El espacio del hombre deseante en el imaginario histórico de Álvaro Enrigue

Dra. María Esther Castillo García

alvaro-enrigue-otrolunes36

No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables,
aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el Tiempo.

Emil M. Ciorán

 

La  naturaleza del ser humano cambia de signo en cada período histórico. Se aprecia su racionalidad en la época “Ilustrada”, su capacidad creadora en la Modernidad, mas en los tiempos actuales, lo relevante es el cúmulo de situaciones problemáticas sin salida. Frente a la inminencia de su realidad o ante el límite de los deseos, el hombre de hoy es un ser necesitado o un iluso.

En los textos literarios es posible percibir que el deseo se  confunde con la necesidad, surge como revelación o desvelamiento y a veces como mera ilusión. Los escritores contemporáneos   -nacidos a finales de los sesenta, inicios de los setenta- dan curso a  tal situación al representar o expresar las vidas privadas en donde lo público quiebra el territorio de la individualidad. Las anécdotas principales subrayan las reacciones más que las acciones, se ofrece el motivo para describir tiempos y espacios en donde tal o cual situación se significa como el evento que tuerce el deseo y les fastidia la vida. La decisión poética o estilística es si la situación se representa o sólo se expresa como fundamento central en el relato. A partir de ahí, las secuencias se entrelazan con las imágenes del recuerdo con la idea de simular la historia de una vida en su transcurso;  o al contrario, para congelar el instante y repetirlo sin trasitividad, en este sentido, el sustrato de vida no se representa, sólo se expresa. Acaso sean éstas las tendencias para encuadrar los tonos marcadamente pesimistas en donde el relato encausa más la disforia que la euforia, o bien que el discurso se detenga en el qué contemplativo, abierto, únicamente presencia. Los personajes, en ambos casos, se alejan del drama y de la tragedia, prefieren revelar el engaño, la seducción,  el patetismo, el absurdo, o el mero espectáculo1. En todo caso es el mal/malestar lo evidente, la adversidad fluye en los actos de rabia interior de manera no lejana a la violencia que conmina al ser humano a realizar el deseo, que dijimos antes, se confunde con  la necesidad, una que debería responder a los derechos del ser humano,  pero que al intricarse no tiene ya relación con la responsabilidad.

En este tenor presento una indagatoria que  traza el lugar y el  tratamiento narrativo  del escritor, Álvaro Enrigue2 (1969- ), cuando establece su mural sobre la hostilidad humana. En sus historias el autor da curso a un acervo de detalles para Historia3 y una serie de contingencias que implican la pregunta universal sobre si el mal es un puro deseo que se encubre como esa necesidad -enunciada arriba, y puede ser vehiculado a través de representaciones ya fundadas por la históriografía y trasladadas a la ficción, o si la solución es que una mentira colorida pueda revelarse como única verdad o justificación plausible.

La exposición de sus narrativas, así muestren muestren visos historiográficos, no las incluiría en el extenso listado de  la “nueva novela Histórica”, pues si bien recupera algunos hitos de la Historia cultural y política en México para adscribir las afecciones de lo local y lo  familiar, cuando lo público roza o destruye lo privado, no hay un planteamiento desmitificador ni una propuesta que discurra la zona de influencias interdisciplinarias4. A nuestro autor, según mi lectura, le interesa trasponer la historiografía para mejor inquirir acerca de la hostilidad generalizada y evidente en las reacciones que el ser humano desarrolla contra el otro y contra sí mismo, así sea de una manera consciente, como de forma soterrada, ya sea producto de la insensatez o a consecuencia de políticas criminales.

alvaro-enrigue2-otrolunes36Así pues, Enrigue ofrece distintas opciones: identifica en los ámbitos culturales y políticos de la capital mexicana el discurso del poder que opera en las sociedades y pone el dedo en la llaga contra los medios artísticos –que son los que íntimamente le conciernen (La muerte de un instalador; se introduce  en las fábulas de las regiones jaliscienses, para desde lo plausible concebir historias apócrifas que expresen esa intención de transigir la ley y llegar al absurdo (Decencia); plantear relatos de aprendizaje en donde no se aprende, pero se simula; permite que su imaginario, o mejor dicho, su simbólico, se expanda y abarque las coordenadas que transcienden las fronteras de lo universal (Vidas perpendiculares). En Virtudes Capitales, El cementerio de las sillas, Hipotermia, el autor sigue fabulando la hostilidad enunciada antes, con calificaciones como: violencia inaudita, barbarie, jodidez,  esclavitud, o bien irritación, tristeza y desaliento. Quizás Enrigue, sólo después de expresar cada término, encuentre el significado inherente a toda la humanidad que tuerce sus vidas.

