Muy pocas veces extraño tanto a Cuba como en los ratos en que me siento a leer o releer las novelas de Antonio Álvarez Gil. No es fácil explicarlo por alguien como yo, que no es cubano aunque haya pasado largas temporadas en la isla, la haya querido con toda su alma y la lleve dentro a pesar de una ausencia que ya se está haciendo demasiado larga.
Pero lo que yo me llevé de Cuba, por mucho o poco que sea, y que guardo como si fuera un tesoro, vuelvo a sacarlo de la caja de los recuerdos cada vez que me acerco a un libro de este escritor habanero, afincado en Suecia. Dejamos a un lado, por el momento, todo lo que tiene que ver con la calidad de la escritura, con la técnica literaria, con las referencias culturales. Solo voy a hablar de sugestiones, de lo que esos libros me han dejado, de la huella que han marcado en mí y que nada tiene que ver con la amistad que nos une, a pesar de la distancia.
La primera novela de Álvarez Gil que tuve la suerte de leer, fue Naufragios (que entonces todavía se llamaba Cubita la Bella), y fue como volver a mis años habaneros, cuando por primera vez descubría un país del que desconocía cuál sería su futuro después de la caída del campo socialista. Una novela que tiene un protagonista supremo: la gente. La gente normal, natural, la que vivía en los solares cerca de mi piso del Municipio 10 de Octubre, la misma con que hablabas en la cola de la guagua, o en los atardeceres sentados en el Malecón con miles de preguntas que hacer a los primeros turistas que se atrevían a dar vueltas por allí. Y esta gente es la gente de Cuba. Contada con su jerga, con sus manías, con sus picardías, sus ganas de conocer el mundo y sus necesidades, sus deseos de “resolver”. Y para mí, lector europeo enfermo de cubanía, era como sentarse en una azotea y ver a la vida pasar, ver a toda Cuba pasar. Con su mestizaje, su mezcla de alto y bajo, de orden impuesto y desorden natural. Esto fue lo primero que me gustó de Cuba y de las novelas de Álvarez Gil. Escrita con sentido del humor, con esa forma que los cubanos tienen de reírse de sí mismos y de sus problemas. Y me encantaron los diálogos. Hasta hoy nunca he dejado de comparar esa escritura tan cinematográfica, con las comedias de Juan Carlos Tabío y Tomás Gutiérrez Alea, que son, lamentablemente, lo muy poco del cine cubano que ha llegado a mi país, Italia.
Descubrí primero a un escritor irónico. Y después fui sumando más cualidades. La ternura que se respira en las páginas de Las Largas horas de la noche, la hermosa historia del amor imposible de María García Granados, la niña de Guatemala que se enamora de José Martí y que, como dice el poema que lleva su nombre, termina por morir de ese sentimiento tan enorme a su joven y tan imposible edad.
Y después me encontré con otros temas, porque (esto también hay que decirlo, antes que se me olvide…) estamos hablando de un escritor que nunca se repite, que no sigue el camino mas cómodo y sigue buscando nuevos desafíos. Y así vienen las novelas del desarraigo, de los sentimientos profundos por un país que es al mismo tiempo madre y madrastra, que te seduce y te abandona, que sigues viviendo desde dentro aunque estés viviendo miles de kilómetros lejos. Con diferentes matices, hablo de Después de Cuba y Delirio nórdico. Porque, como justamente decía el gran Mario Benedetti, la alegría es un sentimiento horizontal, que se expande como una ola alrededor tuyo. Y la tristeza es vertical, porque baja, escarba en lo más profundo de tu alma. Y poco importa que se trate de un cubano del exilio o de alguien recién llegado a un campo de refugiados de cualquier país de Europa. Porque, de todas formas, es alguien que tiene que rehacer su vida. Y en este caso, el escritor sabe muy bien de qué se habla.
Siguen más novelas y, una vez más, otra vuelta de tuerca. Callejones de Arbat es una novela compleja, otra obra maestra de mestizaje literario. En ella se unen la denuncia social al régimen comunista (se desarrolla en Moscú, al principio de la perestroika), y aborda el gran tema de la complicada relación entre la cultura y los gobiernos totalitarios. En ella encontramos ideales, teorías, pero también referencias literarias claras al gran Bulgakov, cuyos personajes aparecen por sorpresa en la mitad de la historia. Esta quizás sea, en el sentido puramente literario, la obra capital de Tony Alvarez Gil, la gran novela de la madurez ideológica y literaria. Una ideología vinculada a la historia reciente de Cuba, que es un perpetuo telón de fondo de toda su obra. Cuba está en todas partes, como en cada línea escrita está el desarraigo, el dolor del exilio. Pero no recuerdo haber leído nunca una palabra de odio, ni de rencor. Y no es fácil. No, no es fácil. O quizás lo sea. Porque un país no es su gobierno. Un país es su gente, es su memoria, es su cultura, es lo alto y lo bajo, lo blanco y lo negro, es Carpentier y el último embustero de La Habana Vieja, es un verso onírico de Silvio Rodríguez y el viejo haciendo la cola para coger el Granma. Esto es tu país, es lo que llevas dentro, tenga el gobierno que tenga.
Esto es, para mí, Antonio Álvarez Gil. Esto y mucho más. Y aquí me quedo, sin hablar de su última obra, Perdido en Buenos Aires. No porque no me haya gustado. Sino porque (cada loco con su tema), narra la historia del gran Capablanca, eterno campeón de ajedrez, y yo con el ajedrez siempre me he llevado muy mal. Lo confieso. He intentado aprenderlo mil veces, y mil veces me he quedado sin nada, arremetiendo contra un tablero donde siempre me sentí incomodo. Esperaba que mi amigo Antonio llegase a hacer este milagro. Y no resultó. Pero volveré a intentarlo. Nunca se sabe. La vida te da sorpresas… aunque no seas Pedro Navaja…