Al utilizar la palabra civilización no quiero referirme a las culturas sino delimitar algunas de las características de lo que abarca el calificativo en el escenario postmoderno, su propósito por acercarse a la visión de un mundo que trata de estar cerca del “conjunto de comportamientos y valores que representan el progreso humano y la evolución positiva de las sociedades en oposición a la barbarie”1. Si aceptamos el planteamiento estamos reconociendo la necesidad de respetar las opiniones políticas, religiosas y formas de actuar de las demás personas o comunidades. La orilla opuesta está delimitada por todo tipo de fundamentalismos, vocablo inicialmente entendido como una actitud religiosa y en ella se mantiene, pero que es aplicable a cuando extremismo exista, bien sea político, económico, o de lo que se quiera. El integrismo como corriente fundamentalista por su “actitud contraria a los cambios o desviaciones en las doctrinas y las prácticas consideradas esenciales e inamovibles en su sistema ideológico”2, viaja en dirección contraria a la visión civilizada del mundo que se expuso y está resultando en una caótica forma de intentar imponerse.
El 2015 comenzó masacrado en París con una acción de locura que se propuso silenciar la opinión libre, irreverente por supuesto, de un grupo de caricaturistas asociados en el semanario Charlie Hebdo. La protesta mundial ha sido contundente aunque en su mensaje se escucharon algunas voces con un pedido equivocado: la opción de autocensurarse.
Previo a estos sucesos nace el Califato de Irak y el Levante o Estado Islámico bajo la tutela de Ibrahim, autoproclamado Imán y Califa de todos los musulmanes y asentando su reino sobre ríos de sangre producto de una violencia indiscriminada contra los grupos musulmanes liberales según su apreciación, e infieles de cualquier doctrina, ocho o más meses de terror engendrados por ISIS.
El origen de estos eventos tiene que buscarse en explicaciones racionales y desde ellas tratar de encontrar soluciones, o asumir que se trata del fin de los tiempos como estarán diciendo los buenos cristianos. Pero no, las civilizaciones se construyeron desde siempre sobre montones de cadáveres apilados en nombre de las etnias, palabra que engloba esencialmente religión e idioma y que hasta hace pocos siglos incluyó también el aspecto físico de sus miembros, lo llamamos fenotipo y es lo visible de las características genéticas raciales, las que ahora están en marcha hacia la extinción dada la velocidad con que los mestizajes se apoderan del mundo como secuela de las migraciones globales.
Islam y cristianismo en múltiples oleadas de canibalismo externo e interno, han creado, destruido y recreado el mapa mundial desde el siglo VII, tiempo en que han estado juntos sobre la faz del planeta. Reyes y Califas heredan el poder acreditándole origen divino a la sucesión para tener con ello una base sobre la cual dominar a sus pueblos y construir el discurso de sus políticas exteriores expansionistas. No fueron los primeros, otros dioses anteriores en Europa, África, Asia y la América prehispánica propiciaron sus propias desvergüenzas antes de fusionarse con el panteón cristiano en la simbiosis que bautizamos sincretismo.
Pero para encontrar una explicación a la persistencia de las recurrentes atrocidades cometidas en nombre de dioses y nacionalidades no hay que mirar tan lejos como esos trece siglos o los veinte de la difícil convivencia judeo cristiana. La razón más próxima tiene solo un siglo y corresponde a la malhadada ocurrencia del conflicto europeo inicialmente llamado “La Gran Guerra”, pero que al estallar la de 1939 se rebautizó como “Primera Guerra Mundial” para designar a la nueva como la “Segunda”.
Ni siquiera entonces se cayó en cuenta de que estaba naciendo la parte trágica de lo que luego llamaríamos el mundo global, ese que comenzó a trazar su geografía con el luctuoso “Tratado de Versalles” firmado el 28 de junio de 1919 con las botas de los vencedores sobre el cuello de los vencidos, creando un nuevo mapa europeo y del medio oriente pegado con las babas de desmesurados deseos de venganza y la ambición por el petróleo Árabe y de posesiones territoriales históricas enclavadas aún en la misma Europa como consecuencia de la expansión Otomana y haciendo caso omiso del polvorín de las etnias. Solo unos pocos como el lúcido mariscal francés Ferdinand Foch alertaron que “Esto no es una paz; es un armisticio de veinte años”, y eso exactamente duró.
De allí nace todo, de esa guerra que Woodrow Wilson, prometió que sería “la guerra que acabará con todas las guerras” para justificar la participación Norte Americana en el conflicto, y terminó siendo la madre de las que vinieron después. Además de haber sido, proporcionalmente a la población mundial del momento, la mayor carnicería de la historia, con batallas escenificadas en lugares con nombres cuya poesía se borró en el horror de las acciones de guerra, es el caso de Gallipoli que dejó más de medio millón de muertos, y otros que simplemente nos traen a la mente los olores del humo y la carroña revestida de ratas y piojos tal cual las describe en la guerra de trincheras Erich María Remarque en su opera prima “Sin novedad en el frente”, es el caso de la batalla del Somme con sus más de un millón doscientos mil muertos, o Verdúm con sus setecientos mil cadáveres de aporte a la gloria de patriotas franceses y alemanes.