Presentaré más adelante y de manera breve, las anécdotas de las dos últimas novelas que incidentalmente se ubican  en Jalisco (Vidas perpendiculares y Decencia). Pero antes unas palabras acerca del estatuto histórico involucrado en su posible recepción novelística.

 

De Historia, literatura y sociedad

En términos más sociológicos que históricos, comprendemos que el entorno cultural convierte a las personas en agentes expuestos ante un campo de lucha (ignoto o esclarecido),  tratando de obtener el tipo o  grado de capital simbólico,  que creen merecer en cada etapa de vida social. Pero más allá de la escenografía institucional en donde entendemos la lógica de un determinado campo de fuerzas (Pierre Bordieu) coexisten otros factores individuales, previos y/o  imperceptibles, cuando nos empeñamos en deslindar las causas de un conflicto, en donde los agravantes no sólo se generan en la frustración de los “deseables merecimientos” no obtenidos, sino cuando ocurre la eclosión de lo reprimido. Cuando  la afectación es mayúscula  por incontrolable, ésta recae en el yo de la persona- sujeto -agente, oprimido u opresor, hasta colisionar y  desembocar en  un estado de aniquilamiento mutuo. Desde el descontento familiar, la conmoción solitaria, la revuelta, la  guerra sin cuartel, la revolución y hasta el genocidio, cuando las acciones que generan los  conflictos son de larga duración (Fernand Braudel) puedo corroborar que  Enrigue lo interpreta como si aspirase a dar cuenta de lo ininteligible del principio causal.

Aclararemos asimismo, que la subjetividad interpretativa revelada en la retórica del discurso, impregna el imaginario, el simbólico, y el sentido ético no sólo del literato, también del historiador, aunque este último dependa de manera importante del aspecto vericondicional: en su mostración discursiva, el historiador se aplica sobre los referentes auspiciados por los documentos, que sustentan las acciones o reacciones descritas. Por ende no iré a refutar que el historiador también supone, conjetura e imagina, aunque su discurso no lo aparente (Hyden White, Michel de Certeau).  Así pues, ambos, el literato y el historiador, forjan el espacio textual y  estrategia discursiva, en donde las acciones y reacciones de los sujetos históricos se significan a través de los recursos narrativos que disponga el historiador en cada época, pertienencia institucional y estilo. Según el precepto de credibilidad otorgado por convención en cada disciplina (verosimilitud/verdad), cuando se narra una historia, la interpretación es casi irremediable; se relaciona y relata desde la periferia o desde el núcleo en donde se ubica el recoveco o gozne de los eventos, dando como resultado una versión, que en ambos casos se aprehende como una verdad simbólica.

 

De lo que cuentan las novelas

A partir de este encuadre, Álvaro Enrigue, como literato interesado en originar una ficción presenta en Vidas perpendiculares y en Decencia, diversas etapas de hostilidad y supervivencia  a partir de la creación de escenarios individuales y familiares en donde la profusión de las reacciones no proviene de un principio único. Los cuestionamientos sobre si existe una causa primera  a partir de la cual el ser humano pueda comprender cuál fue el principio del todo, se disuelve entre las varias perspectivas con las que cada uno de los actores pretende justificar deseos o necesidades, tal como sucede en la vida real. Ubicadas en un tiempo presente, los protagonistas narran respectivamente su historia, uno en primera persona y otro en falsa tercera persona (un él que es un yo); vuelven la mirada hacia atrás (que no es precisamente “el pasado”) para tratar de recuperar un tiempo original para desde ahí elucubrar sobre aquello que en su presente les ocasiona tanto dolor, rabia y sobrecogimiento. Los narradores privilegian la idea del autor implícito, cuando en el contagio de las impresiones, se otorgan como propias.

