¿De qué modo suele producirse en Cuba la politización de unas masas solo en apariencias ganadas por la resignación y su consecuencia moral, el hedonismo? ¿Cómo, en definitiva, se las llega a sacar de ese marasmo en que apoyan a la dictadura del momento con su pasivo repliegue a unas pocas dimensiones de la vida humana, para pasar de súbito a esas explosiones sublimes que nos individualizan como pueblo en este hemisferio?
Para que se entienda con mayor claridad lo que intentaremos desentrañar: ¿De qué modo se caen, o se tumban las dictaduras en Cuba? Pero también: ¿De qué modo suelen elevarse…?
Lo primero es aceptar que en contra de lo que en general se piensa el cubano es un pueblo ansioso de tener un sentido trascendente, y que por lo mismo reacciona casi sin inercia ante la aparición de cualquier fuerza que sea capaz de hacerle aparecer viable, con su actitud y con sus propuestas, el realizar tal ansia. Así, cuando una de estas fuerzas, llamémoslas morales, aparece en medio de una situación de crisis, ese pueblo que hasta hacía poco aparentaba dejarse llevar únicamente por el más basto hedonismo, enfrentará a un desproporcionado ejército como el que España envío a esta Isla durante nuestra Guerra de los Treinta Años por la Independencia, o se pondrá de acuerdo de modo tácito en una Huelga General espontánea: ¡Hasta que se vaya el Animal!, como ocurrió en el verano de 1933.
Veamos precisamente como ocurrió la politización en este último caso.
Es innegable que Gerardo Machado fue un dictador bien recibido por las masas cubanas. Tanto, que no necesito de pervertir los procesos electorales con los que primero cambio la Constitución, y después se hizo reelegir. La realidad es que fuera de los intelectuales jóvenes, los estudiantes universitarios o algunos políticos de su mismo partido, resentidos por la manera en que este había obtenido la nominación presidencial por esa organización política, el partido liberal, en Cuba casi todo el mundo estaba con El Mocho de Camajuaní.

El presidente norteamericano Calvin Coolidge visita al presidente Gerardo Machado en la embajada cubana en Washington, 1927.
Gerardo Machado, como más tarde Fidel Castro, se presentó como un nacionalista, como un moralizador público y como un hombre de orden. Lo primero no solo nombrando secretario de la presidencia al autor de “Azúcar y Población en las Antillas”, Don Ramiro Guerra, o publicando “Vindicación de Cuba” en 1926, sino con una política económica y arancelaria que consiguió diversificar en algo nuestra economía. Gerardo Machado, por sobre todo, fue capaz de asegurar un periodo de prosperidad popular durante los primeros cuatro años de gobierno. ¿Entonces, por qué cayó tan rápido, a diferencia de Fidel Castro, que hasta ha podido legarle el poder a alguien tan anodino como su hermano?
Es innegable que por sobre todo gracias a las diferentes naturalezas de ambas dictaduras, al que la de Fidel Castro era totalitaria y la de Machado no. Pero esto todavía no nos dice mucho, porque en definitiva lo que las diferencia en última instancia es la razón por la que Fidel Castro consiguió convertir a la suya en totalitaria, a diferencia de Machado, admirador confeso de Mussolini, que también tuvo esa aspiración. Y es ni más ni menos que la del primero poseyó desde un principio un sentido del que siempre careció la del segundo: un sentido trascendentalista.
Lo esencial para la rápida caída de la dictadura machadista es que ante las masas cubanas, que a partir del cuarto año de machadato se encontraron entrampadas en la más profunda crisis sistémica de la economía mundial en el siglo XX, crisis que visibilizó con nitidez el gran problema de Cuba: que el modelo económico basado en la exportación de grandes cantidades de azúcar sin refinar a los EE.UU. no aseguraba ya el desarrollo, sino el retroceso, surgió un catalizador social con todo lo necesario para ser aceptado por ellas como una fuerza moral, y contra el que la dictadura no tenía antídoto: Los muchachos del Directorio del 30, y los que todavía permanecían en la lucha del anterior Directorio, el de 1927. Si se habla de Revolución del 30, y no del 33, es solo porque el 30 de septiembre de ese primer año, cuando dos centenares escasos de muchachos y de jóvenes profesores universitarios se batieron a puño limpio con policías y soldados por las calles de La Habana, cuando pusieron su primer mártir, Rafael Trejo, la suerte del machadato, y con el de la Primera República, ya estaba escrita.
