Los Panero: ángeles de luces y sombras

Sobre Lúcidos bordes de abismo. Memoria personal de los Panero,
de Luis Antonio de Villena

Jorge de Arco

Lúcidos bordes de abismo
Luis Antonio de Villena
Fundación José Manuel Lara. Madrid, 2014.

 

paneros-librario-poesia-otrolunes36“Han muerto ya todos”. Con esta frase rotunda y de aroma  novelesco, inicia Luis Antonio de Villena su Memoria personal de los Panero, un preciso e íntimo cuaderno sobre los miembros de una de las familias más controvertidas en las letras españolas del siglo XX. Enmarcado dentro de la nueva línea editorial de la Fundación José Manuel Lara -a caballo entre el ensayo literario y la memoria personal-, el volumen relata el proceso de destrucción al que se vieron abocados todos los integrantes de una saga singular y, si se quiere, atrayente.

La proximidad que Luis Antonio de Villena mantuvo con la madre de los Panero, Felicidad Blanc y sus tres vástagos, Juan Luis, Michi y Leopoldo María, le ha servido para retratar con nostalgia y conocimiento un tiempo y un espacio que vivió -vivieron- de forma intensa e inolvidable.

La narración se inicia al hilo del famoso documental de Jaime Chavarri, El desencanto, estrenado en 1976, y que supuso el principio de las polémicas secuelas que dejara el film: “Aunque en la película terminan, en verdad, teniendo todo el protagonismo Felicidad y sus hijos (diferentes clases de víctimas), el telón de fondo es invariablemente la rigidez, el alcohol y las broncas, los desencuentros con aquel padre poeta (…) Ese hombre que los quería, pero que no supo tratar ni a su mujer  ni a sus hijos  e indirectamente los llevó al despeñadero, el gran culpable”, anota Villena en sus primeras páginas.

Estos ángeles de luces y de sombras, que sostuvieron sobre sus alas el peso de una historia de desdichas y desamparo, son los personajes de esta trama, de esta remembranza colectiva, en la que también sobresale la fortaleza y la debilidad de una madre entregada y sufridora, que escondía tras sus ojos azules “un punto de cansancio y otro (quizá mayor) de melancolía o de clara, contenida tristeza, acaso desolación.

Con una prosa ágil y directa, Villena va dotando al relato de un ritmo vivo que ayuda al lector a participar de un viaje que dura más de cinco décadas

La figura de Leopoldo María -el menor de los tres y el último en perder la vida en marzo del pasado año- sirve en buena medida como hilo conductor de muchas de las remembranzas aquí expuestas, pero también como explicación primera y última de lo insólito de una familia marcada por el dolor y la tristura. La  enfermedad degenerativa que carcomió a Leopoldo María, lo llevó hasta el psiquiátrico donde residió más de treinta años. La escritura, que le sirvió como terapia, fue desigual y reiterativa, sobre todo en sus últimos años, si bien, su obra mantuvo siempre una personalísima identidad lírica. De él y de las aventuras compartidas en aquellas movidas noches madrileñas, canta y cuenta mucho Luis Antonio de Villena en este volumen. Y lo hace, con el cariño y la solidaridad de quien vio muy de cerca la devastación de un buen amigo.

A Juan Luis, “un señorito un poco crápula y calavera, bien plantado, buen vividor y aficionado a los toros”, a quien también trató de forma prolongada, lo retrata como al más normal del trío, si bien, afirma que le faltó valor para suicidarse y que acabó exprimido por su egoísmo; al cabo, “un perdedor de buena pluma y ancho cinismo”.

A Michi, reconoce el autor haberlo visto menos y haber  tenido con él una relación más distante, y aclara: “era listo y presumía de la lucidez de la crueldad (…) pero era el más débil y el más desasido de todos”,

Esta crónica descarnada y a su vez reivindicativa, es, sin duda, un documento imprescindible para conocer a fondo la realidad -que no la leyenda- de una familia que puso a sus vidas “temblor y emoción y no evitaron ni la furia, ni las lágrimas. Ni la pasión”.

Ninguno de los hijos tuvo descendencia. Nadie queda, pues, sino el recuerdo de su batallar contra la existencia. ¿Su condena por haber nacido?