En palabras de Enrigue:

“A veces escribir es un trabajo: trazar oblicuamente el camino de ciertas ideas que nos parece indispensable poner en la mesa. Pero otras es conceder lo que queda, aceptar el museo y contemplar el saldo en espera de la muerte, pedirle perdón al mar por lo que se jodió. Poner en la mesa nuestras cajitas y saber que lo que se acabó era también todo el universo”5.

alvaro-enrigue3-otrolunes36Como lectora de narrativas literarias e historiográficas, trato de comprender cómo los escritores se ubican en estos tipos de estadios ideológicos y contextos,  tanto estilísticos como culturales, para establecer analogías o, para conjeturar cómo es que un creador de ficciones fabula  alegorías que den cuenta de eternos y particulares conflictos; asimismo, desde una postura crítica, se atiende a su vez a  las necesidades receptoras en cada etapa social, económica y cultural. Este tipo de asunciones nos lleva a corroborar las estrategias de maniobra y la capacidad de reflexión con las que Enrigue imagina (entre la incertidumbre y el absurdo), las reacciones de los personajes involucrados: Jerónimo Rodríguez Loera en Vidas perpendiculares y Longinos Brumell en Decencia. El primero cruza muy distintas etapas (espacio-temporales), desde la región de los Altos de Jalisco hasta los contextos inherentes de la historia universal; el segundo selecciona algunas noticias de la Guerra Cristera (una etapa y facción incluida en la Revolución Mexicana) para llegar a la expresión de la parodia de un secuestro en Guadalajara (la capital jaliciense), durante los tiempos verídica y tristemente actuales.

Frente a las interpretaciones que figurativamente las novelas exponen, los conflictos personales o íntimos se relacionan con los históricos, en el cruce de ambos surge la ambivalencia enraizada entre los instintos de vida y muerte como puede corroborarse en las citas siguientes:

 

En Vidas perpendiculares:

“El ruido de la caballería avanzando sobre la villa fue admirable: parejo e incontenible (…) Hubo una sola orden y empezaron a avanzar demoliéndolo todo entre gritos sólo de los nuestros. Hundieron casa por casa en la destrucción y fuego de sur a norte, sin una amenaza, un pujido que señalara la menor indisciplina, una sola palabra que escucharan mis oídos ya asfixiados por la pelambre del animal del miedo que no cesaba de crecer en mi entraña (…) Se abrió la puerta (…) un legionario de ojos verdes helados blandía su espada. Cerré los ojos antes de que la descargara contra mi cabeza” (pág. 30)

En Decencia, la memoria de un conflicto revolucionario nos conduce a un episodio vivido en Autlán, Jalisco, al destacar la relación entre la familia de Longinos y la figura de un jefe faccioso:

“Una vez que las detonaciones ganaron consistencia ensordecedora mi padre ya ni se la pensó: le dio media vuelta a su caballo, jaló las riendas del que le seguía y pasó junto a mi balbuceando maldiciones (…) Yo me quedé congelado, presenciando la materialización de mis pesadillas (…) El mundo, su historia, la vida misma en el brillo de su mayor esplendor –el combate- me habían ido a alcanzar en el lugar más anodino posible (…) Tuve entonces la intuición de una paradoja que he venido a comprender de viejo: vivir es una ebullición de intensidad sostenida aun en los periodos en que se pretende estar en paz, pero eso sólo se entiende cuando uno se descubre de boca en la muerte” (pág. 31)

Frente a estas aperturas poéticas se corrobora la creación de espacios ficcionales sobre las  tramas inherentes a la historiografía, pero sobre todo, ante los deseos humanos, sus expresiones y sentires. El lector-receptor, dentro y fuera del texto, imagina y reconstruye una serie de imágenes que facilitan y dirigen las relaciones entre los objetos, sujetos y  situaciones factibles, cobrando realidad literaria y evocación histórica, el todo se entrama y se destaca a través del trabajo retórico del discurso. El contenido de las actuaciones, o de las conductas, simula el pensar de los individuos adquiriendo connotaciones diversas dependiendo de la forma narrativa que el autor ha seleccionado para ponderarlas.