Es importante resaltar lo de la falta de antídoto. En Cuba lo único que puede hacer una dictadura para perpetuarse es restarle a cualquier grupo opositor la posibilidad de convertirse en fuerza moral. ¿Cómo?, pues de la única forma viable: Al usurpar los dictadores mismos ese papel de fuerza moral; o sea, en parte al conseguir saciar la inmanente hambre de trascendencia del pueblo cubano. En parte, porque para ser exhaustivos en el grado necesario es imprescindible destacar que una fuerza moral no solo se hace por su capacidad de trascendentalizar, o más bien que no tendrá esa capacidad sino posee ciertos específicos atributos espirituales, y en los que ha seguido nos detendremos.
Puede parecernos, como le sucedió al Mañach, que el cubano no es un pueblo dado a reconocer al mérito relacionado con el ejercicio de la inteligencia. Mas para nada es así, solo que para el cubano, con el trascendentalismo ibérico a flor de piel conviviendo en la misma alma con el pragmatismo americano, inteligencia es solo aquella que sirve para algo concreto, solo que un algo concreto siempre desmesurado. El cubano no es que no piense, es que lo hace en grande o simplemente no lo hace.
El cubano, trascendentalista y pragmático, respeta y sigue con verdadera devoción una explosiva coincidencia de virtudes: Inteligencia viva, pero no mística o abstracta, aunque si dada a lo grande; moralidad y por último el ingrediente básico: disposición de ese elemento inteligente y moral a sacrificarse por la comunidad cubana; de cuya pertenencia a la misma el admirado-adorado, se muestra orgulloso por sobre todo lo demás.
El cubano de la “calle” sí se ríe de ese lamentable esperpento, que aunque inteligente y culto, trata de hacerse pasar por extranjero; de ese mamarracho que por sobre todo se avergüenza de ser cubano, y que por ello ante cualquier friegatuercas de allende está presto a denostar “del medio y de la incultura, de la mugre, del ruido…”. Pero ese mismo asere, ecobio o monina, verdaderamente ridículo en su pullover recargado de colores, rótulos y perlitas, se inmola sin dudar por el cubano inteligente y culto que es capaz de ver, a su vez, lo desmesurado de la cubanidad latiendo muy adentro de esas someras actitudes o piezas de ropa.
Que me perdone Mañach, pero dudo que haya un pueblo más orgulloso de sus grandes inteligencias que el cubano. ¡Ni aun el francés! Pero de sus grandes inteligencias, cubanas.
El otro detalle imprescindible es la moral propiamente dicha. Una fuerza moral debe poseer una muy específica ética, sea dicho con antelación que la de un muy determinado grupo humano. Porque, y esto es relevante, a pesar de que comúnmente la conducta del cubano es la de alguien híper-democrático, nada dado a respetar jerarquías, sin embargo, cuando entra en su etapa no común, en que lo trascendental se respira por doquier, el cubano parece reconocer, y aceptar, la existencia de una especie de aristocracia, a la que naturalmente se subordina. ¿Pero qué grupo social es este?
No uno de fácil definición. No uno que pueda ser identificado ni con una clase social, ni con una élite específica, ni con un estamento determinado. Pero se pueden hacer acotaciones, no obstante, en la medida necesaria para este somero trabajo. Ese grupo lo integran siempre, como su núcleo verdadero, hombres relativamente jóvenes, de los “de su casa”, o lo que es lo mismo, procedentes de familias de clase media acendrada, no necesariamente acomodadas ni mucho menos, porque es vital que dicha familia esté de manera constante enfrentada a cierta inseguridad económica. Una familia admirada por sobre todo por la presencia directora en ella de una madre “luchadora pa’ su casa”, y por un comportamiento de ambos padres muy cívico en el espacio público, o ante el espacio público.
Esto de la procedencia de una familia semejante está dado por el hecho de que en Cuba solo en ellas parecen formarse las virtudes necesarias y, tal vez a consecuencia de la experiencia convertida en tradición, a que el cubano medio solo concede a individuos procedentes de ellas esa contradictoria admiración, a ratos adoración, que suele dedicarle a sus fuerzas morales.
Porque en esencia las virtudes que se admiran del integrante de la fuerza moral no suelen ser más que las antípodas de aquellas a que el cubano medio en su trato diario suele dar preeminencia. Por ejemplo, en un pueblo tan dado desde hace siglos a los juegos de azar, no se reconocerá nunca como guía espiritual sino a quien nunca haya jugado. Esto está dado porque en el fondo el cubano medio, cultor en el día a día de un hedonismo basto, sueña el mismo con ser capaz de controlar sus apetitos. Anhelo, por cierto, que solo suelen exhibir los miembros de los escasos pueblos que se creen llamados a un destino trascendente.
