Si bien hay gente ignorante que sostiene que la creación literaria en particular, y la literatura en general, no sirven para nada (es decir, que carecen de utilidad práctica), resulta evidente que si han subsistido durante siglos deben existir poderosas razones para ello, aunque éstas no estén siempre a la vista. Para comprenderlas es necesario reflexionar tratando de hurgar en el asunto, lo cual por supuesto no es tarea fácil.
Los procedimientos de tal indagación a menudo no tienen una normativa, por lo que deben ser los propios escritores, así como los críticos e investigadores literarios, los historiadores y tal vez los sicólogos y sociólogos, quienes -cada quien desde su formación- se planteen dichas reflexiones. De forma un tanto empírica, aunque sin descartar estudios literarios realizados y la experiencia de una amplia y esforzada obra propia, trataré de exponer mis ideas al respecto.
Es evidente que literatura no sería el inmenso corpus cumulativo de variadísimos textos que durante siglos ha alimentado la imaginación si antes no existiera eso tan amplio y ambiguo que solemos llamar “realidad”, a lo cual es preciso añadir la “experiencia” que se tenga de la misma, tanto de parte del creador como del lector. En otras palabras, el mundo, la vida que en él ocurre, generan en el escritor el deseo de crear mundos virtuales paralelos o añadidos, según se mire. Y esto es exactamente lo que ocurre también con las demás artes: surgen a partir de realidades -externas o internas (es decir, propias de la mente o de las emociones, que a su vez se alimentan de la existencia previa del mundo)-, las cuales de diversas maneras el artista transforma o recrea al pasar su experiencia real por el filtro inexorable de su propia subjetividad e interpretación.
Entonces resulta que creamos arte -literatura en este caso- para auscultar la realidad, para indagar en la experiencia humana, para exaltar su belleza y la felicidad que en un momento dado nos produce ésta o para denunciar sus absurdos, sus injusticias e inequidades. Así, quienes nos valemos del lenguaje para plasmar emociones e ideas en un cierto orden mediante determinada combinación de palabras significativas, lo que hacemos es parir mundos posibles. Y al sembrarlos en esa realidad originaria, fundacional, que es el mundo -la vida- le añadimos nuevas dimensiones, planos diferentes de visibilidad emocional, intelectual y espiritual.
Se deduce, por tanto, que la razón de ser de la creación literaria -paso previo a la existencia de un texto literario- es múltiple y tremendamente enriquecedor. Por supuesto (como queda dicho en el párrafo anterior), no hablo de una riqueza material. A mi juicio, lss siguientes son algunas de las razones de ser de la creación de textos literarios, llámese poemas, cuentos, novelas, obras teatrales o ensayos, entre otros:
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Permite al creador darle un sentido coherente a su manera de entender
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la vida y, por tanto, la experiencia humana. Esta coherencia o armonía interna que deberá tener el texto creado rebasa cualquier incoherencia, conjunto de contradicciones o de sinsentidos que pudieran estar en la realidad vivida o percibida por el autor, o en su percepción de tales fenómenos.
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Propicia la expansión de la imaginación, como proceso multiplicador
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de vislumbres vitales. Cómo sucede es algo difícil de explicar racionalmente, pero es sin duda lo que le sucede a quien, con sensibilidad y talento, se dispone a crear.
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Logra, cuando la obra cuaja artísticamente, darle un sentido -para bien
o para mal- a la compleja realidad de la cual procede, ya sea vía la memoria o a través de la imaginación. La dosificación de ambos -memoria e imaginación- suele ocurrir siembre que se trabajan los materiales que desembocarán en obra de arte, incluidas por supuesto las obras literarias.
Es fundamental acotar aquí que, obviamente, el lector es el receptor y beneficiario final de estos procedimientos creativos, si bien quien no sea un especialista versado en la materia -un crítico, otro escritor, otro artista, un lector extremadamente intuitivo- posiblemente no capte los ingredientes constructivos o estucturales de los mismos, ni le interese la relación causa-efecto del acto creativo en sí. Lo cual hasta cierto punto es mejor, ya que la captación del mundo que el autor quiere transmitir en el texto suele ser así más genuina.
Vistas así las cosas, y mirando ya la perspectiva de los lectores, quienes con suerte serán los receptores o depositarios finales de la literatura producida por autores que aspiran a que sus obras sean consideradas auténticas obras de arte, llego a estas conclusiones:
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La buena literatura, al igual que sucede con quien la crea, también expande la imaginación del lector, y al hacerlo lo sensibiliza ante problemas o fenómenos planteados por el talento de su creador.
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Por extensión, lo hace sentir y pensar de forma más aguda, lo cual a su vez le permite examinar su propia vida y su relación con el mundo desde nuevas perspectivas, ya que las aristas de una obra de arte son múltiples en su capacidad de asombro.
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En algunos casos la experiencia que se logra en la lectura es la de una plenitud antes desconocida; en otros, la de un posible rechazo o aversión al chocar las premisas planteadas por el texto con la educación, el gusto o la idiosincrasia del lector. Pero aún esto puede servirle para, al conocer otras maneras de entender la realidad, fortalecer más sus propias convicciones o creencias.
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En términos generales, las buenas obras literarias bien leídas y entendidas suelen forjar mejores personas: primero en el ser profundo del escritor mismo, quien queda transformado, pleno de sí, por la experiencia creativa; y sin duda también en su destinatario, quien lee la obra y la disfruta a cabalidad. Porque el influjo de la novela o el poema o el cuento, cuando se logra la difícil magia de una simbiosis con el lector, continúa su acción catártica o, al menos, sensibilizadora y desencadenante de emociones y/o ideas, tiempo después de leído el texto; y acaso por el resto de la vida.
