La gratitud
Fermín Herrero
Visor Poesía. Madrid, 2014
Tras la aparición del anterior poemario de Fermín Herrero De atardecida, cielos -Premio de Poesía “Ciudad de Salamanca”, 2012-, escribí que la música callada del corazón que acompasa -acompaña- el decir del poeta soriano, corroboraba la silente interiorización que logra con su lenguaje. En aquel libro, tan próximo a los elementos de la Naturaleza que abrigan asiduamente su poesía, anotaba: “Aunque cualquier dolor/ intima su sigilo, oigo/ el vocerío de los pájaros/ sobre los girasoles…”. Aquellas voces, aquel canto sanador, pareciera posarse ahora sobre las páginas esta su última entrega.
La gratitud, XXIV premio de Poesía “Jaime Gil de Biedma”, suma un nuevo galardón a la obra de un autor de trayectoria tan coherente como rigurosa.
Despojado de motivos superfluos, de lo que no resulta primariamente universal, Fermín Herrero ha configurado un volumen totalizador, en el que la esencialidad que cifra y mide al ser humano se torna constante referencia. Las desdichas, los adioses, la senectud…, tienen un innegable contrapunto en el renovado solsticio que cada día nos puede conceder la existencia. De ahí, que cercado por el concepto platónico de la participación -según el cual, todo lo que hay de verdadero en los seres sensibles participa de la auténtica realidad-, el sujeto poético despliegue en sus versos los dones que la vida regala, la celebración de compartirlos, la gratitud por saberlos nuestros: “…Sobre la hierba, al sol/ y en la tarde, a la brisa, incluso la tristeza/ se hace ternura en mí, se hace plenitud”.
Consciente de que, al margen de esa vitalista certidumbre, hay un espacio y un tiempo que se ovilla junto al hilo negro de los días (“…Conforme comprendía/ que el goce y el dolor tienen la misma/ naturaleza, son inseparables, no se compensan”), su discurso también se demora, a su vez, en las cenizas que la memoria arrastra, en el relámpago que otrora vaciase el corazón, en la tristura esparcida por entre los huesos que dejaron los que ya no están. Mas no se detiene. Remonta y se crece con voz encendida hasta alcanzar los enigmas que esconden las palabras, la alquimia que mana desde el tremor de sus sílabas. Porque desde ese cántico pleno de lirismo, auténtico, Fermín Herrero quiere sanar las heridas del mundo, el gesto doliente con el que tantas veces se mira en derredor: “En medio del rencor quedarse en humo/ hasta que la mirada sea un pájaro/ pequeño, un hilo de belleza…”.
Los cinco apartados que componen el volumen, “La medida del mundo”, “Aflicción”, “Razón de ser”, “La energía oscura” y “Lo propio y lo diverso”, avanzan de forma colectiva en pos del fulgor y la complicidad que ofrece la libertad de saberse única conciencia, pero circunstancia común. Gracias a las virtudes que anidan en cada individuo, el universo puede girar en busca de unos valores solidarios, que fortalezcan la alegría hacia la vida. El poder del alma y la voluntad corazonadora que sueña con la eternidad, se conjugan en muchos de estos textos, que quieren exaltar el espíritu creador que respira sobre los que quieren y saben amar: “Las ganas de vivir/ frente a la adversidad, frente a los puntos/ y aparte, contra tanta ausencia, contra/ la evocación de quienes me hicieron/ y han ido yéndose. El valor/ de agarrarse a lo que me resta, como/ si fuera ahora todo, como si fuera”.
En suma, un poemario, que vibra ante la perplejidad latente en las soledades, que abunda en el poder curativo del lenguaje y que sabe ahondar en la melancolía de lo vivo y lo vivido, en lo profundo y lo enigmático que encierra la auténtica poesía: “Sobre el musgo, la luz de diciembre, de tan escasa/ excelsa, en lo recóndito. Un rayo que atraviesa/ la maraña y al pie de los zarzales deja un claror/ donde tiembla el misterio: una inocencia/ que estremece…”.