, ya que no hay otra.
Pero, en vez de lanzar el ataque nuclear que le pedí y descojonar a los yankis, el muy maricón de Nikita se apendejó y lo que hizo fue llamar a Kennedy y llegar a un arreglo tras mis espaldas, ignorándome como si yo fuera un comemierda. Al otro día, cuando la noticia de que los rusos iban a retirar los cohetes salió publicada en todo el mundo, cogí un encabronamiento del carajo. Esa noche me aparecí en la Plaza Cadenas de la Universidad y algunos estudiantes me preguntaron por qué los rusos se iban a llevar los cohetes.
—Yo no sé por qué —les respondí—. Esos señores nos pidieron traer sus cohetes y ahora se los llevan. ¡Que se los metan por el culo, porque no nos hacen falta!
Un par de días después, el 30 de octubre, recibí un largo cable de Jrushchov en el que el muy maricón trató de convencerme de que yo estaba equivocado.
—En tu cable del 27 de octubre —me decía—, me propusiste que fuéramos los primeros en lanzar un ataque nuclear contra el territorio del enemigo. Por supuesto, me imagino que te debes haber dado cuenta de lo que eso hubiera traído. Lejos de ser un simple ataque, eso habría sido el comienzo de una guerra termonuclear.
Un par de días después hablé en la televisión y le expliqué al pueblo que los rusos eran una partida de pendejos y que, de ahora en adelante, no podíamos contar con ellos para que nos ayudaran en nuestra defensa.
—En esta lucha contra el imperialismo estamos solos — le expliqué al pueblo—. Tenemos que defendernos nosotros mismos.
Y terminé mi discurso con una frase que luego se volvió un lema de la Revolución.
—Patria o muerte. ¡Venceremos!
Desde que comenzó la crisis, la negrada se había botado a la calle cantando congas con la letra:
—Fidel, Kruchó, ejtamoj con loj do — porque los negros de La Habana no pueden pronunciar las eses.
Pero, después que escucharon mi discurso, en el que le eché con el rayo a Jrushchov y a los rusos, los negros enseguida cambiaron la tonada y se tiraron a la calle a bailar la conga y a cantar:
—Nikita, mariquita. Lo que se da no se quita.
Como me reí cuando los escuché. Primera vez en mi vida que esos cabrones de mierda me hacen reír.