Las largas horas de la noche, de Antonio Álvarez Gil, es una novela cuya estructura narrativa evoca la tragedia. Aunque se trata de una narración lineal, estrictamente empieza por el final; desde el primer momento el autor decide no someternos a sorpresas inútiles, sino que nos dice cuál fue el destino de los personajes.
Aquí no hay, desde luego, ningún dios protagónico que los conduzca al cumplimiento de un destino que él mismo les hubiera trazado. Pero hay un contexto histórico, hay condiciones culturales, hay esquemas de valores como el honor y el deber ser, que sin duda encadenan, atan, limitan el actuar de los personajes. Determinantes sociales que acotan sus posibilidades de decisión. Y no es porque los personajes no puedan evadirse de un destino predeterminado, sino porque todo a su alrededor está en su contra, no pueden hacer sino lo que tienen que hacer. Es en ese sentido que evoca la tragedia.
Se trata de hechos históricos cuyos hilos, en la narrativa del autor, van siendo tejidos de manera que generan expectativa, aunque sepamos el final. No importa qué sucedió a los personajes. Importa cómo les sucedió, importa qué es lo que obró en su contra, importa lo que probablemente hayan sentido. Aquí lo que vale es la versión del autor sobre un romance cuyo desenlace es trágico.
El autor desentraña los sentimientos de los protagonistas. La historia cuenta lo que le pasó a María, la niña de Guatemala y el autor agrega lo que ella, quizá, sentía. La historia narra lo que hizo en esos años José Martí, a dónde fue, y el autor agrega lo que tal vez pensaba, más allá de los textos que escribió; porque el autor lee entre líneas los escritos del propio Martí. Aquí las personas históricas devienen en personajes al ser plasmados a través de la interpretación del autor. Ése es un gran atractivo, a mi parecer, de esta novela.
El logro, desde luego, no es gratuito. Resulta del enorme doble trabajo que soporta la novela. Por un lado está, evidentemente, la acuciosa investigación histórica. Pero por otro lado, y que para a mí le atribuye su valor fundamental, está el trabajo de construcción literaria de Antonio Álvarez. El autor eligió una estructura difícil de sostener, pero que logra, por lo que hace a las voces narrativas: la combinación alternada de la tercera y la segunda personas funciona como encuadres cinematográficos que van de la toma abierta al close up.
Su narrador en tercera persona no es omnisciente, no lo sabe todo; pero es un observador suficientemente objetivo para mostrarnos desde fuera lo que sucede. Nos deja no sólo ver el contexto histórico, sino que nos recrea el ambiente de la época, el contexto social y cultural. Al describir profusamente las formas, los protocolos, los estilos, las normas no escritas, nos permite compenetrarnos con los personajes, entender la lógica de sus acciones; o mejor aún, las limitaciones de sus acciones. Lo que en un momento, lugar y clase social determinados era impensable hacer.
La segunda persona en cambio, al modo del encuadre en primer plano, se acerca al personaje de José Martí, porque es una voz que el autor usa exclusivamente para él y que a veces funciona como un narrador avec, ése que siempre está con el personaje, lo acompaña, descubre, aprende, sufre y goza con él, duda, decide al mismo tiempo que el personaje, junto a él. Pero en este caso, el narrador en segunda persona que construye Antonio Álvarez va mucho más allá, cuestiona, entra en las profundidades del personaje; es una voz que en muchos momentos es una suerte de alter ego que parece saber más sobre Martí, que Martí mismo.
Así, Martí ha sido construido por el autor como un personaje complejo ―en el sentido dramático del término―, pues nos muestra las virtudes y defectos de una persona real, de una persona de carne y hueso; un hombre al que vamos conociendo paulatinamente, del que sabemos sólo un poco sobre sus facetas políticas y literarias, pero lo suficiente para entender su amplia gama de intereses y, sobre todo, preocupaciones y proyectos.
Es sólo hacia el final que el autor nos revela, precisamente a través del narrador avec, el verdadero significado que tuvo para Martí el malogrado gran amor de María hacia él, la magnitud de su efecto… O fue, quizá, que también Martí lo comprendió demasiado tarde. El final no es cerrado entonces, aunque siempre supimos el desenlace de la historia, el final deja una pequeña puerta abierta para la interpretación del lector. Y ésa es una más de las muchas virtudes de esta novela.
