“Ningún hierro puede despedazar el corazón humano
como un punto puesto en el lugar que le corresponde”.
Isaac Babel
La cita anterior, plena de fuerza y de emotividad, estaba pegada en un ficha de tres por cinco sobre el escritorio de Raymond Carver, el famoso escritor de cuentos norteamericano, padre del llamado realismo sucio y autor de algunos cuentos magistrales como “Catedral”, “El elefante” o “Tres rosas amarillas”.
Traigo a colación las palabras del autor de Caballería Roja porque creo que son el punto de partida adecuado para pensar el libro de Antonio Álvarez Gil Callejones de Arbat, que he tenido el gusto de leer y ahora la oportunidad, y el placer, de comentar.
Si como decía Babel un punto bien colocado puede devastar un corazón humano, podemos preguntarnos qué no hará entonces la cadencia evocadora de un poema o la fuerza expresiva de un relato cuando alcanzan a conmover a quien lo lee, a despertar al que está dormido o a iluminar a quien se encuentra en tinieblas.
Este es el núcleo del núcleo sobre el que gravita la novela de Álvarez Gil. La inmensa fuerza de la palabra escrita en libertad y el recelo que ésta provoca en el poder, pues siguiendo en paralelo el famoso adagio de Lord Acton; el poder (cualquier poder, todo poder) tiende a desconfiar del que piensa (y escribe) en libertad, y el poder absoluto a desconfiar absolutamente.
En Callejones de Arbat, el autor, con un pulso narrativo ágil y solvente nos va desvelando el gradual proceso de toma de conciencia que de todo esto hace el protagonista principal, Mario, un periodista cubano que trabaja para un organismo multilateral de los países del antiguo orden comunista. En el Moscú turbulento y en ebullición, a la vez que desconcertado y ansioso, de la Perestroika y de la Glasnost, el Azar (así, con mayúsculas) conducirá a Mario hacia Dolores y a través de ésta hacia su padre, uno de aquellos “niños de la guerra” enviados a la Unión Soviética durante la Guerra Civil Española. De ese encuentro fortuito (si lo pensamos bien ¿qué no lo es en esta vida?) Mario aprenderá el dolor que provocan las lealtades compartidas y el desasosiego que conlleva, siempre, la pérdida de la fe. Pues fe es lo que se nos exige cuando se nos niega la libertad de pensar por nosotros mismos.
El descubrimiento, a través del viejo exiliado español, de la vida y obra de los escritores maldecidos por el poder estalinista (Ajmátova, Pasternak, Babel, Tsvetayeva, Mandhelstan…), hombres y mujeres cuyo único delito había sido escribir lo que llevaban dentro con honestidad personal, sumirá al protagonista en la angustia que genera la duda.
Un poder como el soviético que no sólo era todopoderoso en lo material sino que se sentía absolutamente legitimado por su visión dialéctica de la historia y que estaba inoculado de una conciencia de superioridad moral no podía tolerar al que pensando en libertad disentía, al que era crítico con aquello que tenía ante sus ojos, a quien no aceptaba las verdades oficiales, a aquel que veía al rey pasearse desnudo cuando los demás ensalzaban sus costosos vestido o se resistía a creer en los paraísos prometidos, siempre luminosos y a la vez sumidos en la bruma de un futuro incierto y que nunca terminaba de llegar. Por muy velada que fuera la crítica, por muy tenue que fuese la resistencia, su monopolio de la verdad absoluta no admitía ningún tipo de competencia. Además, y ahí creo que radica el quid de la cuestión, el que escribe aspira a ser leído y comprendido y aceptado por sus lectores, lo que lo hacía, a los ojos de un poder como el soviético, enemigo de la peor especie. Saber colocar un punto en el lugar adecuado se entendía como más peligroso, mucho más, que ser, pongamos por caso, uno de aquellos saboteadores que según parece se obstinaban en boicotear los planes quinquenales.
Mientras va adentrándose, cada vez más, en las vicisitudes personales de aquellos intelectuales que habían sido triturados y vilipendiados por el poder soviético, que habían padecido humillaciones incontables, torturas y vejaciones sin límite y sobre los que se había dejado caer encima todo el poder del estado totalitario –¿Sabes cuánto pesa el estado? que preguntó una vez Stalin a uno de sus colaboradores, en los tiempos de lo de Kírov- Mario se va enfrentando a su propia realidad, la suya y la de su propio país, con la que había aprendido a convivir y por ello a aceptar como algo natural e inevitable.
Pero la duda genera desconfianza y la desconfianza deviene en desapego y éste a su vez anula el infantil entusiasmo que reclaman para sí los que exigen fe y adhesiones inquebrantables. Y eso, por mucho que se intente disimular, nunca deja de pasar desapercibido para el ojo siempre atento e insomne de los guardianes de las esencias revolucionarias. Ahí será cuando en cierto modo los caminos de Mario y los de aquellos otros se entrecruzarán. Por suerte para él los tiempos no eran exactamente los mismos.
A la virtud de un trasfondo profundo se une en Callejones de Arbat una acción que se deja leer con soltura, cosa que es muy de agradecer, con esos toques de “mágica realidad” que diría otro cubano universal como Alejo Carpentier, y que sazonan, en su justa medida, el relato. Los personajes femeninos que comparten protagonismo con Mario, Dolores y Vera, son, cada una a su manera, dos de esas mujeres fuertes y bellas, inteligentes y sensibles, que hacen que uno entienda el crudo debate que se libra en el interior del protagonista. Cierto es que en obligar a elegir se complace el diablo.
Las conversaciones de Mario con diversos miembros de la “nomenklatura” cubana, en especial la que mantiene con Pedroso, agente encubierto de los servicios de seguridad, son, a mi juicio, tan interesantes como ilustrativas de como se juega en una dictadura como la cubana, que por cierto, tantos y tan fervorosos aduladores tiene en todo el mundo libre.
En resumen, Callejones de Arbat es una novela lúcida y bien escrita que casi seguro no defraudará al que se aproxime a ella con espíritu abierto y tolerante.