¿Y cómo es ésta? Enrigue anima las presencias imaginarias e históricas respondiendo a la especulación sobre la vida y ante la muerte, cuando finalmente es la consecuencia última hacia donde lleva el número infinito de empresas más desdichadas que felices, como se muestra en la primera cita.  Al ficcionalizar episodios históricos revolucionarios, el autor hace surgir las reacciones más privadas que públicas, donde la destructividad y sus secuelas configura el componente de la conciencia moral de los individuos, en la frontera de lo normal y de lo patológico. El inicio de las dos historias presentan asimismo los rasgos de las “novelas de aprendizaje”: sus personajes invocan la infancia desde la adultez, recorren nuevamente el camino de la vida, después la frustran y la  reprimen; el trayecto en el que  se someten esas vidas es para conducirlas hacia la muerte o al franco absurdo, indicando irónicamente que el ser humano, de la cuna a la tumba, no aprehende lo vivido, carece de memoria o es enemigo de sí mismo. Podemos parafrasear a Freud en el Malestar de la cultura,6 cuando el filósofo psicoanalista sugiere que el hombre no es tanto un ser en busca de amor, cuenta con una buena dosis de agresividad. Con esta sentencia como premisa, la propuesta de Enrigue establecería el coto de referencia cultural, al escenificar el tinglado del sumo malestar humano en nuestro entorno a lo largo de los años. En cada ocasión, los narradores dan cuenta  del  descontento y la frustración de la vida, pero con la caracterización que los aleja del sino melodramático. Otra estrategia compositiva la deslinda Enrigue en el tipo de concesiones ofrecidas al lector, cuando  se turna en la descripción de ciertos reportajes noticiosos, de crónicas populares, en donde el receptor cree adivinar los referentes u objetos  a partir de los rostros, los nombres y las locaciones7 y otras en donde la lectura refrenda el contrato de credibilidad.

En Decencia creemos identificar el rostro que se esconde bajo los apelativos de los Villaseñor y Longinos, recuperar episodios historiográficos en la región de  Autlán,  adivinar en los nombres la identidad de personalidades políticas que han sido secuestradas en tiempos recientes, al tiempo de reconocer lugares y edificaciones como “La Paloma” cerca del templo Expiatorio en el centro de Guadalajara.

En Vidas perpendiculares, no obstante el lector pueda ubicarse entre los acontecimientos relatados históricamente durante los sucesos revolucionarios en Lagos de Moreno, Jalisco, ciertamente se extravia entre la suma de fábulas que remonta el protagonista hasta tiempos  prehistoricos. En esta peculiar novela, el narrador-protagonista  establece su ficción a través de un legado  intertextual que incluye datos legendarios, complejo por itinerante, y cuya ordenación y medición del tiempo funde eventos disímiles en contextos locales y universales, pues Jerónimo se desdobla en las muchas vidas perpendiculares, que no paralelas, precisamente para enfatizar el cruce y el sino del acontecer. Haciendo referencia a esas Vidas perpendiculares, el narrador nos insta a creerle al personaje que nace en Lagos de Moreno, pero que  recuerda sus otras vidas desde tiempos pretéritos; las latitudes y los saltos cronológicos hacen declarar a su mentor jesuita, al final de la historia, que  Jerónimo ha enloquecido o que “tiene una mente de novelista”. Reconocemos ese padecer memorioso borgeano de quien no puede olvidar nada, en este renacido personaje que ha vivido otras vidas; las más significativas lo presentan como el joven miembro de una tribu, como una doncella griega en los primeros años de la era cristiana, como un sacerdote seglar en el Nápoles del siglo XVII. En medio de cada “reencarnación” o trayecto vivido, son el odio, el erotismo, la pasión y la venganza las pasiones que configuran las imágenes en donde siempre lo terrible colisiona. En la vida nómada  de tal personaje, cada situación se establece para que algo siniestro suceda; el asunto radica siempre en mostrar la preeminencia de los deseos frustrados. Y estas frustraciones las padece Jerónimo ya sea que resurja con nombres distintos pues siempre es el temor ante la eterna mirada que simboliza la autoridad represora, instintiva y definitiva:

“nuestro padre era el mundo de abajo (…) lo que había que soportar (…) Todo lo que raspa y corta”, en oposición al “mundo de arriba (…) pero ser como ellos estaba prohibido. Nuestro padre olía esos animales en nosotros (…) Y desde entonces el espíritu de mi padre me persigue” (2008; 83 y 93).