De esa epopeya que fue además la primera guerra moderna puesto que en ella la tecnología de muerte del naciente siglo desplazó los sables y las caballerías, de allí viene todo. Las secuelas de Versalles originaron el segundo conflicto mundial que multiplicó el desequilibrio favorecedor de las potencias euroamericanas y de los reinos árabes poseedores del oro negro, creó el sistema bipolar del primer y segundo mundos, alentó la ruina del tercero, el marginal en disputa, y favoreció la consolidación de los fundamentalismos integristas que se arraigaron en el nuevo mapa del mundo Árabe – Persa e islámico como reacción a los estados títeres como el del Sha iraní, sostenido por Estados Unidos hasta que lo abandonaron cuando por la fuerza de los Ayatolas dejó de serles útil. Las oleadas migratorias originadas desde esos mismos estados, el África subsahariana e Iberoamérica consolidaron lo que estamos viviendo, el desencadenamiento de una arremetida integrista violenta y la consecuente xenofobia contra los inmigrantes desplazados por el hambre y la violencia, las nuevas etnias llegadas al otrora primer mundo, es decir, el nuevo aspecto físico, religión e idioma.
Hasta hace unos meses estábamos acostumbrados a que el desbarajuste ocasionado por la primera guerra mundial eran las guerras en el medio oriente que oscilaban entre la intifada y las mutuas agresiones de Israel con sus vecinos, con los largos intermedios de las guerras afganas más las revoluciones iraní e iraquí y el adobo de las insulsas primaveras árabes. Sin embargo el problema que está cambiando los escenarios internacionales es la aparición del Estado Islámico, él ha anunciado su presencia reclamando para sí la figura de estado a partir de un proyecto político concreto: el emirato bajo la regencia de la sharía o ley islámica sin importarle nada diferente al logro de sus propósitos, por entender la contravía que representan es su belicismo indudablemente terrorista. Su irrupción significa que proyectos como al Qaeda pasan a ser solo instrumentos ejecutores en occidente, ahora se propone conquistar todo el mundo islámico del Medio Oriente, y como instrumento adicional ratificador de sus propósitos está aterrorizándonos con sus bárbaros videos de decapitaciones y quemas de soldados vivos.
El hombre post moderno se ha propuesto construir un mundo más tolerante, basado en el respeto al otro, y lo está logrando en muchos frentes. Hoy tenemos mayor aceptación de quienes tienen una orientación diferente de la heterosexualidad, la mujer está expandiendo su papel en la sociedad, el color de la piel es una circunstancia menos problemática aunque parte del soporte venga de la hipocresía, disfrutamos de un mayor acceso a la educación aunque seamos pobres, pero la religión sigue siendo el evento innegociable, el menos respetado porque está basado en la moral de cada creencia, lo que sería bueno si las morales religiosas fueran respetuosas de una ética universal, pero no solo no lo son sino que su utilización está en la raíz de los fundamentalismos y nacionalismos.
El mundo sin religión es por ahora inviable y lo será por algunos siglos más, entre tanto la educación cumplirá lentamente su función iconoclasta, su tarea cuestionadora y destructora de mitos esclavizadores y supérstites. De hecho, como lo advertía Bertrand Russel3, el cambio gradual de la doctrina cristiana observado en los últimos dos siglos, ha sido producto del esfuerzo educativo de científicos librepensadores, aunque sigue habiendo una actitud amenazante del bienestar humano en los elementos doctrinales referidos al proceder y educación sexual. El integrismo Islámico no tolera cambios doctrinales por mínimos que sean y afecten su ideología, y considera santa la tarea de expansión de su fe aunque para ello deba apelar a la fuerza, tal cual el cristianismo conquistador de América.
Lo malo no es Dios, lo son las religiones por la construcción de sus dioses desde teologías antiéticas basadas en morales utilitaristas del miedo humano hacia lo desconocido, “el miedo a la derrota y a la muerte” y “el deseo de sentirse protegido por alguien”. “El miedo es el padre de la crueldad y, por tanto, no es de extrañar que la crueldad y la religión vayan de la mano”3, e impongan la obligación de desviar la vista de las nuevas realidades científicas manteniéndola en sus fundamentos y dogmas.
Así que por ahora debemos aprender a convivir en este maremágnum de desacuerdos, pero para ello no es necesario renunciar a la crítica que es lo que busca la censura, auto o impuesta, pero ese discurso crítico debe ser ejercido desde el respeto por toda diferencia, aunque tales características nos molesten. Sea cual fuere, ninguna creencia religiosa o política es intocable para la crítica, de lo contrario seguiremos teniendo más luchas fratricidas, más carnicerías en guerras santas o no, hechas para acabar con las anteriores a expensas de llevar el mensaje del dios de cada cultura a todos los humanos, y debo resaltar que cada dios representa ante todo una postura política cargada de significado étnico e histórico.