Es esta en un final la explicación del estoicismo con que todas nuestras fuerzas morales se han presentado, que se respira en sus escritos, por sobre todo los de la que dirigió nuestras Guerras de Independencia. La que explica ese modelo de república estoica con que soñaba Martí, el sanctosantorum de nuestras fuerzas morales; o la suprema desilusión del pueblo con la fuerza moral independentista que ha abandonado su estoicismo en una república liberal y no virtuosa; o con la del 30, el desenvolvimiento de la cual a continuación retomamos.
La fuerza moral del 30 fue admirada hasta por los mismos machadistas, que no se escondían para demostrar ese sentimiento hacia aquellos “grupúsculos” de muchachos, que le armaron al régimen un avispero todavía peor que el del IRA a Inglaterra unos pocos años antes. Como antes de Maikel Collins en las estaciones de policía dublinesas, en las de la Habana se hablaba en voz queda, y por los rincones, de Ángel “Pío” Álvarez, Santiago Álvarez, Ramiro Valdés Daussa…
Sin embargo, aunque rodeados de la general admiración de la sociedad cubana, quedaba todavía un escollo que superar para que las masas se echaran a la lucha bajo su guía espiritual. Y es que lo que proponían para casi nadie pasaba de ser una quijotada, que de ponerse en práctica no pasaría sin consecuencias. Aquello, en la mente de las grandes mayorías, podía conducir no a otra cosa que a una nueva intervención americana amparada en la Enmienda Platt.
Porque atiéndase bien: El desafío de esta fuerza moral no era tan simple como tumbar a Machado. Consistía más bien en derribar a la Primera República, en realidad un protectorado americano, y por tanto cambiar por completo la relación espiritual que hasta entonces habíamos mantenido con aquel vecino. Vecino, pared con pared, con el que habíamos crecido juntos y revueltos, y al que durante todo el siglo XIX habíamos mirado como el modelo moderno que contraponer a la medievalidad española.
Pero entonces llegó un nuevo presidente a la Casa Blanca, y poco después, en mayo de 1933, un nuevo embajador desembarcó en La Habana con la declarada intención de sacar a Gerardo Machado del poder.
Sumner Welles creyó que dominaba el proceso de transición y que todos lo que importaban lo seguían. Se engañaba el hábil diplomático graduado en Harvard, que para su desgracia, por su misma educación y experiencia diplomática intentó encerrarnos en los angostos, para nosotros al menos, moldes latinoamericanos. Cuba, pronto reveló que le quedaba demasiado grande al brillante intelectual que venía demasiado imbuido de la pedantería política, “objetivista”, que se enseña en el mundo académico americano.
Porque si el pueblo se puso en marcha no fue porque lo viera a él como el guía, sino porque su Mediación fue entendida como que había sido levantada la única restricción válida para no seguir a los jóvenes. A partir de que los americanos demostraron no sentir la salida de Machado de Refugio #1, lo que decían los muchachos, el modelo de país que proponían, el modelo de nueva relación con nuestros vecinos, aunque todavía de modo confuso, entró de súbito en el rango de lo posible para las masas cubanas, para poco más tarde llegar muchísimo más lejos, como todo en este pueblo desmesurado sin comparación hemisférica posible, que nunca se conforma con el dedo cedido cuando se ha puesto en marcha…
Fue tal su impulso, en definitiva, que cuando los muchachos en septiembre fueron en contra de la poderosísima Flota Americana del Atlántico, de los imponentes acorazados con sus poderosísimos cañones de 16 pulgadas, los siguieron sin vacilar.
Lo fundamental para que el proceso se saliera del curso que el sentido común dicta para cualquier otro pueblo, para que esa explosión súbita y sublime del espíritu de independencia del cubano se diera, fue el hecho de que los muchachos no se destiñeron.
Mientras todas las fuerzas políticas racionales del país (incluyendo a nuestras particulares gaticas de María Ramos históricas: los comunistas) corrieron a la Embajada, o entraron por la puerta de atrás, los muchachos dejaron muy claro que allí no se les había perdido nada. Y las masas, aunque en un primer momento también corrieron allá, no dejaron de notar aquella abstención. Por eso para ellas, ya subidas en esa búsqueda de la trascendencia que es inmanente al alma cubana, pero que normalmente va escondida bajo el cinismo hedonista que engendra la desilusión, después de su victoria del 12 de agosto son los muchachos los únicos posibles líderes espirituales del país. Y seguirán siéndolo por largos años.