Decencia, en cambio, se intenta evadir la mirada represora para reconsiderar si acaso el absurdo pueda disolverla o burlarla. Enrigue, recurriendo nuevamente al telón de fondo de la historia política, privilegia  la ley del azar, tuerce los hilos de la trama hacia lo absurdo, y vuelca la historia al vacío. ¿Es esta una novela que se le convierte con o sin intención en parodia acerca de la corrupción política? O es  una manifestación lúdica acerca de los resabios del sino guerrillero después de cualquier utopía o a pesar de ella. Esto es: ¿Estamos ante una expresión de la historia política reciente en nuestro país, ante la serie de secuestros que se han convertido no extrañeza sino en costumbre? O ante una comedia que muestra la forma en que el azar irrumpe y modifica la vida “aburrida” de un postrevolucionario corrupto, en correspondencia a la vida de un viejo que añora en provincia el goce de la aventura “revolucionaria” o los despropósitos de postrevolucionarios (aquellos retratados por Carlos Fuentes8). Sea tal, encontramos a  Longinos durante una serie de acontecimientos risibles, que desmarcan la emoción de una contienda revolucionaria previa -en su etapa juvenil de aprendizaje-, cuando termina pactando con los secuestradores por pura diversión. O acaso, pensando en una lectura ética, podría resultar que Enrigue está interesado en mostrar la mentira de cualquier ideal, pues el protagonista pide ayuda financiera a un viejo conocido, otro corrupto ex revolucionario, Antón Cisniegas (“El Arcángel”), con quien, en flagrantes contubernios, ha gozado de las bondades de nuestra maltrecha “postrevolución”. Enuncié antes que el absurdo rompe la tragedia y el drama, es posible que sea ésta una comedia, al describir cuadros anecdóticos y discordantes, para dejar atrás la idea del secuestro como realidad mexicana para acentuar y satirizar la banalidad de una hipotetica gesta, enarbolada por los secuestradores que se hacen llamar “los justicia”, al lanzar una inocua bomba frente al Consulado Nortemericano en la ciudad de Guadalajara, cuando por mera casualidad paseaba Longinos. El despropósito burla cualquier intención de un posible grupo en pie de lucha y descubre lo absurdo en una implacable secuencia: desde la tentativa, que de entrada no alcanza el sello de lo político, hasta lo ulterior, que no encuentra su lugar como revancha contra el “imperialismo yanqui”. El rapto a Longinos se convierte paulatinamente en la imagen de un cortometraje cómico. Si el hastío, o la mancuerna guerrilla-narcotráfico juegan por igual, nos quedaremos con una convicción demoledora cuando se plasma la ambigua postura crítica, literaria, histórica o social.

 

A manera de conclusión

No será por casualidad que los protagonistas de las narraciones ficcionales  viajen o trasladen las penurias en el curso de sus vidas; durante los trayectos se verifica la travesía de los deseos. La travesía implica la recuperación problemática que responde a las instancias del sujeto, a los referentes culturales y temporales esbozados a través de  sustratos biográficos. La recurrencia al estito biográfico en las novelas de Enrigue muestra también la travesía textual como el locus  memorioso y recurrente en los espacios literarios. Sin pasar por alto que el viaje y su remembranza inscribe memorias individuales e históricas, las travesías son asunto obligado para establecer no sólo la relación necesaria entre el acontecer y el relato, sino en el proceder impuesto por la forma narrativa. La narración es un soporte reproductor del propio conflicto entre decir, contar y  representar, tanto si estamos en el terreno vericondicional de lo histórico como en el ficcional.

El deseo de contar, de escribir y cobrar verdad, dilata y prolonga retóricamente el tiempo y el espacio de los mundos narrados. La mirada de Enrigue aspira a trascender y coincidir entre el punto de mira de su escritura, el de la reminicencia documental  o anecdótica, y el de los deseos: de los supuestos y de los propios en el aquí y en el ahora del relato. Como escritor literario que imagina y despliega un panorama de figuras, los lectores advertiremos -en las treguas de sus enunciados y descripciones, en las encomiendas de su narración y en el juego de expectativas-, la posibilidad de reflejar el recóndito deseo humano de “adueñarse” de alguna verdad, en el espacio de una conciencia moral y ante el deseo donde la memoria y la literatura resulten amplificadas a partir de esta mirada hipotética.

Desde la sugerencia del “hombre deseante”, consideramos que la forma narrativa ficcional contribuye tanto a la figura del sujeto, descrito ya como personaje de las regiones, como de quien lo inventa y describe, pues Enrigue no se enajena de ese mismo malestar que lo insta a glosar historias en donde se vincula lo subjetivo y lo objetivo, de la misma manera que media la percepción social e individual. Enrigue acude a la noción literaria en donde se cuestiona la unión entre estética y ética. Ante la monotonía o el hastío: el vacío de sentido, de interés, del estar ausente o postrado, el encierro en la insignificancia o en lo insensato, la apuesta es por  la experiencia del significante que no encuentra el sentido del signo. El sentido es sólo una acción escrituraria que alude a una historia cultural o personal, pues puede asimismo entenderse como una huída o proyectarse como una liberación de la propia represión. Entre la renuncia y el riesgo o entre el contrato de lectura como el riesgo aceptado, aunque sólo se acceda de manera fugaz, se desenvuelven las  relaciones asimétricas que el sujeto trata de manipular o de seguir jugando las reglas de seducir  al otro, a través de la retórica del objeto literario que bien conocen el lector y el autor. En esta suerte de narraciones, siempre se estará implicando una negociación  de imágenes que indican competencias cognitivas y volitivas, mismas que también suponen la abolición de las distancias  para llegar a establecer un contacto entre cuerpos sintientes y cuerpos sentidos.

