La novela Callejones de Arbat llegó a mí en un correo electrónico, emancipada de plataformas convencionales, así, libre, en un anejo en un correo electrónico. Luego de su lectura, llegó mi admiración hacia su autor, Antonio Álvarez Gil. Como a muchos de mi generación, la caída del Muro de Berlín y del bloque socialista suele ser el hito que marca el comienzo del siglo XXI histórico. Es también el momento donde nace Callejones de Arbat, una novela que se dice con belleza y elegancia, sí, pero, sobre todo, con un maravilloso control del tono, ese elemento que a veces despachamos como un je-ne-sais-quoi. Es un texto en el que se imbrican la autoficción y la historia en una narración que es tanto metaliteraria como autocontenida en sus propios términos.
En Arbat, la sencillez es compleja. Hija de la caída de las utopías y del desplome de la historia como hegemonía (revelada aquí como otra gran ficción), la novela de Álvarez Gil se instala en la patria del lenguaje como espacio de libertad pura. En efecto, en la medida que Ajmátova, Pasternak, Tsvetáyeva, entre otras grandes plumas oprimidas en la Rusia estalinista, cruzan el texto, la metonimia de la escritura acallada por su peligrosidad poética, que es la revelación de una verdad, toma contundencia. Pero, sobre todo, Álvarez Gil nos ha regalado una hermosa historia de amor furtivo: Mario (narrador protagonista, casado con Vera, de origen ruso-español) y Dolores –actriz rusa descendientes de españoles-, recrean en muchas medidas a El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. Como todas las grandes obras de la literatura universal, el amor redime, posibilidad; en Arbat, se manifiesta como la capacidad regenerativa del alma. Entonces, la esperanza de algo mejor prende como un bosque en llamas. Mis respetos a Antonio Álvarez Gil, por el regalo de la palabra.