De hecho la Nación ha seguido con tal devoción a su fuerza moral del 30, que solo cabe explicarse la caída de la democracia en 1952 por su gradual desilusión en esos muchachos a los que ha mirado como Dioses. Porque es la democracia del 40 el legado más trascendente de esos muchachos. Un legado, que por desgracia se identificó demasiado con sus legatarios. Por ello, aun cuando estos hicieron lo imposible para evitar el resurgimiento de la Dictadura del Hombre Fuerte, fue la natural cotidianización de sus vidas que implicaba ese esfuerzo democratizador lo que terminó restándole apoyo a una obra que las masas no entendieron por completo. Ellas, que habían seguido a aquellos muchachos como a seres trascendentes, al verlos descender del plano heroico de la lucha en clara desventaja al de la sosegada política cotidiana, solo percibieron en consecuencia corrupción.
Debemos tener por tanto muy en cuenta dos enseñanzas:
Cuba no cambiará mientras no aparezca una nueva fuerza moral, que digan lo que digan, nuestras masas no perciben en las actuales oposiciones, ni por su inteligencia, ni por su procedencia social, ni por su ética, y mucho menos por sus descoloridas propuestas que nada tienen que ver con la desmesurada alma cubana. Una fuerza moral que reviva esa ansia de trascendencia del cubano, que les proponga esa gran Nación en que el cubano solo admite vivir. Que les restituya su al parecer consustancial sentimiento de destino superior.
Esas fuerzas morales, por otra parte, pueden convertirse en un serio problema futuro para la democratización. Y lo pueden ser tanto por su posible corrupción política, que las lleve a convertirse en tiranía, como por la aparente corrupción, en un sentido más amplio, que engendrará su esfuerzo democratizador posterior. Esfuerzo que necesariamente los cotidianizará a los ojos de quienes hasta ayer los percibían desenvolverse en los planos extra-cotidianos en que siempre se coloca quien defiende la libertad frente a la Tiranía.
Advirtamos que si algo entendió muy bien la actual Dictadura es esta dinámica desmedida y paradójica de la cubanidad.
Dicha Dictadura también surgió de otra de nuestras fuerzas morales. Solo que a diferencia de la del 30, y en buena medida debido a ella, por el aquello de que nos parecemos siempre más a nuestros abuelos que a nuestros padres, sin olvidar la influencia que la atmosfera mundial de la época tuvo, no fue desde un principio una fuerza moral democrática. Cualquiera que haya leído los escasos documentos que tras de sí dejaron los otros dos grandes líderes de dicha fuerza moral, Frank País y José Antonio Echeverría, se sorprenderá de la similitud de pensamiento en general con las del único que quedó vivo: Fidel Castro. En los tres logra percibirse esa mezcla tan nuestra de nacismo-falangismo con socialismo a la soviética, que ha caracterizado nuestra vida política a posteriori de 1959.
Imbuidos también de la desilusión popular con los muchachos del 30, que han permitido el establecimiento de ese sistema político tan poco dado a la espectacularidad llamado democracia, los muchachos del 56 han decidido que las cosas deben ser hechas con mucha más teatralidad. Porque al contrario de lo que muchos piensan, la generación de 1956 si sintió con claridad el espíritu de las masas cubanas de entonces, su trascendentalismo constitutivo liberado en el 30, pero que por entonces se juzgaba traicionado por los mismos que lo echaron a rodar.
Pongamos el ejemplo de la soberanía. La nueva fuerza moral, influida además de por todo lo que sucede en lugares como Egipto o en Bandung, por la naciente televisión, y por la generación de los “rebeldes sin causa”, entiende el nacionalismo desde la bravuconada y la espectacularidad. Para ellos la única forma de defender a Cuba pasa por reunir medio país en una Plaza, y desafiar desde la tribuna a los americanos en el más perfecto estilo de guapo barrial criollo. Y como todo esto solo se puede hacer desde el absoluto control social, pues es claro que el totalitarismo está asegurado.
Es esta la razón de por qué la resistencia de los sesentas no ha logrado convertirse en fuerza moral, de por qué no ha logrado derribar a Fidel Castro: Por sobre todo por ese mencionado sentido de la espectacularidad del nacionalismo de Fidel Castro y su generación política. Es este sentido el que les permite hacer lo que no había podido Machado: convertir su dictadura en totalitaria.
O sea, lo han logrado porque han sido capaces de aprovechar a su favor esa inmanente hambre de trascendencia del cubano, y si algo distingue a lo trascendente, es que no suele percibirse en lo cotidiano si no en lo extracotidiano, esfera esta que cae por completo dentro de lo espectacular.
Hoy las paradojas de la Cubanidad nos vuelven a colocar en la misma encrucijada de siempre: Solo una fuerza moral podrá arrastrar a las masas a derribar la dictadura presente; esa misma fuerza moral que luego, a pesar suyo incluso, se convertirá en un peligro para la democratización…