Creo que frente a los textos literarios que cuentan una historia política, existe también la urgencia de expresar  los deseos humanos; no sólo impera la reflexión del pensar en la memoria cultural, también importa la intuición del sentir emocional, representado en cada estado de lucha.

Bibliografía

………………………, Vidas perpendiculares, Barcelona:Anagrama, 2008.

…………………….., Decencia, Barcelona: Anagrama, 2011.

Bordieu, Las reglas del arte, Barcelona: Anagrama, 2002.

Freud, Sigmund. El malestar de la cultura, México, S.XXI, 1984.

Rorty R., Una ética para laicos, Madrid, Katz Editores, 2009

Notas del artículo

  1. En este extremo pienso básicamente en Mario Bellatin ("EL GRAN VIDRIO" ), de quien podremos hablar en otra ocasión; la propuesta de este prolífico escritor, no obstante su acierto y emergencia se  acompañe de los teóricos de la postmodernidad, ya se ensayaba en la modernidad de Salvador Elizondo y Julieta Campos.
  2.  Vidas Perpendiculares, México: Anagrama 2008, Decencia, México: Anagrama, 2011. Todas las citas correspondientes a los libros se refieren a estas publicaciones.
  3. Sigo la convención de escribir con mayúscula Historia al referir la disciplina y no el relato.
  4. Este rasgo es el fundamento de la nueva novela histórica.
  5. Este fragmento corresponde al texto “La muerte del autor” en el libro de relatos: Hipotermia, publicado  por Anagrama en el año 2005. El texto íntegro está publicado también en la revista Letras Libres, en donde Enrigue escribe reseñas críticas literarias y políticas.
  6. En esta ocasión la perspectiva teórica pretende apoyarse en ciertas interpretaciones que Paul Ricoeur realiza sobre el psicoanálisis freudiano.
  7. En La muerte de un instalador, ya el lector jugó a reconocer el retrato del revolucionario X que a fuerza de contubernios resulta el nuevo dirigente de la clase política en la capital del país, así como al nieto que se puede dar el lujo de jugar al Mesías en el terreno comercial del arte y asesinar al artista.
  8. Sobre todo en esa inolvidable novela: La muerte de Artemio Cruz.

Del Autor

María Esther Castillo García
Doctora en Humanidades (Literatura). Maestra en Historia. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (CONACYT). Institución: Universidad Autónoma de Querétaro-México.

Libros publicados: Nemosine,  recuerdos falsos para memorias verdaderas…, México: Plaza y Valdés, 2008. La seducción originaria…México: Plaza y Valdés, 2009. La conspiración de la memoria, Jalapa: Universidad Veracruzana, 2010. Espacios (coord.) México: EÓN, 2011. Reflexiones a partir de la experiencia –literatura y pedagogía (coord.) México: EÓN, 2014.

Capítulos en libros recientes: “Personajes tránsfugas y autores revelados” en Pérez y López (coords.) La escritura del yo: conjeturas, México: Eón, 2014. “La imagen literaria de lo ominoso y su capacidad creativa de lenguaje” en Argüelles, ed. Imagen, México: Eón, 2013. “Del marco al escondite…” en Gustavo Jiménez Aguirre (ed.), Una selva tan infinita. La novela corta en México (1872-2011), tomo II, 2012. “La voz del lector, ese otro intérprete en Cómo se hace una novela, de Miguel de Unamuno” en Juan Carlos Romero (ed.), Unamuno y nosotros, España: Anthropos, 2012. “La escritura en la plástica, la plástica en la escritura” en N. Angélica Cueva Velasco. M. Elena Munguía Z. (eds.), Trazos Teóricos, Jalapa/San Luís Potosí: UV/Colegio de San Luis. “Crónica de una pasión: La última hora del último día de Jordi Soler”, en Miguel Rodríguez Lozano (ed.) Nada es lo que parece. Estudios sobre la novela mexicana, 2000-2009, México: UNAM, 2012. Ponencias en Congresos nacionales e internacionales (México, España, Argentina, EUA); artículos en revistas arbitradas.

Investigación vigente (2013-2015): La representación de las emociones en las escrituras del yo: la tragedia del vivir, lo patético del existir.